Este Highlander no entraba en mis planes Capítulo 4
13%

Capítulo 4

Mara

A la mañana siguiente llegué al hotel unos minutos antes de las nueve. Había dormido bien, el trayecto había sido mucho más tranquilo que el del día anterior y, por fin, tenía delante algo que conocía perfectamente: trabajo. Así que podía decirse que había empezado bien.

También había renunciado a los tacones. No porque Giulia ni Callum tuvieran razón, por supuesto, sino porque tenía previsto recorrer parte del edificio y no me apetecía pasarme la mañana pendiente del suelo.

Llevaba unos pantalones negros, una camisa blanca, americana y unos botines planos que no servían para escalar montañas, pero sí para caminar por una obra sin acabar enterrada hasta el tobillo.

Aparqué cerca de la entrada y me quedé un momento mirando el edificio antes de bajar.

Durante las dos últimas semanas había estudiado tantos planos y fotografías que casi podía recorrer algunas zonas de memoria, pero verlo de verdad era distinto.

La fachada de piedra imponía bastante más que en las imágenes y, aunque los andamios, las vallas y el movimiento de trabajadores recordaban que todavía quedaban meses de obra por delante, seguía teniendo justo aquello que me había atrapado cuando Lorenzo puso la carpeta delante de mí.

Podía quedar espectacular y, aunque me fastidiara un poco admitirlo, empezaba a pensar que volver hasta allí había merecido la pena.

Cogí la tableta y la carpeta y entré. Ewan Campbell me esperaba en el vestíbulo y lo reconocí enseguida después de habernos visto un par de veces a través de una pantalla.

—Mara.

—Ewan. Por fin.

Nos estrechamos la mano y sonrió.

—¿Qué tal el viaje?

—He llegado entera. De momento me conformo con eso.

—No suena muy prometedor.

—Ayer tuve un pequeño problema de adaptación a la conducción.

No pensaba contarle lo del asiento del copiloto. Una tenía que conservar algo de dignidad delante de la gente con la que iba a trabajar durante meses.

—Pero eres de aquí.

—Gracias por recordármelo.

Ewan me acompañó hacia la sala mientras me explicaba que Graham ya había llegado y que quería empezar por la biblioteca antes de pasar al ala oeste.

—He visto el último informe —le dije—. Quiero revisar también las habitaciones antes de cerrar materiales.

—Perfecto. Hay un par de cosas que tenemos que ver allí sobre el terreno.

Seguimos hablando del proyecto hasta llegar a la sala de reuniones.

Entramos y al primero que reconocí fue a Graham Calder.

Habíamos hablado varias veces por videollamada y tenía el mismo aspecto que en la pantalla: traje oscuro, pelo canoso perfectamente colocado y una educación que parecía venir de serie.

—Mara —dijo acercándose—. Bienvenida. Me alegra verte por fin por aquí.

—Gracias. Tenía ganas de conocer el edificio en persona.

—Espero que después de verlo sigas teniendo las mismas ganas de trabajar con nosotros.

—Eso te lo digo al final del día.

Graham sonrió.

—¿Te has instalado en casa de tu madre?

—Sí. De momento.

—Conocí a Fiona hace muchos años.

—No sabía que la conocieras.

—Ha pasado mucho tiempo.

—Ya. Aunque en la casa no lo parece tanto. Todavía quedan cajas suyas que ni siquiera he abierto.

—Entonces tienes trabajo para rato.

—No sabes cuánto.

Graham empezó a hablarme de una modificación que estaban estudiando en las caballerizas mientras yo dejaba mis cosas sobre la mesa.

Fue entonces cuando levanté la vista y vi a la otra persona que había en la sala: Callum Fraser, con traje.

Tuve que mirarlo dos veces, y no porque no lo hubiera reconocido.

El hombre que el día anterior había salido de debajo de mi fregadero con unos vaqueros gastados, botas de trabajo y una camisa de cuadros estaba sentado al otro lado de la mesa con un traje gris oscuro, camisa blanca y una corbata que le quedaba francamente bien.

Demasiado bien, si queremos ser sinceros, aunque aquella información no tuviera ninguna utilidad para el proyecto.

Él me miró y sonrió de esa manera que me dejó claro en menos de dos segundos que no estaba tan sorprendido de verme como yo de encontrarlo allí. El muy cabrón lo sabía.

—Buenos días —dijo.

—Callum.

Intenté que sonara como si verlo allí fuera lo más normal del mundo. No creo que colara.

Ewan siguió mi mirada.

—Veo que ya os conocéis.

—Desde ayer —respondí.

—Llevábamos unos cuantos años hablando antes de eso —añadió Callum.

—De grifos y ventanas. Tampoco exageremos la relación.

Graham nos miró con curiosidad.

—¿Callum se ocupa de tu casa?

—Por desgracia para mi cuenta corriente.

—Y, aun así, sigue llamándome —dijo él.

—La inmobiliaria te llama. Yo solo pago.

—Después de discutir.

—Porque cobras demasiado.

Ewan empezó a reírse y negó con la cabeza.

—Bueno, esto va a ser interesante.

No entendí exactamente por qué hasta que abrió una de las carpetas que había sobre la mesa y empezó a repartir documentación.

—Callum y su empresa llevan toda la parte de restauración y conservación de elementos originales —me explicó—. Carpinterías, revestimientos, chimeneas, parte de la piedra… vais a tener que coordinar bastantes decisiones entre vosotros.

Miré a Ewan y después a Callum.

—¿Tu empresa?

Callum no dijo nada, pero la sonrisa volvió a aparecer.

Bajé la vista hacia la carpeta que acababan de dejar delante de mí y leí el nombre impreso en la portada.

Conocía Fraser Heritage Restoration . No a su propietario, porque al parecer en las dos últimas semanas me había ocupado de estudiar el edificio y no de buscar fotografías de todos los responsables del proyecto, pero sí había leído varios informes de la empresa y sabía el peso que tenía dentro de la rehabilitación.

Volví a mirar a Callum.

—¿Fraser Heritage Restoration es tuya?

—Sí.

—¿Y no se te ocurrió mencionarlo ayer?

—No recuerdo que me preguntaras.

—Te encontré debajo de un fregadero, Callum. Perdona por no empezar pidiéndote el currículum.

Ewan soltó una carcajada y hasta Graham tuvo que esconder una sonrisa.

—Tú tampoco me preguntaste a qué me dedicaba —añadí.

—Y me estoy enterando ahora.

Eso consiguió que me callara porque, por desgracia, tenía razón.

—Pues estupendo —dije mientras abría la tableta—. Los dos hemos demostrado un interés extraordinario por la vida del otro.

—Parece que sí.

—¿Podemos empezar antes de que descubráis alguna otra cosa? —preguntó Ewan.

—Por favor.

Nos sentamos y me obligué a olvidarme durante un rato de que Callum no era exactamente quien yo había creído durante todos aquellos años. Teníamos trabajo y, por suerte, esa parte sí me resultaba mucho más fácil de manejar.

Empezamos por la biblioteca. Nuestro estudio había preparado una propuesta que conservaba la chimenea, el techo y la mayor parte de la madera original, pero necesitábamos aligerar el conjunto porque la habitación era bastante oscura y no quería que terminara pareciendo uno de esos hoteles que confunden patrimonio con meter al huésped en un museo.

Expliqué la idea mientras Ewan proyectaba los planos y Callum escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, pasó un par de fotografías en su portátil y lo giró hacia mí.

—Antes de sustituir nada, quiero que veas esto.

Me incliné un poco para observar la pantalla.

—¿Son los paneles de la biblioteca?

—Dos de los que desmontamos la semana pasada. La capa que ves no es el tono original de la madera. Han ido añadiendo productos durante años y por eso ahora están tan oscuros.

Amplió una de las fotografías y me enseñó una pequeña zona sobre la que habían trabajado, donde la madera se veía bastante más clara.

—¿Puedes conseguir ese tono en todos?

—En la mayoría. Hay dos zonas que están peor, pero tampoco las daría por perdidas todavía.

Volví a mirar la fotografía. Si conseguíamos recuperar aquel acabado, una parte importante de mi problema desaparecía sin necesidad de sustituir nada.

—Quiero verlo en persona.

—Están en mi taller.

—¿Puedes traerme una muestra?

—Mañana.

—Perfecto.

Callum me miró como si hubiera esperado alguna discusión.

—¿Ya está?

—¿Qué quieres que haga?

—No sé. Pensaba que ibas a defender tu propuesta.

—La defiendo cuando tengo razón. Si me das una solución mejor, la utilizo.

Se quedó callado un segundo.

—Bien.

—No pongas esa cara de sorpresa.

—No he puesto ninguna cara.

—Sí la has puesto.

Ewan levantó la mano desde el otro extremo de la mesa.

—Solo llevamos veinte minutos y ya necesito café.

Eso relajó bastante la conversación y seguimos con el resto de puntos.

Tuvimos alguna diferencia más, pero ninguna que mereciera iniciar una guerra.

Yo necesitaba saber hasta dónde podía intervenir sin comprometer la parte original del edificio y Callum necesitaba saber qué pretendía hacer yo antes de decidir qué elementos podían adaptarse.

Lo que no esperaba era que resultara tan fácil hablar de trabajo con él.

Callum no tenía ese tipo de obsesión por conservar cualquier cosa simplemente porque fuera vieja.

Si algo estaba mal, lo decía. Si una reparación no tenía sentido, también.

Y cuando defendía mantener un elemento, explicaba por qué sin hacerme sentir que acababa de proponer prenderle fuego al patrimonio escocés. En resumen, sabía lo que hacía.

Me fastidiaba un poco que, encima de ser mucho más atractivo de lo esperado, tuviera que resultar competente, pero tampoco pensaba decírselo.

Después de la reunión recorrimos la biblioteca y parte del ala oeste.

Allí todo resultaba más fácil porque podía tocar materiales, ver proporciones y comprobar la luz real de las habitaciones, que nunca era exactamente la que aparecía en una fotografía.

Iba tomando notas mientras Ewan me explicaba algunos cambios y Callum señalaba las zonas donde ya habían empezado a trabajar.

Nos detuvimos en una de las habitaciones cuando vi que habían retirado parte de la carpintería de una ventana.

—Esto no estaba en el informe que recibí.

Callum se acercó.

—Lo descubrimos hace dos días. La parte inferior estaba podrida.

—¿Se puede recuperar?

—Sí, pero tendremos que reconstruir esa sección.

—¿Manteniendo el diseño original?

Me miró.

—Mara, ese es literalmente mi trabajo.

—Lo sé ahora.

La sonrisa le apareció antes de que pudiera evitarla y yo también tuve que contener la mía.

—Me va a costar un tiempo.

—¿El qué?

—Dejar de pensar en ti como el hombre que arregla grifos.

—Podría dejar de arreglarlos.

—Díselo a Jamie.

—Llevo años intentándolo.

Seguimos caminando y pensé que aquello explicaba unas cuantas cosas, empezando por los presupuestos y siguiendo por el empeño de Jamie en recurrir a él cuando seguramente tenía a diez personas capaces de encargarse de una reparación doméstica sin molestar al dueño de la empresa.

Lo que seguía sin explicarme era por qué Callum aceptaba siempre, aunque esa pregunta podía esperar.

Terminamos cerca del mediodía y, de vuelta en la sala de reuniones, Graham se marchó primero porque tenía otra cita. Ewan quiso revisar un par de cosas con el jefe de obra y yo aproveché para guardar la tableta y ordenar las notas que había ido tomando.

Callum estaba recogiendo sus papeles al otro lado de la mesa.

—Por cierto —dijo—, esta tarde terminaré la ventana.

—Ah, sí. Tu otro trabajo.

—Tengo una carrera muy variada.

—Ya veo.

Cogió la carpeta.

—¿A partir de ahora vas a discutir menos mis presupuestos?

—Ahora que sé que tienes una empresa grande, pienso discutirlos más. Claramente puedes permitírtelo.

Se echó a reír.

—Eso no funciona así.

—Ya veremos.

Salió de la sala todavía sonriendo y yo terminé de guardar mis cosas antes de mirar el teléfono. Tenía tres mensajes de Giulia, dos preguntándome por la reunión y uno exigiendo saber si había comprado botas.

Le respondí primero a lo verdaderamente importante.

Mara: No he comprado botas.

Después añadí:

Mara: ¿Te acuerdas de Callum Fraser, el de los presupuestos imposibles y los correos de cuatro palabras? Pues resulta que es el dueño de la empresa que lleva la restauración del hotel y vamos a trabajar juntos durante los próximos meses.

Los tres puntos aparecieron casi de inmediato.

Giulia: JAJAJAJAJAJAJAJA.

Negué con la cabeza.

Mara: No tiene tanta gracia.

Su respuesta llegó antes de que pudiera guardar el móvil.

Giulia: Para ti quizá no. Para mí muchísima.

Sonreí mientras cogía la carpeta. Conociendo a Giulia, aquello no había hecho más que empezar.