Capítulo 3
Callum
Cuando doblé el camino y la casa desapareció por el retrovisor, todavía estaba sonriendo.
No por los zapatos, aunque había que reconocer que presentarse en las Highlands con unos tacones como aquellos tenía cierto mérito, sino por la cara que había puesto Mara Sinclair cuando salí de debajo del fregadero. No había necesitado que terminara la frase para saber qué iba a decir.
Pensaba que era mayor, bastante mayor, a juzgar por cómo me había mirado.
Tampoco podía reprochárselo demasiado porque, al parecer, no era el único que llevaba años poniéndole una cara equivocada a una voz.
Yo había imaginado a Mara seria, fría y bastante más distante de lo que había resultado ser en persona.
Sus correos eran correctos hasta cuando discutía una factura y por teléfono siempre daba la impresión de tener otras seis cosas que hacer en cuanto colgara, aunque seguramente las tenía.
Lo que no esperaba era encontrarme a una mujer con el pelo castaño todavía demasiado liso para aquel clima, un abrigo que probablemente costaba más que algunas de mis herramientas y unos ojos oscuros que me habían recorrido de arriba abajo antes de que le diera tiempo a disimular, algo que me había gustado más de lo conveniente.
No llevaba ni cinco minutos conduciendo cuando sonó el teléfono. Vi el nombre de Jamie en la pantalla y acepté la llamada por el manos libres.
—Dime.
—¿Ha llegado?
Sonreí.
—Sí.
—¿Y qué tal?
—La casa sigue en pie.
—No te he preguntado por la casa.
—No has especificado.
—Callum, llevo demasiados años siendo amigo tuyo como para tener que sacarte la información con tenazas. ¿Qué tal ha ido con Mara?
—Bien.
—Fantástico. Gracias por este análisis tan detallado.
—¿Qué quieres que te diga?
—No sé. Si está contenta, cabreada, si ha entrado en la casa y ha salido corriendo hacia Milán… Lo normal cuando alguien vuelve después de cuatro años.
Pensé en ella plantada en mitad de la cocina con aquellos zapatos llenos de barro y mirándome como si acabara de aparecer una persona distinta a la que esperaba.
—No ha salido corriendo.
—Eso ya es algo. ¿Y por qué te estás riendo?
—No me estoy riendo.
—Te conozco desde hace demasiado tiempo. Estás poniendo esa voz.
—¿Qué voz?
—La de cuando algo te hace gracia, pero no quieres contármelo.
Negué con la cabeza mientras tomaba la siguiente curva.
—Pensaba que era mayor.
Jamie tardó un instante en reaccionar.
—¿Mara?
—Yo.
Su carcajada llenó la furgoneta.
—No jodas.
—No ha llegado a terminar la frase, pero estaba bastante claro.
—¿Cuántos años te echaba?
—No se lo he preguntado.
—Pues tenías que haberlo hecho.
—No me parecía necesario.
—A mí me parece información importantísima.
—A ti te parece importante cualquier cosa que te permita reírte de mí durante los próximos seis meses.
—Correcto. ¿Cincuenta?
—Probablemente.
Volvió a reírse.
—Esto es maravilloso.
—Me alegra haberte alegrado la tarde.
—Es que puedo imaginármela perfectamente. Lleva años recibiendo tus correos de tres palabras, tus presupuestos y tus facturas y habrá decidido que detrás tenía que haber un señor con barba blanca y chaleco de lana.
—No llevo chalecos de lana.
—Todavía.
—Jamie.
—Vale, vale. ¿Y tú qué esperabas?
La pregunta me hizo guardar silencio un momento.
—No lo sé.
—Mentira.
—Nunca me había parado a pensarlo demasiado.
—Otra mentira.
—¿Quieres que cuelgue?
—No. Quiero saber qué cara le habías puesto tú a Mara Sinclair durante todos estos años.
Había imaginado una, claro. Mucho más seria, para empezar. También más distante y bastante menos propensa a discutir conmigo sobre un grifo mientras llevaba un zapato cubierto de barro.
—Pensaba que sería diferente.
—Eso no significa absolutamente nada.
—Me sirve.
—A mí no.
—Pues tendrás que vivir con ello.
Jamie soltó una risa.
—Ha debido de ir bien si todavía sigues de buen humor.
—He cambiado una junta, he revisado una ventana y me ha acusado de cobrar demasiado. Más o menos como cualquier conversación que hemos tenido durante los últimos años.
—Entonces se ha sentido como en casa.
—Supongo.
—¿Le has dicho que me llame si encuentra algo que no esté como esperaba?
—No soy tu recepcionista.
—Pero estabas allí.
—Tiene tu número.
—También tiene el tuyo y eso no impide que me llames cada vez que hay que tocar algo en esa casa.
—Porque eres tú quien insiste en que siga ocupándome.
—Y nunca me dices que no.
—Empiezo a pensar que debería hacerlo.
—Llevas años amenazándome con eso.
Sonreí porque tenía razón.
—Mañana terminaré la ventana. Necesito una pieza que tenía en el taller.
—Perfecto. Le dije que dejaríamos todo solucionado después de la salida de los últimos inquilinos y prefiero que no empiece su regreso con una ventana que no cierra.
—Lo sé.
—¿Te ha dicho cuánto tiempo va a quedarse?
—Unos meses, imagino.
—A mí me dijo que de momento no volviera a poner la casa en alquiler. Nada más.
—Pues pregúntale tú. Para algo eres su agente inmobiliario.
—Propietario de la inmobiliaria. Hay una diferencia.
—Sobre todo cuando toca trabajar.
—Exacto. Para eso tengo empleados.
Solté una risa.
—Eres un cabrón.
—Pero un cabrón que te lleva dando trabajo desde hace años.
—Cambiar grifos no es exactamente lo que mantiene abierta mi empresa.
—No, pero te permite conocer mujeres que creen que estás cerca de jubilarte.
—Voy a colgar.
Jamie volvió a reírse.
—Mañana me cuentas si por fin descubres cuántos años te echaba.
—No pienso preguntárselo.
—Claro que no.
—Adiós, Jamie.
—Callum.
—¿Qué?
—Me alegro de que haya vuelto.
La broma desapareció de su voz y eso hizo que yo también dejara de sonreír durante un instante.
—Sí.
—Fiona estaría contenta de verla otra vez en esa casa.
Miré la carretera delante de mí.
—Seguramente.
—Nos vemos.
—Nos vemos.
Colgué y subí el volumen de la radio, continuando hasta la carretera principal. Tenía que pasar por el taller antes de volver a casa y, si conseguía dejar de pensar en la propietaria de la casa que acababa de abandonar, quizá incluso avanzaría algo de trabajo.
La casa de los Sinclair llevaba años pasando por mis manos, aunque no desde siempre.
Cuando llegué al pueblo, Mara ya vivía en Milán y yo apenas empezaba a trabajar con mi tío mientras me formaba para hacerme cargo algún día de una empresa que, por entonces, se ocupaba de prácticamente cualquier cosa que pudiera estropearse en una casa.
Mi tía llevaba años intentando convencerlo de que se jubilara y él los mismos fingiendo que no la escuchaba. No tenían hijos y yo era lo más parecido que había tenido nunca a uno, así que cuando empecé a hablar en serio de quedarme y continuar con el negocio, dejó de resistirse tanto.
Fiona Sinclair fue una de las clientas que conocí durante aquellos primeros años.
Mi tío llevaba tiempo ocupándose de las pequeñas reparaciones de su casa y yo empecé acompañándolo hasta que terminé haciendo muchas de ellas por mi cuenta.
Fiona sabía perfectamente qué estaba dispuesta a cambiar y qué no, y tenía una facilidad extraordinaria para conseguir que buscaras otra solución cuando la primera no le gustaba.
La casa de los Sinclair fue una de las excepciones y Jamie MacLeod tenía bastante culpa de aquello.
Era mi mejor amigo y el propietario de la inmobiliaria que gestionaba la casa desde la muerte de Fiona.
Sabía perfectamente que podía enviar a cualquiera de mi equipo para cambiar un grifo o revisar una ventana, pero seguía llamándome a mí cada vez que surgía algo y yo, por alguna razón, seguía yendo.
Entré en el recinto del taller poco antes de las seis. La nave principal estaba casi vacía a esas horas, aunque todavía quedaban dos furgonetas fuera y desde la zona de carpintería llegaba el ruido de una lijadora.
Fraser Heritage Restoration ocupaba mucho más espacio que el pequeño almacén donde mi tío había empezado cuarenta años atrás. Él se dedicaba a mantenimiento, pequeñas obras y reparaciones de todo tipo; yo había aprendido allí el oficio y después me había empeñado en complicarlo.
Primero fueron cursos de carpintería tradicional y restauración de madera. Después vinieron la restauración de piedra, las técnicas de conservación y una formación tras otra que me llevó durante temporadas bastante lejos de casa.
Atravesé el taller y me detuve frente a uno de los bancos de trabajo.
Dos paneles de roble procedentes de la antigua finca estaban apoyados sobre una estructura, protegidos con tela en los extremos.
Los habíamos desmontado la semana anterior y ahora los estábamos restaurando antes de devolverlos a la biblioteca.
Pasé una mano por uno de ellos y comprobé la zona donde habíamos localizado la humedad. La madera estaba mejor de lo que parecía en las primeras fotografías, aunque todavía quedaban bastantes horas por delante y el proyecto del hotel iba a mantenernos ocupados durante meses.
No me importaba porque había edificios que podían reformarse sin demasiadas contemplaciones y otros que te obligaban a prestar atención antes de tocar nada.
Aquella propiedad pertenecía claramente al segundo grupo.
Tenía reformas mal hechas, añadidos de distintas épocas y zonas que llevaban demasiado tiempo cerradas, pero debajo de todo aquello seguía habiendo una estructura que merecía la pena conservar.
El móvil vibró en mi bolsillo y miré la pantalla antes de responder.
—Dime, Ewan.
—Te llamo por la reunión de mañana. Empezamos a las nueve y estará también Mara Sinclair, la directora que va a llevar el interiorismo.
Tardé un segundo en contestar.
—¿Mara Sinclair?
—Sí. ¿La conoces?
—Me ocupo de las reparaciones de su casa desde hace años. Hasta esta mañana solo habíamos hablado por teléfono y por correo.
—Vaya casualidad.
—Pues sí.
—Entonces mañana nos vemos allí.
—A las nueve.
Colgué todavía mirando la pantalla.