Este Highlander no entraba en mis planes Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Nadie respondió, pero al acercarme escuché correr agua.

Empujé la puerta y vi una caja de herramientas abierta en el suelo, algunas piezas y utensilios sobre un trapo y unas piernas asomando por debajo del fregadero. Los vaqueros desgastados y las botas de trabajo encajaban bastante bien con la imagen que llevaba años adjudicándole a Callum Fraser.

El problema empezó cuando dejó lo que estaba haciendo, salió de debajo del mueble y se incorporó delante de mí, obligándome a levantar la mirada bastante más de lo que había imaginado.

Callum Fraser tenía cincuenta y tantos años en mi cabeza.

No sabía exactamente cuándo había decidido aquello.

Quizá después del tercer presupuesto de fontanería o de la primera conversación sobre el estado de unas ventanas, pero durante años lo había imaginado con algo de barriga, barba entrecana y aspecto de hombre que llevaba toda la vida arreglando cosas.

El hombre que tenía delante no cumplía ni uno solo de los requisitos.

Rondaría los treinta y muchos, quizá estaba cerca de los cuarenta.

Era alto, ancho de hombros y llevaba una camisa de cuadros azul oscuro con las mangas dobladas hasta los antebrazos.

Tenía el pelo castaño algo revuelto y una barba corta que le sentaba bastante mejor de lo que a mí me convenía.

—Veo que has llegado.

La voz terminó de sacarme de dudas. La había escuchado decenas de veces por teléfono.

—¿Callum?

—Fraser —respondió con una sonrisa.

Lo miré de nuevo, esta vez sin demasiado disimulo.

—Tú eres Callum Fraser.

—La última vez que lo comprobé, sí.

—Pensaba que eras...

Me callé antes de completar la frase y Callum levantó una ceja, esperando a que continuara.

—¿Qué?

—Nada.

—Pues la cara que has puesto dice otra cosa.

Dejé el bolso sobre la encimera y decidí que ya había hecho bastante el ridículo aquel día.

—Pensaba que habrías terminado antes de que llegara.

—Yo también, pero había algo más que el grifo. La junta de abajo estaba bastante mal y he preferido cambiarla antes de que dentro de una semana tengas agua por toda la cocina.

—Podías haberme avisado.

—Avisé a la inmobiliaria.

—Podías haberme escrito a mí.

Se limpió las manos con un trapo antes de contestar.

—No sabía que necesitabas un informe.

Aquello sí se parecía bastante más al Callum que conocía.

—Después de tantos años podrías haber aprendido a utilizar alguna palabra más.

—Y tú podrías haber aprendido que discutir un presupuesto no hace que baje.

—Sigues cobrando demasiado.

—Y tú sigues pagando.

—Porque la inmobiliaria insiste en llamarte siempre a ti.

—Puedes pedirles que llamen a otro.

—Llevo años planteándomelo.

Guardó una herramienta dentro de la caja.

—Se ve que no con demasiado interés.

—No te emociones.

La sonrisa se amplió un poco y tuve la impresión de que por teléfono me había perdido una parte bastante importante de su personalidad.

Sus correos siempre iban directos al grano y nuestras conversaciones rara vez se alejaban de aquello que hubiera que reparar, así que jamás me había planteado si Callum Fraser era divertido, borde o insoportable fuera de una factura, aunque empezaba a sospechar que podía ser un poco de todo.

Mientras terminaba de recoger, bajó la vista hacia mis zapatos.

—Eso tiene peor arreglo que el grifo.

—No pienso hablar de ello.

—Buena decisión.

—Son nuevos —acabé reconociendo, porque el barro ya hablaba bastante por mí.

—Y claramente no están hechos para las Highlands.

—Son zapatos, Callum, no una declaración de principios.

—Aquí casi.

Solté una risa y negué con la cabeza mientras él se ponía la chaqueta.

—Compra botas.

—Giulia lleva diciéndomelo desde que salí de Milán.

—Entonces empieza a preocuparme que necesites dos opiniones para algo tan evidente.

—No te acostumbres a que te dé la razón.

Cogió la caja de herramientas y salió de la cocina. Lo seguí hasta el recibidor mientras intentaba reconciliar al hombre que caminaba delante de mí con la voz que llevaba años escuchando al otro lado del teléfono.

—Me queda una ventana arriba —dijo al llegar a la escalera—. Necesito una pieza que no llevo, así que volveré mañana.

—A las nueve tengo una reunión y no sé cuánto tardaré.

—No pasa nada. Vendré cuando termine con lo mío y, si todavía no has vuelto, entraré con mi llave.

—Eso ya lo daba por hecho.

Callum sonrió.

—Me alegra comprobar que confías en mí después de tantos años.

—No te emociones. Confío en la inmobiliaria.

—Mucho mejor. Así no me llevo una decepción.

Abrí la puerta y el aire húmedo entró en el recibidor. Callum salió con la caja de herramientas, pero se detuvo antes de bajar el escalón.

—Por cierto, Mara.

—¿Qué?

Miró mis pies antes de contestar.

—De verdad, compra unas botas antes de mañana.

—Vete de mi casa.

Se echó a reír mientras caminaba hacia una furgoneta oscura aparcada en un lateral de la casa, que yo no había visto al llegar. Esperé a que guardara las herramientas y arrancara antes de cerrar la puerta.

Había tardado menos de dos horas en las Highlands en equivocarme de asiento, pelearme con el intermitente, negociar con una oveja y destrozar unos zapatos nuevos. Nada especialmente grave, teniendo en cuenta que todavía conservaba intactos el coche y mi orgullo.

Lo verdaderamente inesperado había sido Callum Fraser, porque durante años me había resultado muy cómodo imaginarlo con cincuenta y tantos, barriga cervecera y ningún motivo para mirarlo dos veces.

Ahora que acababa de descubrir que mi imaginación no podía haber estado más equivocada, empezaba a sospechar que los zapatos no iban a ser lo único que me complicaría la estancia.