Capítulo 2
Mara
Giulia tenía razón con lo de las botas, pero antes muerta que darle ese gusto.
La lluvia me recibió nada más salir del aeropuerto y, aunque no caía con demasiada fuerza, bastaron unos minutos para que empezara a arrepentirme de los zapatos que llevaba y del tiempo que había perdido alisándome el pelo aquella mañana.
Me subí el cuello del abrigo, agarré mejor la maleta y fui hacia el aparcamiento buscando el coche de alquiler.
Al menos había tenido la sensatez de reservar uno automático. Después de casi diez años conduciendo por la derecha, volver a hacerlo por la izquierda ya prometía suficiente diversión como para añadir también el cambio de marchas con la mano contraria.
Encontré el coche, abrí la puerta y me senté con toda naturalidad. Tardé un par de segundos en entender por qué tenía la guantera delante y otros tantos en comprobar que nadie estuviera mirando.
—Muy bien, Mara. Empezamos estupendamente.
Después de rodear el coche y ocupar por fin el asiento correcto, decidí que aquello no se lo contaría a Giulia ni bajo tortura.
Ajusté los espejos, coloqué el móvil en el soporte y repasé mentalmente lo importante antes de arrancar. Volante a la derecha, circulación por la izquierda y especial atención en las rotondas hasta que dejara de tener la sensación de que todo el mundo iba en dirección contraria.
No tardé demasiado en comprobar que una cosa era recordar cómo se conducía allí y otra conseguir que el cuerpo dejara de actuar por costumbre.
Salí del aeropuerto sin problemas y superé las primeras rotondas con bastante dignidad, pero en cuanto intenté poner el intermitente activé los limpiaparabrisas.
—Joder.
Volví a hacerlo unos minutos después y, a la tercera, decidí dejar de pelearme conmigo misma. Con la que estaba cayendo, al menos nadie podía acusarme de limpiar el parabrisas sin motivo.
El tráfico fue disminuyendo a medida que me alejaba del aeropuerto y el paisaje empezó a parecerse al que recordaba. Muros de piedra, kilómetros de verde, casas cada vez más dispersas y ese cielo gris que en Milán habría considerado deprimente y allí parecía formar parte de todo lo demás.
El contraste era mucho mayor de lo que esperaba. Había pasado tantos años acostumbrada al ruido de los coches, las motos, las terrazas y la gente que aquel silencio resultaba extraño, aunque no desagradable.
Las ovejas, en cambio, seguían siendo exactamente como las recordaba: demasiadas y con un concepto bastante particular de la propiedad de las carreteras.
Una estaba tan cerca del arcén que levanté el pie del acelerador.
—Ni se te ocurra.
Siguió comiendo sin dignarse a mirarme.
—Perfecto. Nos entendemos.
Continué y tardé un momento en darme cuenta de que acababa de amenazar a una oveja. Aquello podía acompañar perfectamente al episodio del asiento del copiloto en la lista de cosas que Giulia no necesitaba conocer.
El navegador me indicó poco después que abandonara la carretera principal.
Recordaba perfectamente los passing places , aunque llevaba demasiado tiempo sin necesitarlos, y el primer todoterreno que apareció al salir de una curva me obligó a recuperar la práctica de golpe cuando los dos frenamos casi al mismo tiempo.
El conductor señaló hacia el apartadero que yo acababa de dejar atrás y asentí antes de poner la marcha atrás. No fue mi maniobra más brillante, pero tampoco necesité siete intentos ni terminé incrustada en el muro, así que decidí considerarlo un éxito.
Cuando el hombre pasó a mi lado levantó una mano en señal de agradecimiento y respondí igual antes de continuar.
El teléfono sonó por el manos libres unos minutos después. Giulia, cómo no.
—Dime que sigues viva.
—No estás hablando con el más allá.
Su carcajada llenó el coche.
—Vale, eso me tranquiliza. ¿Qué tal vas?
—He puesto tres veces los limpiaparabrisas en lugar del intermitente y acabo de hacer marcha atrás por una carretera en la que apenas caben dos bicicletas. Saca tus propias conclusiones.
—Te está sentando fenomenal volver a tus raíces.
—Mis raíces están intentando matarme.
—Dime al menos que me hiciste caso y llevas botas.
Bajé la mirada hacia mis zapatos.
—No.
—Mara...
—¿Qué? Son perfectamente válidos para conducir.
—Sí, el problema llegará cuando tengas que bajarte del coche y entierres un tacón en el barro.
—Qué manía tienes con desearme desgracias.
—No te las deseo. Te conozco.
—No sé por qué sigo hablando contigo.
—Porque me echas de menos.
—Llevo fuera unas horas.
—Exacto. Ya empieza a notarse.
Sonreí mientras tomaba la siguiente curva.
—Tengo que colgar. Si la carretera se estrecha un poco más, voy a terminar entrando en el salón de alguien con el coche.
—Escríbeme cuando llegues.
—Sí, mamá.
—Y compra botas.
—Adiós, Giulia.
Corté la llamada y continué el camino bastante más relajada. Poco a poco empecé a recuperar automatismos que creía olvidados y dejé de pensar cada giro antes de hacerlo.
Cuando el navegador anunció que faltaban menos de tres kilómetros, lo apagué. No necesitaba indicaciones para llegar a una casa en la que había vivido durante años.
La carretera apenas había cambiado. Habían asfaltado uno de los tramos que siempre estaba lleno de baches y una vieja valla de madera había sido sustituida por un muro bajo de piedra, pero el resto seguía prácticamente igual. La última vez que había recorrido aquel camino mi madre acababa de morir.
Había llegado desde Milán después de conseguir un vuelo a toda prisa y pasar casi un día entero sin dormir. Ni siquiera quise conducir desde el aeropuerto; contraté un coche y me limité a mirar por la ventanilla porque en aquel momento no me veía capaz de mucho más.
De aquellos días recordaba cosas sueltas: el funeral, la cantidad de gente que entraba y salía, llamadas que no quería atender y papeles que firmaba porque alguien me indicaba dónde hacerlo.
También recordaba demasiado bien haber entrado en la cocina y esperar, durante un segundo, encontrar a mi madre allí.
Habíamos hablado pocos días antes y, aunque no discutimos de verdad, durante mucho tiempo me resultó más sencillo recordarlo como si lo hubiéramos hecho.
Ella solo me dijo que llevaba demasiado sin volver y yo le prometí que iría en cuanto terminara el proyecto en el que estaba trabajando.
Serían unas semanas, nada más, pero al final no llegamos a tenerlas.
Después del funeral me quedé el tiempo necesario para ocuparme de lo imprescindible. Recogí algunas cosas personales, guardé documentación y regresé a Milán.
Desde entonces había resultado bastante fácil no volver. Siempre había algún proyecto, un viaje, una entrega o cualquier otra razón suficientemente buena para aplazarlo, y la inmobiliaria hacía que pudiera ocuparme de la casa sin necesidad de pisarla.
Cuando apareció al final del camino, reduje la velocidad.
La fachada de piedra gris seguía prácticamente como la recordaba, igual que las ventanas blancas y el pequeño porche lateral.
El jardín, en cambio, estaba bastante más cuidado que cuando vivía mi madre.
Nunca había sido precisamente su pasatiempo favorito y, por lo que veía, el jardinero que se ocupaba de la casa estaba haciendo un buen trabajo.
Aparqué delante y apagué el motor.
Durante todo el viaje había conseguido centrarme en el proyecto, el coche y lo que tenía que hacer durante los próximos días. Con la casa delante resultaba bastante más difícil mantenerlo todo en ese terreno, así que cogí el bolso y salí antes de darme demasiado tiempo para pensarlo.
La lluvia había aflojado, pero el suelo seguía empapado y Giulia debía de tener poderes porque, antes de que hubiera recorrido la mitad del camino, el tacón derecho se hundió en el barro.
—No puede ser.
Tiré del pie con cuidado y el zapato decidió quedarse donde estaba. Tuve que apoyar la maleta, sujetarme en el coche y hacer un segundo intento hasta conseguir sacarlo sin dejarlo enterrado.
El barro cubría casi todo el tacón y parte del lateral.
—Me cago en...
Intenté limpiarlo contra la hierba y conseguí empeorarlo, así que desistí antes de terminar de destrozarlo. Giulia no iba a recibir una fotografía de aquello ni aunque la necesitara para identificar mi cadáver.
Mi madre se habría partido de risa al verme y seguramente lo primero que habría hecho sería preguntarme cuánto habían costado los zapatos antes de decirme que me estaba bien empleado por presentarme allí con semejante calzado.
Después habría ido a buscar unas botas viejas y habría insistido en que me las pusiera aunque me quedaran enormes.
Pensar en ella de aquella manera seguía doliendo, pero también hacía que cruzar aquella puerta resultara un poco menos difícil.
Arrastré la maleta hasta la entrada, saqué la llave del bolso y abrí.
El recibidor estaba distinto. Las paredes tenían otro color, faltaban algunos muebles y alguien había cambiado la lámpara que recordaba de toda la vida, aunque seguían allí la consola estrecha junto a la escalera y el pequeño desnivel del suelo cerca del pasillo con el que me había tropezado más veces de las que estaba dispuesta a reconocer.
Cerré la puerta detrás de mí y dejé la maleta a un lado.
No sabía qué esperaba sentir exactamente.
Quizá por eso me molestó descubrir que la casa seguía resultándome familiar incluso después de cuatro años, aunque otras personas hubieran vivido allí, cambiado cosas y ocupado habitaciones que durante mucho tiempo habían pertenecido únicamente a mi madre y a mí.
Me quité el abrigo y estaba pensando en subir las maletas cuando un golpe procedente de la parte trasera de la casa me hizo girar la cabeza.
Escuché después un ruido metálico y recordé que la inmobiliaria había mencionado las pequeñas reparaciones pendientes tras la marcha de los últimos inquilinos.
Había dado por hecho que Callum terminaría antes de mi llegada, aunque tampoco podía asegurar que no me hubieran enviado algún correo durante el viaje que todavía no había leído.
Fui hacia la cocina y llamé en voz alta.
—¿Hola?