Este Highlander no entraba en mis planes Capítulo 1
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Este Highlander no entraba en mis planes

Este Highlander no entraba en mis planes

Por Aitor Ferrer

© inepub.com

Capítulo 1

Mara

—Como vuelva a tocar esa lámpara, le corto la mano.

Giulia dejó de escribir en el portátil y levantó la vista hacia mí.

—Espero que estés hablando del cliente y no de mí.

—Del cliente. Tú ya sabes que no puedes tocar nada sin mi permiso.

—Qué alivio.

Volví a mirar la fotografía que acababan de enviarnos desde París y amplié la imagen con dos dedos. La lámpara seguía torcida. No mucho, quizá un par de centímetros, pero los suficientes para que llevara diez minutos preguntándome cómo era posible que nadie más lo viera.

—Está torcida.

—Mara, son las ocho y cuarenta y cinco de la mañana.

—¿Y a las ocho y cuarenta y cinco las cosas torcidas dejan de estar torcidas?

Giulia apoyó la barbilla en una mano.

—A esa hora la gente normal todavía está intentando recordar cómo se llama.

—Por eso nosotros no contratamos a gente normal.

—Lo dices como si fuera una virtud.

Sonreí sin apartar la vista de la pantalla y escribí al responsable del montaje para pedirle, con bastante más educación de la que me apetecía, que comprobara la posición de la lámpara antes de que llegara el fotógrafo.

Llevábamos siete meses trabajando en aquel pequeño hotel, un edificio del siglo XIX a dos calles del Sena, con pocas habitaciones, muchísimo dinero invertido y un propietario que había descubierto demasiado tarde que tener buen gusto no venía incluido con la cuenta bancaria.

Al día siguiente se hacía la sesión definitiva para la prensa.

El resultado había quedado espectacular, aunque la lámpara seguía torcida. Cerré el correo y cogí mi café.

—Ahora puedes respirar —dijo Giulia.

—Estaba respirando.

—Eso no era respirar. Era contener un homicidio.

—No exageres.

—Hace cinco minutos has amenazado con amputarle una mano a un cliente.

—En privado.

—Ah, entonces perfecto.

Giulia llevaba seis años trabajando conmigo y prácticamente los mismos soportándome fuera del estudio.

Nos habíamos conocido durante mi segundo año en Milán, cuando las dos cobrábamos bastante menos, trabajábamos demasiadas horas y todavía creíamos que salir de la oficina antes de las nueve era señal de poca implicación.

Ella había aprendido a relajarse y yo a comprar zapatos mejores. Cada una evolucionaba a su manera.

Me levanté para dejar la taza en una de las mesas auxiliares y aproveché para alisarme la falda.

Llevaba una de mis favoritas, de color crema y corte recto, con una blusa negra y unos zapatos que había estrenado la semana anterior.

Teníamos una reunión importante después de comer y nunca había entendido a la gente que consideraba superficial preocuparse por la imagen mientras dedicaba horas a elegir el coche, el reloj o el sofá.

Giulia me miró de arriba abajo.

—¿Tienes una cita?

—Una reunión.

—Con esa falda yo te pediría matrimonio antes de hablar del presupuesto.

—Por eso no te dejamos negociar contratos.

—Qué poca visión empresarial.

Mi móvil vibró sobre la mesa. Claudia, la asistente de Lorenzo, me avisaba de que quería verme en su despacho cuando pudiera.

Cogí la libreta y el teléfono.

—Lorenzo quiere hablar conmigo.

—¿Has hecho algo?

—Normalmente, cuando hago algo, lo sabes.

—Cierto.

—Si llaman de París, que no muevan nada.

—Voy a decirles que desmonten el hotel entero.

—Giulia.

—Vete, anda.

El estudio ocupaba las dos últimas plantas de un edificio rehabilitado cerca de Porta Nuova.

Había entrado allí ocho años atrás con un italiano bastante mediocre, una carpeta llena de proyectos y muchas más ganas que experiencia.

Ahora dirigía mis propios equipos y trabajaba justo en aquello que había ido buscando desde que llegué a Milán: hoteles pequeños con personalidad, casas privadas y proyectos donde el lujo tuviera más que ver con los espacios que con llenar una habitación de cosas caras.

Llamé dos veces a la puerta de Lorenzo y entré cuando me dio permiso. Francesca, una de las socias del estudio, estaba sentada frente a él con una carpeta abierta sobre la mesa.

—Siéntate, Mara —dijo Lorenzo.

—¿Me vais a despedir?

Francesca sonrió.

—Depende de lo que nos respondas.

—Estupendo.

Me senté y crucé las piernas.

Lorenzo giró la carpeta hacia mí. La primera fotografía mostraba una construcción de piedra gris rodeada de árboles, con dos pequeñas torres en los extremos y una fachada que conseguía imponerse incluso bajo el cielo plomizo de la imagen.

Tardé un segundo en darme cuenta de que lo que me resultaba familiar no era el edificio, sino el paisaje.

—¿Dónde está?

—En las Highlands —respondió Francesca.

Claro, tenía que estar en las Highlands.

—No.

Lorenzo arqueó una ceja.

—Todavía no te hemos explicado nada.

—Puedes hacerlo. No prometo que vaya a cambiar mi respuesta.

—Pensaba que te entusiasmaría.

—¿Por qué? ¿Porque nací allí?

—Porque llevas años pidiendo un proyecto de estas características.

—Y hay otra cosa —añadió Francesca—. El cliente ha preguntado si podías encargarte tú personalmente del proyecto.

La miré.

—¿Yo?

—Eres escocesa, conoces la zona y llevas años trabajando fuera. Supongo que para ellos eres una combinación bastante buena.

—Ya. Todo son ventajas.

Aquello era jugar sucio y Lorenzo lo sabía.

Volví a mirar la carpeta. Había planos, fotografías de interiores, jardines, antiguas caballerizas y una extensión de terreno que parecía no terminar nunca. La propiedad no era enorme, al menos no comparada con algunos edificios con los que habíamos trabajado, pero tenía muchísimo carácter.

Francesca empezó a pasar páginas.

—Los propietarios quieren transformarla en un hotel muy exclusivo.

Doce suites , quizá alguna más si finalmente se recupera el ala norte, restaurante solo para huéspedes, una pequeña zona de spa , piscina climatizada, jardines y caballos.

Nada de grandes grupos ni eventos multitudinarios.

Buscan privacidad y quieren conservar todo lo posible del edificio original.

Eso consiguió interesarme bastante más de lo que habría querido.

—¿Quién lleva la rehabilitación?

Francesca me dio el nombre del estudio de arquitectura y lo reconocí al instante. Había visto varios de sus proyectos publicados y sabía que no aceptaban cualquier encargo.

—¿Ellos llevan toda la intervención?

—Sí. Nosotros nos encargamos de los interiores —explicó Lorenzo—. Habitaciones, zonas comunes, restaurante, spa y parte del trabajo de las caballerizas.

Pasé otra página y me detuve en la biblioteca. Conservaba un techo de madera oscuro y una chimenea enorme; había mucho que hacer, pero también muchísimo que salvar. Mierda, me gustaba.

—¿Cuándo empieza?

—La fase previa ya está en marcha. Necesitamos a alguien allí dentro de tres semanas.

Levanté la cabeza al oírlo.

—¿Tres semanas?

—La primera etapa será bastante intensa.

—¿Cuánto tiempo?

—Calculamos entre siete y ocho meses.

Solté la carpeta sobre la mesa.

—Ni hablar.

Francesca se echó a reír.

—Ahora sí tienes toda la información.

—Tengo proyectos aquí.

—Los redistribuiremos.

—Tengo vida aquí.

—Esa no podemos redistribuirla —dijo Lorenzo—, pero tampoco te estamos enviando a la otra punta del mundo.

—No, solo a un sitio donde llueve de lado.

—Eres escocesa.

—Llevo casi diez años en Italia. Mi cuerpo ya se ha adaptado a otras condiciones.

Francesca volvió a reírse, pero Lorenzo no apartó los ojos de mí. Me conocía demasiado.

—Es exactamente el tipo de proyecto que querías, Mara.

Lo sabía y él sabía perfectamente que yo también, lo que me fastidiaba todavía más.

Cogí otra vez la carpeta y seguí mirando las imágenes. El edificio necesitaba justo lo que más me gustaba hacer: conservar lo suficiente para que mantuviera su identidad y transformar el resto sin convertirlo en un decorado antiguo.

No quería un hotel escocés lleno de tartán, cuadros de ciervos y cabezas disecadas. Allí podía hacer algo increíble, y precisamente por eso tenía un problema.

—Quiero pensarlo.

—Por supuesto —dijo Francesca.

Lorenzo sonrió.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta mañana.

—Perfecto.

Me levanté con la carpeta debajo del brazo.

—Me la llevo.

—Eso suponía.

Le lancé una mirada antes de salir y me encontré a Giulia esperándome prácticamente en mitad del pasillo.

—Esa cara me interesa.

Seguí andando.

—Tenemos un proyecto nuevo.

—Eso pasa bastante en un estudio de interiorismo.

—En Escocia.

Se quedó quieta y yo avancé otros dos pasos antes de darme cuenta y volverme hacia ella.

—¿Escocia, Escocia?

—No conozco otra.

—¿Edimburgo?

—Highlands.

—Hostia.

—Exactamente.

Media hora después estábamos en una sala de reuniones con la carpeta abierta entre las dos, mientras Giulia pasaba las fotografías cada vez más despacio.

—Mara, esto es una pasada. Mira esos jardines… y las caballerizas. ¿De verdad estás pensando en rechazarlo?

—Estoy pensando en que está en las Highlands, que no es exactamente lo mismo.

—También está a punto de convertirse en uno de los proyectos más bonitos que hemos tenido entre manos.

Eso era precisamente lo peor. Giulia me observó unos segundos antes de volver a mirar la carpeta.

—¿Cuánto hace que no vuelves?

No necesitaba preguntar a qué se refería.

—Cuatro años.

—Desde lo de tu madre.

Asentí. No quería hablar demasiado de aquello en el estudio, aunque, bueno, para ser sincera, ni allí ni casi en ningún sitio.

Mi madre había muerto cuatro años atrás y, cuando la casa pasó legalmente a mi nombre, había firmado todo lo necesario para que una inmobiliaria se ocupara de ella: alquileres, contratos, incidencias y mantenimiento.

Yo solo intervenía cuando necesitaban alguna autorización o aparecía una reparación que requería hablar directamente con Callum, el hombre al que recurrían desde hacía años para casi todo lo relacionado con la casa.

—¿Sigue alquilada? —preguntó Giulia.

—Los últimos inquilinos se marchaban este mes.

Cogí el móvil porque recordaba haber recibido hacía poco un correo de la inmobiliaria. Lo encontré enseguida: entregaban las llaves el viernes siguiente y querían saber si autorizaba poner nuevamente la casa en el mercado.

Giulia leyó por encima de mi hombro.

—Pues ya tienes dónde vivir.

—Todavía no he aceptado.

—Claro.

—Giulia.

—Mara, tienes una casa allí y un proyecto que parece hecho para ti.

—A cuarenta y cinco minutos.

Me miró con una sonrisa.

—¿Cómo sabes cuánto hay si no vas a aceptar?

La ignoré y volví al trabajo, aunque aquella tarde me costó bastante concentrarme. Avancé menos de lo habitual porque, cada poco, terminaba abriendo otra vez la carpeta, buscando información del proyecto o comprobando fechas.

A las seis llamé a la inmobiliaria.

—Soy Mara Sinclair.

La mujer tardó poco en localizar el expediente.

—Sí, señorita Sinclair. Justamente íbamos a contactar con usted. ¿Ha decidido qué hacemos con la casa?

Miré por la ventana. Milán empezaba a encenderse al otro lado del cristal.

—No la anunciéis todavía.

—¿Va a utilizarla?

La pregunta me hizo dudar apenas un instante.

—Durante unos meses.

—Perfecto. Entonces dejaremos todo preparado para su llegada. Hay un par de pequeñas reparaciones pendientes después de la salida de los inquilinos, pero ya hemos hablado con Callum.

—¿Qué reparaciones?

—Un grifo de la cocina pierde agua y hay una ventana que no cierra bien. Nada importante.

—Que lo arregle.

—Le enviaremos el presupuesto.

—No hace falta si está dentro de lo habitual. Callum ya sabe cómo hacerlo.

Desde que la casa había pasado a mi nombre, tratar con él se había convertido en una rutina.

Sus correos iban siempre directos al grano, jamás utilizaba diez palabras cuando podía resolver algo con cuatro y tenía una facilidad extraordinaria para considerar razonables cantidades que a mí me lo parecían bastante menos.

Nunca nos habíamos visto porque, sencillamente, nunca había habido ningún motivo para hacerlo.

Colgué y Giulia levantó la vista desde su mesa.

—Has aceptado.

—He dicho que no vuelvan a alquilar la casa.

—Lo que decía.

La miré durante un segundo.

—Cállate.

Sonrió.

A la mañana siguiente entré en el despacho de Lorenzo y le dije que sí.

Tres semanas después estaba sentada junto a la ventanilla de un avión rumbo a Escocia, con el portátil guardado, una maleta facturada que pesaba bastante más de lo permitido y dos mensajes de Giulia sin contestar.

El primero decía:

Procura no asesinar a nadie antes de empezar las obras.

El segundo:

Y compra botas.

Sonreí y bloqueé el teléfono. Las botas podían esperar; llevaba unos zapatos nuevos que me habían costado una cantidad indecente y no pensaba renunciar a ellos solo porque fuera a pasar unos meses en Escocia.

Cuando el avión empezó a moverse, apoyé la cabeza en el asiento y miré hacia las pistas. Había viajado decenas de veces por trabajo desde que vivía en Milán: París, Londres, Roma, Viena, Madrid… Nunca me había importado demasiado el destino. Llegaba, hacía mi trabajo y volvía.

Aquello era diferente porque no iba a conocer un lugar nuevo, sino a regresar a uno al que llevaba cuatro años encontrando razones para no volver. Todavía no tenía claro si aceptar aquel proyecto había sido una magnífica oportunidad profesional o una idea de la que acabaría arrepintiéndome.