31 Golpe de realidad
Tras la venta de los terrenos del casino, Mark y sus compañeros se ponen manos a la obra con los documentos. Habla con Dennis y me llaman para que acuda urgentemente a su oficina.
Llamo a Sam para que me acompañe porque no quiero ir sola y Graham está trabajando, así que ella no se lo piensa dos veces. Quiere resolver esto tanto como yo, porque para ella este lugar es especial.
Cuando llegamos, me para antes de entrar, me agarra de los hombros y me mira a los ojos.
—¿Estás preparada para lo que te vayan a decir?
Lo pienso dos veces y, aunque sé que es muy complicado demostrar que no sabía lo que firmaba y que esos documentos son legales, estoy dispuesta a afrontar cualquier decisión.
No es que me quede sin nada, porque mi abuelo me dejó muchas cosas: bienes inmuebles, mucho dinero…
Pero el casino, para mí, era ese lugar mágico que nos unía, con sus luces, sus sonidos, sus salas, sus espectáculos, su gente…
Era refugio para mis amigos, era mi abuelo y toda su esencia, su alma, y no quiero perderlo porque hay demasiados recuerdos.
—Sinceramente, no. Y espero que haya algo, por muy mínimo que sea, que pueda anular esta venta, pero eso es solo una esperanza…
Ella me abraza fuerte y me susurra al oído:
—Jud, yo confío en que la hay, tengo un pálpito.
La esperanza es lo último que se pierde.
Yo no me di por vencida nunca contigo y con Graham, y miraos ahora: sois la pareja perfecta.
Esa pequeña esperanza de que fueras mi cuñada ha hecho que hoy se haya convertido en una realidad.
Estáis juntos, sois felices, os queréis y eso es lo que siempre me ha bastado.
Y, en este caso, eso será suficiente para que nadie nos arrebate nada.
La abrazo con fuerza y entramos en el despacho.
Un número considerable de abogados se encuentra dentro, junto con los inversores que han comprado el casino, algo que me sorprende porque no sabía que ellos también estarían aquí.
Nos hacen tomar asiento y, en este momento, estoy nerviosa, asustada y a la vez ansiosa por saber por qué estamos aquí todos.
—Buenos días. Perdonen que les hayamos llamado a todos, pero creemos que es necesario que escuchen esto para buscar la mejor solución a este problema, que obviamente tendremos que resolver.
La sala está en silencio, pero todos nos miramos unos a otros sin saber qué nos van a contar.
—Una vez analizada toda la documentación de compraventa de los terrenos de los Alister firmada por la señorita Judith Alister, hemos procedido a revisar cada punto.
Y, al tratarse de una herencia recibida hace un año, sobre la cual pesaban unas condiciones, hemos solicitado el testamento completo del señor Alister, que estaba en posesión de su notario, ya que todavía quedaba una parte pendiente que se haría efectiva al cumplirse un año de su defunción.
Mark mira a Dennis y le cede la palabra, mientras yo me quedo en estado de shock. ¿En serio mi abuelo ha preparado un segundo asalto? No me lo puedo creer.
—Judith, sé que esto te pillará por sorpresa, pero tu abuelo era un hombre muy previsor y quiso asegurarse de todo antes de dejarnos.
Por eso dejó un segundo testamento para que, llegado el momento en el que se cumpliera el plazo en el que el casino tuviera una dirección clara, no hubiera problemas.
Lo miro sorprendida, aunque encaja perfectamente con él. Nunca daba una partida por perdida.
—Obviamente no podía incumplir el acuerdo y leerlo antes de tiempo, pero una de las cláusulas del testamento dice que los terrenos del casino no podrán ser transferidos a terceros sin la firma de su hija, Margaret Alister.
Y esa firma no está en ningún documento.
Por lo tanto, la venta queda invalidada y el casino, junto con todos sus terrenos, continúa siendo de los Alister.
Durante unos segundos solo se escucha el zumbido del aire acondicionado de la sala. Mis ojos se llenan de lágrimas mientras intento procesar lo que acaba de decir.
El casino sigue siendo mío.
Me quedo sin saber qué decir ni cómo reaccionar. ¿Lo he entendido bien?
Sam aprieta mi mano y, cómo no, no puede dejar de ser ella ni en un momento como este.
—¡Sí! ¿Ves? Te lo he dicho. Qué pena que Graham se esté perdiendo esto.
Suelta la frase mirando la cara de los inversores, que está blanca como el papel. No saben ni qué decir.
—Entendemos que han sido víctimas de una estafa millonaria por parte del señor Jason Queen y nuestro equipo legal está dispuesto a ofrecerles soporte para que puedan recuperar su dinero, ya que la señorita Alister no desea vender el casino.
Ellos, de forma educada, aceptan la propuesta de Mark y deciden que, como hay que llamar a Jason para esta segunda lectura del testamento, será allí donde le tiendan una trampa.
Antes de marcharme me dicen que en dos días tendré que volver para la lectura de ese segundo testamento, que ya le han enviado una notificación a Jason y que, una vez allí, esperan que sea arrestado.
Cuando salimos del edificio, Sam está como loca y yo todavía no me lo creo.
—Tengo que contárselo a Graham.
Sam sigue saltando mientras cojo el teléfono para llamarlo, pero se me adelanta.
—Graham, tengo buenísimas noticias.
No me deja ni terminar.
—¿Tú sabías que había otro testamento?
Me quedo callada. ¿Cómo lo sabe él?
—Me lo acaban de decir, pero… ¿cómo lo sabes tú? —miedo me da su respuesta.
—He ido a buscarlo, Jud, no podía dejar las cosas así. Es un hijo de puta y…
Ahora la que no le deja terminar soy yo.
—Y se le ha acabado el chollo. Tenemos un plan, pero no te preocupes, el casino es nuestro y nadie nos lo va a arrebatar.
Me siento como en una nube y, aunque sé que falta esa nueva lectura —que miedo me da—, también sé que mi abuelo siempre ha creído en mí, y si puso esa cláusula para la venta del casino es porque ya se olía algo.
Muy bien jugado, abuelo. Eres un crack, estés donde estés.
Han pasado los dos días rapidísimo, y es que el trabajo en un casino nunca cesa.
No he contado nada de lo que ha pasado todavía y muchos esperan que haga una reunión, porque desde la marcha de Jason no lo he hecho, pero quería esperar, porque han pasado demasiadas cosas y espero que los empleados puedan entenderlo.
Ahora lo que me importa es lo que me depare el día de hoy, y no espero más.
Subimos nerviosos a la sala de reuniones del despacho del notario.
Graham me coge la mano fuerte y no piensa soltarla, algo que me encanta de él, y nos adentramos en ese habitáculo que hace que se me corte la respiración en cuanto me encuentro a Jason ya sentado en la mesa, con un café en la mano, como si estuviera esperando en una cafetería.
La rabia me consume, pero Graham me para en seco, me mira a los ojos y me susurra al oído que hoy tendrá lo que se merece. Y eso me hace estar más relajada.
Ya no puede hacerme daño. El casino es mío, le ha salido mal su jugada maestra y hoy tendrá su castigo. Las consecuencias serán salir de esta sala con unas esposas a juego con su calva, lisas y perfectas.
Antes de que empecemos, llega mi madre junto a Mark.
Verla entrar me llena de orgullo; es la mujer que admiro, la que aparcó su propia vida para cuidar de mi abuelo en sus peores momentos sin quejarse jamás.
Nuestra relación arrastraba las grietas de mi año de ausencia, pero una conversación reciente bastó para sanarlo todo y blindar nuestro vínculo.
Al encontrarnos en mitad de la sala, nos refugiamos en un abrazo inmenso.
Ella me aprieta con fuerza, se queda a nuestro lado y, codo con codo, nos preparamos para encarar lo que el destino nos tenga reservado hoy.
Dennis comienza su discurso mientras abre un armario en el que hay una televisión enorme.
—Bienvenidos de nuevo. Hoy se cumple un año desde la lectura del testamento de don Álvaro Alister, en el cual puso unas condiciones muy contundentes para la dirección del casino Alister, las cuales no se han cumplido por parte de la señorita Alister.
Llegado este momento, don Álvaro dejó un segundo testamento, pero en esta ocasión en forma de mensaje, que quería que todos vieran. Así que procedamos.
Acciona un botón y la cara de mi abuelo aparece en esa gran pantalla. Con sus arrugas y su sonrisa. Y es curioso, porque en ese momento ese olor tan peculiar a su perfume me inunda las fosas nasales.
—Queridos amigos y familia…
La voz de mi abuelo invade la sala y el aire parece detenerse de golpe.
—Si estáis viendo esto significa que ya no estoy ahí para daros dolores de cabeza en persona, así que supongo que tendréis que conformaros con verme en una pantalla.
Una pequeña sonrisa triste aparece en los labios de mi madre, mientras yo aprieto la mano de Graham con fuerza y él me abraza con cariño.
Verlo ahí, moviéndose, respirando, hablando como si todavía estuviera con nosotros, me rompe por dentro.
—No quiero que me recordéis enfermo. Bastante tuve yo con aguantar médicos, pruebas y pastillas durante años como para que encima os quedéis con esa imagen.
Prefiero que me recordéis como el hombre pesado que no se perdía una sola noche en el casino, aunque luego tuviera que irse a dormir antes que nadie.
Mi madre suelta una risa ahogada entre lágrimas y hasta Dennis sonríe ligeramente.
—Viví mucho más de lo que los médicos esperaban y eso ya fue un regalo.
Tuve una vida plena, con una esposa maravillosa, que fue el gran amor de mi vida; una hija a la que he querido siempre con locura; y una nieta perfecta, desde pequeña hasta que se convirtió en una gran mujer con las ideas muy claras, aunque sinceramente me dio más dolores de cabeza que cualquier enfermedad rara.
—Abuelo… —susurro llorando mientras niego con la cabeza.
En la pantalla sonríe como si pudiera escucharme.
—Judith, sé que probablemente me hayas odiado un poco este último año… y, sinceramente, te entiendo. Puede que incluso hayas querido matarme en algún momento y, créeme, yo también habría querido hacerlo si me obligaran a buscar marido contrarreloj.