30 Sorpresas
JASON
Todo ha salido justo como yo quería y, sinceramente, no puedo decir que no lo haya disfrutado.
Ver la cara de Judith cuando he presentado mi dimisión ha sido satisfactorio, sí, pero nada comparado con el momento en el que esos hombres han aparecido en el casino y le han comunicado que ya no le pertenece.
Porque ahí, justo ahí, he visto cómo algo dentro de ella se rompía de verdad, y esa imagen vale muchísimo más que cualquier discusión que hayamos tenido durante este último año.
Llámame cínico si quieres, pero no podía perderme ese momento; así que he vuelto solo para esconderme tras unas plantas artificiales del bar, para no perderme esa escena que ha sido mejor que un drama turco.
Puedes pensar que soy rencoroso, malvado o lo que quieras, pero te voy a decir una cosa: todo lo que pienses de mí me importa menos que un pimiento.
Porque yo ahora soy millonario y lo único que me importa es hacer mis maletas para irme lejos, muy lejos.
A un lugar donde nadie me encuentre y que, por supuesto, no tenga orden de extradición; porque seguro que Judith intentará denunciarme por falsificación documental, estafa, apropiación indebida, entre otros delitos que no te voy a detallar.
Mis contactos, como siempre, me ayudarán a salir de Las Vegas, algo que no me va a resultar complicado porque, por el momento, no hay nada en mi contra. Ya me aseguré muy bien de que todos los documentos fueran lo más legales posible para curarme en salud.
Mi nueva vida será en Dubái. Un lugar que es perfecto para mí, donde puedo comenzar de cero sin problema y donde nadie va a hacer demasiadas preguntas mientras tenga dinero suficiente para comprar silencio.
Ya he alquilado un ático de lujo y un deportivo para moverme por allí, y he concertado dos entrevistas de trabajo en lugares importantes para los cuales estoy muy cualificado. Así que podemos decir que esto ya está casi hecho.
Estoy terminando de empaquetar todas mis cosas cuando llaman a la puerta. Abro sin mirar pensando que es Leonard, que es quien me ha ayudado con todo esto, pero, en cuanto veo quién está al otro lado, noto cómo todo mi cuerpo se tensa.
Es Graham, y por la expresión que lleva sé que no ha venido precisamente a hablar.
—Tú, pedazo de mierda con patas, ¿vas a algún lado?
Su voz suena peligrosamente calmada, pero sus ojos recorren las cajas del salón, los billetes de avión sobre la encimera y el portátil abierto encima de la mesa. Mierda.
Él ni se inmuta; solo entra en el piso sin pedir permiso. El silencio que deja detrás cuando cierra la puerta pesa más que cualquier grito.
—A dónde yo me vaya no es asunto tuyo. ¿No deberías estar consolando a tu novia? —escupo, con cierta chulería.
—Ella no sabe que estoy aquí —dice acercándose despacio—, y creo que el otro día no te quedó claro qué pasaría si volvías a hacerle daño.
Suelto una risa seca.
—¿Vas a pegarme en mi propia casa? Muy inteligente, campeón.
—No me provoques.
Ahora sí noto la tensión en su mandíbula, en sus puños, en la forma en la que me mira, y por un instante entiendo que realmente podría perder el control.
Una de las cajas cae al suelo al golpearla con su pierna y varias fotos de Judith se desparraman por el parqué.
Ninguno de los dos aparta la mirada.
—Tú has ganado, te has quedado con la chica, es lo que querías, ¿no? Y, sinceramente, no entiendo cómo lo has hecho, porque tú nunca has estado a su lado, ni siquiera cuando su abuelo murió.
Intento darle donde más duele, porque es la verdad: ella lo ha perdonado demasiado rápido.
—A ver cuándo entiendes que ella no es un premio. Es libre de elegir con quién quiere estar, al igual que lo ha sido para perdonarme mis cagadas. Pero eso no es lo que te tiene que preocupar ahora. —Me lo dice con un tono duro y seco.
—No es vuestra historia lo que me preocupa —continúo, acercándome un paso—. Lo que me preocupa es que Judith sigue siendo incapaz de ver quién ha estado siempre ahí.
—No confundas obsesión con amor —escupe, mirando de nuevo las fotos.
—¿Obsesión? —Me río—. Tú has aparecido después de años sin hablaros y, aun así, ella ha vuelto a mirarte como si fueras el centro del universo. ¿Sabes lo que es verla todos los días y no tenerla nunca?
Graham aprieta los dientes.
—Olvídate de ella.
—No puedo.
La respuesta sale demasiado rápido y no estoy mintiendo.
Y eso le cabrea todavía más.
Me paso una mano por la nuca mientras camino por el salón intentando descargar toda la tensión que llevo dentro desde hace meses.
—Tú no entiendes una mierda, Graham. Tú te fuiste.
Yo me quedé aquí viendo cómo se desvivía por este casino, cómo se rompía intentando demostrarle a todo el mundo que podía sola, cómo nunca abría su corazón a nadie porque, claro, ya estaba ocupado.
Mientras yo solo quería estar con ella, ella vio un rival en mí y nunca me dio pie a nada, ni a una mísera amistad.
Y entonces vi la oportunidad perfecta. Álvaro tenía dudas sobre ella y…
Él frunce el ceño.
—¿Qué tiene que ver Álvaro en todo esto? —dice, cortando mi estupendo monólogo.
Y es cuando sonrío para contarle lo mejor de todo.
—Mucho más de lo que imaginas.
Ahora sí capto toda su atención.
El ruido lejano del tráfico entra por las ventanas del piso mientras él espera mi respuesta sin moverse.
—Yo nunca obligué a Álvaro a hacer nada —digo finalmente—, pero sí supe alimentar sus dudas, porque estaba convencido de que Judith necesitaba estabilidad, alguien que la cuidara, alguien que dirigiera esto con ella… y yo me encargué de repetirle exactamente eso durante años.
—Eres un hijo de puta —escupe, enfurecido.
—No, soy alguien que vio una oportunidad antes que vosotros.
—Manipulaste a un hombre enfermo.
—Le hice creer lo que ya temía.
El golpe llega tan rápido que apenas me da tiempo a reaccionar.
Graham me agarra de la pechera y me empotra contra la pared con tanta fuerza que uno de los cuadros cae al suelo.
Esta vez no está fingiendo.
Y lo peor es que, por primera vez desde que ha llegado… dejo de sentirme totalmente seguro.
—Escúchame bien —dice acercando su cara a la mía, mientras la vena de su cuello late con fuerza—: si vuelves a acercarte a Judith o intentas joderle la vida más de lo que ya lo has hecho, me dará exactamente igual lo que me pase después.
Durante unos segundos no me suelta, y el silencio entre nosotros resulta mucho más violento que cualquier amenaza.
—Ella jamás te habría elegido —murmura, soltando mi agarre—. Ni aunque yo no existiera.
Eso sí me duele, pero antes de que pueda responder vuelven a llamar a la puerta.
Me aparto de él y abro para huir claramente, pero entonces un hombre trajeado me entrega un sobre certificado.
Firmo sin entender nada, rompo el sello y leo rápidamente el contenido sin esperar tan siquiera a que Graham reaccione de nuevo y vuelva a arremeter contra mí. Pero lo que leo me deja sin habla; esto no lo había calculado.
—¿Qué es eso? —pregunta Graham, todavía alterado al ver mi reacción.
Y entonces el estómago se me contrae.
Porque en el documento se solicita mi presencia obligatoria en una segunda lectura del testamento de Álvaro Alister, prevista para el aniversario exacto de su muerte, que es en dos días.
Frunzo el ceño. No entiendo nada, porque el casino ya no es suyo, ni mío. Todo esto debería haber terminado ya.
—¿Qué pasa? —insiste Graham.
Levanto lentamente la vista del papel.
—Al parecer… el viejo dejó instrucciones adicionales para dentro de un año.
En ese momento Graham abandona mi piso dejándome ahí plantado y, en parte, aliviado. Por primera vez en mucho tiempo una sensación incómoda empieza a abrirse paso dentro de mi pecho, así que no me quedan más opciones que ir, porque si no voy vendrán a buscarme y ahora no puedo jugármela.