29 Todo o nada
Veo a Jason salir del casino desde la ventana y no puedo evitar pensar que, tras todo esto, hay algo que no cuadra. Él es un luchador, un guerrero; y, aunque me cueste admitirlo, dudo que haya tirado la toalla. Así que llamo a Graham y a Sam porque necesito saber qué opinan al respecto.
Los empleados del casino están revolucionados; todos quieren saber qué ha pasado. Aunque saben que estos once meses han sido un tira y afloja entre nosotros, no esperaban que él se marchara. Tengo que hacer una reunión para aclararlo todo, pero primero debo tenerlo claro yo.
—¿Qué pasa? ¿Habéis decidido casaros por fin?
Sam entra como un torbellino pensando que la respuesta es esa, pero la realidad es otra.
—Os he llamado a los dos porque ha ocurrido algo muy curioso: Jason ha dimitido.
Ambos se miran sorprendidos.
—No me lo creo —suelta Graham—. No puede ser tan sencillo.
—Yo también lo pienso, pero no sé qué hacer.
—Quizá ha visto que ya no tenía opciones y ha preferido rendirse a verse humillado.
Puede ser, pero sigue sin encajarme nada y presiento que aquí hay gato encerrado.
—A ver… sabemos que quería vender el casino, pues tenemos que investigar. Porque no le pega rendirse tan fácilmente.
En ese momento mi teléfono suena. Es Mark, el abogado de la familia; así que les hago una señal con la mano y cojo la llamada activando el manos libres.
—Hola, Mark, ¿cómo estás? —contesto, mirando a Sam y a Graham.
—Hola, Judith. Bien, muy bien. Escucha, tenemos que reunirnos… Tras nuestra conversación del otro día, he hecho unas indagaciones y necesito explicártelo todo en persona. Además, me ha llegado una documentación y quiero discutirla contigo.
Mark me deja preocupada. Su tono era serio, y eso no suele ser muy normal en él; por eso quedamos esa misma noche en el bar del casino.
No te lo he dicho, pero, después de afianzar mi relación con Graham, y aunque él está dispuesto a casarse conmigo, no he aceptado su propuesta.
No quiero una boda exprés con él. Quiero vivir nuestra relación intensamente y, claro que querré casarme, pero no quiero precipitar nada.
Él me importa mucho más que este lugar, aunque eso signifique traicionar a mi abuelo.
Por otra parte, si lo pienso detenidamente, él estaría orgulloso de que tomara esta decisión, porque siempre me ha enseñado que, aunque la mente es racional, hay decisiones que no dependen de la razón, sino que se toman con el corazón.
Y esta es la mejor decisión que podía tomar, por lo que hablé con Mark a ver si de alguna forma podíamos impugnar la decisión de mi abuelo de cederle el casino a Jason.
El resto de la tarde transcurre como si nada. Graham, desde que estamos juntos, pasa mucho rato por aquí, me ayuda con las gestiones del casino, controla los accesos, se ha hecho con el personal y está muy involucrado.
No me cabe la menor duda de que sería un buen director junto a mí. Pero, desgraciadamente, si no hay nada que cambie, no podremos disfrutar de trabajar juntos. No puedo pedirle que lo deje todo por mí, aunque siempre espero que tome él la decisión.
Llegada la hora acordada con Mark, nos vamos al bar del casino para esperarlo. En ese momento, aparecen tres hombres preguntando por mí y me entregan una carta.
Todo es muy misterioso; parecen agentes de seguros trajeados. Abro la carta y en ella me invitan educadamente a abandonar el casino en un plazo no superior a un mes, ya que ellos son… ¡¿los nuevos propietarios?!
Graham coge la carta antes de que mis manos empiecen a temblar demasiado y revisa cada línea con el ceño fruncido.
—¿Tú has firmado algo de esto? —me pregunta, sorprendido.
—Qué voy a firmar yo nada, si no he visto a estos hombres en mi vida. Ni esos papeles tampoco. Además, tú más que nadie sabes lo que significa este lugar para mí. Jamás vendería el casino.
—Pues algo ha pasado. —Ahora se dirige a ellos—. Señores, esto se trata de un error, pero el abogado de la señorita Alister llegará de un momento a otro y podrá aclararlo.
Ahora me temo lo peor. No sé cómo me está pasando todo esto; estoy furiosa y a la vez decepcionada conmigo misma, porque yo lo he permitido. Me derrumbo allí mismo.
—¿Cómo me ha podido pasar esto? Mi vida es una puta pesadilla. Ha tenido que ser Jason, por eso ha dimitido. El muy hijo de puta.
Ahora estoy enfadada, no; lo siguiente.
—Señorita Alister, los documentos son perfectamente legales, el pago se ha efectuado correctamente y la propiedad de los terrenos, junto con los derechos de explotación, han sido transferidos a nuestro grupo inversor.
Por lo que le recomendamos que, junto a su abogado, revise detenidamente toda la documentación antes de tomar cualquier medida precipitada.
Lo miro con una rabia tan intensa que apenas puedo soportar su tono educado y profesional.
—Esto no se va a quedar así. Principalmente porque yo no he recibido nada, por lo que, si les han estafado al igual que a mí, tendremos que ponerle solución.
—No es una estafa en el momento en el que usted misma deriva el pago a un tercero.
¿Que yo qué? Lo que me faltaba por oír.
Me vuelve a mostrar los papeles y ahí, de nuevo, está mi firma.
Limpia, perfecta, imposible de discutir.
Siento cómo el aire me abandona poco a poco mientras el ruido del casino continúa detrás de nosotros como si nada estuviera pasando: las fichas chocando unas contra otras, las máquinas sonando, las risas lejanas de algunos clientes completamente ajenos a que mi mundo acaba de romperse delante de mis narices.
—A partir de este momento comenzará el proceso de transición empresarial y, durante las próximas semanas, se revisará toda la operativa del complejo para preparar una futura remodelación bajo una nueva dirección.
Entendemos que es una situación delicada, señorita Alister, por eso nuestro objetivo es que todo se lleve a cabo de la manera más ordenada y profesional posible.
No soy capaz de responder.
Me quedo inmóvil en la silla, mirando esos documentos como si en cualquier momento fueran a cambiar delante de mí, como si todo esto pudiera deshacerse solo.
Un camarero aparece justo entonces, dejando unas bebidas en la mesa de al lado, y el sonido del cristal contra la madera me devuelve de golpe a la realidad.
Sam, que hasta hace unos segundos parecía que se iba a unir a la guerra, se queda callada por primera vez en toda la noche.
Y eso me asusta todavía más.
Graham me observa en silencio unos segundos antes de acercarse despacio y acariciarme la mano por debajo de la mesa, obligándome a mirarlo. Intenta mantenerme aquí, presente, cuando siento que estoy a punto de derrumbarme delante de todo el mundo.
Los hombres guardan los documentos dentro del maletín con una tranquilidad que me pone enferma.
Como si esto no fuera mi vida y solo fuera un negocio más.
—Esto no va a quedar así… —consigo decir al fin, aunque la voz me sale rota—, porque yo no he vendido nada y pienso demostrarlo.
El hombre trajeado asiente con educación, pero ni siquiera parece preocupado.
—Entonces le recomendamos que hable cuanto antes con su equipo legal para revisar toda la documentación y determinar cómo proceder.
Y, después de eso, se marchan.
Como si acabaran de reservar una mesa para cenar y no de arrebatarme el legado de toda mi familia.
Los observo atravesar el casino mientras el corazón me golpea tan fuerte que apenas puedo respirar. Cuando desaparecen entre la gente, siento que todo el ruido del lugar me cae encima de golpe.
Graham se levanta de golpe, tirando la silla hacia atrás con tanta fuerza que varios clientes giran la cabeza.
—Voy a matarlo.
—Graham… —susurra Sam.
—No, Sam, esta vez no. Esta vez se ha pasado.
En ese momento llega Mark y, al verme derrumbada, se acerca con cautela. Creo que ya sabe lo que ha pasado y de eso es de lo que quería hablar.
—Mark, ¿tú sabías algo de todo esto? —le espeta Graham, mostrándole la carta.
Tras ver su reacción, no duda en increparlo.
—Me da la impresión de que esto no te pilla de nuevas…
Ahí está mi chico, como una moto, pidiéndole explicaciones.
—Nos ha llegado la venta de los terrenos y me ha parecido extraño, así que he investigado y he descubierto que Jason ha aprovechado documentación interna ya autorizada y ha modificado anexos después de la firma; por eso no ha saltado ninguna alerta inicial.
Todo apunta a que lleva tiempo organizando todo esto.
—Pero entonces… ¿por qué no lo ha hecho a su nombre si ha falsificado esos documentos? —pregunta Graham sin entender nada, cogiéndome la mano para que me calme. En estos momentos estoy que no vivo, y solo escuchar a mi chico tan enfadado me altera mucho más.
—Porque no es tan tonto como creemos. El casino siempre ha sido de Judith; lo único que estaba en peligro era la dirección del mismo.
Al parecer, ella ha estado tan pendiente de la cláusula de matrimonio que no prestó suficiente atención en su momento.
Lo que dice el testamento es que todos los activos y bienes son suyos, y que la dirección del casino, si no se casa, pasará a ser de Jason. Pero solo la dirección, nada más.
Ahora es cuando salgo de mi letargo y lo miro con los ojos abiertos como platos.
—¿En serio? Siempre ha sido mío… y yo he hecho una puta montaña de un grano de arena… Joder, Mark, ¿por qué me lo dices ahora? Sabes que llevo preocupada mucho tiempo.
—Perdóname, Judith; pensaba que querías dirigir esto…
—Claro que quiero dirigirlo, pero mira lo que ha pasado… Joder.
Ahora estoy indignada, enfadada, furiosa. Tengo muchos sentimientos contradictorios, además de instinto asesino en contra de Jason.
—Tiene que haber algo que podamos hacer.
Me encojo en mi silla y solo puedo llorar, desesperada. Graham me abraza.
—Cariño, no te preocupes, encontraremos una solución.
Me besa la sien despacio mientras me aprieta contra su pecho y, durante unos segundos, intento convencerme de que, mientras él siga aquí, quizá todavía no esté todo perdido.
—Déjame hablar con Dennis. Quizá hay algo en el testamento que hemos pasado por alto, alguna cláusula adicional. Yo solo me he centrado en la boda, pero hay más cláusulas que tu abuelo dejó por escrito y quizá allí tengamos una respuesta.
No logro reponerme por más que me digan; esto es un infierno.
Ya lo dije en un principio: esto es una herencia envenenada.
Primero tengo que buscar un marido a toda costa, algo que me ha hecho volverme loca y no centrarme en mi negocio como debería.
Porque, si hubiera estado tranquila, sin pensar en esa puñetera cláusula, hubiera verificado cada puto documento que firmaba y jamás hubiera firmado nada que no tocara.
Jason me la ha jugado, pero esto no va a quedar así. Él ha sacado dinero, nos ha engañado y tiene que pagar las consecuencias. Quiero que lo encierren de por vida.
Es en ese momento cuando levanto la vista hacia el casino a través del cristal del bar y veo a la gente jugar, reír, brindar y caminar por ese lugar sin tener ni idea de que dentro de un mes todo podría desaparecer.
Y, por primera vez desde que mi abuelo murió, entiendo lo que realmente significaba aquella herencia.
Esto no solo es un casino, un hotel, un bar, un restaurante… Esto es un hogar, un refugio, una familia. Es mi legado y no voy a ceder; pienso luchar por él hasta mi último aliento. No estoy dispuesta a que nadie lo destruya.