Este casino es mío 28 La última jugada
86%

28 La última jugada

JASON

El tiempo ha pasado demasiado rápido en medio de toda esta guerra de la que yo solo he sido una pieza. Aunque he intentado de todo para arruinarle los planes a Judith, no me ha servido de nada, porque al final su relación con Graham es real. Y eso me jode, porque sé que voy a perderlo todo.

No dejo de darle vueltas a la cabeza y ni siquiera tengo ganas de acostarme con ninguna mujer. ¿Qué coño me pasa? Esa puta arpía pelirroja me lo ha arrebatado todo.

Estoy ahogado, desesperado, y no sé cómo me las voy a arreglar, porque la cita con los inversores es dentro de dos semanas y no puedo decirles que finalmente no van a quedarse con los terrenos de los Alister.

Me levanto desganado, con el cuerpo dolorido, porque ni siquiera el gimnasio, la ducha o el descanso me han servido para relajarme. Ando por mi casa como si no supiera adónde ir o qué hacer, cuando de repente caigo en la cuenta de que yo siempre he tenido el poder.

Solo tengo que cambiar las tornas y el casino será mío.

Una llama de esperanza se instala en mi mente, pero es suficiente, porque esa idea es la que me hará ganar.

Seguramente me taches de villano de la historia, pero, si te digo la verdad, llegados a este punto, me importa una mierda.

He sufrido tanto desde que Judith se instaló en el despacho del jefe, con ese aire de prepotencia, con esa fuerza impuesta y esa cara de ganadora que cree tener, que no me había parado a pensar que solo necesito su firma.

Y no es complicado conseguirla, ya que cada día firma miles de documentos del casino.

Solo tengo que colar algún que otro papel en el sitio indicado y listo.

Llevo tiempo jugándosela sin que se entere, porque incluso con el viejo Alister ya lo hacía y tengo mucho ganado. Ahora solo tengo que acabar de cuadrarlo todo para que esta situación me sea favorable, y no me cuesta nada, porque por suerte los contactos turbios siempre han sido lo mío.

Así que, con esa idea en mente, con el cuerpo algo más relajado y mis planes hirviendo en el cerebro, me preparo una taza de café, redacto los documentos que me salvarán el culo y me voy directo al casino.

Tras una tarde en recepción que se me hace eterna, con clientes desagradables que se creen los reyes del universo, Minerva delante de mí como quien no quiere provocar nada, la gente jugando, chillando, ganando y perdiendo, maletas rodando y Graham paseándose por el lugar como si ya fuera suyo, por fin Roger va a subir al despacho para que Judith firme todas las salidas de los técnicos que se encuentran en el casino.

Y es en ese momento cuando me permito hacer mi jugada maestra.

Y así sigo unas semanas más.

Llevo tiempo preparándolo todo, modificando cláusulas, mezclando documentos reales con otros redactados específicamente para ella, aprovechando que Judith firma decenas de autorizaciones cada día sin imaginar que entre papeles técnicos, permisos y renovaciones está escondida la sentencia de muerte del casino.

Así que espero pacientemente a que Roger vuelva con todo firmado.

No voy a negar que estoy nervioso. Cada día me pasa.

Pero hoy entre esos papeles está el último que necesito y, hasta que mi compañero no vuelve, tengo el corazón acelerado y las manos sudadas.

Pero cuando lo veo venir y dejar todos los documentos en la bandeja, mi cuerpo se relaja, porque si no me ha llamado a su despacho es que mi plan ha sido un éxito.

Me dirijo a la bandeja, rebusco entre todos los papeles y ahí está su firma de nuevo. Esa firma tan estilosa que me va a salvar de todo y a ella la va a arruinar.

No sé cómo puede ser tan confiada, aunque a mí eso me viene genial.

Porque mi trampa es perfecta. Ya no importa si se casa o no. Ella ya ha perdido esta propiedad y, en menos de lo que piensa, tendrá que recoger sus cosas de ese bonito despacho, porque no será para mí, pero para ella tampoco.

Hoy salgo del trabajo con una sensación diferente, triunfante, pero es que además siento una euforia que hace que me sienta vivo de verdad, no como una miserable cucaracha, que es como Judith me ha hecho sentir.

Porque te voy a confesar una cosa que hasta ahora no te he dicho: cuando le ofrecí el trato de que se casara conmigo, no solo lo hice por los inversores.

También lo hice por mí. Porque, aunque es cierto que pensé en deshacerme de ella de algún modo, Judith siempre ha llamado mi atención. Y así la habría tenido para mí.

Pero ella siempre me ha despreciado, desde el momento número uno en el que puse un pie en este casino. Nuestra rivalidad siempre ha estado presente, y eso me ponía todavía más, porque yo siempre he conseguido a la tía que he querido, y no tenerla a ella me ha jodido mucho.

No me lo pienso y me voy a un club nocturno del Strip, al Notte. Suelo ir allí cuando quiero cierta compañía, y hoy es ese día, uno en el que lo quiero todo.

Cuando llego la veo a ella, a Ariel. Sí, como la sirenita; es su nombre artístico. Es una bailarina muy sexy, con unos pechos exuberantes y un pelo largo y pelirrojo que me hace pensar en Judith. Aunque por unos cuantos dólares te deja llamarla como quieras.

Le pago un baile privado y tras eso nos vamos a una habitación, y ahí es cuando comienza la fiesta de verdad.

Se desnuda para mí y me quita la ropa poco a poco, de forma sexy y profesional; se nota que sabe lo que hace.

Me sienta en una silla y acaricia cada rincón de mi cuerpo, me venda los ojos —ya me conoce, y así es mejor—, porque puedo imaginarme a quien yo quiero, y creo que en ese momento sabes en quién estoy pensando.

Me besa dulcemente el lóbulo de la oreja y me pongo duro como una puta piedra. Necesito follarla ya, pero por otra parte quiero disfrutar de lo que he pagado.

Su lengua desciende lentamente por mi mandíbula hasta perderse en mi cuello, dejando besos suaves, húmedos y peligrosamente lentos que me hacen cerrar los ojos al instante, mientras sus manos descienden a mi centro del placer, porque Ariel siempre sabe dónde tocarme para romperme por dentro sin necesidad de decir una sola palabra.

Noto cómo su respiración caliente roza mi piel antes de que vuelva a besarme, esta vez un poco más abajo, deteniéndose apenas unos segundos sobre ese punto sensible que conoce demasiado bien, provocando que un escalofrío me recorra entero mientras mis dedos se aferran a su espalda casi por inercia.

Cada roce de su boca contra mi cuello consigue que mi respiración se vuelva más irregular y que mi cuerpo reaccione solo, inclinándose hacia ella como si necesitara más.

Entonces noto cómo sonríe contra mi piel al escuchar el pequeño gemido que se me escapa, y desciende por mi pecho, saboreándome cada vez más hasta llegar adonde yo quiero.

Allí se entretiene, lame, chupa, succiona, y yo no puedo más.

Quiero quitarme la venda, pero en ese momento se iría toda la magia, así que la levanto, la tumbo en la cama, y es entonces cuando la saboreo yo.

Desciendo y hago lo mismo que ella; la escucho gemir, y cuando sé que está a punto, succiono con más fuerza mientras introduzco los dedos en ella.

Grita de deseo y yo solo quiero que se corra en mi boca.

Lo hace, y tras ese momento la giro, la pongo a cuatro patas y la penetro con fuerza, dejándome llevar por toda la rabia que siento contra Judith.

No creas que le hago daño; para nada. Ella disfruta muchísimo, es como le gusta: el sexo duro.

Con Ariel puedo desfogarme siempre que no puedo hacerlo con Judith; llevamos años con este juego y nunca se ha quejado.

Cuando me dejo ir, tardo un poco en salir de ella. Luego me tumbo boca arriba en la cama mientras ella entra en la ducha, y me deshago de la venda.

—Gracias por esto, lo necesitaba —comento, bastante aliviado.

—Jason, sabes que me encanta que vengas, pagas muy bien, pero tienes que resolver lo que sea con esa mujer o quitártela de la cabeza. Esa obsesión no es sana.

—Lo sé, lo sé —sonrío, como si fuera tan sencillo.

—¿Quieres venir a la ducha? Si quieres repetimos gratis.

—No, gracias. Tengo que marcharme. Hoy estoy derrotado, mañana me espera un día intenso y quiero estar fresco.

Esa noche duermo como un bendito. Estoy más fresco que una lechuga cuando entran los inversores por la puerta de la cafetería donde hemos quedado. Yo ya estoy más que preparado, con todos los documentos firmados y listo para cobrar.

—Jason, el plazo se termina y no podemos estar esperando eternamente. Falta solo un mes para que se cumpla y seguimos igual. Tenemos otros terrenos y, si no hay cambios…

Ya no lo dejo terminar.

—Lo tengo. La venta está firmada.

Les entrego los papeles y, al ver la firma, se sorprenden.

—Queríais los terrenos y os los he conseguido. El resto no importa.

—Muy bien. Tendrás el dinero en cuanto todo esté correcto.

—Perfecto. El documento es legal y la firma es la de Judith Alister. No tiene por qué haber problemas.

Una vez que lleven los documentos al notario, el casino será propiedad de los inversores y ella no tendrá ni idea.

Tras todo firmado y el pacto cerrado, espero la llamada de los inversores. Cuando me dicen que todo está correcto y que ya han efectuado la transferencia a mi cuenta, mil millones de dólares, no puedo evitar sonreír.

No te asustes por el importe, que es muy grande, pero te aseguro que los terrenos por sí solos valían una auténtica barbaridad por su ubicación en pleno corazón de Las Vegas. Y esto es lo justo: para mí, demasiado; para ellos, una nimiedad; y para Judith… mejor ni lo pienso.

Lo verifico y, en cuanto la recibo, no me lo pienso ni dos minutos. Me dirijo al despacho de Judith.

Llamo a la puerta, como ella siempre me ha pedido, porque Liam sería actor, pero no tan bueno como yo, te lo aseguro.

—¿Hoy llamas a la puerta? Vaya, me dejas impresionada. Eso es nuevo —dice con cierto retintín.

—Vengo a entregarte unos documentos.

Se los dejo sobre la mesa con gesto tenso.

Los lee y me mira sorprendida.

—¿Esto es en serio?

No puede evitar que se le escape una leve sonrisilla, pero quien ríe el último ríe mejor.

—Sí, me voy. Estoy cansado de esta guerra, que es obvio que he perdido.

Tú has ganado: el casino y a Graham. Se os ve muy felices, y está claro que os vais a casar, aunque no lo hayas hecho oficial.

Y, obviamente, será para que no te la vuelva a jugar.

Sé que lo vas a hacer para quedarte con el casino, así que prefiero ahorrarme la humillación.

—Esa es una valoración tuya, no mía, pero acepto tu solicitud de marcharte, porque pase lo que pase tú y yo no estamos hechos para hacer nada juntos.

Eso me jode, pero con mil millones de dólares en mi cuenta, el dolor es menos intenso.

—Pues ya está todo dicho. Espero que seas muy feliz —digo con un deje de resentimiento que no finjo en absoluto.

Mientras abandono el casino y las puertas se cierran tras de mí, saco el móvil, abro la transferencia millonaria y sonrío por primera vez en meses, porque Judith todavía no lo sabe, Graham tampoco, pero dentro de muy poco ambos van a descubrir que el casino que creen haber salvado ya no les pertenece.