Este casino es mío 27 Una amenaza menos
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27 Una amenaza menos

GRAHAM

Llevaba días dándole vueltas a algo que no terminaba de encajar, una sensación incómoda que se me había quedado clavada desde aquella conversación en el bar en la que, sin pretenderlo, escuché a dos tipos trajeados hablar de una posible compra, de una ubicación privilegiada en Las Vegas y de un apellido que conozco demasiado bien: Alister.

No hizo falta mucho más para que todas las piezas empezaran a colocarse en su sitio.

Porque, si había alguien capaz de vender ese casino sin que le temblara el pulso, ese era Jason.

No necesité más. Ni pruebas, ni confirmaciones; solo esa certeza que te golpea en el pecho cuando sabes que algo va mal. Así que hice lo único que podía hacer.

Plantarle cara para que nos dejara en paz de una puta vez, pero en esta ocasión mostrando mis cartas. Porque evidentemente eran las ganadoras y no iba a dejar que se saliera con la suya.

Después de una conversación en la que me ha sacado de mis casillas y casi le parto la cara —pero en la que me he contenido—, he subido a ver a mi pelirroja con la sensación de que, esta vez, todo va a ir bien.

Subo directo a su despacho, sin avisar, sin pensar demasiado, y cuando abro la puerta me la encuentro de espaldas, revisando unos documentos sobre la mesa con esa postura firme que siempre ha tenido, como si el peso del mundo pudiera caerle encima y, aun así, no fuera a doblarse.

—¿Ahora ya no llamas antes de entrar? —dice sin girarse, pero sé que sabe que soy yo.

Sonrío de lado, cerrando la puerta tras de mí.

—Solo cuando mis ganas de verte pueden conmigo.

Entonces sí se gira, y durante un segundo se queda quieta, mirándome como si no supiera si alegrarse o mandarme a la mierda. Con Judith nunca sabes cuál de las dos va a ganar.

—¿Qué haces aquí, Graham? Tengo trabajo y no habíamos quedado.

Avanzo despacio, apoyando las manos sobre la mesa, inclinándome ligeramente hacia ella.

—Salvarte.

Pone los ojos en blanco, pero no aparta la mirada.

—No necesito que me salves.

—No —respondo sin apartarme—, pero tu casino sí.

—Ya te he dicho que no pienso casarme así, sin más. Necesito tiempo contigo, tiempo de calidad, una relación seria y real, y después, si los dos queremos, con el tiempo…

La observo unos segundos, midiendo cada palabra, porque sé que esta no es cualquier conversación.

Sé que le he dicho a Jason que no le diría nada a Judith, pero no puedo comenzar una relación con mentiras u omisión de información cuando sé que se lo juega todo.

—Jason está moviendo ficha —digo finalmente—. He escuchado a unos inversores hablar de la compra del casino… y no suena a algo lejano.

El silencio que se instala entre nosotros es distinto a otros.

Judith aprieta la mandíbula, baja la mirada un segundo y luego vuelve a mí.

—No puede hacerlo.

—Claro que puede —respondo—, y lo hará si no lo paras.

Se separa de la mesa, pasándose una mano por el pelo, nerviosa, pensando.

Y verla así… me duele más de lo que quiero admitir.

—Este sitio era de tu abuelo —añado más bajo—. No dejes que lo convierta en un negocio sin alma.

Se queda quieta, muy quieta y entonces, sin decir nada, se acerca al mueble donde tiene una foto. La del señor Alister.

La coge con cuidado, como si aún pudiera romperse, y pasa el pulgar por el cristal, acariciando la imagen con una ternura que no le muestra a nadie.

Yo me acerco despacio, colocándome a su lado, y durante unos segundos ninguno dice nada.

—Siempre decía que este lugar no era solo un casino —murmura—, que era una familia.

—Entonces lucha por ella —le digo, mirándola—, pero no lo hagas sola.

Se gira hacia mí y esta vez no hay ironía ni distancia; solo ella.

—¿Y qué propones?

Sonrío.

—Mi propuesta ya está hecha, solo tienes que aceptarla. Y no la hice por miedo, la hice por ti. Porque no me importa el tiempo, sé que lo que quiero tener contigo es para siempre, y por eso estoy preparado para dar ese paso; uno que jamás daría con nadie, y quiero hacerlo contigo.

Nos quedamos mirándonos, demasiado cerca, demasiado conscientes el uno del otro, como si todo lo demás hubiera desaparecido de golpe. Mi mano se mueve sola, rozando la suya sobre la mesa, despacio, sin prisas, como si le diera tiempo a apartarse.

Pero no lo hace. Al contrario, sus dedos se entrelazan con los míos.

—No deberíamos hacer esto aquí, alguien puede vernos —susurra, aunque no se mueve.

—No, no deberíamos —respondo con la voz entrecortada, porque su insinuación me ha puesto enfermo.

Y es que Judith y yo tenemos una conexión magnética y, desde que hemos decidido darnos una oportunidad, no podemos estar juntos, porque cualquier roce nos hace querer mucho más.

Voy hacia las ventanas, cierro las cortinas y echo el pestillo de la puerta.

—Ahora ya nadie puede entrar —digo con una sonrisa bastante peligrosa.

Cuando la beso no hay duda, no hay miedo; solo esa necesidad que cada uno siente por el otro, ese impulso que siempre ha estado ahí, aunque nos empeñáramos en ignorarlo. La atraigo hacia mí mientras sus manos se aferran a mi camiseta como si no quisiera soltarme nunca.

La levanto ligeramente, sentándola sobre la mesa sin dejar de besarla, sin pensar en nada más que en ella, en su piel, en su forma de responder, en cómo encaja conmigo como si nunca hubiéramos estado separados.

—¿Por qué lo tienes tan claro? —murmura contra mis labios.

—Porque siempre has sido tú.

Sus manos recorren mi cuello, mi espalda, tirando de mí, acercándome más. Y el mundo fuera de ese despacho deja de existir durante unos minutos en los que solo estamos nosotros, perdiéndonos el uno en el otro como si el tiempo no importara, como si nada más pudiera romper ese momento.

Desabrocho poco a poco su camisa y subo su falda lo justo para tener un mejor acceso, mientras ella desabrocha mi pantalón y lo deja caer por mis piernas junto a mis calzoncillos.

Yo aparto su tanga —uno rosa de encaje que me vuelve loco pero que, en este preciso instante, sobra— y la penetro con una estocada por la que ella intenta gemir.

Callo su gemido con un beso; clava sus uñas en mi espalda y eso me vuelve loco.

La arrimo más a mí, y ella cruza las piernas alrededor de mis caderas, dándome un mejor acceso.

Y ambos disfrutamos del momento hasta que ya no podemos más.

Y suerte que no alargamos mucho la situación, porque de repente aparece Sam para romper nuestra burbuja.

—Vaya, vaya… Al final os habéis encerrado en el despacho para resolver vuestras diferencias… —dice después de que quite el pestillo para que pueda entrar—. No voy a decir a qué huele tu despacho, amiga, pero no es a la colonia de tu abuelo.

Y todos nos reímos, porque a diferencia de la vez anterior en que estuvimos en este mismo lugar discutiendo sobre nuestras diferencias y la loca idea de mi hermana por salvar el casino, ahora estoy dispuesto a aceptar.

Y a mucho más. Porque tenemos una cosa muy clara, y es que vamos a parar a Jason, y lo vamos a hacer juntos.