Este casino es mío 26 Un nuevo contrincante
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26 Un nuevo contrincante

JASON

Tras la ruptura de Judith con Liam me quedé algo descolocado.

Y ahora que entiendo el motivo, me preocupa mucho más.

Ver a Judith tan unida a Graham me jode bastante; sé cuáles son sus sentimientos hacia él, he oído alguna que otra conversación por los pasillos con su amiguita, y no puedo dejar que eso funcione.

Los inversores me están presionando porque la fecha límite está cerca: faltan tan solo tres meses, y cada vez veo más difícil que el casino vaya a ser mío. Así que tendré que ingeniármelas, porque soy hombre de recursos.

Empiezo por lo básico, por lo que siempre funciona: información. Porque todos tenemos algo que esconder, y Graham no va a ser una excepción.

Durante los días siguientes me dedico a observar, a escuchar, a preguntar sin que parezca que lo hago, a moverme por el casino como una sombra que nadie tiene en cuenta pero que lo ve todo.

Y lo primero que descubro es que el chico del wakesurf no tiene trapos sucios que esconder.

Porque, cuanto más indago, más me jode reconocer que no hay nada que sacar a la luz.

Ni deudas, ni líos turbios, ni negocios raros… Solo clases de wakesurf, mujeres que lo miran como si fuera un dios griego y una reputación que, por desgracia, es bastante limpia.

Pensaba que podría descubrir que cuando competía tomaba esteroides o alguna cosa, ya que el tío está bastante fibrado, pero no… Todo limpio, como una patena. Ni una relación escabrosa, ni líos con alumnas… Aunque hay alguna a la que le habría gustado, él no está por la labor.

A pesar de ser un chico que siempre ha estado rodeado de mujeres, ha sabido llevar una vida cauta y silenciosa; no hay nada de él que me sirva.

—Tiene narices… —murmuro para mí mismo mientras reviso otra vez la información que he conseguido, apoyado en el mostrador de recepción mientras una señora mayor me mira con impaciencia.

—Disculpe, joven —dice, golpeando la campanita con una insistencia que me taladra el cerebro—. Llevo aquí diez minutos esperando.

Aprieto la mandíbula, forzando una sonrisa que no siento.

—Solo han sido treinta segundos —respondo con voz tensa.

—Pues se me han hecho eternos —replica ella—. ¿Es que aquí no hay personal cualificado?

Trago saliva, porque si hay algo que me está matando más que perder poder… es este maldito castigo.

—¿En qué puedo ayudarla?

—Quiero una habitación con vistas, pero no muy alta, que luego me mareo, y tampoco muy baja, que no quiero ruido… y con buena orientación, que por las mañanas me gusta el sol pero no demasiado…

La miro fijamente durante unos segundos, preguntándome en qué momento de mi vida he pasado de negociar millones a discutir sobre la orientación de una habitación.

—Le buscaré la mejor opción disponible —digo finalmente, mecanizando la respuesta.

Mientras tecleo, la señora sigue hablando, y hablando, y hablando… hasta el punto de que, cuando por fin consigo darle la llave, siento que he envejecido diez años.

Y eso que el día no ha hecho más que empezar.

Porque a media mañana aparece Minerva y, claro… ahí sí que se me tuerce el gesto.

Va impecable, como siempre, con esa camisa blanca, ese chaleco negro, esa falda de tubo que me hipnotiza y los tacones que me desarman.

Y es que con sus vestidos de fiesta está buenísima, pero con su uniforme de crupier rompe moldes.

Desprende cierto aire de seguridad que antes me resultaba irresistible y que ahora, curiosamente, me pone de los nervios.

Se apoya en el mostrador, mirándome de arriba abajo con una media sonrisa que no sé si es burla o lástima.

—Vaya… —dice—. Quién te ha visto y quién te ve.

—No empieces —respondo seco.

—No, si no empiezo —añade, encogiéndose de hombros—. Solo observo.

Me inclino un poco hacia ella, bajando la voz.

—Oye… podríamos vernos luego —propongo, porque llevo sin mojar tanto tiempo que he perdido la cuenta.

Ella suelta una pequeña risa, pero no es la risa cómplice de otras veces.

—Ya te lo dije el otro día —repite—. Antes eras el jefe de sala… ahora eres recepcionista. No me interesas.

Eso duele más de lo que debería.

—Esto es temporal; además, tampoco te estoy pidiendo matrimonio, chica, solo una buena sesión de sexo.

—Claro —responde—, pero es que ya me han dejado muy claro que las relaciones con los empleados están prohibidas. ¿No querrás que pierda mi trabajo?

Puta Judith de los cojones.

Y, sin añadir nada más, se gira y se marcha, dejándome ahí plantado con la sensación de que acabo de perder algo más que un polvo fácil.

Aprieto los puños sobre el mostrador, conteniendo la rabia.

Perfecto, simplemente perfecto.

Pero si hay algo que tengo claro es que, cuando una puerta se cierra… se abre otra. Y esa otra pasa, inevitablemente, por Graham.

No puedo hundirlo con su pasado… pero sí puedo provocarlo en el presente. Y la oportunidad llega antes de lo que esperaba.

Salgo del turno y lo encuentro en la zona de carga, apoyado en su moto, como si el mundo no fuera con él. Y solo verlo así, tan tranquilo, tan seguro… me enciende por dentro.

Me acerco despacio, sin ocultar mi presencia.

—Bonito juguete —digo, señalando la moto.

Él levanta la vista, clavando sus ojos en mí sin sorpresa, como si ya supiera que iba a aparecer.

—¿Qué quieres, Jason?

Vaya, es directo. Lo dice sin rodeos.

—Hablar —respondo—. De hombre a hombre.

Sonríe, pero no es una sonrisa amable.

—No tenemos nada de qué hablar.

—Claro que sí —insiste, acercándome un poco más—: Judith.

Puedo notar la tensión en su mandíbula, el leve endurecimiento de su mirada.

—Ten cuidado —dice en voz baja—. Ya te lo dije la otra noche y no me gusta repetir las cosas.

—¿Con qué? —replico—. ¿Con enamorarme de ella o con que tú pierdas lo que nunca has sabido tener?

No llego a ver el movimiento, pero en un segundo está frente a mí, demasiado cerca, demasiado tenso.

—No te metas en lo que no te importa.

Suelto una carcajada.

—Me importa el casino… y ella es la llave.

—No —dice con firmeza—. Ella no es una llave, y si vuelves a tratarla como tal te juro que…

—¿Qué? —lo interrumpo—. ¿Vas a pegarme?

Nos miramos durante unos segundos que se alargan más de la cuenta. Y entonces me agarra de la chaqueta y me arrastra hacia él.

—He oído cosas —dice, bajando la voz—. Sobre inversores…

sobre planes… sobre que quieres vender el casino.

¿Crees que has ganado? No te vas a salir con la tuya.

Quizá te guste jugar sucio, Jason, pero has olvidado una cosa: yo soy el rey en este lugar.

Porque, por si no lo sabías, el señor Alister me crio entre estas paredes.

De pequeño pasaba aquí tanto tiempo que conozco todos los entresijos del casino, y antes de verlo caer en tus manos y que puedas destrozar todo por lo que han luchado los Alister, prefiero contarle todo a Judith.

—No sabes de lo que hablas.

¿Cómo puede haberse enterado?

—Puede que sí —responde, encogiéndose de hombros—. Y puede que Judith también quiera saberlo. Si no se lo he contado es porque la quiero, y no quiero que sufra antes de tiempo.

Me sostiene la mirada, y por primera vez veo algo más que control… Veo peligro.

—Así que, si no nos dejas en paz —dice despacio—, no vas a volver a pisar este lugar.

Sonrío.

—¿Ah, sí? ¿Y dónde voy a acabar?

Se inclina apenas un poco, lo justo para que solo yo escuche lo siguiente, sin soltarme.

—Limpiando baños… Si tienes suerte, eso sí, en otro casino.

Trago saliva, no porque me asuste… sino porque sé que va en serio.

Él conoce a mucha gente y es capaz de eso y de más.

Se aparta sin decir nada más, dejándome con la palabra en la boca, con las dudas en la mente y con una verdad muy clara.

Si abre la boca, estoy perdido.