Este casino es mío 25 Una pizca de esperanza
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25 Una pizca de esperanza

GRAHAM

Escuchar de boca de Judith que ha acabado su relación con Liam me alivia, porque, después del fin de semana juntos, no puedo pensar en otra cosa que no sea volver a meterla en mi cama, secuestrarla y no dejarla salir jamás.

Quizá suena algo psicópata, pero es en el buen sentido.

Juro que nunca he experimentado esto por nadie y quiero que la primera en saberlo sea Sam.

Así que, tras esa conversación en el lago, me voy directo a casa y entro en su habitación sin llamar para contárselo todo.

—No me lo puedo creer —dice con los ojos todavía pegados—. ¿Lo ha dejado?

—Sí —consiguen decir mis labios, dejando escapar esa sonrisa de tonto que se me ha quedado.

—¡Por fin! —grita, y tengo que apartarme un poco de ella para no perder el oído—. Joder, ya era hora. Estaba empezando a pensar que ibais a llegar a los setenta sin aclararos.

Sonrío.

—No cantes victoria —le advierto—. Esto no está hecho.

—Claro que no está hecho —responde—. Ahora es cuando empieza lo complicado.

Apoyo la espalda en la pared, mirando al vacío mientras dejo escapar el aire.

—No quiero cagarla, Sam.

—Pues entonces no hagas lo de siempre.

Frunzo el ceño.

—¿Y qué es lo de siempre?

—Huir cuando la cosa se pone seria —responde sin dudar—, o hacerte el duro cuando en realidad estás colado por ella hasta las trancas.

Me toco el puente de la nariz con los dedos.

—Muy sutil.

—Soy tu hermana, no tu terapeuta —replica—. Escucha: si de verdad la quieres, esta vez ve en serio, sin juegos, sin orgullo, sin mierdas. Porque, si no, la pierdes.

—Ya la perdí una vez, sé lo que esto implica.

—Pues no lo hagas dos.

—No pienso hacerlo. Pero sabes que quiere ir despacio y tengo miedo por ella, miedo a que pierda el casino.

—Es que te lo has montado fatal. Contigo no quiere errores, no quiere un matrimonio de mierda, ¿entiendes? Quiere uno real, quiere que se lo pidas porque no puedes vivir sin ella, no para que no pierda el casino.

Y me quedo ahí, con esas palabras resonando en mi mente. Porque no lo había pensado, pero quizá mi propuesta fue desesperada; aunque te puedo asegurar que no fue para que no perdiera el casino, sino para no perderla a ella.

Tras nuestra conversación en el lago y tras dejar a Liam, se ha centrado en su trabajo, en ordenar todas sus ideas, cancelar todo lo de la boda y lidiar con el gilipollas de Jason. Pero esta noche es nuestra.

Han pasado dos semanas y estoy que me subo por las paredes, pero he organizado una cena que no puede ser mejor. Por fin no hay tensión entre nosotros: no hay máscaras, hablamos, reímos y recuperamos toda esa confianza que había desaparecido.

—Sigues mirándome como si estuvieras analizando cada uno de mis movimientos —dice en un momento dado, apoyando la barbilla en la mano.

Sonrío.

—Es que lo hago.

—¿Y qué conclusión sacas?

Me inclino un poco hacia ella, bajando la voz.

—Que sigues siendo igual de peligrosa.

Alza una ceja.

—¿Peligrosa?

—Sí —asiento—. Porque contigo nunca sé en qué punto estoy… y, aun así, no puedo dejar de acercarme.

Sus labios se curvan en una sonrisa suave.

Y, durante un instante, todo parece fácil, demasiado fácil. Pero es en ese momento cuando me doy cuenta de que no estamos solos.

Veo a Jason mirarnos con cara de pasa amargada.

Está sentado en la barra del casino, con una copa que no debería tener en la mano y una sonrisa que no me gusta nada, observándonos a través del reflejo del cristal como si fuera un espectador más de una película que lleva demasiado tiempo esperando ver.

No necesita acercarse ni interrumpirnos; le basta con mirarnos para hacerse sus pajas mentales, y eso no me gusta ni un pelo.

Cuando Judith se levanta un momento para ir al baño, decide moverse.

—Bonita escena —dice, colocándose a mi lado sin pedir permiso—. Muy… íntima.

No lo miro, porque, si lo hago, creo que el puñetazo que le dio Liam en su día se quedará corto con lo que le puedo hacer yo.

—¿Qué quieres, Jason?

Se ríe por lo bajo.

—Nada que no quieras tú.

Lo miro furioso para que entienda que no estoy jugando.

—Aléjate de ella.

—¿O qué? —responde con calma, demasiado calmado—. ¿Vas a pegarme delante de todo el mundo? No te pega ese estilo.

Aprieto la mandíbula.

—No tienes ni idea de lo que me pega.

Se inclina un poco hacia mí.

—Yo creo que sí —susurra—. Igual que sé que esto… —Señala discretamente hacia la mesa—. No va a terminar bien.

Lo miro fijamente.

—Te equivocas.

—¿Ah, sí? —Sonríe—. Porque yo veo a una mujer que acaba de dejar a su prometido, que tiene un casino en juego y que se está metiendo en algo que puede destruirla… y a un tipo que llega tarde, como siempre.

El golpe es directo, y lo sabe.

—Vigila, Jason.

—No, Graham. —Niega despacio—. El que debería vigilar eres tú.

Se aparta como si no hubiera pasado nada, como si no acabara de plantar una bomba.

Y cuando Judith vuelve, con esa sonrisa tranquila que aún no sabe lo que se le viene encima, entiendo que esto no va a ser fácil, ni limpio; pero también sé que, esta vez, no pienso apartarme ni un solo paso de ella.