24 Tomando decisiones duras pero necesarias
Volver al casino es mucho peor de lo que imaginaba.
No sé si esperaba que todo estuviera mal, que en dos días sin mí algo hubiera salido mal o, incluso, que Jason se hubiera apoderado de nuevo del control.
Pero, para mi sorpresa, todo está genial; las luces siguen brillando, la gente sigue entrando y saliendo como si nada hubiera cambiado, pero dentro de mí todo está completamente descolocado.
Como si este fin de semana hubiera abierto una grieta enorme en mi pecho, una de esas que sabes que, por mucho que intentes ignorar, solo va a ir a más.
Y lo peor no es eso: lo peor es que ya no puedo mentirme.
Camino por el salón principal revisando detalles de la boda, escuchando a proveedores, firmando documentos y dando órdenes con una seguridad que no siento, mientras mi cabeza repite una y otra vez la misma idea: no puedo casarme con Liam.
No después de lo que ha pasado con Graham.
—Judith, el tema de la iluminación ya está resuelto —dice María, acercándose con una carpeta.
Asiento de forma mecánica.
—Y el catering ha confirmado los cambios.
—Bien.
María me observa, bastante sorprendida.
—Judith, ¿estás bien? Es que te noto bastante rara… Y, o bien la despedida de soltera se os ha ido de las manos, o algo ha pasado que te tiene bastante preocupada.
La miro como si sus palabras me devolvieran a la realidad, y preocupada no es exactamente como estoy; pensativa más bien. Porque, aunque todo debería ir bien, o yo debería estar más feliz porque por fin Graham se ha sincerado y me ha dicho que me quiere, yo tengo miedo. No por el casino, por mí.
Y sé lo que tengo que hacer. Por primera vez en mucho tiempo no estoy dispuesta a sacrificarme por el casino. Estoy dispuesta a escuchar a mi corazón y dejarle que me guíe, aunque eso signifique traicionar a mi abuelo y perder nuestro legado.
Quizá debería hablar con mi madre. En todo este tiempo he estado tan ocupada que nos hemos visto poco y, aunque se alegró por lo de la boda, creo que ella piensa como Sam.
No obstante, siento que la traiciono si no le pido consejo, porque, aunque el casino lo he heredado yo, ella tiene mucho que ver en él. Así que decido llamarla.
—Judith, hija, qué sorpresa. ¿Todo bien?
Me echo hacia atrás en la silla de mi abuelo, una silla típica de piel, bastante cómoda, pero que ahora mismo siento como si tuviera espinas.
—Mamá… la he cagado, lo he jodido todo y no sé qué hacer.
La oigo suspirar al otro lado de la línea, pero aun así me deja tiempo para que me explique.
Y lo hago. Le cuento todo: lo que siento por Liam, lo que siento por Graham y el fin de semana que hemos pasado.
—Hija, sé que para ti es duro tomar esta decisión, pero creo que tu abuelo querría que te dejaras llevar por el corazón. Además, no sé por qué te preocupas, si Graham quiere casarse contigo.
La escucho y sé que es así. Le creo, de verdad que sí, pero el problema soy yo.
—Mamá, con él no puedo casarme así. Lo quiero, pero quiero disfrutar de una relación de verdad, no puedo casarme en dos meses, imposible. No quiero equivocarme.
—Pues no lo hagas, ya buscaremos la forma de hacer algo. No creas que me defraudas tomando esta decisión. Te quiero, hija, y me alegro de que vayas a dar este paso con Graham. Lo siento por Liam, porque no es mal chico, pero tienes que dejar que aquí mande tu corazón.
Sabía que me diría esto, porque es una romántica empedernida, así que la decisión está tomada.
Quedo con Liam esa misma tarde fuera del casino. Le digo que quiero ir a un restaurante tranquilo, apartado, donde no haya miradas, ni rumores, ni nada que nos distraiga; eso me apartaría de mi cometido y no es lo que quiero.
Cuando llego, él ya está allí. Como siempre, puntual, correcto, con esa sonrisa tranquila que durante meses ha sido un refugio fácil. Y eso… hace que todo sea aún más difícil.
—Hola —dice, levantándose para besarme, pero yo no puedo, y aparto mi cara para darle dos besos en las mejillas; algo que a él no le pasa desapercibido, aunque no dice nada.
—Hola.
Nos sentamos en la mesa que tenemos reservada, pedimos algo casi por inercia y, durante unos minutos, hablamos de cosas sin importancia, de detalles superficiales, de cualquier cosa que retrase lo inevitable.
Pero llega un punto en el que el silencio se instala entre nosotros, uno que ya no se puede evitar, y sé que es la hora.
—Liam… —empiezo, pero me cuesta seguir.
Él me mira y en su expresión hay algo distinto, como si ya lo supiera.
—Pasa algo —dice.
No es una pregunta, es una certeza. Respiro hondo y me limito a aceptar que esta conversación ya no se puede retrasar más.
—Sí.
Bajo la mirada un segundo, junto las manos sobre la mesa para no temblar y, cuando vuelvo a hablar, lo hago sin rodeos.
—No puedo casarme contigo.
El aire cambia, se vuelve más denso, más pesado.
Liam no reacciona de inmediato. Se queda quieto, observándome, procesando cada palabra, y eso… eso lo hace todo más real.
—Vale… —dice finalmente, apoyándose en el respaldo de la silla—. No me lo esperaba así de directo, pero… gracias por no alargarlo.
Puedo ver confusión en su mirada y algo de frialdad, pero siento que le debo una explicación.
—No es solo eso.
Y aquí viene lo difícil.
—Hay alguien más —me dice, tomando mi mano a pesar de verme nerviosa—. Es Graham, ¿verdad?
Cierro los ojos un segundo.
—Sí.
—No hace falta explicar nada más. Lo supe desde el momento en que lo vi contigo en aquella gala.
Algo no me cuadraba, pero quise confiar en ti, no solo porque yo fuera un recurso fácil, sino porque te veía feliz conmigo.
—Ahora suelta mi mano, confundido—. ¿Ha pasado algo entre vosotros?
—pregunta, sin reproche, pero con una calma que duele.
Trago saliva.
—Sí.
No voy a mentirle. No después de todo lo que ha estado haciendo por mí.
Liam asiente despacio, como si cada pieza fuera colocándose en su sitio, aunque no le guste el resultado.
—Entiendo. Qué ingenuo he sido al pensar que lo tenía todo contigo…
Escucharlo decir eso me rompe un poco más.
—Lo siento —murmuro.
—No —niega—. No lo sientas, Judith. Lo que no tendría sentido es que te casaras conmigo sin estar segura.
Vaya, después de todo lo que le he dicho, suena sincero y amable. Yo no habría actuado así seguro; mis arranques emocionales me habrían hecho gritarle algún improperio.
Se inclina ligeramente hacia delante.
—Pero escúchame —añade—. La propuesta sigue en pie.
Frunzo el ceño.
—¿Qué?
—El matrimonio —dice con total naturalidad—. Podemos hacerlo igualmente, ayudarte con lo del casino… sin necesidad de que haya nada más.
Lo miro sin entender.
—Liam…
—No sería la primera vez que alguien se casa por conveniencia —continúa—. Podemos establecer límites, condiciones… lo que necesites.
Niego despacio, porque ahora sí lo tengo claro.
—No.
Él se queda quieto.
—Judith, piénsalo bien…
—Lo he pensado —lo interrumpo—. Y precisamente por eso no puedo hacerlo.
Mi voz tiembla un poco, pero no me detengo.
—He pasado demasiado tiempo haciendo lo que se esperaba de mí, tomando decisiones prácticas, inteligentes… pero vacías. Y no voy a hacerlo otra vez.
Respiro hondo.
—No puedo casarme sin amor. —Vuelve a cogerme la mano y me mira directamente a los ojos, unos que ahora mismo están empañados—. Aunque eso signifique perderlo todo —añado.
Liam me observa en silencio y en su mirada hay algo parecido al respeto.
—Entonces no tengo nada que discutir —dice finalmente—. Porque eso… eso es lo único que no se negocia.
Siento un nudo en el pecho.
—Gracias. No quiero que pienses que no te quiero, porque no es eso; pero no estoy enamorada y con él… Tengo un pasado pendiente y necesito saber qué siento de verdad sin engañarte.
—Agradezco tu sinceridad, Judith. Y ojalá ese amor sea correspondido, porque te mereces toda la felicidad del mundo.
Nos levantamos y durante un segundo dudamos, como si no supiéramos muy bien cómo cerrar esto, pero de repente me abraza cariñosamente.
—Cuídate, Judith.
—Tú también, Liam.
Y se va sin reproches, sin drama, pero con dolor en los ojos. Y no te negaré que yo también lo siento.
Salgo del restaurante con el corazón acelerado y la sensación de haber saltado al vacío sin red, como si acabara de romper el único plan que me mantenía en pie; como si, a partir de ahora, todo fuera incierto, peligroso… pero también real.
Y por primera vez en mucho tiempo respiro profundamente. Saco el móvil, dudo por un momento y marco su número. Porque realmente llevo todo el día deseando oír su voz.
—¿Sí? —responde al otro lado.
—Graham… —Mi voz sale más suave de lo que esperaba—. Tenemos que vernos.
—Dime dónde y te recojo ahora mismo.
Decido quedar con él en el lago Mead.
Lo encuentro donde siempre, apoyado en su moto, mirando al horizonte. Y cuando me acerco, se gira despacio, como si ya supiera que soy yo, como si me reconociera incluso sin verme.
—Qué rápida —dice.
Asiento. Me acerco a él y siento que esta vez no hay ninguna barrera entre nosotros, ni ninguna excusa para no poder estar juntos.
—He hablado con Liam.
Noto cómo su expresión cambia poniéndose a la defensiva; de nuevo su miedo se instala entre nosotros.
—¿Y?
Respiro hondo.
—Se ha acabado.
—Judith… —empieza, pero no le dejo seguir.
—No lo he hecho solo por ti. —Necesito dejarlo claro aunque le duela escucharme—. Lo he hecho también por mí.
Sus ojos no se apartan de los míos.
—Porque no puedo seguir fingiendo —añado—. Porque no puedo casarme sin sentirlo… y porque…
Trago saliva.
Pero no me echo atrás.
—Porque lo que siento por ti no ha desaparecido nunca.
El aire se detiene literalmente y en ese instante, en ese jodido instante, nos besamos como no lo hemos hecho antes: sin presión, sin rencor y sin todas esas murallas absurdas tras las que llevamos años escondiéndonos para no admitir lo evidente.
Graham me agarra la cara con ambas manos como si tuviera miedo de que desaparezca, como si todavía no terminara de creerse que sea yo quien ha dado el paso.
Y, cuando su boca se mueve contra la mía, siento que todo lo que he intentado contener durante años me explota dentro del pecho de golpe, arrasándolo todo.
El beso empieza lento, casi inseguro, como si ambos estuviéramos recordando el camino de vuelta al otro, pero dura exactamente dos segundos.
Porque, en cuanto mis dedos se pierden en su pelo y noto cómo su respiración se rompe contra mi boca, toda la tensión acumulada entre nosotros termina estallando de la única forma posible.
Me aprieta contra él con fuerza, haciendo que mi cuerpo choque contra el suyo mientras yo me aferro a su cazadora como si el suelo acabara de desaparecer bajo mis pies.
Y entonces ya no hay dudas, ni orgullo, ni reproches, ni todas esas conversaciones pendientes que nos han destrozado durante tanto tiempo.
Porque lo único que existe es la manera en la que me besa: desesperada, intensa, necesitada, como un hombre que lleva demasiado tiempo intentando olvidar algo imposible.
Y yo le correspondo igual.
Porque llevaba demasiado tiempo mintiéndome.
Porque ninguna cita, ningún plan absurdo, ningún futuro inventado con otra persona ha conseguido hacerme sentir ni una mínima parte de lo que siento ahora mismo entre sus brazos.
Graham separa apenas unos centímetros su boca de la mía, respirando agitado, y apoya su frente contra la mía mientras sus dedos siguen acariciándome el rostro con una delicadeza que me destroza mucho más que cualquiera de nuestras discusiones.
—Joder, Judith… —murmura con la voz rota—. No sabes cuánto tiempo llevo esperando escuchar eso.
Cierro los ojos un segundo, sonriendo contra sus labios, sintiendo cómo, por primera vez en muchísimo tiempo, todo encaja exactamente donde tiene que estar y por fin podemos ser libres para dejarnos llevar, sin escondernos, sin sentirnos mal, sin el miedo a perdernos el uno al otro.