23 Despedida de soltera con trampa
Mis dudas siguen ahí, pero yo las ignoro por completo. Liam está cada día más involucrado en los preparativos de la boda y nuestra relación va genial, salvo cuando mi mente se empeña en pensar que quizá Sam tenga razón y me estoy equivocando.
Estar todo este tiempo con Liam me ha hecho feliz, pero no puedo evitar compararlo con Graham en muchas cosas, y no solo porque físicamente se parezcan. Es que, a veces, cuando me acaricia o me besa, siento que es Graham quien lo hace, y eso es malo, muy malo.
Sam ha organizado mi despedida de soltera y me ha dicho que tiene una sorpresa que marcará un antes y un después en mi vida. Miedo me da lo que haya preparado.
Me recoge en el casino y me sorprende que estemos solas. No hay más chicas, no hay un stripper ni una limusina… solo su coche destartalado y ella.
—He hablado con María para que lo deje todo organizado. No volverás en todo el fin de semana —dice tan tranquila.
—Sam… Eso es mucho tiempo… No me fío de Jason…
—Jud, llevas sin vacaciones una eternidad.
Estás estresada con la boda, sin concederte un tiempo de verdad para ordenar tu mente, y eso es lo que vamos a hacer.
Si después de este viaje tienes claro que Liam es tu mejor opción para que te acompañe a la vejez, lo aceptaré como una buena amiga.
Pero si sigues con dudas… —hace una pausa y me coge la mano— yo me concedería un tiempo para descubrir qué es lo que realmente quieres.
Porque esto ya no es por el casino, es tu vida, tu felicidad, tu destino, y no puedes jugártelo por un negocio.
Y por Jason ni te preocupes, que todo va a estar controlado.
La miro sorprendida porque, aunque siempre es sincera conmigo, nunca la he visto así.
—Miedo me da lo que me tengas preparado para el fin de semana.
Ahora conduce tranquila, con una sonrisa perfecta de bruja malvada que me da que pensar que este fin de semana puede ser revelador.
Vamos cantando a todo volumen en el coche canciones de Teddy Swims —me encanta ese tío— cuando, de repente, llegamos al campamento en el que estuvimos hace tantos años y el que me jodió el corazón. Bueno, ese en realidad fue Graham.
—¿En serio me traes aquí para celebrar mi despedida de soltera? Esto no tiene gracia, Sam, esto es un puto castigo —digo enfadada, muy enfadada—. Ya sé que quieres que Graham y yo tengamos un futuro juntos y que seamos familia, pero ¿no puedes entender que me hizo demasiado daño?
—Pasa página, de verdad. Eres como un puto disco rallado. Erais unos críos y ha llovido mucho desde entonces.
Ahora la enfadada es ella, y no entiendo el motivo.
Esto, más que una despedida de soltera, va a ser el final de una amistad. Me lo veo venir.
—Sam, pensaba que eras mi amiga, que estabas de mi parte… ¿Qué coño pasa contigo? Ahora, de repente, defiendes a Graham, como si no importara mi roto corazón, y por una vez que se lo abro a alguien que me hace feliz, me vienes con esto… Eso no se le hace a una amiga.
—Eso sí que no te lo voy a permitir. Las amigas están para eso, para abrirte los ojos cuando eres ciega, para mostrarte tus errores y ayudarte a repararlos.
Y no es porque quiera que estés con mi hermano, aunque no negaré que me encantaría; es porque os veo a los dos hacer el payaso constantemente y no aguanto estar en medio de vuestras mierdas.
Entonces escucho una moto de fondo y la miro con furia.
—No… Esto sí que no, Sam, no me puedes hacer esto.
—Ya está hecho.
Veo cómo Graham se acerca a nosotras. Estamos en la puerta de una cabaña que Sam ha alquilado y, cuando llega hasta nosotras, ella nos empuja a ambos al interior y nos encierra, la muy asquerosa.
Él me mira sobrepasado, y yo no puedo ni mirarlo.
—¡Me las vas a pagar, Sam! —grito a pleno pulmón, hecha una furia y golpeando la puerta—. Y a ti ni se te ocurra decir nada.
Apunto con mi dedo a su cara, como si fuera un arma letal.
Pero, lejos de asustarse, me aparta el dedo, me agarra de la cintura y me besa.
Juro que no esperaba esa reacción, para nada.
Al principio quiero apartarme, odiarlo, pegarle un puñetazo y mandarlo a tomar por culo, pero ese beso…
me transporta a otro tiempo, a otro lugar, a otro momento que debería haber terminado de otra forma, y no puedo negar lo que siento, porque mis defensas han caído, porque es inevitable negar que lo quiero, que estoy enamorada de él, que siempre lo he estado.
—Te quiero, Judith. Siento no haberme dado cuenta antes y haber metido a mi hermana en nuestras mierdas, pero no soy capaz de dejar de pensar en ti. Odio verte con ese idiota. No te cases con él, por favor —me mira derrotado, triste, sincero—. Todavía quedan unos meses, dame una oportunidad.
En ese momento saca un anillo de su bolsillo, uno precioso, pero soy incapaz de aceptarlo.
—Graham, no me hagas esto… Lo haces porque tienes miedo, lo entiendo, pero no es lo que quieres y yo no puedo dejarlo todo sin garantías.
Cómo me gustaría que esto fuera real, que me pidiera matrimonio por amor y no por miedo.
—Jud, no estoy asustado, te quiero de verdad, te lo juro.
Sé que nunca he creído en el compromiso, pero eso era porque me asustaba la idea de que el amor se gastara, pero contigo eso no pasa, es todo lo contrario.
Déjame demostrártelo. No aceptes mi petición si no quieres, pero dame una oportunidad.
Concédete la oportunidad de estar con alguien por amor, no por necesidad, no por miedo a perder lo que quieres.
Y ahí está el Graham del que me enamoré a los dieciocho, mirándome con esos ojos azules fijos en los míos, acariciando mi mejilla con el pulgar mientras me coge suavemente del cuello, apartándome un mechón de pelo y acercándose peligrosamente para besarme de nuevo.
Y lo hace, y yo me dejo porque lo necesito, porque lo quiero y porque siento que ahora, en este preciso instante, nada más me importa.
—Esto está mal —susurro, volviendo a la realidad, aunque no doy ni un paso atrás.
—Lo sé —responde.
Pero tampoco se aleja.
Y en ese espacio mínimo entre los dos, donde todo lo que no se ha dicho pesa más que cualquier palabra, es donde ocurre. Vamos hacia la cama, sin prisa, sin urgencia, como si no necesitáramos nada más.
Sus manos encuentran las mías, mi respiración se mezcla con la suya y, por primera vez en mucho tiempo, no estoy pensando en consecuencias, ni en decisiones, ni en el futuro; solo en ese instante, solo en él.
Nuestros besos son lentos, como si ninguno de los dos quisiera que acabaran.
Me acaricia despacio mientras desliza los tirantes de mi vestido hacia abajo.
Besa mi cuello de forma pausada y dulce, con mucho cariño; no hay prisa ni desesperación, solo amor.
Acaricia mi espalda con la yema de los dedos, como si quisiera memorizar cada curva de mi piel antes de besarla.
Cierro los ojos un instante cuando noto sus labios sobre mi hombro.
Su respiración cálida me eriza por completo y no puedo evitar sonreír contra su boca cuando vuelve a buscarme con esa calma que solo él consigue transmitir incluso en medio del caos.
Graham desliza las manos por mi cintura con suavidad, acercándome más a él, hasta que nuestras frentes se apoyan unos segundos. No dice nada y no le hace falta, porque con su mirada lo dice todo.
Mis dedos se pierden entre su pelo mientras vuelvo a besarlo lentamente, disfrutando de cada roce, de cada caricia pausada, de la forma en la que me mira como si fuera lo único importante en el mundo.
La tela de mi vestido termina cayendo a mis pies y él me observa unos segundos en silencio, casi como si quisiera grabar este instante para siempre.
—Eres preciosa… —susurra tan bajito que siento esas palabras directamente en el pecho.
Y algo dentro de mí se rompe un poco.
Porque, después de todo lo vivido, de toda la guerra, de todas las heridas, nadie me había mirado jamás así.
Lo abrazo por el cuello y vuelvo a besarlo, esta vez más profundo, más sincero, dejando que todo lo que siento salga en ese instante sin necesidad de explicarlo.
Nos tumbamos en la cama entre risas suaves y respiraciones entrecortadas.
Él aparta un mechón de pelo de mi cara y acaricia mi mejilla lentamente, mientras yo dibujo círculos sobre su pecho desnudo. Ambos nos miramos a los ojos y hacemos el amor como no lo he hecho con nadie en mi vida.
En ese momento no pienso en nadie, ni en Jason, ni en Liam, ni en el casino, ni siquiera en Sam, que nos la ha jugado de nuevo, porque solo quiero que el tiempo se detenga y quedarnos en esta cabaña para siempre.
El fin de semana pasa como si alguien hubiera decidido acelerar el tiempo solo para nosotros. Dormimos poco, reímos mucho y, por momentos, volvemos a ser quienes éramos antes de que todo se complicara.
—¿Te acuerdas del campamento? —me dice, tumbados en el porche mientras el sol empieza a caer.
Lo miro dudando porque hay recuerdos que duelen, aunque hay otros memorables.
—Miedo me da lo que me vayas a decir, porque sabes que eso marcó un antes y un después entre nosotros, así que ten cuidado, que estás pisando arenas movedizas —comento abrazada a él.
—Oye —protesta—, que yo era el rey allí.
—Eras el idiota que intentó impresionar a todo el mundo saltando al lago desde una roca… y acabó cayéndose de bruces y pegándose un planchazo, aunque he de reconocer que a todos nos hizo mucha gracia.
Se ríe.
—Fue un fallo técnico.
—Fue patético —corrijo—. Y encima te levantaste como si nada, diciendo que lo habías hecho aposta, cuando sabes muy bien que fue un error de cálculo.
—Porque tenía dignidad.
—No, porque tenías dieciocho años y eras imbécil.
Nos miramos, nos reímos como antes, como siempre hemos hecho.
—Tú tampoco eras muy lista —añade—. ¿O ya has olvidado cuando intentaste cocinar para todos?
Me tapo la cara con las manos.
—No hables de eso. Como has podido comprobar, la cocina no es lo mío.
—Judith, incendiaste una sartén.
—¡Porque tú me distraías! —intento excusarme.
—Claro, la culpa es mía —se burla.
—Siempre lo ha sido.
Y en esa tontería, en esa conversación absurda, hay algo tan real, tan nuestro, que me duele y a la vez me hace sentirme como en casa, me hace creer que juntos podemos funcionar.
Porque esto… esto es lo que debería ser.
Le mando un mensaje a Sam, escueto, pero necesario, en el que le digo que puede ser que no la mate y le doy las gracias por el engaño, porque en este instante no querría estar en otro lugar que no fuera entre sus brazos.
Es nuestra última noche aquí. Cuando el silencio vuelve y el mundo se reduce a cuatro paredes y dos respiraciones, no hace falta decir nada, nos entendemos, como siempre, como si nunca hubiéramos dejado de hacerlo.
Y en sus brazos, con su piel contra la mía, con esa calma que solo encuentro con él, cierro los ojos y me permito sentir sin miedo, sin filtros, sin pensar en lo que viene después.
Pero todo lo bueno se acaba y nuestra escapada también.
Estoy sentada en el borde de la cama, con la ropa aún sin ponerme, mirando al suelo como si ahí fuera a encontrar una respuesta que no quiero afrontar.
—Judith… —dice él a mi espalda.
No me giro, no quiero enfrentar mi mirada a la suya.
—No quiero volver —admito finalmente, en voz baja.
—Lo sé, yo tampoco.
Aprieto los dedos.
—Porque volver significa… —trago saliva—. Significa tomar decisiones.
No hace falta terminar la frase, ambos sabemos cuáles. Liam, la boda, mis sentimientos… todo.
Me levanto despacio, respiro hondo y cierro los ojos un segundo, como si así pudiera congelar este momento y quedarme en él para siempre.
Pero no funciona.
—Necesito arreglar esto antes de que vaya a más, así que solo te voy a pedir tiempo —digo, aunque ni yo misma sé cómo lo voy a hacer.
Graham no responde; solo mira a la nada, aunque cuando vuelve los ojos hacia mí lo hace con comprensión.
—Lo entiendo, pero no quiero que esto cambie. Quiero que lo pienses todo bien y que sepas que el anillo te va a seguir esperando hasta que estés preparada. —Vuelve a acariciarme el rostro y a mirarme como si fuera un puto ángel caído del cielo.
Cojo mi ropa, me visto con movimientos automáticos y, antes de salir, me detengo en la puerta, porque sé que en cuanto la cruce tendré que elegir.
Y, sinceramente, no sé qué hacer, porque ya no se trata de Liam o Graham, se trata de mi corazón o mi legado, y eso es algo que no es fácil de decidir.