22 Suenan campanas de boda
Organizar una boda ya es complicado de por sí, pero organizarla en tu propio casino, con tu enemigo trabajando bajo el mismo techo y con la sensación constante de que todo puede saltar por los aires en cualquier momento, roza directamente la locura.
Y aun así, aquí estoy intentando que todo encaje, sin perder el control y sin pensar en quien no debo.
Porque sí, los preparativos avanzan, el salón principal ya está reservado, el catering confirmado, la decoración elegida con un gusto exquisito —porque si voy a casarme, al menos que sea espectacular—; pero hay algo que no encaja… y ese algo tiene nombre y apellidos.
Jason Queen.
Si pensaba que lo de recepción lo iba a frenar, estaba muy equivocada.
Aunque no deja de buscar guerra constantemente, ha sabido adaptarse a su nuevo puesto de trabajo a la perfección.
Sé que lo odia profundamente, pero es tan falso que hasta hace creer a la gente que no le importa estar ahí, y eso es aún peor.
Desde allí puede ser como la Reina Cotilla de la famosa serie juvenil Gossip Girl.
Se entera de todo lo que pasa y eso me saca de quicio.
Pero ¿dónde podría ponerlo que le diera rabia y no tuviera que aguantarlo demasiado?
Se me ocurre un lugar; con la escobilla en la mano estaría gracioso.
Pero no puedo hacer eso sin más: tengo que pillarlo infringiendo de nuevo las normas para que los demás no lo vean como algo personal, y más desde que Liam casi le parte la cara.
—Judith, tenemos un problema —dice María entrando en mi despacho con cara de circunstancias—. El proveedor de flores ha cancelado.
Cierro los ojos un segundo.
—¿Cómo que ha cancelado?
Me están entrando todos los males del mundo.
—Dice que ha recibido otra oferta… mejor.
No hace falta ser muy lista.
—Jason.
María no dice nada, aunque no le sorprende. En todo este tiempo ha intentado mantenerse al margen con su primo, ya que pensaba que, al estar en recepción, no me la jugaría, pero estaba muy equivocada.
Aprieto los dientes, me levanto de la silla y apoyo ambas manos sobre la mesa, intentando no perder los nervios porque es justo lo que él quiere.
—Consigue otro proveedor —digo finalmente—, y esta vez que firme un contrato blindado.
—En ello estoy.
Cuando se va, me dejo caer en la silla y suelto el aire despacio.
No te lo he contado, pero María ha pasado a ocupar un puesto mucho mejor que el de crupier, porque, aunque eso le gustaba, yo necesitaba una persona que llevara mi agenda y que me ayudara con algunas gestiones del casino, y ella es perfecta.
Me ha mostrado lealtad y eso es un valor muy importante para mí.
Con ella puedo estar tranquila porque es muy responsable y hace que nada falle cuando no estoy.
Siempre que dependa de nosotros, claro. Pero con las cosas de la boda, aunque intenta tenerlo todo bajo control, no lo consigue.
Porque las flores no es lo único que falla.
El menú desaparece «por error», el diseñador de iluminación retrasa la entrega, una reserva vip se queja misteriosamente del espacio asignado para el evento.
Todo pequeñas cosas.
Nada lo suficientemente grave como para señalar a Jason directamente, pero demasiado oportuno como para ser casualidad. Siento que él está jugando, y lo está haciendo bien.
La parte positiva de tenerlo en recepción es que puedo vigilarlo mejor; la negativa, que él también tiene acceso a demasiada información.
Cuando paso por allí media hora después, lo encuentro atendiendo a una pareja de jubilados con esa falsa sonrisa profesional que tan bien se le da fingir.
—Espero que su estancia sea inolvidable —dice con tono meloso.
—Seguro que sí, joven —responde la señora.
En cuanto se marchan, apoyo ambos codos sobre el mostrador.
—¿Te diviertes?
Alza la vista y me dedica una sonrisa que me produce exactamente las mismas ganas de estrangularlo que siempre.
—Muchísimo. Aunque he de reconocer que organizar bodas parece más entretenido que entregar llaves.
—Si vuelves a tocar uno solo de mis preparativos, la próxima semana estarás limpiando baños.
Su sonrisa no se borra. Eso me inquieta.
—Judith, si yo solo quiero ayudarte. Al fin y al cabo, una boda así merece ser… memorable.
Ese doble sentido suyo que siempre esconde algo me pone de los nervios.
—No juegues conmigo, Jason.
—Yo nunca juego contigo. Tú eres quien insiste en convertirlo todo en una partida.
Lo dejo ahí porque sé que seguir solo me hará perder los nervios, y bastante tengo ya con mi propia cabeza.
Esta semana tengo varios eventos, así que dejo a María encargada de todas las cosas referentes a la boda para que Jason no vuelva a meter la mano en nada y poder ir tranquila.
Hoy, en concreto, tengo que asistir a una gala benéfica organizada por empresarios de la ciudad. Uno de esos encuentros donde todo el mundo sonríe demasiado, bebe champán carísimo y finge interés por causas sociales mientras calcula mentalmente cuánto desgrava su donación.
Liam me acompaña, cómo no, y va impecable. Elegante, se muestra muy atento, se mueve como pez en el agua y, para no ser su ambiente habitual, me atrevería a decir que se acostumbrará muy pronto a estas cosas. Durante la primera hora todo va exactamente como debe… hasta que veo a Graham.
No sé qué clase de pacto tendrá ese hombre con el universo, pero siempre aparece cuando menos preparada estoy.
No sé cómo coño se ha colado en esta fiesta y, la verdad, prefiero no preguntar.
Entra con un traje negro perfectamente ajustado, sin corbata, con esa seguridad insolente que hace que incluso caminar parezca un acto de provocación. Siento cómo mi estómago se tensa de golpe.
Lo odio por eso; por seguir teniendo ese efecto en mí.
Liam está diciéndome algo sobre una pareja de productores que quería conocerlo, cuando mis ojos se cruzan con los de Graham al otro lado del salón y el mundo, durante un instante, parece congelarse.
Ha sido apenas un segundo, pero el suficiente para que él me sostenga la mirada y yo no pueda apartar la mía, hasta que Liam me roza la mano y tengo que obligarme a volver al presente.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Sí —miento.
El simple hecho de saber que Graham está ahí me tiene el pulso alterado como una adolescente ridícula. La tensión aumenta todavía más cuando coincidimos en la barra.
Voy a por una copa y él ya estaba allí, esperándome.
—Bonito acompañante —dice sin mirarme mientras remueve su vaso con lo que sea que se haya pedido.
—Gracias. —Intento no mirarlo demasiado, porque sé que sus ojos tienen un efecto sobre mí que no podré disimular.
—Aunque demasiado correcto para ti.
Lo miro de perfil.
—¿Perdona?
Gira entonces la cabeza hacia mí y esa media sonrisa suya me desarma más de lo que debería.
—Tú necesitas a alguien que te haga perder los nervios, Judith. No a alguien que parezca sacado de un catálogo de maridos perfectos.
Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza; siento calor, demasiado.
—No recuerdo haberte pedido opinión. —Intento parecer ofendida, pero lo cierto es que no sé ni cómo estoy.
—No hace falta. Tu cara ya la da sola.
Me acerco un paso, lo suficiente para invadir su espacio.
—No te confundas, Graham. Que tú y yo tengamos historia no te da derecho a opinar sobre mi futuro.
Él también acorta la distancia. Ahora apenas nos separan unos centímetros.
Y entonces baja la voz.
—No opino sobre tu futuro. Solo me pregunto cuánto tardarás en darte cuenta de que estás mintiéndote.
Ambos nos miramos sin decirnos nada más. La distancia entre nosotros es tan corta que no cabe casi ni el aire. Su mano se acerca a la mía, puedo notar la corriente que nos envuelve y juro que, durante un segundo, pienso en besarlo. Ahí, delante de todo el mundo.
Pero aparece Liam antes de que mi cerebro deje de funcionar del todo.
—¿Interrumpo? —pregunta.
Doy un paso atrás inmediatamente.
—No, para nada.
Graham sonríe con una calma exasperante.
—En absoluto.
Y se marcha como si no acabara de incendiarme por dentro.
Liam en ese momento me mira extrañado. No sabe si preguntar o no, pero al final lo hace.
—¿Tengo que preocuparme?
—No, tranquilo. Nuestra relación es complicada, es el hermano de Sam y siempre discutimos.
Liam no dice nada más acerca de Graham y tampoco volvemos a verlo en toda la noche.
Hoy ha sido un día bastante caótico en el casino. La gente estaba como loca y hemos tenido mucho trabajo; a una pareja le ha tocado un gran premio y eso ha causado un gran revuelo. Para despejarme, me he propuesto ir a una subasta privada.
Me encantan porque hay objetos únicos. En esta ocasión no voy con Liam; tiene trabajo, le han dado un papel para una serie de televisión y tiene que estudiar.
Al entrar en la sala mi cuerpo se tensa. Parece que me persiga, porque, de nuevo, ahí está Graham. Y, cuando menos lo espero, me roza la espalda al pasar.
Para cualquiera podría parecer un roce accidental, mínimo, pero para mí es devastador, porque eso hace que no pueda concentrarme en nada en toda la noche.
Contesto mecánicamente, sonrío sin sentido alguno y únicamente puedo pensar en el contacto de su piel con la mía.
Así que llamo a Sam. La necesito. Sé que quizá no es la mejor opción, pero si no hablo con ella, ¿con quién voy a hacerlo?
Necesito que me diga que estoy exagerando, que solo son nervios preboda, estrés acumulado; cualquier cosa menos lo que empiezo a sospechar.
Pero claro, hablar con Samantha cuando una necesita neutralidad es como ir a un pirómano para apagar un incendio.
—¿Ya te has aburrido entre tanto pijo? Sabía que me llamarías tarde o temprano, ¿qué pasa? —Ella, siempre tan expresiva.
—Me estoy volviendo loca, y necesitaba a mi amiga, eso es todo. —Intento parecer calmada, pero para nada lo estoy. No dejo de mirar por la sala en busca de Graham, como si por una necesidad absurda quisiera verlo de nuevo.
—¿Quieres que vaya a buscarte? —Exacto. Necesito salir de aquí, porque, si no lo hago, soy capaz de cometer una tontería.
—Mejor quedamos en mi casa. Yo salgo ahora de aquí, tardo quince minutos en llegar. —Y no es que quiera irme, es que no quiero volver a encontrarme con él.
Así que me marcho sin mirar hacia atrás, sintiendo que sus ojos me persiguen. Me alivia que no me haya dicho nada, porque necesito poner distancia a esto que estoy sintiendo. Porque no quiero sentirlo, porque no quiero volver a caer, porque me voy a casar con Liam y no es justo.
Estoy poniéndome un pijama cuando aparece Sam con una pizza familiar y una expresión sospechosamente satisfecha.
—Te noto fatal —dice, entrando y echándole un vistazo a mi indumentaria—. ¿Los osos amorosos?
—Gracias por tu delicadeza. —Pongo los ojos en blanco, frustrada—. Sí, qué pasa, me gustan.
Se sienta frente a mí y me observa con esa mirada suya que siempre parece saber demasiado y leerme la mente.
—Ha pasado algo con mi hermano.
Resoplo. ¿Por qué dará por hecho algo que yo no he dicho?
—Hemos coincidido en un par de eventos.
—Ajá —suelta, como si no fuera relevante lo que le estoy contando.
—En uno discutimos.
—Ajá. —No se sorprende, lo que me da que pensar que Graham se lo ha contado.
—Y ahora no dejo de pensar en él.
Sonríe, la muy bruja.
—Judith…
Y ahí va, ya la va a soltar. Si es que, en el fondo, soy una masoquista en potencia.
—Ni se te ocurra empezar.
—Tu destino es Graham.
¿Ves? Ya lo ha dicho.
Cierro los ojos, ya empieza de nuevo…
—Sam, por favor —suelto agotada. No enfadada ni malhumorada, solo agotada, porque de verdad que este monotema ya cansa.
—No, escúchame tú a mí, porque alguien tiene que decírtelo en la cara, y como soy tu mejor amiga pienso hacerlo, que para eso estoy —comenta sin alterarse, pero dejando claro cuál es su lugar en mi vida y que por ello tiene ciertos derechos—.
Puedes empeñarte todo lo que quieras en construir una vida perfecta con Liam, casarte en tu casino y convencerte de que eso te basta, pero no va a funcionar si, cada vez que ves a mi hermano, se te olvida hasta respirar.
La miro, molesta, porque tiene razón y no lo soporto.
—Liam me quiere.
—Sí. —Gesticula con la mano para que continúe.
—Es bueno conmigo.
—Ya. —Pone los ojos en blanco como si yo fuera una loca obsesionada por creer todo lo que estoy diciendo.
—Podría funcionar.
Lo afirmo más para autoconvencerme yo misma que porque realmente lo crea.
Sam niega lentamente.
—Si te casas con Liam sabiendo lo que sientes de verdad, te vas a equivocar. Y lo sabes.
No respondo porque, por primera vez en mucho tiempo, ya no estoy segura de poder seguir mintiéndome, y eso me aterra muchísimo más que cualquier amenaza de Jason o cualquier cláusula absurda del testamento de mi abuelo.
Con esa respuesta de Sam doy por zanjada la conversación, porque está claro que no piensa ayudarme y que yo solita tendré que sacarme las castañas del fuego; aunque, sinceramente, no sé si prefiero quemarlas.