Este casino es mío 21 Tengo que hacer algo
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21 Tengo que hacer algo

GRAHAM

No debería haber escuchado esa conversación, lo sé, pero cuando oigo mi nombre salir de la boca de Sam con ese tono entre desesperado y acusador, me quedo quieto como un imbécil al otro lado de la pared, con el casco aún en la mano y el corazón latiendo más rápido de lo normal, porque algo dentro de mí ya sabe que lo que voy a oír no me va a gustar.

Judith sigue siendo igual de cabezota y de orgullosa.

Incapaz de reconocer lo que siente, y aun así, cada palabra que dice me atraviesa como si llevara años esperando a salir, porque sí, quiere a Liam, o al menos de eso intenta convencerse, pero cuando Sam menciona mi nombre hay un silencio…

uno de esos que dicen más que cualquier frase, y es ahí cuando lo entiendo todo.

Está huyendo.

Y yo he sido tan gilipollas que la he dejado hacerlo.

Aprieto los dedos alrededor del casco con tanta fuerza que casi lo parto, respiro hondo y me obligo a moverme antes de que alguien me vea ahí plantado como un espía de segunda, porque lo último que necesito ahora mismo es enfrentarme a ella en caliente y decir algo de lo que me pueda arrepentir…

o, peor, algo que ella pueda usar en mi contra.

Así que me voy, pero no porque quiera, sino porque, si me quedo, la lío.

Estoy en el lago antes de lo habitual. Todo está relativamente tranquilo y el cielo despejado, e intento concentrarme en algo que no sea la imagen de Judith sentada frente a ese tío, riéndose, tocándole la mano como si llevaran años conociéndose, como si yo no existiera.

Y claramente no lo consigo.

—Graham… —escucho la voz de una de mis alumnas, pero tardo unos segundos en reaccionar—. Graham.

—¿Sí? —respondo, volviendo en mí de golpe.

—Que si me vas a ayudar a subir a la tabla o vas a seguir mirando al infinito como si estuvieras en un anuncio de colonia triste —dice riéndose, y el resto del grupo se suma.

Genial.

Ahora también soy material de burla.

—Sube —le digo, sujetando la tabla con más brusquedad de la necesaria—, y mantén el equilibrio.

La chica intenta incorporarse, pero en cuanto la ola la levanta un poco pierde el control y cae de culo al agua, salpicándome entero.

—¡Joder! —escupo agua, pasándome la mano por la cara.

—Perdón —dice entre risas—, es que estabas empanado.

No le falta razón y eso me cabrea aún más.

—Otra vez —gruño.

Pero ni ella mejora, ni yo me concentro, ni nada funciona como debería, porque en cada pausa, en cada silencio, en cada mirada perdida, ahí está Judith, colándose sin permiso en mi cabeza como si siempre hubiera vivido ahí.

Cuando termino la clase estoy agotado; no físicamente, sino mentalmente, que es mucho peor, así que, en lugar de irme a casa, decido hacer algo que no suelo hacer nunca: pedir consejo.

Y, si hay alguien que conoce a Judith casi tanto como yo, es Virginia.

La encuentro en el casino, como siempre, sentada en su sitio habitual, elegante, impecable, observándolo todo con esa mirada suya que parece ver más allá de lo evidente.

—Vaya, el surfista atormentado —dice en cuanto me ve acercarme—. Esa cara no es por una ola mal cogida.

—No empieces —respondo, sentándome a su lado.

—Entonces es por ella.

No pregunta, afirma.

Y eso ya me toca las narices.

—¿Tan evidente es?

—Cariño, llevas años mirándola como si fuera lo único real en tu vida —responde con total naturalidad—. Lo raro es que hayas tardado tanto en darte cuenta.

Aprieto la mandíbula.

—Va a casarse con otro.

Virginia alza una ceja, gira ligeramente el cuerpo hacia mí y sonríe de medio lado.

—¿Y tú qué piensas hacer?

Esa es la pregunta del millón. La maldita pregunta que no paro de hacerme una y otra vez sin hallar la respuesta.

—No lo sé —admito, por primera vez en mucho tiempo, sin intentar parecer seguro de algo—. Pero sé que no quiero que lo haga.

—Pues entonces ya sabes lo suficiente —responde, volviendo su atención a la ruleta—. El resto es valentía.

Valentía. Qué fácil suena y qué difícil es cuando se trata de ella.

Como no sé cómo hacerlo, quedo con Trevor, porque, si hay alguien que puede ayudarme a desconectar, aunque sea a base de estupideces, es él.

Error. Grave error.

—¿Me estás diciendo que la chica de la que llevas años enamorado se va a casar con otro y tú no has hecho absolutamente nada? —dice con una cerveza en la mano, mirándome como si fuera retrasado.

—No estoy enamorado y mucho menos llevo años detrás de ella —respondo automáticamente.

—Claro, y yo soy monje —se ríe—. Tío, si te he visto mirarla, eso no es deseo, eso es otra cosa.

No digo nada porque tiene razón y eso me jode.

—Vale —continúa, apoyándose en la mesa—, plan sencillo: la conquistas.

—No es tan fácil.

—Lo es —insiste—, lo complicado es que dejes de hacer el imbécil.

Le fulmino con la mirada.

—Gracias por el apoyo.

—De nada —responde tan tranquilo—. ¿Cuándo empiezas?

No contesto porque no tengo ni idea.

Tras ese consejo tan sabio, que me lo podría haber dado hasta un niño de cinco años, decido irme a casa, porque no tengo el cuerpo para fiestas.

Paso la noche en vela, dándole mil vueltas a la cabeza, y no logro conciliar el sueño, así que por la mañana hago lo único que se me ocurre para no volverme loco: coger la moto y largarme, sin rumbo, sin plan, solo carretera, viento y silencio.

Conduzco durante horas por los alrededores de Las Vegas, alejándome del ruido, del casino, de todo lo que me recuerda a ella, hasta que termino en una zona desértica donde lo único que hay es tierra, horizonte y mis pensamientos, que no ayudan en absoluto.

Me bajo de la moto, me quito el casco y me paso la mano por el pelo, mirando al frente como si eso fuera a darme respuestas.

Y es ahí, en mitad de la nada, cuando dejo de engañarme.

Estoy enamorado de Judith.

No es atracción, ni costumbre, ni nostalgia. Es ella, siempre ha sido ella. La besé aquel día porque, en aquel momento, ya era ella y ni siquiera lo sabía. Y, si no hago nada, la voy a perder para siempre.

Aprieto los puños, suelto el aire lentamente y sonrío de lado, porque ahora, por primera vez en mucho tiempo, lo tengo claro.

No voy a dejar que se case con Liam. No sin luchar.

Así que vuelvo a subirme a la moto, arranco y marco el número de Sam en cuanto paro unos minutos después.

—¿Sí? —responde al otro lado con una sonrisa en la voz.

Ahora ella sabe que tiene la sartén por el mango y que, si la llamo, sin duda alguna es para que me ayude.

—Te necesito —digo sin rodeos.

—¿Para qué? —pregunta, desconfiada.

Sonrío.

—Para que me ayudes a recuperar a Judith.

—Joder, ya era hora de que lo dijeras en serio, hermano.

Y, por primera vez en semanas, siento que esto no está perdido del todo.

Así que trazamos un plan perfecto para que ella se dé cuenta de que me quiere y de que su futuro está a mi lado. Aunque, si eso no funciona, mi loca hermana ha pensado un plan B.