Este casino es mío 20 Maldito tramposo
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20 Maldito tramposo

No pienso casarme con Jason. Eso es lo único que tengo claro en medio de todo este desastre. Ni aunque fuera el último hombre en la Tierra, ni aunque pierda el casino, porque hay líneas que no estoy dispuesta a cruzar.

Y esa… es una de ellas.

Salgo del despacho con el pulso desbocado y la sensación de que todo se tambalea bajo mis pies; pero en cuanto piso el pasillo, vuelvo a recomponerme.

Si algo he aprendido en este tiempo es que aquí dentro no puedes permitirte dudar ni un segundo, no puedes mostrar debilidad, no puedes dejar que nadie vea que por dentro te estás rompiendo un poco más cada vez.

Eso lo aprendí de mi abuelo; era algo que me decía constantemente.

Pero en cuanto salgo del casino, todo eso se va a la mierda. Lloro descontrolada mientras me dirijo a casa de Sam.

Mientras conduzco por la carretera la vista se me nubla entre las lágrimas y no dejo de darle vueltas a mi vida y al porqué coño todo tiene que ser tan complicado.

Mira que era sencillo: dejarme el casino sin condiciones, solo por amor.

¿Quería que formara una familia? Pues esta no es la mejor forma, abuelo.

Joder, casi me estampo contra el quitamiedos de la carretera. Tengo que centrarme y no lo consigo, porque siento que Jason está consiguiendo lo que quería —que yo me hunda— y no puedo permitírmelo.

No tardo en llegar a casa de Sam y, cuando me abre, me desahogo como no lo he hecho en mucho tiempo, porque ella será como sea, una puta loca insufrible y metomentodo, pero es mi mejor amiga y mi paño de lágrimas particular.

—Dime que esto no me está pasando —le suelto, con los ojos rojos, nada más abrir la puerta, sin saludar, sin respirar casi—. Dime que todo esto es una maldita broma.

Ella me mira desconcertada, con el móvil en la mano, y en cuanto ve mi cara sabe que algo no va bien.

—¿Qué ha pasado? —pregunta, dejando el móvil sobre la mesa.

—Jason —escupo—. Ha perdido la puta cabeza.

Se incorpora de golpe.

—Eso no es nuevo.

—Quiere que me case con él —añado, y esta vez sí noto cómo se me quiebra algo por dentro—. Me ha chantajeado, Sam. Dice que, si no lo hago, va a destrozarlo todo.

Se queda callada un minuto que parece una puta eternidad.

—Ese cabrón… —murmura, pasándose la mano por el pelo—. Vale, vale, tranquila, lo arreglaremos.

—¿Cómo? —pregunto desesperada—. Porque mi «plan perfecto» se ha ido con otra tía sin despedirse siquiera.

Sam frunce el ceño.

—Eso no me cuadra.

—Pues acostúmbrate —respondo—. Porque es exactamente lo que ha pasado.

Camino por el salón sin rumbo, intentando ordenar algo que no tiene orden.

—Casi cuatro meses hablando, quedando, riéndonos como si todo fuera fácil… Dejando que entre en mi corazón y, de repente, desaparece, se va a otra ciudad y aparece con otra mujer como si yo no hubiera significado nada.

—Judith…

—No —la corto—. No lo defiendas, no hoy.

Sam me observa unos segundos.

—¿Y si no es así?

Me giro.

—¿Perdona?

—¿Y si hay algo más? —insiste—. ¿Y si Jason ha metido mano?

Niego con la cabeza.

—María me ha dicho que se ha ido por trabajo, pero uno no acepta si hay alguien que le importa y sabe lo que se está jugando; y a él le ha dado igual. —Juro que no puedo más con toda esta situación.

—No —admite—. Pero quizá no es como te lo han pintado. ¿Cómo sabe todo eso María si no es por Jason? Aquí tiene que haber gato encerrado.

—Me da igual —añado finalmente—. Liam se ha ido, no me ha llamado ni me ha explicado nada, y sabes que estábamos planeando casarnos.

Estoy harta, todo me sale fatal. Quería una relación fingida, al final se convierte en algo real y ¿para qué?

—Me siento junto a la mesa y agacho la cabeza, escondiéndola entre mis manos.

No quiero que me vea llorar, pero juro que estoy a punto de hacerlo otra vez—.

Siempre que dejo entrar a alguien en mi corazón me lo pisotea. Estoy harta.

Sam se levanta, se acerca poco a poco sin dejar de mirarme, me abraza suavemente y levanta mi cara para que la mire.

—Entonces escúchame tú —dice con más calma—. Dale una oportunidad a Graham.

Y ahí es donde exploto.

—Ni de coña. —Ahora mi tristeza se ha convertido en furia.

—Judith…

—No, Sam —digo más firme—. No voy a entrar otra vez en ese bucle. No voy a volver a alguien que nunca ha sabido lo que quiere.

—Sí lo sabe —responde—. Otra cosa es que le dé miedo admitirlo.

—Pues que se quede con su miedo —replico—. Yo necesito certezas.

Y, aunque no lo diga en voz alta, ambas sabemos que eso no es del todo cierto. Porque, si algo tengo ahora mismo, son dudas.

—Pero Jud… Él es la mejor opción, le cerrarías la boca a Jason.

No quiero ni escucharla.

—Sam, ahora no estoy para eso, de verdad. Sabes que es imposible, y más ahora, que estoy incluso más rota que antes. Necesito aclarar mis ideas y pensar en un nuevo movimiento.

Sin decir nada más, me levanto y me voy a casa. Allí paso la noche en vela. No soy capaz de dormir: doy vueltas, pienso, recuerdo y lo odio.

Porque no debería estar pensando en él, en ninguno de los dos, pero lo hago. Y cuando por fin consigo cerrar los ojos… el móvil suena.

Miro la pantalla: número desconocido. No debería cogerlo, pero lo hago.

—¿Sí?

Tardan en contestar como tres segundos en los que me planteo colgar la llamada, cuando de repente escucho mi nombre.

—Judith.

Me incorporo de golpe.

—Liam.

Solo decir su nombre ya duele más de lo que esperaba.

—Necesito explicarte algo —dice, y su voz no suena como la de alguien que ha pasado de todo. Suena tensa, como si llevara días queriendo decirlo.

—Más te vale —respondo, fría—. Porque desaparecer e irte con otra no es precisamente elegante.

—¿Qué? —Se queda en silencio—. ¿De qué estás hablando?

Frunzo el ceño.

—De lo que he visto.

—No sé qué has visto, pero no es lo que crees —añade con firmeza—. Me salió un trabajo en Los Ángeles, sí, de repente, sin margen para pensarlo… y no pude decir que no.

—Claro. —Me muestro fría, más de lo que me gustaría.

—Judith, escúchame —insiste—. Todo fue muy raro, demasiado oportuno, demasiado perfecto… y ahora entiendo por qué.

Me quedo en silencio.

Porque hay algo en su tono que…

—Jason —dice.

Y ahí encaja todo.

Como una pieza que no quería ver.

—Lo sabía —murmuro.

—Me presionaron, me vendieron el proyecto como algo irrepetible y, cuando llegué… no era ni la mitad de lo que me prometieron —continúa—. Y entonces vi las fotos.

Aprieto el móvil con fuerza.

—¿Qué fotos?

—Las que claramente alguien quería que vieras.

Se me revuelve el estómago.

—Hijo de puta…

—Estoy volviendo —añade sin dudar—. Esto no se queda así.

Cierro los ojos un segundo. No sé si sentir alivio… o más caos.

—No hacía falta que volvieras —digo, aunque no suena tan convincente como debería.

—Sí —responde—. Porque esto no ha terminado.

Y cuelga.

Estaba tan enfadado o más que yo. Y es que no solo ha querido chantajearme a mí, a él también. ¿Por qué quiere tanto el casino? Sea por lo que sea, no pienso permitir ni que lo huela. En cuanto me case, pienso ponerlo de patitas en la calle.

No han pasado ni dos días cuando veo a Liam entrar en el casino. Pero no me busca a mí; va directo a Jason.

Yo lo veo todo desde el otro lado de la sala, sin intervenir, sin moverme, porque necesito ver hasta dónde llega esto.

—Tenemos que hablar —le dice Liam, plantándose frente a él.

Jason sonríe.

—Vaya, el actor ha vuelto.

—Contigo no estoy actuando —responde Liam—. ¿Qué cojones hiciste?

—Nada que tú no quisieras hacer —replica con calma.

—Lo manipulaste todo, ¿verdad?

—Yo no te obligué a nada, te ofrecieron una oferta y decidiste cogerla —dice tan tranquilo.

La tensión entre ellos es brutal.

—Aléjate de Judith —añade Liam.

Jason se ríe.

—Eso no va a pasar.

En ese momento Liam le da un puñetazo en toda la cara y lo deja tirado en el suelo.

—No te lo repetiré dos veces. Si te acercas a mi novia más de lo debido, esto serán cosquillas comparado con lo que vas a sentir.

En ese momento abandona el casino, dejándome alucinada, aunque también satisfecha.

Esta noche salgo pronto. Jason no me ha hablado en todo el día; creo que se ha dado cuenta de que su castillo de naipes se ha desmoronado, como su plan. Y yo, no sé por qué, no puedo dejar de sonreír sintiéndome ganadora, porque con esa actuación he comprendido que le importo de verdad.

Cuando llego a casa me encuentro a Liam sentado en la puerta. No sonríe; su cara es de arrepentimiento.

—Lo siento —dice.

Y, por primera vez… le creo. Pasamos y hablamos durante horas de todo: de lo que pasó, de todo lo que ha intentado Jason, de lo que somos. Y es en ese momento cuando nos besamos, nos abrazamos y damos un paso más en nuestra relación. Una real, más de lo que quisiera.

Y cuando se va… nada es igual.

Todo avanza a paso de gigante. Volvemos a retomar nuestra relación, a planear nuestro futuro y a hablar otra vez de boda.

Como si todo pudiera retomarse, como si no hubiera grietas. Pero las hay, las siento en cada momento en el que, sin querer, pienso en otra persona.

Porque, por mucho que lo intente, por mucho que quiera hacerlo bien y por mucho que Liam sea la mejor opción, sigo sintiendo algo que no debería, dejando que las palabras de Sam retumben en mi cerebro una y otra vez.