19 Las trampas son lo mío
JASON
Hay algo que la gente no termina de entender nunca y es que no gana el más fuerte ni el más listo: gana el que está dispuesto a cruzar la línea que los demás ni siquiera se atreven a mirar. Y yo hace tiempo que dejé de tener problemas con eso.
Porque, mientras Judith juega a ser la heredera perfecta, mientras se convence de que tiene todo bajo control y de que ese actor de medio pelo es una solución válida… yo estoy viendo el tablero completo.
Y ese tablero tiene una pieza que sobra. Y esa pieza tiene nombre propio: Liam.
Así de simple.
No es nada personal… bueno, quizá un poco sí, porque mientras él esté, Judith no va a ceder. Y si ella no cede, yo no gano, y eso no me gusta porque yo no pierdo jamás.
Es por eso por lo que he decidido sacarlo del juego.
Con él por aquí mis planes nunca se llevarán a cabo, y para colmo ella se ha enganchado a él como una lapa.
Por cómo me ha hablado, creo que su relación ya no es solo un simple acuerdo para salvar el casino…
Qué va. Van más en serio de lo que yo estoy dispuesto a aceptar y algo tengo que hacer.
Llámame cabrón si quieres, estás en tu derecho, pero Judith me ha quitado mucho últimamente, empezando por mi polvo fácil, mi puesto de relevancia en este lugar, y ahora quiere arrebatarme la oportunidad de hacer una gran suma de dinero con la que jubilarme de por vida.
Porque, entre tú y yo, vender este casino me va a aportar unos ingresos cuantiosos; y sé que, a pesar de que eso implique dejar en la calle a una multitud de trabajadores, no me importa lo más mínimo.
Hacer trampas es lo mío, por lo que decido mover ficha cuanto antes.
No me cuesta demasiado averiguar lo que necesito. Tengo muchos contactos, así que rápidamente descubro que Liam tiene alguna que otra deuda y que actualmente es un actor en paro; por lo que aprovecho para hacer unas cuantas llamadas y así quitármelo de en medio cuanto antes.
Un actor no deja de ser alguien que vive de aparentar, de vender una imagen, de moverse entre castings, contactos, promesas y favores.
Y eso, en el fondo, es un terreno que conozco bastante bien.
Así que, una vez que hablo con mi amigo Frank, lo dejo todo más que listo para que le ofrezca a Liam la mejor oferta de su vida.
—¿Seguro que quieres esto? —me pregunta al otro lado del teléfono.
Miro hacia la puerta del despacho que ya no es mío pero que volverá a serlo.
—Completamente —respondo sin dudar—. Solo necesito que le llegue la oferta… y que entienda que no va a tener otra igual.
—Es en Los Ángeles.
—Mejor.
Sonrío para mis adentros.
—¿Y la chica? —pregunta Frank, que se está convirtiendo en un gran aliado.
—De la chica me encargo yo.
No te lo he dicho, pero ese es el as que guardo bajo la manga, el que hará que Judith rompa con Liam y yo me quite ese problema de encima de una vez por todas.
No hace falta mucho más. Con el acuerdo cerrado, todo va sobre ruedas.
A Liam le llega una oportunidad, que obviamente no rechaza, porque es un proyecto grande que le va a ayudar a ganar fama, dinero, y le augura un futuro brillante, aunque sea lejos. Y obviamente acepta, porque no se puede rechazar una oferta como esa.
El siguiente paso… es Judith.
Porque quitar una pieza no sirve de nada si no sabes recolocar el resto, y aquí es donde empieza lo interesante.
Intento ignorarla todo lo que puedo, porque lo que más me interesa es que sea ella la que venga a mí; y ya he dejado las miguitas para que eso ocurra.
Tras la marcha de Liam, pasan dos días en los que la veo agitada, nerviosa, frustrada… y yo la observo en silencio, esperando.
Dos días. Dos putos días.
Eso es lo que tarda en presentarse en recepción con esa mirada que conozco demasiado bien.
—¿Sabes algo de Liam? —me suelta sin rodeos.
—¿Yo? —respondo con calma, levantando la vista poco a poco—. ¿Qué se supone que tengo que saber?
—No me toques los cojones, Jason —dice, apoyando las manos sobre el mostrador—. Ha desaparecido, no responde a mis mensajes, no coge el teléfono… y esto huele a ti.
La observo unos segundos.
—Vaya… —murmuro—. Qué feo eso de desaparecer sin dar explicaciones. Pero a mí no me culpes, porque no soy tan retorcido como para secuestrar a alguien… ¿O sí?
No lo había pensado, pero esa idea no me desagrada del todo.
—Jason, no me toques lo que no suena… Sabes algo que no me cuentas, porque nos has estado espiando estos tres meses que llevamos juntos, así que habla o…
La corto sin dejarla terminar.
—¿O qué? Mira, Judith, quizá ha huido al replantearse todo lo que implica estar contigo, no me culpes a mí de tu mierda de vida. No es a mí a quien le han puesto condiciones…
Ella me mira con cara de odio. Y es que las verdades duelen.
—No te equivoques, porque tienes un pie medio fuera de este casino, así que por tu bien espero que esto no sea obra tuya.
La veo marcharse, furiosa.
Ah, no te lo he contado, pero Liam ha perdido su móvil sin darse cuenta —o alguien se lo ha quitado— antes de poder contarle nada. Y claro… su avión salía ya, por lo que no ha podido decirle nada a Judith. Aunque, por supuesto, no voy a ser yo quien se lo diga.
—¿Qué has hecho? —me pregunta María al ver a Judith irse hecha un basilisco.
—Yo nada, en todo caso ha sido él —respondo.
—No te creo.
—No tienes por qué. —Me encojo de hombros—. Pero quizá deberías enseñarle esto a tu amiga; yo he preferido no hacerlo. Bastante enfadada está ya.
Y es ahí donde le mando a mi prima una foto de Liam en el aeropuerto muy bien acompañado por otra mujer en actitud cercana, muy cómodos; algo que podría interpretarse de muchas formas, pero que espero que la haga dudar, y mucho.
—Parece que no ha perdido el tiempo —añado.
María se va corriendo a enseñársela a Judith, y, sin haber planeado esto, creo que va a salir mucho mejor de lo que esperaba.
Al rato la veo venir de lejos con los ojos entrecerrados, mucho más furiosa que antes.
—Eso no demuestra nada —dice, mostrándome la foto que obviamente le ha enviado María.
—Claro —asiento—. Será casualidad. Igual también es casualidad que haya dejado de contestarte justo ahora.
—Eres un hijo de puta —susurra, y casi podría asegurar que está algo más rota que cuando ha venido.
—Pero tengo razón.
Levanta la vista y se vuelve a marchar furiosa, dolida. Pero yo me siento triunfador, porque el único que podía arrebatarme el casino ya está fuera de juego.
El día ha pasado sin pena ni gloria, con los clientes típicos de cada día, las salas llenas a rebosar, y no he vuelto a ver a Judith desde que se ha topado con la realidad.
Pero ahora es cuando tengo que hacer mi jugada maestra, porque está rota y siento que es el momento perfecto.
Así que subo a su despacho —uno que espero que sea mío en breve— para ofrecerle una salida que nos beneficie a ambos.
Porque, pensándolo fríamente, esta guerra no va a terminar nunca, y si consigo mi propósito, luego solo tendré que pensar cómo me deshago de ella.
—¿Qué quieres ahora? —escupe, sin mirarme directamente.
Me apoyo en la mesa, la observo y tanteo el terreno.
—Una solución.
Se ríe, pero sin humor.
—No quiero nada de ti.
—Eso dices ahora —respondo—. Pero la realidad es otra.
—La realidad es que has manipulado todo esto —escupe—. Y no voy a caer.
—No has caído —niego—. Te han dejado.
Eso le duele. Puedo verlo en sus ojos, pero no me arrepiento de nada.
—Cállate.
—Escúchame —añado, bajando la voz—, porque esto es lo único que te interesa de verdad. Tienes un problema —continúo—. El tiempo sigue corriendo. Tu plan perfecto se ha ido por la puerta de embarque… y te quedan opciones limitadas.
Aprieta los puños, pero no me ha echado del despacho, por lo que quiere escuchar lo que vengo a decir.
—¿Y tú eres una de ellas? —dice con desprecio.
Sonrío.
—La mejor.
Se hace un silencio tenso, cargado.
—Ni de coña.
—Piénsalo —insisto, acercándome un paso—. Tú necesitas casarte. Yo necesito el casino. ¿De verdad no ves lo evidente?
Niega con la cabeza.
—Prefiero perderlo todo antes que casarme contigo.
Inclino ligeramente la cabeza.
—No —digo despacio—. Prefieres ganar… aunque para ello tengas que fingir una relación.
Sus ojos se clavan en los míos.
—Nos casamos —añado—. Compartimos el control.
Mitad y mitad. Tú mantienes el legado de tu abuelo…
y yo me aseguro de que esto funcione como debe.
Y, si dices que no… —continúo, dejando que las palabras caigan con calma—, solo tendré que contarle al mundo entero cómo la gran Judith Alister intentó colar un matrimonio falso para quedarse con el casino.
La tensión se puede cortar.
—Nadie te creerá, porque, aunque en un principio fuera así, las cosas han cambiado y me cuesta creer que Liam se haya ido así sin más. Él me quiere de verdad.
Sonrío.
—Pruébame. Te aseguro que nadie le ha puesto una pistola en el pecho para dejarte. Así que no creo que a él le importaras tanto como te ha hecho creer.
Dejo pasar un segundo, dos, tres. Y entonces doy el último paso.
—Cásate conmigo, Judith. —La miro sin apartar la vista—. Y ganamos los dos.
Ambos nos quedamos en silencio y decido dejarla en el despacho mientras yo me voy a celebrarlo. Porque sé que aceptará; no tiene más opciones.