Este casino es mío 18 El pasado me persigue
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18 El pasado me persigue

No sé en qué momento todo se ha vuelto tan… personal.

Supongo que fue en el instante en el que leí la nota y sentí cómo algo dentro de mí se tensaba; no por miedo —porque Jason no me da miedo—, sino por esa certeza incómoda de que esto ya no va solo de un casino, ni de un testamento, ni siquiera de un matrimonio de conveniencia que, poco a poco, ha dejado de serlo para convertirse en algo más complicado.

Va de orgullo, de poder y de quién cede primero.

Por eso, cuando he entrado en el casino esta mañana y lo he visto en recepción, con esa sonrisa falsa, atendiendo a un cliente como si fuera el mejor empleado del mes, no me lo he pensado dos veces.

—A mi despacho. Ahora.

No alzo la voz, no hace falta. Jason levanta la vista y, durante un segundo, veo en sus ojos justo lo que esperaba: satisfacción.

Sabe que ha dado en el clavo; lo que no se espera es que la jugada no le ha salido tan bien como cree.

—¿Te has vuelto completamente loco? —Cierro la puerta de un golpe seco en cuanto entra—. ¿Qué cojones te crees que estás haciendo?

Jason ni siquiera se inmuta.

Se pasea por el despacho como si le perteneciera, como si nada hubiera cambiado.

Como si yo no fuera quien manda ahora.

—Buenos días para ti también —responde, con una calma que solo consigue que me hierva más la sangre.

—No juegues conmigo. —Le lanzo la nota sobre la mesa—. ¿Te suena esto?

La mira, sonríe y no niega nada; ni siquiera lo intenta.

—Veo que te ha llegado —dice, apoyándose en el borde de la mesa—. Pensé que igual necesitabas un pequeño recordatorio.

Aprieto los puños.

—No tienes nada —replico—. Y, aunque lo tuvieras, no te serviría.

—¿Estás segura? —Inclina ligeramente la cabeza—. Porque desde fuera lo que parece es que estás montando una pantomima preciosa con ese actor tuyo.

—No es ninguna pantomima —corto, dando un paso hacia él—. Y te aseguro que lo último que voy a hacer es dejar que me chantajees.

Jason suelta una pequeña risa.

—Siempre tan orgullosa —murmura—. Pero dime una cosa, Judith… ¿De verdad crees que esto es real? ¿Que ese tío está contigo por algo más que por lo que puede sacar?

—Está conmigo porque quiere —respondo sin dudar, aunque algo dentro de mí se remueve—. Y eso es más de lo que puedes decir tú de nadie.

Su mirada se endurece un segundo.

Punto para mí.

—No te equivoques —añade, acercándose lo justo para invadir mi espacio—. A mí no me interesa con quién te acuestes… me interesa el casino. Y si para quedármelo tengo que destrozar esa farsa tuya delante de todo el mundo… lo haré.

Le sostengo la mirada, sin apartarme, sin ceder.

—Inténtalo —susurro—. Pero como des un paso más, te juro que no solo no seguirás en recepción… es que no vuelves a pisar este sitio en tu vida.

En ese momento ambos nos retamos con la mirada. Hay un silencio algo tenso entre nosotros, incluso peligroso; pero entonces sonríe.

Aunque no como antes.

—Esto se está poniendo interesante —dice finalmente, apartándose—. Ten cuidado, Judith… No todos los juegos se ganan siendo la buena.

—Y no todos se ganan siendo un cabrón —respondo.

Sale del despacho sin añadir nada más, pero sé que esto… no ha terminado.

Lo peor de todo es que, después de eso, debería centrarme, pero en lugar de hacerlo… quedo con Liam. Siento que es lo que necesito en este momento.

Y lo hago porque, de alguna forma que no logro entender, estar con él me da una sensación de normalidad que necesito más de lo que me gustaría admitir.

El problema es que esa «normalidad» empieza a tener matices que no me gustan.

—Pensé que te gustaría este sitio —dice cuando llegamos.

Me ha traído a pasar el fin de semana a la playa en California, con tablas de surf apoyadas en la arena, gente riendo bajo el sol, y el recuerdo de Graham se instala de golpe en mi cerebro.

Perfecto. Justo lo que necesitaba: recuerdos.

—Es… bonito —respondo, quitándome las gafas de sol mientras observo el agua.

Pero, en realidad, no estoy viendo eso; estoy viendo otra cosa, otro momento, a otra persona.

—Podemos probar si quieres —añade Liam con una sonrisa—. Siempre he querido aprender.

Cierro los ojos un segundo.

Respiro.

—No —respondo demasiado rápido—. Prefiero quedarme aquí.

Él frunce ligeramente el ceño, pero no insiste, y lo agradezco. Lo que no evita que algo dentro de mí se tense, porque esto empieza a ser demasiado evidente.

Y desde ese momento todo se repite, nuestras citas dejan de ser nuestras, porque todo me recuerda a él. Un paseo en moto, una carretera larga, el viento… otra vez lo mismo.

—¿Desde cuándo te gustan las motos? —le pregunto, cruzándome de brazos, porque llevamos juntos ya tres meses y en ningún momento las ha mencionado.

—No es que me gusten especialmente —responde, encogiéndose de hombros—, pero pensé que…

Se queda a medias y, en ese silencio… lo entiendo todo.

—¿Que me gustarían a mí? —termino por él.

Asiente.

Y ahí es cuando todo encaja demasiado bien.

—¿Quién te está dando estas ideas, Liam? —pregunto, entornando los ojos.

—Nadie —responde demasiado rápido.

Me río, pero sin humor.

—No me mientas —insisto.

—Ha sido Sam. Solo quería sorprenderte y pensé que, como ella te conoce tan bien, me podría ayudar —dice al final.

—Claro. Cómo no.

No quiero decirle nada, porque él lo ha hecho con buena intención, pero ella… ella se va a enterar.

En cuanto volvemos y me deja en la puerta del casino, la llamo para que venga, porque esto no se puede quedar así. Y cuando entra por la puerta de mi despacho, el demonio que vive dentro de mí sale a la luz.

—¿Tú eres gilipollas o te lo haces? —le suelto enfadada.

Sam se queda mirándome, sorprendida.

—Vale, hola a ti también —responde—. ¿Qué he hecho ahora?

—¿En serio? —Me cruzo de brazos—. ¿De verdad no te parece suficiente estar organizando mi vida como si fuera un puto tablero de ajedrez?

—Solo intento ayudarte —se defiende.

—No, Sam —la corto—. Estás intentando manipularlo todo para que encaje en lo que tú quieres.

Su expresión cambia.

—¿Perdona?

—Las citas, los planes, los sitios… todo —añado—. ¿También le vas a decir cuándo tiene que besarme o eso lo dejas a su criterio?

—No te pases —dice, ahora más seria—. Si le digo que te lleve a esos sitios es porque sé lo que te gusta.

—No —niego con la cabeza—. Le dices que me lleve a esos sitios porque sabes que me recuerdan a él.

Y ahí está. Se queda callada, sin saber qué decir, pero no lo niega. No puede, la he pillado.

—Alguien tiene que hacerte ver las cosas —murmura.

Y su sinceridad me abruma.

—No necesito que nadie me haga ver nada —respondo, notando cómo me arde el pecho—. Y mucho menos tú.

—Pues alguien tendrá que hacerlo, porque estás planeando casarte con un tío mientras sigues pensando en otro —dispara sin filtro, y su comentario me duele más de lo que debería.

—No tienes ni idea de lo que siento —digo en voz baja.

—Más de la que te gustaría —responde.

La miro durante unos segundos, porque me repatea que se meta en mi mente y en mi corazón.

—Deja de meterte —añado finalmente—. Porque, como sigas así… lo vas a joder todo.

Se marcha de mi despacho seria. No está enfadada, pero no se va sin antes decirme que escuche a mi corazón. Sin embargo, yo me empeño en ignorarla, porque creo que estoy haciendo lo correcto.

Cuando me meto en la cama, lo tengo claro: Jason quiere guerra, Sam cree que sabe lo que necesito, y Liam… empieza a ser una mezcla de todo lo que no sé si quiero.

Y, en medio de todo eso… estoy yo, intentando no pensar en la única persona que no debería importarme, pero que, de alguna forma, sigue estando en absolutamente todo.