Este casino es mío 17 El último ríe mejor
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17 El último ríe mejor

JASON

No hay nada peor que ver cómo alguien se te escapa de las manos mientras sonríe como si todo le estuviera saliendo bien.

Y eso es exactamente lo que me pasa cada vez que veo a Judith últimamente.

Porque sí, la tengo controlada; en este casino todo pasa por mis ojos, aunque ahora tenga que fingir que soy un puto recepcionista ejemplar. Pero eso no cambia el hecho de que la veo… y cada vez me gusta menos lo que veo.

Hoy ha entrado con Liam y no, no es solo que hayan venido juntos; es cómo han entrado, cómo se ha detenido un segundo antes de cruzar la puerta, cómo él ha puesto la mano en su espalda de forma natural, cómo ella no se ha apartado, cómo han intercambiado una sonrisa de esas que no se fingen tan fácil.

Eso es lo que me jode, porque esto se le está yendo de las manos y a mí también.

Se está saliendo con la suya y esto no me gusta. Sé de sobra que están fingiendo, o eso creo, pero la cabrona lo está haciendo muy bien y tengo que pensar en algo para joderle los planes, porque los inversores esperan un tiempo, pero ese tiempo no será eterno.

Finjo que estoy revisando unas reservas mientras ellos pasan por delante de recepción, pero en realidad no pierdo ni un solo detalle, porque necesito entender qué está pasando aquí, en qué punto está este juego y, sobre todo, cuánto me queda antes de que ella dé el paso definitivo.

—Buenas tardes —dice Judith, con esa voz suya que ahora suena… distinta.

Más relajada, más segura, como si todo estuviera bajo control; en resumen, más feliz.

—Señorita Alister —respondo, marcando cada palabra, obligándome a mantener la compostura mientras él me mira de arriba abajo como si intentara ubicarme.

—Jason —añade ella, girándose apenas un segundo hacia mí—, asegúrate de que la reserva de esta noche esté lista.

—Siempre lo está —contesto sin apartar la vista de Liam.

Él sonríe.

Y no sé por qué, pero esa sonrisa me da ganas de romperle la cara.

—Encantado —dice, tendiéndome la mano—. Soy Liam, el novio de Judith.

La miro, luego a él, a su mano, y luego vuelvo a ella.

—Lo mismo digo —respondo sin estrechársela, lo justo para que entienda que no estamos en igualdad de condiciones.

Judith rueda los ojos y se van; eso sí, cogiditos de la mano, no se vaya a perder por el casino.

Aprieto tanto la mandíbula que noto cómo me crujen los dientes. Porque ella da por sentado que ha ganado, pero no, todavía me quedan cartas por jugar.

—¿Puede repetir su nombre? —pregunto por quinta vez en menos de dos minutos, intentando no perder la poca paciencia que me queda.

—Es Svetlana… con «v» —responde la mujer con un acento imposible mientras me mira como si yo fuera idiota.

—Ya… lo ha dicho antes —murmuro mientras tecleo, aunque el sistema decide justo ahora bloquearse, porque, claro, mi vida no puede ser miserable a medias, tiene que ser completa.

—¿Hay algún problema? —añade, cruzándose de brazos.

Sí. Tú, este puesto, mi vida. Pero no digo nada y mantengo mi sonrisa falsa.

Porque ahora soy un puto recepcionista ejemplar.

—Ninguno —respondo—, solo un pequeño retraso.

—Pues yo no tengo tiempo para retrasos —replica—. Tengo una reserva vip.

Claro que la tienes, todos la tienen.

—Y yo tengo una cola de gente detrás. —Señalo con la cabeza sin perder la sonrisa—. Así que, si me deja trabajar…

La mujer resopla, pero se calla.

Cuando por fin consigo terminar el check-in, levanto la vista y me encuentro con otra escena que no necesito ver.

Minerva, apoyada en la barra del bar, riendo, pero no conmigo.

Está con un cliente. Y lo peor no es eso; lo peor es que, cuando se cruza conmigo, ni siquiera se detiene. Ni una mirada, ni una sonrisa, nada.

Como si no hubiera estado hace unas semanas enredada entre mis sábanas, como si no le hubiera dado el mejor orgasmo de su vida, como si yo ahora no fuera nadie.

—Vaya… —murmuro para mí mismo—, cómo cambia el cuento.

Aprovecho un momento en el que no hay nadie en recepción para acercarme, porque si algo no llevo bien es que me ignoren.

—¿Ya no saludas? —le digo, apoyándome en su mesa de juego.

Minerva gira la cabeza despacio, me mira de arriba abajo y sonríe, pero no a mí.

—Hola, Jason —responde sin más, volviendo su atención al cliente.

—¿Eso es todo? —insisto—. Esperaba algo más después de lo nuestro.

Se encoge de hombros.

—Lo nuestro era divertido… cuando eras divertido —dice sin cortarse un pelo.

Aprieto la lengua contra el paladar.

—Sigo siéndolo.

—No —niega suavemente—. Ahora eres recepcionista.

—Ten cuidado —añado, bajando la voz—. No sabes lo rápido que pueden cambiar las cosas.

Ella se inclina un poco hacia mí, lo justo para que su perfume me golpee de lleno.

—Lo sé perfectamente —susurra—. Por eso elijo bien con quién perder el tiempo.

Se aparta como si la sola idea de estar cerca de mí la quemara y se va.

Y yo me quedo ahí, con una sonrisa que no siento y unas ganas de arrasar con todo que apenas consigo contener.

Perfecto, todo perfecto.

Soy incapaz de dormir, porque cuando todo se te empieza a desmoronar delante de las narices, solo tienes dos opciones: o te quedas quieto viendo cómo cae todo, o decides empujar tú primero. Y yo nunca he sido de quedarme quieto.

Así que hago lo que mejor sé hacer.

Pensar, atar cabos y actuar.

Porque hay algo que Judith está olvidando, y es que yo la conozco muy bien, mejor de lo que cree. Sé cómo funciona, lo que le asusta, y sé perfectamente que todo esto del matrimonio… no es real.

Por mucho que quiera convencerse de lo contrario y por mucho que se aferre a ese actor de segunda, no va a conseguir su propósito.

Si hay algo que se me da bien es desenmascarar a la gente; no me cuesta demasiado conseguir lo que necesito.

Un par de conversaciones, un par de favores, un poco de paciencia, y ya tengo suficiente para hacerle daño.

No para destruirla, todavía no.

Pero sí para recordarle que este juego no lo está jugando sola.

Escribo la nota despacio, saboreando cada palabra, porque sé que no hace falta decir mucho cuando sabes dónde atacar.

«Sabes que ese matrimonio es una farsa. Y yo también.

Si no quieres que todo el mundo lo descubra… ya sabes lo que tienes que hacer».

La dejo en su casa, sin cámaras y sin testigos. Porque no me resulta difícil colarme. Siempre tiene una copia de la llave en el casino.

Y mientras me alejo, no puedo evitar sonreír, porque por fin siento que vuelvo a tener el control.

Y porque sé que, cuando Judith lea esto… va a entender que esto no ha terminado, ni de lejos. Y que, si quiere ganar… va a tener que ensuciarse mucho más de lo que está dispuesta a admitir.