16 Cuando todo parecía perfecto
Ha pasado otro mes más desde que todo esto empezó y, aunque, si me paro a pensarlo, mi vida sigue siendo un absoluto caos, lo cierto es que he conseguido algo que hace apenas unas semanas parecía imposible: mantener a Jason a raya sin que el casino se convierta en un campo de batalla constante.
Lo cual, teniendo en cuenta su ego y su tendencia a creerse por encima de cualquier norma, es casi un milagro.
Me temo que algo trama, pero ahora no puedo preocuparme por eso. Tengo cosas más importantes en las que pensar.
Porque, mientras el tiempo va pasando, Liam sigue ahí.
Y cada vez más.
Siento que entre nosotros todo fluye tanto que hasta se me olvida por qué empezó todo esto.
Nuestras citas son cada vez más interesantes y desastrosas al mismo tiempo.
Como el otro día, cuando decidió que era buena idea enseñarme a cocinar. Y no sabía que no lo es.
—No puede ser tan difícil —dije, mirando la receta como si fuera un contrato legal.
—Confía en mí —respondió él, con esa calma suya—. Solo sigue los pasos.
Diez minutos después, la cocina parecía un campo de batalla: había harina en sitios donde no debería existir y yo estaba intentando no quemar algo que ya estaba claramente más allá de la salvación.
—¿Eso está… negro? —preguntó Liam asomándose.
—Está… intenso —lo corregí.
Él en ese momento se rio con naturalidad.
—Judith, cariño, eso está muerto.
Y es en ese comentario donde me perdí; en ese apelativo cariñoso que me encantó.
—No dramatices —dije, quitándole importancia.
El humo empezó a salir por todas partes.
—Vale, abre la ventana —dijo riendo.
—No hace falta, esto es parte del proceso.
—Sí, el proceso de incendiar mi casa.
Al final terminamos pidiendo comida, sentados en el suelo, riéndonos como dos idiotas mientras observábamos el desastre.
Y en ese momento, sin pretensiones, sin presión… nos besamos. Y, aunque no fue el mejor beso de mi vida, fue uno natural, cómodo y sencillo.
Otro día, en cambio, decidió llevarme a montar en bici por una ruta que, según él, era «muy fácil».
Spoiler: Mentira absoluta.
—¿Seguro que esto era fácil? —dije mientras intentaba no morir en una subida kilométrica.
—Lo es —respondió, pedaleando como si nada.
—Te odio.
—No es verdad.
—En este momento sí.
Ambos nos miramos y nos reímos de forma cómplice. Si te soy sincera, estos momentos me encantan.
Acabé bajándome de la bici y caminando con ella al lado mientras él se reía sin parar.
—Esto no estaba en el contrato —murmuré.
—No hay contrato, y lo sabes —respondió riendo.
No, no lo hay. Y en el fondo me alegro porque estoy conociendo a un chico sin la presión de un papel, y eso me gusta.
Otra cita algo agitada fue la otra tarde, en la que decidimos ir a montar a caballo a las afueras; una idea suya que en teoría sonaba romántica pero que en la práctica terminó siendo un desastre absoluto, cuando mi caballo decidió que yo no era una jinete digna y empezó a desobedecer absolutamente todas mis indicaciones mientras Liam, en lugar de ayudar, se reía sin ningún tipo de compasión.
—Te juro que esto no es lo que yo tenía pensado —me decía entre risas mientras yo intentaba no caerme—. Si quieres paramos…
—No —le respondí, apretando los dientes—. Como pare, me bajo y no vuelvo a subirme en mi vida.
—Eso sí que no. Esto hay que superarlo juntos, para eso son los matrimonios, ¿no?
Y lo dijo tan natural que, por un segundo, me quedé mirándolo sin saber si hablaba en broma o no.
Porque ese es el problema con Liam: a veces no sé dónde termina el juego y dónde empieza lo real. Es bromista, divertido, y con él nunca me puedo enfadar porque su risa es contagiosa y de todo hace un chiste.
Tras aquel comentario, seguí como si nada, sin darle importancia, y conseguí salir indemne de la experiencia.
Ese comentario se quedó ahí, hasta hace dos noches.
Fuimos a cenar a un sitio tranquilo: sin dramas, sin camareros torpes, sin amigas escondidas vigilando desde la distancia.
Acabamos riéndonos por tonterías, compartiendo postre y hablando de cosas que no tenían nada que ver con contratos ni con plazos; hasta que, en un momento dado, casi sin darme cuenta, nos cogimos de la mano como cualquier pareja y ya no nos soltamos.
No fue nada exagerado, ni un momento de película, pero fue… algo.
Y eso es precisamente lo que me está descolocando, porque empieza a ser fácil imaginarme con él.
—Creo que deberíamos ir pensando en fechas —me soltó a la vuelta del restaurante, apoyado en la barra de mi cocina como si nada, como si estuviera hablando del tiempo—. Si de verdad vamos en serio con esto, organizar una boda lleva su tiempo.
Y ahí está: esa frase. La que lo cambia todo.
—¿Fechas? —repetí, apoyándome en la encimera con los brazos cruzados—. ¿Así, sin más?
—Bueno, llevamos tiempo viéndonos, nos conocemos mejor que al principio y, siendo sinceros, no tenemos exactamente margen para improvisar, ¿no?
—respondió con esa calma suya que a veces me tranquiliza y otras me desespera—.
Además, no lo veo como algo forzado… Lo veo lógico.
Yo te gusto, tú me gustas… y creo que ese sentimiento va a más. ¿Por qué no formalizarlo?
Lógico, claro. Todo esto es «lógico».
Y lo peor es que una parte de mí… está de acuerdo.
Así que el resto de la noche hacemos planes, soñamos despiertos, y por primera vez nos dejamos llevar.
Hoy he hablado con Sam y su reacción no es precisamente la que esperaba.
—¿Te vas a casar con Liam? —dice, mirándome como si acabara de perder completamente la cabeza—. ¿Pero tú te estás escuchando?
—Sí, perfectamente —respondo, con más seguridad de la que siento—, y no es ninguna locura. Nos llevamos bien, hay química, ya no es un desconocido. Con él estoy genial y me da mucha paz, llevamos un tiempo juntos, todo fluye y es lo mejor.
—Judith —me corta, levantando la mano—, esto empezó como un plan desesperado, como una salida fácil, no como una historia de amor.
—¿Y quién dice que no pueda convertirse en una? —replico, notando cómo algo dentro de mí se pone a la defensiva.
Sam me mira en silencio durante unos segundos que se me hacen eternos.
—Tú no estás enamorada de él.
¿Cómo? Ahí está. La frase que no quiero escuchar.
—No todo en esta vida tiene que ser amor —respondo, encogiéndome de hombros—. A veces con estar bien es suficiente, el amor ya llegará.
—No, Judith —dice, más seria—, eso lo dices porque te da miedo reconocer lo que sí sientes.
Aprieto la mandíbula porque sé por dónde va y no pienso entrar ahí.
—Mira, me da igual lo que pienses —añado, apartando la mirada—. Con Liam tengo algo especial. No va a haber ningún acuerdo raro, ni contratos, ni historias… Si me caso con él será porque quiero; además, tenemos una relación real y sólida y me gusta.
Sam no responde de inmediato y ese silencio… pesa.
—Ojalá fuera tan sencillo como quieres hacerlo ver —murmura al final.
No contesto porque, si sigo hablando, sé que la conversación va a un lugar al que no quiero ir.
A ese nombre que ambas estamos evitando, a ese problema que no tiene nada que ver con Liam.
O quizá sí.
Cuando llego a casa, intento no darle más vueltas. Intento centrarme en lo que sí funciona, en lo que sí es real, en lo que puedo controlar… Pero justo cuando estoy a punto de dejar el bolso sobre la mesa, veo algo que no estaba ahí cuando me fui.
Un sobre blanco sin remitente. El corazón se me acelera sin que pueda evitarlo.
Lo cojo, lo abro y dentro solo hay una nota.
Pocas palabras y demasiado claras.
«Sabes que ese matrimonio es una farsa. Y yo también.
Si no quieres que todo el mundo lo descubra… ya sabes lo que tienes que hacer».
El aire se me queda atrapado en los pulmones.
Porque no hace falta ser muy lista para saber quién está detrás de esto.
Podría decirte que ha sido Graham de nuevo, pero esa no era su letra; era la de Jason.
Y, si algo tengo claro… es que, cuando él mueve ficha, nunca lo hace sin tener un plan.
Y esta vez, sea lo que sea que esté preparando, no me va a gustar. Pero yo pienso mantenerme en mi sitio, porque no estoy dispuesta a perder.