15 Necesito un respiro
GRAHAM
No sé en qué momento se me fue de las manos.
Supongo que fue cuando la escuché decir, con esa calma suya que es peor que cualquier grito, que iba a casarse con otro.
O quizá antes.
Quizá empezó mucho antes y yo he sido demasiado idiota como para darme cuenta.
El caso es que ahora estoy aquí, tirado en el sofá de mi casa, con la mirada fija en el techo y la cabeza dando vueltas como si alguien hubiera decidido meterme en una centrifugadora emocional sin previo aviso.
«Quiero olvidarte, Graham».
Me cago en todo.
Me incorporo de golpe, paso las manos por la cara y resoplo como si así fuera a sacar algo en claro.
Pero no lo saco; al contrario, cada vez que intento dejar la mente en blanco aparece ella: su cara, su voz, su maldita forma de mirarme como si ya no significara nada.
—Esto es ridículo… —murmuro para mí mismo.
Yo no soy así. Nunca lo he sido.
Pero, claro… tampoco había sido nunca el imbécil que deja escapar a la única persona que le importa de verdad.
Mi miedo a perder a quien amo siempre ha estado por encima de todo —ese, y el de comprometerme—, y creo que ahora ambos se han hecho más reales que nunca.
Como sé que quedarme en casa no va a ayudar, hago lo único que se me ocurre: llamar a Trevor.
Error número uno del día.
—¡Hombre! ¡El surfista atormentado! —responde al segundo tono—. Dime que vienes de fiesta, porque estoy con dos rubias que te van a arreglar la vida.
—No estoy para fiestas.
—Eso lo dices ahora —responde—. En media hora estás aquí y se te olvida hasta tu nombre.
—Trevor…
—Que vengas —corta—. Y no me hagas repetirlo.
Cuelga.
Perfecto.
Decido ir porque no tengo nada mejor que hacer que seguir comiéndome la cabeza por Judith, y necesito despejarme.
Cuando llego, confirmo lo que ya sabía: mala idea, una malísima.
Trevor está en una mesa con dos chicas que parecen sacadas de una revista, riéndose, bebiendo y viviendo su mejor momento del día, mientras yo me siento como si me hubieran atropellado por dentro.
—¡Ahí está! —grita al verme—. Chicas, este es Graham, el único tío que conozco capaz de parecer deprimido con esta cara.
—Encantadas —dicen ellas al unísono.
Sonrío en automático, aunque sé que estoy siendo totalmente falso.
Me siento, cojo una copa y doy un trago largo, como si eso fuera a solucionar algo.
Spoiler: no lo hace.
Intento seguir la conversación. De verdad que lo intento, pero cada cosa que dicen, cada risa, cada comentario… me suena lejano, vacío, como si no estuviera ahí del todo.
Y entonces, una de ellas se acerca un poco más.
—¿Siempre eres tan callado? —pregunta con una sonrisa sugerente.
La miro y, durante un segundo… solo un segundo, mi cerebro hace una cosa muy fea. La compara con Judith, y obviamente pierde.
—Hoy sí —respondo, apartándome ligeramente.
Trevor me mira y lo sabe. Somos amigos desde los veinte años y me conoce a la perfección: yo no suelo rechazar a una tía, jamás.
—Vale —dice levantando las manos—. Esto es grave.
—No sabes cuánto.
—¿Es por la pelirroja? —pregunta sin filtro, ignorando a las dos rubias de nuestra mesa.
Aprieto la mandíbula.
—Sí.
—Hostia… —Se recuesta en la silla—. Pues sí que estás jodido.
—Gracias por el apoyo, amigo.
—De nada —responde, tan tranquilo—. ¿Vas a hacer algo o vas a seguir dando pena?
Las chicas nos miran sin dar crédito a la conversación que estamos manteniendo frente a ellas, y juraría que no saben si levantarse de la mesa y dejarnos tirados o esperar a ver qué pasa.
Lo miro y, por primera vez en toda la noche… algo encaja. No puedo quedarme aquí fingiendo que no pasa nada. No puedo seguir evitando esto.
Me levanto.
—¿Adónde vas? —pregunta Trevor.
—A aclararme.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
No paso ni por casa, voy directo a por la moto. Necesito aire, correr por la carretera y silencio.
Arranco y, en cuestión de minutos, dejo atrás la ciudad. Las luces de Las Vegas desaparecen poco a poco en el retrovisor mientras me adentro en la carretera que lleva hacia el cañón Red Rock, un lugar que siempre me ha servido para desconectar y para ordenar ideas, o al menos intentarlo.
El viento golpea mi cuerpo, el sonido del motor lo invade todo y, durante un rato, dejo de pensar. Solo conduzco, curva tras curva, kilómetro tras kilómetro, hasta que paro.
Me quito el casco y respiro hondo mirando el paisaje rojizo que se extiende frente a mí, iluminado por las últimas luces del día.
Y entonces vuelve todo. Su voz, su mirada, sus duras palabras.
«Me voy a casar con él».
—Y una mierda… —susurro.
No puedo permitirlo. No porque sea un capricho, ni porque no me guste el tío ese.
Sino porque sé que está equivocada, sé que eso no es lo que quiere.
Y porque, por primera vez en mi vida… tengo claro lo que quiero yo.
A ella, joder, a ella.
Me paso la mano por el pelo, soltando una risa sin humor.
—Mira que eres idiota, Graham…
He tenido años para ver lo evidente, y he tenido que verla con otro para darme cuenta de que la quiero.
Pero vale, ya está. Ahora me toca hacer lo que sea.
Así que saco el móvil y marco el número de mi hermana, porque, aunque sé perfectamente que me va a dar la chapa —cosa que no necesito en este momento—, es la única persona que puede ayudarme.
—¿Otra vez tú? —responde Sam al segundo tono—. ¿Me llamas para que te grite o para pedirme ayuda?
—Para lo segundo.
Silencio.
—Hostia… —Se queda callada al instante, sin saber muy bien qué decir—. Esto sí que no me lo esperaba.
—Sam…
—No, espera, déjame disfrutar este momento —añade—. Mi hermano pidiendo ayuda. Voy a llorar.
—¿Puedes tomártelo en serio por una vez? —escupo furioso.
Ya de por sí me jode pedirle nada, pero esto… sobrepasa mis límites.
—Vale, vale —suspira—. Suelta.
Respiro hondo y lo digo. Lo suelto sin filtros y del tirón:
—Estoy enamorado de ella.
Solo escucho silencio al otro lado de la línea. Necesito que se ría de mí o que me diga una de las suyas, pero que lo haga ya.
—Ya era hora, joder… —dice finalmente, en un tono triunfante.
—Necesito que me ayudes.
—¿A hacer qué?
—A que no se case con ese tío.
—¿Y cómo piensas hacerlo? ¿Secuestrándola? Porque mira que me gusta la idea, pero igual es ilegal.
—No —respondo, negando con la cabeza, aunque no me vea—. Quiero que se dé cuenta.
—¿De qué?
—De que siente algo por mí.
—Eso ya lo sabe.
—Pues de que no puede ignorarlo.
Sam se queda callada unos segundos.
—¿Y tú? —pregunta—. ¿Qué estás dispuesto a hacer?
Miro al horizonte, a la carretera, a todo lo que he evitado durante años.
—Todo.
Ahora sí sonríe, lo noto.
—Vale —dice—. Entonces vamos a liarla.
—Sam…
—Pero te aviso —añade—. Como la cagues otra vez, no te vuelvo a ayudar en tu vida.
—No la voy a cagar.
—Más te vale.
Cuelga.
Y, por primera vez desde que empezó todo esto, siento que tengo un plan y una aliada, que puede ser insufrible y que seguramente su plan sea complicado, pero, si sale bien, puede cambiarlo todo.
No va a ser coser y cantar, por supuesto, y deberé tener paciencia, pero confío en que mi hermana le haga entender que ese tal Liam no es la persona adecuada para ella.
Arranco la moto de nuevo y, mientras vuelvo hacia la ciudad, solo hay una cosa clara en mi cabeza.
Judith Alister no se va a casar con otro.
No mientras yo pueda detenerla.