Este casino es mío 14 Citas y más citas
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14 Citas y más citas

Han pasado dos meses desde que mi abuelo murió y, aunque al principio sentía que todo se me venía encima, como si el peso del casino, del testamento y de las decisiones me aplastara poco a poco, ahora empiezo a notar algo distinto.

Una especie de control que antes no tenía, una seguridad que no sé si es real o simplemente una ilusión bien construida, pero que me permite respirar un poco mejor.

Jason lleva un mes entero en recepción y no voy a mentir: cada vez que paso por delante y lo veo con esa sonrisa forzada atendiendo a los clientes y con las ganas de matarme reflejadas en los ojos, siento una satisfacción difícil de describir.

Sé que está esperando el momento de devolvérmela, pero esta vez voy por delante.

El casino funciona, los números cuadran, los empleados responden y, por primera vez desde hace mucho tiempo, no siento que todo dependa de un hilo.

El problema no está aquí dentro. Está fuera y tiene nombre: Liam.

Por el momento nos estamos conociendo, nada más. No hemos vuelto a hablar de lo de fingir una boda porque creo que es demasiado. Hemos decidido seguir viéndonos sin más, aunque está bien saber que, si lo necesito, puedo utilizarlo; eso sí, por un módico precio.

Lo que empezó como una opción fácil, como una solución práctica y casi desesperada, se ha ido convirtiendo en algo más que no sabría definir muy bien.

Hemos tenido varias citas en estas semanas: algunas absurdas, otras sorprendentemente agradables y alguna otra que todavía no sé muy bien cómo clasificar.

Como la noche en la presa Hoover.

No sé en qué momento decidió que eso era un plan romántico, pero allí estábamos, caminando por esa enorme estructura de hormigón, con el viento despeinándome y Liam explicándome datos que yo fingía escuchar mientras intentaba no pensar en lo ridículo de la situación.

—¿Sabías que esto se terminó en 1936? —me dice con entusiasmo.

—No, pero ahora siento que mi vida ha mejorado muchísimo con esa información —respondo con una sonrisa.

Te puedes imaginar cómo fue el resto de la cita. Cuando se lo expliqué a Sam casi se muere de la risa. Ahora, yo me aburrí como una ostra.

Pero no sé por qué, seguí quedando con él, y mira que esa cita fue un tostón, pero algo de él me atrae demasiado.

Luego me llevó a un lugar lleno de recuerdos: el lago Mead.

Ahí sí que tengo que reconocer que se lo curró bastante.

Alquilamos una pequeña lancha y salimos al agua, alejándonos del ruido, del casino, de todo, y por un rato conseguí olvidarme de por qué estaba allí realmente.

El sol empezaba a caer cuando paramos en una zona más tranquila, con el agua completamente en calma reflejando tonos anaranjados y dorados que parecían sacados de una postal.

Me quité las sandalias y metí los pies en el agua, dejando que el frescor me recorriera el cuerpo mientras él apagaba el motor.

—Esto sí que no me lo esperaba —murmuré.

—¿El plan o la compañía? —preguntó, apoyándose en el borde de la barca.

Lo miré de reojo.

—El plan.

Sonrió.

Hubo un silencio cómodo entre nosotros, de esos que no pesan, y por un momento… solo por un momento, todo pareció sencillo; incluso me apeteció besarlo, aunque obviamente no lo hice.

Él acercó ligeramente su mano a la mía, dudando un segundo antes de rozarme los dedos, como si me estuviera dando la opción de apartarme o me estuviera pidiendo permiso para tocarme.

Yo, sin embargo, me quedé quieta, esperando, como si quisiera que ese momento fuera más especial. Y ese pequeño gesto se quedó ahí, suspendido entre lo que podría ser… y no fue.

Porque incluso en ese instante, en aquel lugar tan tranquilo, pensé en Graham.

En todo lo que me habría gustado compartir con él.

Porque ese lugar tiene algo especial, guarda demasiados recuerdos y, además, él suele ir allí muchas veces a practicar wakesurf.

Su imagen invadió mi mente como una sombra que no termina de irse, como una mala costumbre que aparece cuando menos me lo espero, como algo que no quiero pero que tampoco consigo ignorar.

No sé si mi mente lo hizo para martirizarme o para hacerme ver que hay más peces en el mar y que darles una oportunidad tampoco está tan mal.

Y, tras ese momento extraño entre nosotros, algo íntimo pero sin traspasar ningún límite, la cosa ha ido mejorando, aunque no todas nuestras citas han sido así de bonitas.

En una de ellas, Liam decidió llevarme a un restaurante de alta cocina donde todo era tan sofisticado que no entendía ni la mitad de la carta y acabé pidiendo algo que resultó ser prácticamente aire con salsa.

Lo cual provocó que termináramos riéndonos durante media hora mientras salíamos a buscar una hamburguesa como personas normales.

En otra, intentó enseñarme a jugar al golf.

Spoiler: no tengo ningún talento oculto.

Después de tres intentos fallidos y una bola que casi impacta contra un hombre mayor que pasaba por allí, decidimos que quizá no era nuestro deporte.

Y aun así… sigo quedando con él.

Porque es fácil, porque no me exige, porque encaja conmigo y porque debería ser suficiente.

Graham no opina lo mismo. De hecho, está insoportable.

Sus mensajes no paran de llegarme porque, a pesar de que acepté tener una especie de cita con él, todavía no lo he hecho. Necesitaba cierta distancia, necesitaba poner un límite.

Pero, ni aun con todo eso, puedo avanzar. Porque, aunque con Liam estoy muy bien, Graham siempre aparece en mi mente para joderlo todo. Así que decido presentarme en su trabajo y, por fin, enfrentarme a mis fantasmas.

Nos vemos en el lago donde tantas veces estuvimos de adolescentes. Al llegar, los recuerdos me invaden por completo, como si el tiempo no hubiera pasado, como si no hubiéramos destrozado todo lo que había entre nosotros.

Está apoyado en su moto cuando llego con el pack completo: cazadora de cuero, mirada intensa y sonrisa peligrosa.

—Pensaba que nunca ibas a quedar conmigo, pelirroja —dice en cuanto me acerco.

—No es una cita —respondo, seca—. Es una conversación.

Sonríe de medio lado.

—Claro. Aunque ese no era el trato. —Lo dice como si a mí me importara.

Camino unos pasos hacia la orilla, cruzándome de brazos.

—¿Qué quieres, Graham?

—Podría preguntarte lo mismo —responde, acercándose—. Te veo muy ocupada últimamente.

—Tengo un casino que dirigir —replico—. No sé si lo recuerdas.

—Y un novio nuevo, por lo que parece.

Ya ha tenido que decirlo. Si no lo hace, revienta.

—No es asunto tuyo.

—Lo sé. Pero me gusta picarte, pelirroja. —Da un paso hacia delante, acercándose más a mí.

Aprieto la mandíbula.

—Ten cuidado con lo que dices.

—¿Por qué? ¿He dado en el clavo?

—No tienes ni idea de nada —respondo, notando cómo la tensión sube.

—Pues explícame —insiste—. Porque verte con ese tío…

—Se llama Liam —lo corto antes de que pueda terminar de decir lo que sea que vaya a soltar por la boca.

—Me da igual cómo se llame —corta—. No me gusta.

Me quedo en silencio y lo miro fijamente con un toque de desagrado.

—No te tiene que gustar a ti precisamente, me tiene que gustar a mí. Además, no lo conoces de nada como para juzgarlo —lo defiendo.

—Claro que sí —responde sin pensar.

Y ahí es cuando algo cambia.

—No —digo despacio—. No tienes ningún derecho.

Se queda quieto, pero no retrocede.

—Lo tengo —murmura.

—No lo tienes —repito—. Lo perdiste hace años.

Eso sí le duele, lo veo en cómo aprieta la mandíbula.

—Solo fue un beso, Judith. Te juro que no pensé que fueras a sentir nada; nunca me dijiste que sintieras algo por mí, jamás.

Suelto una risa amarga.

—No sabía que tuviera que explicártelo, pensé que era evidente. Además, yo tampoco tenía sentimientos hacia ti en ese sentido hasta ese momento, pero tú después de eso pasaste de mí y me dolió, me dolió muchísimo.

Se queda en silencio un momento mientras noto cómo el aire entre nosotros se vuelve más denso.

—Nunca me diste la oportunidad de explicártelo —añade.

—Nunca lo intentaste de verdad —respondo—. Y ahora es tarde.

Me acerco un paso y lo señalo con el dedo, enfadada.

—Muy tarde. Me sentí utilizada, y nuestra amistad no te daba derecho a ello, Graham.

—No lo es. —Sus ojos se posan en los míos, intentando que me pierda en ellos, pero no soy capaz de sostenerle la mirada porque el dolor vuelve de una manera atroz.

—Sí lo es —afirmo—. Porque yo ya no estoy ahí. He cambiado. Ahora tengo otras prioridades y a alguien que está ahí para mí.

Me observa como si estuviera intentando encontrar algo en mi cara que contradiga mis palabras, como si quisiera entender algo que es imposible.

—¿Estás segura de eso? —pregunta.

Respiro hondo y lo suelto sin pensar demasiado.

—Sí, y si todo va bien… me voy a casar con él.

El silencio que sigue es brutal.

—No lo dices en serio.

—Claro que sí —respondo, sosteniéndole la mirada—. Es lo que necesito.

—No —niega, dando un paso hacia mí—. Es lo fácil.

—Exacto —asiento—. Ya estoy cansada de lo difícil.

Su mirada se endurece.

—No sientes nada por él.

Y ahí… Ahí dudo un segundo, porque en las ocasiones en las que hemos quedado me he sentido bien, he estado a gusto con él y creo que incluso ambos podríamos enamorarnos.

Yo sé que le gusto, pero, en ocasiones, mi mente, cuando estoy con él, va por libre, la muy cabrona.

Y siempre me lleva a la misma persona: la que ahora mismo tengo delante y odio profundamente.

—Siento lo necesario —respondo al final.

—Y por mí… —empieza.

Lo corto.

—Por ti no quiero sentir nada. —De nuevo un silencio incómodo se instala entre nosotros—. Quiero olvidarte, Graham.

Eso sí que no se lo esperaba, lo veo, lo siento. Pero no me detengo.

—Y esta vez lo voy a hacer.

Me doy la vuelta antes de que pueda decir nada más. Antes de que yo misma dude, antes de que todo vuelva a complicarse. Porque si algo tengo claro… es que no puedo permitirme sentir. No ahora, no con él.

Aunque, muy en el fondo, algo me dice que esto está lejos de haber terminado.