13 Se me acabó el chollo
JASON
Voy directo al despacho de Judith con una sonrisa que no siento en absoluto, porque, cuando esa mujer me llama con ese tonito suyo de jefa recién estrenada, sé perfectamente que no va a ser para ofrecerme café.
Y no me equivoco.
—Entra —dice nada más verme aparecer por la puerta, sin dejarme hacer lo que tanto le molesta, lo cual ya me toca bastante las narices.
Empujo la puerta y la encuentro de pie, detrás del escritorio, con los brazos cruzados y esa mirada suya que mezcla superioridad y ganas de guerra.
—¿Se puede saber a qué estás jugando? —dispara sin rodeos.
Ni buenos días ni nada: directa al cuello.
Sonrío de lado mientras cierro la puerta con calma, tomándome mi tiempo, porque si algo tengo claro es que no voy a entrar en su juego… o al menos no tan rápido.
—Buenos días, Judith —respondo con tranquilidad calculada—. Siempre tan amable.
—No me vaciles —replica, apoyando ambas manos sobre la mesa—. Te di unas normas muy claras.
Ah… Ya sé por dónde va esto.
—¿Y? —Me encojo de hombros—. No recuerdo haber firmado ningún contrato de obediencia ciega.
Sus ojos chispean.
—Te dije que las relaciones entre empleados estaban prohibidas.
—Y yo te dije que no tengo ninguna relación —contesto sin perder la sonrisa—. No confundas conceptos.
Se queda en silencio un segundo, uno solo. Y entonces sonríe.
Pero no es una sonrisa agradable.
—Perfecto —dice, inclinándose ligeramente hacia delante—. Entonces esto no debería suponerte ningún problema.
Pulsa algo en el mando que tiene sobre la mesa y, sin previo aviso, la pantalla que hay detrás de ella se enciende.
Y ahí estoy yo con Minerva entrando en la suite, riendo, acercándonos demasiado.
Y luego saliendo… bastante más relajados de lo que entramos.
Aprieto la mandíbula.
Vale, eso no me lo esperaba.
A ver, que después de ver esa carpeta con mi nombre algo me podía imaginar, pero no la creía capaz de esto.
—Vaya… —murmuro, ladeando la cabeza—. Buen ángulo de cámara.
—¿Te parece gracioso? —Su voz baja un tono, pero es mucho más peligrosa.
La miro directamente.
—Me parece obsesivo —corrijo—. ¿También revisas las habitaciones o solo cuando te interesa joderme?
Da un paso hacia delante.
—No me hace falta revisar nada —responde—. Tengo un jefe de seguridad muy eficiente. Y, por si no te ha quedado claro, esto no es personal… es profesional.
Suelto una pequeña risa.
—Claro, claro… Totalmente profesional enseñarle a alguien cómo folla en horario laboral.
—No voy a entrar en tu juego —corta en seco—. Has incumplido una norma. Y hay consecuencias.
Ahí está, el momento que lleva deseando durante toda la conversación.
—Déjame adivinar —digo, cruzándome de brazos—. ¿Despido?
—Ojalá —responde sin dudar—. Pero, por desgracia para mí, todavía no puedo.
Silencio.
Y entonces remata:
—A partir de hoy, trabajas en recepción.
Parpadeo. Pensé que me lo había dicho en broma, sinceramente.
—¿Perdona?
—Recepción —repite, disfrutándolo—. Turno completo. Uniforme incluido.
No puedo evitar soltar una carcajada.
—¿Me estás degradando?
—Te estoy ubicando donde mereces estar —corrige—. Y considérate afortunado de que no vaya a más. Te lo dije el otro día; si no me creíste, no es mi problema. Haberlo pensado antes de meter la polla donde no debes o, mejor dicho, cuando no debes.
Ese comentario me hace gracia; la realidad es que donde me gustaría meterla no puedo, porque Minerva es como el premio de consolación. Ella sería el mejor trofeo, pero, por más que quiera, es algo que no va a pasar.
La observo unos segundos y puedo ver cómo me sostiene la mirada, creyéndose ganadora. Y entonces sonrío, pero esta vez de verdad.
—Esto no quedará así, Judith.
—No esperaba menos —responde—. Ahora, si no tienes nada más que añadir… puedes ir a tu nuevo puesto.
Me giro sin decir nada más, porque si abro la boca probablemente la cosa escale a un nivel que ninguno de los dos podrá controlar.
Y, si dejo actuar a mi mente, ahora mismo la empotraba en esa mesa que nos separa.
Pero esto…
Esto me lo va a pagar.
Una hora después estoy en recepción. Aún no me lo creo, y los empleados tampoco.
Uniforme impecable, sonrisa falsa y clientes que no paran de preguntar estupideces como si yo fuera un maldito botones de lujo.
Pero, si algo tengo, es paciencia y, sobre todo… memoria.
Porque Judith ha cometido un error, uno muy grande: ha atacado primero, y eso me da permiso para responder.
A media tarde, cuando el flujo de gente baja un poco, empiezo a hacer lo único que realmente me interesa.
Observar, escuchar, atar cabos… Porque, si algo he aprendido en este negocio, es que la información vale más que el dinero.
Y no tarda en aparecer.
Una conversación.
Dos clientas hablando cerca del mostrador, en voz lo suficientemente baja como para creer que nadie las escucha… pero no lo suficiente.
—… Te digo que la vi —dice una de ellas—. Con un chico. Parecía que se estaban conociendo, pero la escuché decirle algo de que tenía que buscar un marido.
—¿En serio? —responde la otra—. Pues a mí me han dicho que su abuelo le ha puesto condiciones con el casino en la herencia, así que no me extrañaría nada que una de ellas fuera que se casara.
Me quedo quieto, muy quieto, porque, aunque todo eso ya lo sé o lo intuía, me puede servir para algo.
—No sé qué historia hay detrás —continúa—, pero creo que está en una de esas apps de citas.
Interesante, muy interesante.
Bajo la mirada para disimular, pero mi cabeza ya está trabajando y trazando un plan para que no se salga con la suya. Este casino tiene que ser mío.
Esa misma noche, mientras reviso discretamente algunos registros —porque sí, incluso en recepción tengo acceso a más de lo que debería—, encuentro lo que buscaba.
La agenda de Judith. En ella hay reservas, mesas, nombres repetidos, fechas y uno en concreto que destaca:
Liam. Además, varias veces; demasiadas para ser casualidad.
Apoyo las manos sobre el mostrador y sonrío despacio.
—Así que este es tu plan… —murmuro para mí mismo—. Casarte rápido con cualquiera que encaje. Y nadie lo sabe… todavía.
Levanto la vista hacia el reflejo del cristal de la entrada, imaginando su cara cuando esto explote.
Porque va a explotar y, cuando lo haga, no solo voy a recuperar mi sitio: voy a arrastrarla conmigo.
—Vaya, vaya, Judith —susurro, apoyándome hacia atrás—. Esta vez juego yo.
Y pienso asegurarme de que pierdas.