Este casino es mío 12 Metiéndome en más líos
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12 Metiéndome en más líos

Hace dos semanas que tuve la cita que, en teoría, cambiará mi vida por completo y, desde entonces, he hablado alguna que otra vez con Liam por mensaje.

Conversaciones ligeras al principio, que poco a poco han ido cogiendo un tono más cómodo, más cercano, como si nos conociéramos desde antes de todo esto.

Y ahora insiste en que volvamos a quedar para seguir conociéndonos.

Aunque en un primer momento mi intención siempre ha sido buscar un falso novio y tener un matrimonio acordado, he de decir que Liam ha conseguido devolverme la sonrisa que había perdido y, aunque es cierto que no creo en el amor, quizá, dadas las circunstancias, podría darle una oportunidad.

Sam ha estado algo pesada para que quede con algún chico más de la aplicación, pero no quiero hacerlo. Con uno es suficiente.

Le doy vueltas a lo de quedar con Liam de nuevo y es que, aunque hablar con él por mensaje me resulta cómodo y fácil, verlo no me resulta tan atractivo, porque la sola idea de estar con él implica inevitablemente pensar en Graham, en esa maldita comparación constante que no consigo quitarme de encima.

Y, aunque sé que Liam podría ser la solución a todos mis problemas, no termino de verlo claro.

En el casino todo va sorprendentemente bien.

Tengo a Jason bastante controlado, al menos en apariencia, porque María me ha confirmado lo que ya sospechaba: una noche, mientras yo estaba intentando salvar mi legado, él estaba en una de las suites del hotel con Minerva, y no precisamente hablando de trabajo.

Así que le he pedido a Rick, mi jefe de seguridad, que revise las cámaras y encuentre algo que pueda utilizar contra ellos, porque esto se ha terminado y, si tengo que jugar sucio, jugaré.

Ya tengo un dosier lleno de cosas que revisar, así que una más para la larga lista.

Porque no te lo he contado, pero tras la muerte de mi abuelo me he dado cuenta de que hay movimientos económicos que no cuadran.

Tampoco lo hace el inventario de alcohol ni muchas otras cosas donde Jason mete la mano.

Y, aunque algunas ya las estoy cortando, aún tengo que indagar mucho más.

Porque, si consigo demostrar que está robando al casino, se le habrá acabado el chollo y este juego de mi abuelo llegará a su fin.

Pero el muy desgraciado es listo… y pillarlo no va a ser fácil.

Sam, por su parte, no ayuda absolutamente nada.

Me ha estado llamando toda la mañana y, como no le he cogido el teléfono, ahora mismo me está buscando por todo el casino como si fuera una cazadora en plena misión, hasta que finalmente me encuentra en la zona de la ruleta.

—¿Estás ignorando mis llamadas? —dice, cruzándose de brazos, claramente molesta.

—¿Yo? Jamás osaría hacer algo así —respondo con una sonrisa descarada, porque sabe perfectamente que sí.

—Mira, llevo tu agenda de citas y esto está que echa humo. Ya ha pasado un mes y el tiempo no se detiene, ¿no me dirás que al final vas a ceder con Liam? —Y lo dice con ese tono raro, como si la idea no le hiciera ninguna gracia.

—Sam, ya te lo dije hace semanas, paso de citas de la aplicación esa del demonio —respondo, apartándonos un poco de la multitud para que nadie escuche nuestra conversación—. No es mal tío, llevamos dos semanas hablando y quiere volver a quedar.

Su cara cambia ligeramente.

—Si lo pienso fríamente, es la opción más fácil —continúo—. Podría hablar con él, ofrecerle un trato, montamos una relación de unos meses, hacemos que parezca real, nos casamos, él se lleva su parte, yo me quedo el casino y Jason desaparece del mapa. Fin.

—Claro, facilísimo —responde con ironía—. ¿Y el pequeño detalle de que es un desconocido?

—Todos son desconocidos al principio —replico—.

No tengo tiempo para ir probando candidatos como si esto fuera un casting infinito.

Quiero resolverlo y seguir con mi vida. Además, nadie se va a tragar nada si no llevo tiempo con esa persona y con Liam podría estar prácticamente nueve meses antes de casarnos, o un poco más si voy al límite con el tiempo.

Sam me observa en silencio unos segundos. Demasiados para lo que es ella.

—Esto no es una película, Judith —dice al final, más seria—. No sabes nada de él, solo que es actor y que te cayó bien en una primera cita bastante caótica. ¿Cómo sabes que no hay alguien mejor?

—Sí que sé cosas de él —replico—. Le gustan las películas de acción, las novelas de ficción distópica, el color verde es su favorito y le encanta la comida mexicana.

Es hijo único y siempre ha vivido en Las Vegas.

Ha estudiado Arte Dramático y ha protagonizado innumerables anuncios para televisión, además de varias obras de teatro.

¿Ves? Nos estamos conociendo y no me parece un loco, es bastante majo.

Además, no tengo tiempo para estar buscando a alguien mejor.

Se hace un pequeño silencio entre nosotras, uno de esos incómodos que no solemos tener.

—Además… —añado, bajando un poco la voz—, desde que viniste con tu hermano el otro día no dejo de pensar en él.

Sam reacciona al instante.

—Lo siento… Yo solo quería que nos ayudara con tu problema, pensé que aceptaría.

—Sam…

—No, Judith —me corta, negando con la cabeza—. Ni se te ocurra decirme nada. Ya sé que la cagué, pero quizá pueda solucionar las cosas entre los dos si me das algo de tiempo y no te vas con el primer tarado que se te presenta.

—No estoy yendo a ningún sitio con nadie —respondo, aunque ni yo misma me lo creo del todo—. Y mejor no te metas entre nosotros, Sam. Nuestros problemas no tienen fácil solución. Es solo que creo que se me ha instalado en la cabeza y no se quiere ir.

—Pues sácatelo —dice, más tajante de lo que esperaba—. Porque él no es una opción. A ver, que a mí me encantaría que lo fuera, pero creo que no va a poner de su parte.

Aprieto los labios.

—Ya lo sé.

—¿Lo sabes o lo repites para convencerte? —me lanza, clavándome la mirada.

Sam suspira, pasándose la mano por el pelo.

—Mira, haz lo que quieras con Liam. De verdad, si crees que puede funcionar, adelante, pero no mezcles cosas, no conviertas esto en algo más complicado de lo que ya es.

Asiento despacio, aunque dentro de mí todo está menos ordenado de lo que aparento, porque una parte de mí ve en Liam la solución perfecta y otra… sigue mirando en dirección contraria.

Sam me observa unos segundos más, como si estuviera valorando si seguir discutiendo conmigo o rendirse a la evidencia de que soy un caso perdido, y justo cuando parece que va a insistir, alguien grita su nombre desde el otro lado de la sala.

—¡Samantha!

Ambas giramos la cabeza al mismo tiempo y veo venir hacia nosotras a una mujer de unos sesenta años, perfectamente arreglada, con un vestido que probablemente cueste más que mi coche y una cara que no augura nada bueno.

Sam parpadea un par de veces, sin dar crédito a lo que está viendo.

—Mierda… —murmura.

—¿Qué has hecho? —le pregunto, ya anticipando lo peor.

—Nada… bueno… casi nada…

La mujer llega hasta nosotras con paso decidido y no nos deja tiempo para que Sam me cuente lo que ha liado, así que me quedo como una mera espectadora de la escena, que sin duda no va a tener desperdicio.

—Así que tú eres Samantha —dice con una sonrisa tensa que no engaña a nadie—. Qué suerte encontrarte por aquí.

Sam ensancha su sonrisa de forma sospechosamente exagerada.

—¡Hombre, lo mismo digo! Siempre es un placer poner cara a… —se queda en blanco medio segundo—… la gente.

La miro de reojo.

Esto promete.

—Soy Claudia —continúa la mujer—, madre de Javier.

Sam traga saliva, aunque por su cara puedo detectar que claramente sabe quién es esta mujer.

Yo levanto una ceja.

—Ya… —dice lentamente—. Javier.

Yo desde luego algo me he perdido, porque no sé quién es ese tal Javier y mira que he conocido a todos sus novios.

—Sí, Javier —repite Claudia, clavando la mirada en Sam—. El chico con el que cenaste hace dos noches después de escribirle desde el perfil de tu amiga.

No me lo puedo creer. ¿En serio? No puedo evitar girarme hacia Sam muy despacio.

—¿Perdón? —digo, sintiéndome utilizada para que ella ligue descaradamente con otros chicos desde mi perfil. Tendrá morro.

—Vale —dice ella, levantando las manos—. Antes de que me juzgues, necesito explicar el contexto.

—Estoy deseando escucharlo —respondo, cruzándome de brazos.

Claudia carraspea, claramente indignada.

—Mi hijo salió de casa convencido de que iba a tener una cita con una mujer interesante, educada y, según sus propias palabras, «con una conversación brillante»…

y volvió diciendo que había cenado con una loca que le interrogó como si fuera un criminal y que desapareció en mitad del postre alegando que tenía que «gestionar una emergencia emocional».

No puedo contener la risa y Sam me fulmina con la mirada.

—Era una emergencia emocional —se defiende—. Me di cuenta de que no era un candidato válido.

—¿Candidato? —repite la mujer, escandalizada.

—Vale, dicho así suena fatal, lo sé —añade Sam—, pero es que estar dentro de mis estándares es muy complicado. Soy demasiado exigente con los chicos.

—¿Tú estás organizándome citas o aprovechando mi perfil para buscar pareja tú? —le pregunto, entre divertida y horrorizada.

—No. Solo aproveché tu perfil para conseguir una cita para mí. ¿Qué quieres, chica? Te vi el otro día tan sonriente y tan divertida que también he querido probar —responde como si fuera lo más lógico del mundo—. Total, si soy yo la que gestiona la agenda.

—Pues que sepas que mi hijo se ha quedado tocado —interviene Claudia—. No suele salir con muchas chicas y para una vez que lo hace…

—Lo siento, pero es que no es lo que estoy buscando. Además, debería decirle que no puede hacer fotos a la gente sin su consentimiento, porque usted me ha reconocido por algo —replica Sam—. Ya decía yo que estaba mucho rato con el móvil. Si es que no te puedes fiar de nadie.

Se hace un silencio algo incómodo y yo ya no puedo más. Empiezo a reírme, primero bajito, luego sin control.

—De verdad, Sam… —consigo decir entre risas—. Esto es surrealista incluso para ti.

Claudia me mira, luego a ella y finalmente niega con la cabeza.

—Espero que al menos tengas la decencia de no volver a contactar con él.

—Por supuesto —responde Sam con rapidez—. Está descartadísimo.

La mujer se marcha ofendida, dejándonos allí, y en cuanto desaparece la miro sin poder resistirme a preguntar:

—¿Emergencia emocional? —repito.

—Se puso muy intenso con lo de los gatos —dice, encogiéndose de hombros—. Tenía siete.

—Sam…

—¿Qué? Eso es información relevante. Yo tengo que preguntarlo todo en la primera cita.

Vuelvo a reírme, negando con la cabeza.

—Eres un desastre.

—Pero un desastre útil —corrige.

—Eso está por ver.

Seguimos andando entre las mesas mientras intento recuperar la compostura, todavía con la escena en la cabeza, cuando noto algo.

No es un sonido ni una voz. Es una sensación, como si alguien me estuviera mirando.

Alzo la vista y ahí está mi peor pesadilla: Graham.

Apoyado en una de las columnas, con esa tranquilidad suya que quiere disimular, observándonos como si llevara un rato ahí, como si hubiera visto lo suficiente como para sacar sus propias conclusiones.

Se separa de la columna y camina hacia nosotras sin prisa.

Sam lo ve también.

—Uy —murmura—. Yo me voy a… a cualquier sitio que no sea aquí.

—Ni se te ocurra —susurro.

Pero ya es tarde.

Desaparece.

Genial.

Graham llega hasta mí con una media sonrisa que no sé interpretar.

—Veo que no estás muy ocupada —dice, echando un vistazo alrededor.

—Depende de para quién —respondo, cruzándome de brazos.

—Interesante —murmura—. ¿Hoy no hay cita?

Y ahí está. Ya lo ha dicho, porque no puede callarse, no. Tiene que tirarme una pulla de las suyas.

—No todas las noches pueden ser igual de… memorables —respondo.

Sus ojos se clavan en los míos.

—No, desde luego —dice—. Algunas parecen ir mejor que otras.

Aprieto ligeramente la mandíbula.

—¿Te interesa mucho mi agenda ahora? Porque, que yo sepa, en todos estos años no te ha interesado en absoluto.

—No sé de qué hablas —dice despreocupado.

—Claro que lo sabes, lo que pasa es que no te interesa aceptar la realidad.

Se acerca un poco más a mí, lo justo para hacer que mi vello se erice como el de una quinceañera.

—¿Qué quieres, Graham? —digo, derrotada.

—Quedar contigo.

Parpadeo.

—¿Perdón?

—Quedar contigo —repite—. Sin citas raras, sin actores, sin intermediarios.

Se me escapa una pequeña risa incrédula y, a la vez, solo puedo pensar en matar a Sam, porque la muy cabrona se lo ha contado todo.

—Ni de coña. De todas las personas del planeta, tú eres el último con el que tendría una cita.

Lo veo contrariado y, a la vez, algo mosqueado.

—No lo estás diciendo en serio, pelirroja. Sabes perfectamente que no la tienes porque te da miedo lo que pueda pasar.

No pienso darle la razón.

—¿Crees que tengo miedo? Quizá deberías tenerlo tú, porque podría decirte cosas que no estás dispuesto a escuchar.

—Prueba.

Y de nuevo se hace el interesante, como si sus artes de seducción fueran a funcionar conmigo.

Lo miro y en ese momento, sin querer, recuerdo a Liam, su calma, su tranquilidad, lo sencillo que sería todo con él, y pienso que con Graham nada puede ser sencillo.

Nada.

—No creo que sea buena idea —digo finalmente.

—Seguramente no —responde sin problema—. Pero aun así quiero que tengamos una cita.

—¿Por qué ahora? —pregunto.

Se encoge ligeramente de hombros.

—Porque puedo, me apetece y para ver si así dejas de hacer tonterías con tíos que claramente no te convienen.

Eso me saca de quicio.

—¿Sabes qué? —digo, dando un paso hacia él—. Vale.

Levanta una ceja.

—¿Vale?

—Vale —repito—. Quedamos.

No por él, ni mucho menos. Lo hago por mí, porque tenemos una conversación pendiente desde hace mucho y creo que esa cita va a ser de todo menos una cita.

—Pero no te confundas —añado—. Esto no cambia nada.

Sonríe y esa sonrisa no me gusta nada.

—Nunca cambia nada… hasta que cambia todo.

Lo miro un segundo más y me doy la vuelta para dejarlo plantado en medio del casino.

Busco a Sam con la mirada mientras camino, notando cómo el pulso se me ha acelerado sin pedir permiso.

—¿Dónde te has metido? —le digo cuando la encuentro escondida detrás de una máquina.

—¿Qué ha pasado? —pregunta con los ojos abiertos de par en par.

La miro y no sé si acabo de hacer algo muy inteligente… o todo lo contrario.

—He quedado con tu hermano.

Sam se queda en silencio, analizando mis palabras, porque sabe que eso implica muchas cosas. Creo que no sabe si alegrarse y montarse su historia o asustarse, y hace bien en escoger la segunda opción, porque te aseguro que en esa cita va a haber de todo menos lo que te estás imaginando.

—Vale —dice al cabo de unos segundos—. Esto… esto sí que se va a poner interesante.

Y por fin sonríe. Si es que la conozco y en su mente ya está organizando la boda.

No sé por qué, pero tengo la sensación de que acaba de empezar un problema mucho más grande del que estaba intentando resolver.