11 Dándole vueltas al coco
GRAHAM
No sé qué me pasa desde el otro día que vi a Judith, pero no consigo quitármela de la cabeza.
Estoy recogiendo las tablas en la caseta cuando, sin venir a cuento, me viene su imagen… esa mirada cargada de rabia, de orgullo… y de algo más que no supe descifrar en su momento.
Aprieto la mandíbula sin darme cuenta y dejo caer una de las tablas con más fuerza de la necesaria.
Antes no era así. Era verla aparecer y saber que todo iba a estar bien.
Cine, palomitas volando por el aire, risas que se nos escapaban sin control…
Ella nadando en el lago, yo intentando hacerle ahogadillas, y, por las noches, haciendo acampadas y contando historias de miedo. Todo ello junto a Sam, claro.
Y ahora… Ahora apenas me soporta.
Me paso la mano por la nuca, incómodo, como si pudiera quitarme esos recuerdos de encima.
Y, aun así, hay algo que no encaja, porque por mucho que hayamos acabado mal…
sigo teniendo la sensación de que, si algo le pasa, voy a ser el primero en aparecer.
Porque tras esas duras palabras que ha tenido conmigo —y no digo que no las mereciera—, me he dado cuenta de que ella sigue significando mucho para mí, y no sé en qué momento lo olvidé.
Y eso es justo lo que más me jode. ¿Pero qué me pasa? Te juro que no lo entiendo. He dejado que todos estos años nos distanciaran más y que su odio creciera por no afrontar una conversación a tiempo. Vamos, que he sido un completo imbécil y no sé si tendrá arreglo.
Dejo a un lado mis pensamientos porque hoy tengo clase con Tatiana, una chica joven e inocente a la que le gusta llamar mi atención constantemente con su cuerpo exuberante. Lo que parece no entender es que yo no tengo ojos para muchachas de veinte años…
Cuando llego al lago, Tatiana ya está allí, apoyada contra su tabla como si llevara media hora ensayando la pose.
Gafas de sol bajadas justo lo necesario, bikini que deja poco a la imaginación y esa sonrisa suya… Demasiado consciente de lo que provoca.
—Pensaba que hoy no venías —dice, apartándose el pelo con un gesto lento—. Con este calor… es casi un crimen llegar tarde.
Guardo mis cosas sin prestar demasiada atención en ella.
—Tranquila, el lago no se va a enfadar contigo.
—Yo no estaría tan segura —responde acercándose un poco más—. Hay cosas que sí se enfadan cuando no les haces caso.
Ahí está. Si no lo suelta no se queda a gusto.
Sonrío de lado y cojo una tabla para evitar su mirada directa.
—¿Eso es una indirecta o vienes con el guion aprendido?
—Depende —dice, rodeándome despacio—. ¿Funciona?
Me detengo un segundo, lo justo para mirarla.
Es guapa, no se puede negar. Y sabe jugar, pero a mí no me interesa.
—Contigo no necesito que funcione nada —respondo con calma—. Has pagado por la clase, no por el profesor.
Tatiana suelta una risa suave, pero no se rinde.
—Qué aburrido eres cuando te pones profesional… —murmura, acercándose más de la cuenta—. Con lo bien que te queda ser peligroso.
—¿Peligroso? —Arqueo una ceja.
—La moto, la forma en la que miras, cómo te largas sin despedirte… —enumera con los dedos—. No me digas que no lo sabes.
La observo un segundo más, esta vez sin apartar la mirada.
—Lo que sé —digo bajando el tono— es que tú no buscas peligro.
—¿Ah, no? —susurra.
—No —niego con la cabeza, cogiendo la tabla y dándosela—. Buscas a alguien que te siga el juego… y yo hoy no tengo ganas de jugar.
Hay un pequeño silencio. No de esos incómodos, pero sí algo tenso.
Tatiana aprieta los labios un instante… y luego sonríe.
—Eso es un «no ahora» —dice, señalándome con el dedo—, no un «no nunca».
Suelto una pequeña risa, negando.
—Eso es un «coge la tabla y métete al agua antes de que cambie de opinión».
—Sabía que terminarías cediendo —responde, guiñándome un ojo mientras camina hacia la orilla del lago.
La veo alejarse, moviendo las caderas con toda la intención del mundo.
Niego para mí mismo.
—Ni en sueños…
Pero, aun así… sonrío.
Cuando salgo de las clases y voy a subirme a la moto, no paro de darle vueltas a mi cabeza.
Tengo unos días libres y he pensado en llamar a Trevor para quedar.
Es mi mejor amigo y siempre sabe darme los mejores consejos del mundo; y, cuando no sabe qué decirme, simplemente bebemos.
Es un tío divertido que sabe cómo moverse en el mundo de la noche, siempre va acompañado de mujeres, y creo que ahora eso es lo que necesito: divertirme y echar un buen polvo.
Cuando lo llamo, me pone al día de sus últimas hazañas sexuales, y es que Trevor es todo un caso.
Se cree un macho alfa, va de supremo por la vida y le funciona.
Liga tanto que a veces termina la noche con tres mujeres, y lo mejor de todo es que no les importa compartir…
Es curioso, pero a mí eso no me pasa; no es que no ligue, porque mis noches siempre acaban en compañía, pero con una me basto.
—Ey, qué pasa, tío. Estoy con unas chicas y hemos dicho de ir a cenar al lado del casino de los Alister. ¿Te vienes?
Chicas, cena… buena combinación. Eso sí, espero no encontrarme con Judith.
—Claro, dame diez minutos y estoy ahí.
Me pongo mi casco, mi cazadora y hago rugir mi moto. En nada ya he llegado y lo veo muy bien acompañado: una rubia y una morena despampanantes.
Cuando alzo la vista, mis ojos se clavan en ella casi sin darme cuenta. Parece que el karma me persigue por haberla besado, y, desde que me ha dicho cuatro cosas que me han dolido, el susodicho no va a dejar que la olvide.
Está sentada a varias mesas de distancia, inclinándose ligeramente hacia delante mientras habla con un tío que no me suena de nada, aunque tiene cierto parecido conmigo. Se ve que se divierten, ya que ella sonríe como no la he visto sonreír en años.
Aprieto la mandíbula. No sé en qué momento he dejado de escuchar a Trevor, pero ya no oigo nada, solo ese murmullo lejano del restaurante, mientras mi atención se queda atrapada ahí, en esa mesa, en ellos dos.
El tío se acerca un poco más, demasiado, invadiendo su espacio como si tuviera derecho, como si la conociera, y ella no se aparta. Pero ¿desde cuándo salen juntos?
No hace tantos días que mi hermana pretendía que me casara con ella… No entiendo nada.
Trago saliva, notando cómo algo se me tensa en el pecho.
Mis dedos golpean la mesa sin darme cuenta, un ritmo seco, constante, hasta que la copa vibra ligeramente.
—¿Te pasa algo? —dice Trevor, pero ni lo miro.
Porque, entonces, él sonríe… y Judith le devuelve la sonrisa.
Y ahí algo me chirría por dentro. Me remuevo en la silla, echándome hacia atrás, pasándome la mano por la barba de tres días con gesto tenso.
No es nada, no significa nada.
Pero no puedo evitar fijarme en cada detalle: cómo él la mira, cómo se inclina, cómo parece cómodo… demasiado cómodo para mi gusto.
—Vaya copia barata… —murmuro para mí, casi sin darme cuenta.
Aprieto los labios. No son celos. Ni de coña.
Es solo que ese tío no me gusta y no tengo ni idea de por qué.
No tardo ni dos segundos en sacar el móvil y marcar el número de Sam, porque sé perfectamente que está detrás de esto.
—Hombre, el desaparecido —responde al segundo. Lo dice porque el otro día me fui sin despedirme y la he estado evitando en casa para que no me venga con el cuento de los problemas que tiene su amiga—. ¿Ya se te ha pasado el drama o sigues en modo víctima?
—Estoy viendo a Judith —corto, sin rodeos—. Con un tío. Uno que parece mi versión en oferta. ¿Qué coño has hecho, Sam?
Un silencio muy corto y peligroso se hace notar.
—¿Cómo que estás viendo a Judith? Bueno, da igual… —dice al final—. Ya has llegado a esa parte del plan.
Aprieto la mandíbula. Sabía que ella estaba detrás de esto.
—¿Qué plan?
—El de intentar que no pierda el casino, por si no te habías enterado —responde, seca—. Pero, claro, como tú decidiste hacerte el sueco…
—No empieces.
—No, no, si no empiezo —suelta, con una risa sin gracia—. Solo estoy solucionando lo que tú no quisiste ni escuchar.
Miro de reojo hacia la mesa otra vez.
—¿Y tenías que buscar a un tío que se parece a mí?
—Te prometo que no lo he pedido en el pack —responde rápida—. Pero oye, míralo por el lado bueno… Tienes competencia.
—No tiene ni punto de comparación.
—Claro, claro —dice con ironía—. Tú eres único e irrepetible… sobre todo en tu capacidad de cagarla.
Suelto aire por la nariz, tenso.
—Sam…
—Escúchame tú ahora —me corta—. Judith está jodida, Graham. Mucho más de lo que crees. Y si tú no vas a mover un dedo, al menos no molestes.
Aprieto el móvil con más fuerza.
—No estoy molestando.
—No, estás mirando desde lejos, como siempre —dispara—. Se te da de lujo eso.
Me quedo en silencio un segundo.
—Ten cuidado con lo que haces —añado al final, más bajo.
—No, hermanito —responde sin dudar—. Ten cuidado tú con lo que no haces.
Y me cuelga.
El pitido de la llamada cortada se queda unos segundos resonando en mi oído, como si Sam no hubiera colgado del todo y su última frase siguiera flotando ahí, incómoda, clavándose poco a poco en algún punto que preferiría no tocar.
Así que bajo el móvil despacio, apretándolo más de la cuenta mientras intento convencerme de que no significa nada, de que no tiene razón, de que yo no tengo nada que ver con lo que Judith haga o deje de hacer.
Pero no funciona.
Intento centrarme en la conversación de mi mesa, en Trevor, en las dos chicas que no dejan de mirarme, en cualquier cosa que me saque de ahí, pero no hay manera.
Porque, cada dos segundos, mis ojos vuelven solos hacia ellos, como si tuvieran vida propia, fijándose en cada gesto, en cada movimiento, en cada risa y en esa complicidad que veo que tienen.
Resoplo por lo bajo y agarro la copa, pero la dejo otra vez en la mesa casi al instante, porque noto cómo el cristal resbala ligeramente entre mis dedos, tensos, y el líquido se agita más de lo normal, delatándome incluso en algo tan simple como beber.
Así que opto por echarme hacia atrás en la silla, intentando aparentar una calma que no siento en absoluto mientras observo cómo él dice algo que no alcanzo a escuchar y Judith vuelve a sonreírle.
Y esa imagen, tan simple, es suficiente para que algo se me rompa por dentro de una forma que no sé explicar.
Pero entonces ocurre algo que no esperaba. Algo pequeño, casi insignificante, pero que hace que todo lo demás desaparezca durante un segundo: ese tío alarga la mano sobre la mesa en un gesto que podría pasar desapercibido para cualquiera, y sus dedos rozan los de ella… y ella no los aparta.
Ahí es donde noto el golpe.
Seco, directo, como si algo se tensara en mi pecho sin previo aviso, obligándome a incorporarme de golpe, haciendo que la silla caiga contra el suelo y varias cabezas se giren. Pero me da exactamente igual.
No puedo quedarme ahí. No quiero seguir viendo eso.
Camino directo hacia la salida sin pensar demasiado, escuchando a Trevor llamarme, esquivando mesas, camareros y miradas curiosas mientras noto cómo la presión en el pecho no desaparece, sino que aumenta con cada paso, como si alejarme físicamente de la escena no tuviera absolutamente ningún efecto en lo que llevo encima.
Cuando empujo la puerta del restaurante y el aire de la noche me golpea de lleno, intento respirar hondo, una vez, dos, las que hagan falta… pero no sirve de nada.
Trevor me sigue y noto cómo me pone la mano en el hombro. Sabe que algo no anda bien, pero no soy capaz de decirle nada.
—Graham, ¿se puede saber qué coño te pasa? Estás como ausente, estoy con dos pivonazos y ni las has mirado… Lo tuyo es grave, hermano.
Tiene razón, pero es que ni yo mismo sé qué es.
—No lo sé… mi hermana, que me ha sacado de mis casillas.
Me mira extrañado.
—¿Seguro que ha sido tu hermana? Porque te recuerdo que desde la mesa veo lo mismo que tú, y a la que mirabas, antes de discutir con ella, era otra persona.
Las chicas nos miran desde el interior del restaurante.
—Vuelve con las chicas. Yo solo necesito tomar el aire, lo juro.
Niega con la cabeza y me deja con mis pensamientos. Necesito hacer algo.
Saco el móvil casi por impulso, abro su contacto sin pensarlo demasiado y me quedo mirando la pantalla durante unos segundos que se hacen eternos, con el dedo suspendido sobre el teclado, a un gesto ridículo de escribirle, de decir algo, de hacer algo que ni siquiera tengo claro qué sería, mientras la voz de Sam vuelve a colarse en mi cabeza sin pedir permiso.
«Ten cuidado tú con lo que no haces».
Así que actúo, más por inercia y rabia que por celos. Pero ya nada vuelve a ser lo mismo. Decido ir a la entrada a que me dé el aire un poco.
Cierro los ojos un instante, apretando los dientes, y, cuando los abro, levanto la vista casi sin querer, como si algo me obligara a hacerlo. Y es entonces cuando la veo a través del cristal del restaurante, de pie ahora, girada ligeramente hacia la calle… mirándome.
Nos quedamos así durante unos segundos que no sabría medir, separados por una simple pared de cristal y por demasiadas cosas que nunca hemos terminado de decir.
Y no hay sonrisa, no hay gesto de burla ni de enfado; solo esa forma suya de sostener la mirada que siempre me ha descolocado más de lo que me gustaría admitir, como si estuviera esperando algo que yo todavía no soy capaz de darle.
Y lo peor de todo es que, esta vez, no parece odiarme.
Y eso, por alguna razón que no termino de entender, me da mucho más miedo que cualquier otra cosa.