Este casino es mío 10 ¿Esto es una broma?
31%

10 ¿Esto es una broma?

Cuando llego al restaurante junto a Samantha, mi cita ya me espera.

Primero lo observo de lejos, ya que hemos quedado en la puerta y él ya está allí, quieto, con una rosa roja en la mano…

Idea de Samantha, por supuesto, porque vive en una novela romántica permanente, aunque por ahora esto es más comedia que romance.

Lo miro dos veces, incluso tres, porque mi cerebro necesita asegurarse de que lo que está viendo es real y no una especie de castigo divino por algo que haya hecho en otra vida.

Cuanto más lo observo, más claro lo tengo: es moreno, alto, fuerte, con cazadora de cuero, camiseta blanca marcándole absolutamente todo y unos vaqueros que deberían estar prohibidos por ley… Y sí, es su maldito clon.

—¿Esto es en serio, Sam? No me lo puedo creer, ¿lo haces adrede?

Ella me mira sin entender.

—No sé de qué me hablas, Judith. —Pone cara de sorprendida y mira hacia donde lo hago yo—. ¡Hostia puta! Juro que en la foto de la app no estaba así.

—Joder, Sam, no me dirás que no es clavado a Graham… Si es que hasta visten igual. No puedo, no puedo ir a esa cita.

Me doy la vuelta para marcharme, pero ella me detiene y se pone frente a mí.

—Ah, no, tú no te vas. Vale que es una putada que se parezcan, pero míralo por el lado positivo: físicamente te gusta. No pienses en mi hermano y piensa en tu casino.

Qué fácil lo ve todo siempre Sam.

—Que la voy a liar, Sam; que lo insultaré en algún momento de la cena, que me conozco… No voy a aguantar otra cita como las anteriores.

—Bueno, si la sangre llega al río ya apareceré para salvarte el culo, pero ahora ve a su encuentro. Pobre chico, no lo vas a dejar tirado.

—De verdad, Samantha, eres insufrible. Voy, pero no prometo nada.

Me adelanto a Sam y voy al encuentro de Liam, que es como se llama mi cita. Al llegar lo saludo de forma cordial y él me da dos besos en la mejilla; al acercarme y oler su aroma me cago aún más en todo, porque incluso en eso son iguales… Esto no me puede estar pasando.

Entramos en el restaurante y él entabla una conversación que, de hecho, me sorprende, pues es bastante agradable. Me fijo en sus ojos y, por suerte, son marrones y no azules, algo que agradezco infinitamente al universo.

Empieza a hablar con una naturalidad que no me esperaba en absoluto, lo que me descoloca más de lo que me gustaría admitir.

Yo venía preparada para una cita incómoda, forzada y probablemente desastrosa desde el minuto uno; pero, en cambio, me encuentro con alguien que sabe mantener una conversación, que tiene cierto sentido del humor y que, para rematar, no deja de recordarme a quien no debería.

Así que hago un esfuerzo consciente por centrarme en sus palabras, en sus gestos y en cualquier detalle que no tenga nada que ver con ese maldito déjà vu que me persigue desde que lo he visto en la puerta con la rosa en la mano.

Nos sentamos y, nada más acomodarnos, deja la flor sobre la mesa con una sonrisa que pretende ser encantadora. Y lo es, pero en mi caso solo consigue ponerme más nerviosa, porque toda la escena tiene algo de irreal, como si estuviera interpretando un papel que no me corresponde.

—Espero que te guste —dice señalando la rosa, con ese tono seguro de quien cree que está haciendo lo correcto.

—Sí, es muy bonita —respondo, colocándola a un lado sin saber muy bien qué hacer con ella, tratándola como si fuera un objeto incómodo más que un detalle romántico.

El camarero aparece, pedimos y, durante unos minutos, todo fluye sorprendentemente bien.

Hablamos de viajes, de comida italiana, de música y de tonterías varias que consiguen arrancarme alguna risa, lo cual ya es bastante más de lo que esperaba cuando he bajado del coche convencida de que esto iba a ser un desastre absoluto.

Y precisamente por eso, durante un instante, bajo la guardia, me relajo y cometo el error que sabía que cometería.

—La verdad es que, cuando vi tu perfil, pensé que eras una mujer bastante directa —dice, inclinándose ligeramente hacia delante y mirándome con interés.

Sonrío y en ese mismo gesto sé que la voy a liar, porque ni siquiera sé qué pone en el perfil.

Obvio, lo ha creado Sam. Así que intento salir del paso como puedo, y es ahí donde decido cagarla más, porque en ese preciso instante pienso en que estoy haciendo el ridículo intentando encontrar un marido en una app de citas.

—No me gusta dar vueltas a las cosas —respondo, dando un pequeño sorbo a mi copa de vino—. De hecho, estoy aquí por una razón bastante… peculiar.

No sé por qué no puedo dejar de mirarlo y sonreír. No suelo beber y, en lo que llevamos de cita, ya llevo media botella yo solita… Así que no sé si es el alcohol el que habla por mí o si soy yo, que, aunque estoy cómoda con Liam, quiero soltar la bomba antes de que me explote el cerebro.

Desde el fondo del restaurante, aunque no la esté mirando directamente, sé perfectamente que Sam ha dejado de respirar.

—Ahora me has dejado con la intriga —dice él, apoyándose en el respaldo de la silla con una media sonrisa.

Y ahí podría haberme callado. Podría haber cambiado de tema, podría haber fingido normalidad. Pero no.

—Necesito casarme en menos de un año para no perder un casino.

El silencio que se genera en la mesa es tan denso que podría cortarse con un cuchillo.

El camarero, que justo estaba sirviendo el vino, se queda un segundo más de la cuenta con la botella en el aire.

Y Liam… Liam no reacciona de inmediato; se queda quieto, con la mirada clavada en mí, como si estuviera procesando cada palabra, como si buscara en mi cara alguna señal de que esto es una broma pesada; y, durante un instante demasiado largo, su sonrisa desaparece por completo.

Parpadea, se pasa la lengua por el labio inferior, mira la copa, luego a mí otra vez y entonces, solo entonces, suelta el aire y se recuesta en la silla, recuperando esa media sonrisa, aunque ya no es exactamente la misma.

—Vale… —dice finalmente, acomodándose mejor en el asiento—. Tengo que reconocer que no es lo más raro que me han dicho en una primera cita, pero desde luego entra fuerte en el ranking.

Cierro los ojos un segundo y apoyo la frente en la mano.

—Sabía que no debería haber dicho nada —murmuro, alargando la mano hacia la suya como si quisiera acariciarla—. Esto es culpa de mi amiga, que está por ahí escondida vigilando como si esto fuera un experimento social.

Él gira ligeramente la cabeza y, por supuesto, encuentra a Sam intentando disimular mientras finge mirar la carta con una copa en la mano.

—¿Eso es en serio? —pregunta, conteniendo la risa.

—Completamente —respondo, resignada—. No he tenido voz ni voto en nada de esto.

Y entonces, en lugar de incomodarse o salir corriendo como sería lo lógico, empieza a reírse. Pero a reírse de verdad, con ganas, como si toda la situación le pareciera lo más divertido del mundo.

—No me lo puedo creer —dice entre risas—, esto es mejor que cualquier cita que haya tenido.

Lo miro confundida.

—¿Te parece gracioso?

—Me parece surrealista —corrige—, pero en el buen sentido.

Aprieto los labios, intentando mantener la dignidad, aunque la escena ya se me ha ido completamente de las manos.

—No es que esté haciendo un casting —digo, como si me estuviera disculpando por toda la situación, aunque en realidad sé que sí lo es—, o al menos no exactamente.

—Tranquila —responde, levantando una mano—, no me asusta. De hecho, me intriga bastante.

Eso me hace fruncir el ceño.

Está demasiado tranquilo, incluso cómodo, diría yo.

—¿A qué te dedicas? —pregunto, observándolo con más atención.

—Soy actor.

Ahí está, claro que sí. Tenía que ser actor, aunque no te negaré que en estos momentos es justo lo que necesito.

Suelto una pequeña risa sin poder evitarlo.

—Perfecto, entonces esto ya tiene sentido —murmuro—. Yo metida en una situación absurda y tú encantado de formar parte del espectáculo.

En ese mismo instante, el camarero aparece con los platos, pero, al colocarlos en la mesa, pierde ligeramente el equilibrio y una parte de la salsa cae directamente sobre mi vestido.

Levanto la vista, miro al camarero, que está pálido, y miro a Liam, que está intentando no reírse. Y entonces escucho, clara y nítida, la carcajada de Sam desde el fondo.

Será cabrona la muy asquerosa.

Cierro los ojos un segundo, respiro hondo y, cuando los abro, ya solo puedo rendirme ante la evidencia.

—No pasa nada —digo con una calma que no siento—. Total, la noche ya era perfecta —comento con cierto tono de ironía.

Liam no puede evitar sonreír.

—Si te sirve de consuelo —añade—, creo que esta es la mejor primera cita de mi vida.

Y aprieta mi mano, que seguía junto a la suya.

Lo miro fijamente, devolviéndole la sonrisa que me brinda.

—Pues imagínate la mía.

Ambos estallamos en carcajadas y nos relajamos.

Y justo cuando creo que ya nada puede empeorar, el móvil vibra sobre la mesa. Lo cojo casi por inercia, lo desbloqueo sin pensar demasiado y, al leer el mensaje, noto cómo algo dentro de mí se tensa de golpe.

«Parece que te lo estás pasando muy bien, espero que me invites a la boda».

Mi mente se pone en estado de alerta. No sé qué está pasando aquí, pero es obvio que alguien me vigila.

¿Será Jason? Al primer mensaje no le he dado importancia, pero este ya me pone nerviosa.

Miro a todos lados pero no veo a nadie… Igual es una paranoia mía, así que decido obviar el mensaje y seguir con mi cena.

La conversación se va apagando poco a poco porque ahora estoy pensando en otras cosas más que en la propia cita. Durante unos segundos nos limitamos a juguetear con las copas, con los cubiertos, con cualquier cosa que nos permita no sostener demasiado la mirada.

—Bueno… —dice Liam al final, carraspeando ligeramente mientras deja la servilleta sobre la mesa—, supongo que esta ha sido… una primera cita difícil de superar.

Sonrío de lado, apoyando la barbilla en la mano, pero sin apartar del todo esa sensación rara que se me ha quedado pegada desde hace un rato.