9 Maldita heredera
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JASON
Cuando salgo del despacho de Judith me siento furioso. Quiere joderme y seguro que me está vigilando todo el rato. Deberé tener cuidado para que no se entere de mis planes, porque si se entera, todo se puede ir al garete.
El día que se leyó el testamento del viejo Alister tenía toda la esperanza de que me hubiera dejado el casino a mí.
Trabajé muy duro para desacreditar a su nieta, para hacerle creer que ella no podría llevarlo sola, pero aun así ese viejo se resistía a echarla.
Siempre ha depositado en ella demasiada confianza y no es que no la merezca, es solo que simplemente sobra en mis planes.
Todo habría sido muy distinto si ella no hubiera pasado de mí.
Porque, aunque soy un hombre con bastante éxito entre las mujeres y siempre consigo lo que quiero, con ella todo me sale siempre del revés.
Nunca ha mostrado el menor interés en mí; es más, me odia profundamente, y yo solo quiero que sea mía.
Soy todo un artista en el mundo de los negocios, y cuando conocí al viejo lo vi claro: este era el mejor lugar para conseguir mis objetivos.
Él estaba enfermo y necesitaba a una persona que lo ayudara, y yo sabía que, ganándomelo, podría conseguir el casino.
No es que me importe el negocio del juego; me importa su ubicación, porque es de las más cotizadas de Las Vegas y vale miles de millones, algo que queda entre tú y yo.
Ahora me veo batallando como un crío por este lugar, porque el viejo me la jugó. Me dijo que me lo legaría y yo ya tenía mis planes, pero, claro… quería darle a su nieta la oportunidad de ganárselo y de jugar la última partida de su vida.
A ese viejo siempre le han gustado los juegos y no podía dejar este mundo sin fastidiarnos a los demás.
Si te soy sincero, no me importó demasiado, porque Judith no se casaría por nada en el mundo. Es alérgica al amor, pero ahora no lo tengo tan claro.
Lleva varias semanas saliendo pronto, y eso no lo suele hacer, lo que apunta a que tiene que estar conociendo a alguien; y encima me ha amenazado con ponerme de recepcionista…
Intento centrarme, porque ahora mismo estoy que me subo por las paredes. Así que bajo al bar del casino y me siento en la barra a ver el espectáculo de las bailarinas mientras me pido un combinado; necesito dejar de pensar en ella o voy a volverme loco.
—Lo siento, Jason, no puedo servirte alcohol en horario laboral.
Miro a George sorprendido, ya que hasta ayer lo hacía.
—¿Cómo? —pregunto, algo anonadado.
—Nuevas normas. La jefa lo ha dejado muy claro: el jefe de sala no puede beber alcohol en horario laboral. Algo le habrás hecho; eso o ha visto todo lo que bebes.
Será hija de perra.
Lo que me faltaba ya. No puedo follar, no puedo beber… ¿Y fumar? Eso sí podré, ¿no? Si es que su odio hacia mí no tiene límites.
Me voy hacia la entrada porque necesito respirar un poco y me enciendo un cigarro mientras ando de un lado a otro como un lobo enjaulado.
Observo todo lo que me rodea: las luces de neón, gente que lleva horas de fiesta, otros que se han embarcado en la locura de casarse —algo muy normal en esta zona—, turistas descontrolados, mujeres que desprenden seducción y peligro a partes iguales, casinos rivales llenos de gente, restaurantes de lujo…
y es en ese instante en el que la veo. Veo a Judith en el restaurante que tenemos enfrente.
Lo cierto es que es una mujer exuberante.
Lleva un vestido color arena que le queda genial y le hace una figura perfecta.
Sería un error mezclar negocios con placer…
aunque reconozco que con Judith cada vez me cuesta más mantener esa línea.
Y entonces lo veo a él. Un chico algo más mayor, con buen porte, cazadora de cuero, tatuado… por un momento me parece que es Graham, pero no es él, aunque se parecen.
La curiosidad me mata. ¿Quién es ese tío? ¿Desde cuándo sale con nadie Judith? No son celos, porque a mí ella solo me interesa para un polvo y poco más, pero que esté con alguien significa que se toma muy en serio lo de casarse, y eso no me gusta nada.
Quiero quedarme, pero, cuando la cosa parece que promete, aparece Minerva y me susurra al oído que quiere subir a una habitación. Y aunque mi jefa me haya prohibido estar con ella… ahora no está aquí para vigilarme. Además, por si no te has dado cuenta, las normas no van conmigo.
La miro de arriba abajo. Lleva un vestido tan corto que bien se podría confundir con un cinturón ancho.
Está muy sexy con él y eso me pone muchísimo.
La encuentro irresistible esta noche. Y no sé si ha sido la prohibición de Judith, el vestido de Minerva, sus tacones afilados o su lengua viperina, pero lo que sé es que, tras darle la llave de una de las suites del hotel y pedirle que se lleve una botella de cava, le pido a Roger que me avise por el walkie-talkie si pasa cualquier cosa que requiera mi presencia, y me voy a descargar toda mi rabia contenida de una forma muy placentera.
—Vas a hacer que me degraden, estás loca —digo, poco antes de comerme su boca sin pedir permiso.
Ella se ríe, provocándome cada vez más y dejando marcas de su carmín por mi cuerpo. No puedo contenerme, y menos cuando se tumba en la cama con esa pose de sirena y choca la copa con la botella.
—No sabía que ahora fueras el perrito de Judith. Te he visto vigilarla… ¿Tengo que ponerme celosa? —pregunta, con un tono de sarcasmo y celos que me pone todavía más cachondo.
—No soy el perro de nadie, solo me ha sorprendido verla cenar con alguien. Y no me mires así, porque estoy a un paso de arrancarte ese vestido y follarte sin piedad.
—Mmm, qué bien suena eso… Me gusta esa idea. Llevo todo el día pensando en darte placer.
La veo pasear la mano suavemente por sus pechos y deslizarla hacia su sexo. Me encanta que haga eso y ya no puedo resistirme más.
Voy hacia ella y dejo que me vaya quitando la ropa mientras yo hago lo mismo de forma acelerada, porque quiero tenerla entre mis piernas ya.
No voy a aguantar demasiado porque lleva todo el día susurrándome cochinadas al oído, y mis expectativas en este momento están por las nubes, al igual que mis ganas de fundirme en ella.
Toco sus pechos de forma algo agresiva, pero es como le gusta a Minerva.
Nada de florituras: le gusta que la empotre sin piedad.
Ella coge mi polla y la menea como si estuviera dando un masaje cruel pero muy placentero; ambos gemimos y ella desciende con la lengua por mi torso hasta llegar a mi miembro y lo chupa: primero la punta, dando pequeños mordisquitos que me excitan tanto que veo las estrellas; luego la introduce en la boca y succiona.
¡Dios! Qué gusto. Como siga así, me corro ahí mismo.
La agarro del pelo, obligándola a tragar más profundo, y ella lo hace; se la mete entera hasta la garganta y yo estoy al borde de la eyaculación.
Me concentro en sus movimientos: dentro, fuera, arriba, abajo…
¡Dios! Pero qué bien la sabe chupar… La aparto porque quiero que ella disfrute, así que la giro hacia la cama, le hago subir una pierna, la inclino hacia delante un poco y la penetro con todas mis ganas, mientras con la mano acaricio su centro de placer, ese circulito mágico que en nada hará que explote.
Bombeo todo lo que puedo hasta que la escucho chillar.
—Más fuerte, me voy a correr.
Eso es lo que quiero, que se corra y yo con ella.
Acelero mis movimientos hasta que no puedo más. Empiezo a apretar los dedos y noto cómo ella comienza a convulsionar, casi sin poder respirar del placer que siente. En ese momento, mi estocada es tan profunda que noto cómo me ha mojado con su dulce elixir mientras yo me dejo ir en su interior.
Tras esa sesión de sexo que nos ha hecho evadirnos de nuestros problemas por un momento, lo dejamos todo ordenado y vuelvo a mi puesto de trabajo. Si Judith nos hubiera pillado, nos habría puesto de patitas en la calle. Bueno, rectifico, a ella; porque a mí, por ahora, no me puede despedir.
Decido que, si ella quiere llevar la batuta e intentar ganar la batalla, yo tengo que jugar sucio.
Así que voy a su despacho para ver qué puedo encontrar que me ayude a sacarla del partido, pero, cuando voy a entrar, me encuentro con la puerta cerrada con llave, algo que jamás había pasado con el viejo Alister.
Lo que me hace pensar que en el despacho guarda algo que no quiere que vea.
Y eso… eso me interesa más de lo que debería.
Me quedo unos segundos frente a la puerta, en silencio, observándola como si fuera a hablarme en cualquier momento, como si pudiera decirme qué demonios está ocultando ahí dentro.
Y sonrío de lado, porque Judith nunca ha sido especialmente discreta…
Así que, si ahora empieza a cerrar con llave, es porque tiene algo importante que proteger o porque tiene algo que perder. Y ahí es donde entro yo.
Me aparto con calma, como si no pasara nada, pero, en realidad, mi cabeza ya está funcionando a toda velocidad, repasando opciones, nombres, accesos…
porque, si hay algo que he aprendido en este negocio, es que no hace falta entrar por la puerta principal cuando todo el mundo confía en quien ya está dentro.
Byron controla parte del acceso a cámaras y registros.
María… bueno, María parece más leal a Judith de lo que me gustaría admitir, pero todo el mundo tiene un precio o un punto débil.
Y luego están los empleados de mantenimiento, los que entran y salen sin que nadie los mire dos veces, los que tienen llaves, códigos, horarios… Invisibles para la mayoría, pero imprescindibles cuando quieres saber qué se esconde detrás de una puerta cerrada.
Apoyo la mano un segundo en el pomo, solo para comprobarlo, como si esperara que por arte de magia se abriera, pero no lo hace, claro que no.
Judith está empezando a jugar en serio y eso cambia las cosas.
Me separo finalmente, metiéndome las manos en los bolsillos mientras camino por el pasillo con una tranquilidad que no siento del todo.
Porque, si ella tiene un plan… yo voy a necesitar uno mejor.
Es entonces cuando me encuentro con Eddie, uno de los empleados de la limpieza, y ahí me viene una idea.
—Eddie, ¿qué tal estás? ¿Todavía estás ahorrando para aquella moto que querías comprarte?
Él me observa como si le pareciera raro que recuerde eso de él, ya que solo hemos hablado un par de veces desde que trabaja en el casino, y de eso hace bastante.
—Buenas noches, señor Queen. No, ya la pude comprar; trabajar aquí me ha ayudado mucho.
Ahí está: esa pequeña toma de contacto que necesitaba para ganármelo y conseguir lo que quiero.
—Me alegro muchísimo. Y ha sido una suerte encontrarte, porque necesitaría que me hicieras un favor.
Ahora he captado todo su interés.
—¿Qué puedo hacer por usted? —pregunta, rascándose la cabeza.
—Solo abrirme el despacho de Judith. He olvidado unos documentos antes, cuando nos hemos reunido, y los necesito, pero ha cerrado con llave y no tengo copia. Si pudieras dejarme tu llave, te lo agradecería mucho. No quiero que piense que no hago mi trabajo, y sin esos papeles no puedo terminarlo.
—Claro, señor Queen. Voy a estar en esta planta limpiando, así que cuando termine me las da y listo.
Alarga la mano y me deja su llave maestra, y me dirijo al despacho sin que él sospeche nada.
Cuando entro, reviso por todos lados sin mover nada de su lugar, hasta que encuentro una carpeta con mi nombre.
En ella hay documentación de movimientos financieros que he autorizado, consumos de alcohol, una hoja con días y horas en la que hay una anotación suya donde pone «desconexiones de cámaras», y algunos documentos más.
Vaya con Judith, me está haciendo una investigación que ni el inspector Gadget. Pues una cosa tengo clara: no voy a perder este casino por una niña que, de repente, ha decidido demostrarle al mundo que sabe jugar.
Y si para ganar tengo que meterme en su despacho, en su vida… o en sus secretos… lo haré sin dudarlo.