8 Una serie de catastróficas citas
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De camino a casa, Sam me ha escrito para decirme que ya me ha planeado unas cuantas citas. Si es que de verdad… no se le puede pedir nada. Parece que le he encomendado la mejor tarea del mundo, porque está muy concentrada buscándome candidatos que seguro que no van a encajar.
Me conozco muy bien y agradarme va a ser muy difícil. No porque no haya chicos en el mundo con los que pueda congeniar, sino porque, al no estar haciendo esto por mi propio placer, es complicado.
Lo suyo sería tener tiempo para conocer a una persona libremente, enamorarme como es debido y casarme por amor.
Eso estaría bien si creyera en los cuentos de hadas; pero es que el amor no se hizo para mí.
Soy de las que piensan que mejor estar sola que mal acompañada, que un vibrador da el mismo placer o más que un hombre y que eso de «fueron felices y comieron perdices» es una patraña que alguien inventó para que la gente creyera ciegamente en el amor.
Por todo eso, mi lista de exigencias es difícil de cumplir.
Aun así, estoy dispuesta a aceptar estas citas porque no tengo más opciones. Así que allá voy.
CITA 1
Sam llega a casa y lo primero que hace es valorar mi vestimenta, como si fuera diseñadora de moda y tuviera derechos sobre lo que me pongo y lo que no. Ya la veo de morros.
—¿En serio vas a ir así? —dice, mirándome de arriba abajo como si acabara de salir a la calle envuelta en una bolsa de basura.
En mi defensa diré que llevo unos vaqueros y una camiseta de tirantes.
Nada del otro mundo, pero me estiliza mucho.
No me voy a poner un traje de chaqueta porque no es una reunión de trabajo, y tampoco un vestido sexy porque esta cita no es para acabar en la cama; así que, simplemente, me he arreglado un poco, pero de forma informal.
—A ver, que no vamos a la gala del Met. Sabes que hago esto por obligación, así que déjame ir como me dé la gana.
—Vale, vale… ya no digo nada más. Te hablo de tu cita de hoy: se llama Mateo, tiene treinta y ocho años y el chico está de muy buen ver; así que espero que te portes bien y, simplemente, os conozcáis un poco a ver qué tal.
Camino hacia la puerta de casa, resignada.
Subo al coche, pongo música y todo el camino voy callada.
Sigo algo mosqueada con Sam, y ella ha decidido ser cauta y seguirme la corriente, aunque de vez en cuando noto cómo me mira de reojo, intentando no reírse, como si supiera algo que yo todavía ignoro.
Al llegar al restaurante donde hemos quedado, ya veo al chico. Ella le ha pedido que lleve una margarita amarilla, así que, cuando lo veo, me acerco a él.
—Hola, imagino que eres Mateo, ¿verdad? Soy Judith.
Me da un repaso de esos que te dejan muda, más por vergüenza ajena que por otra cosa; porque el tío me mira como si estuviera calculando cuánto tardaría en quitarme la ropa, y, sinceramente, ya empezamos mal. Me da dos besos y nos dirigimos a nuestra mesa.
Cuando nos sentamos, pedimos unas copas y entablamos conversación. Lo típico: trabajo, gustos, hobbies… Y ahí es donde se tuerce la cosa.
—La verdad es que tengo que confesarte una cosa… —dice, inclinándose hacia delante mientras no deja de mirarme el escote—. En la cama soy muy activo.
Casi me atraganto con el vino.
¿Perdón?
Chaval, que llevamos literalmente siete minutos sentados.
Me quedo mirándolo, completamente muda.
—Prefiero decírtelo porque lo que busco en la aplicación es una pareja que me siga el ritmo. He tenido relaciones que no han funcionado por eso.
Sigue mirándome el pecho y ya empiezo a entender por qué sus relaciones no funcionan.
—Pues no sé si soy la candidata adecuada, la verdad…
—¿No te gusta el sexo? —pregunta sorprendido, como si acabara de decirle que odio respirar.
—No lo veo como algo esencial. Creo que en una pareja tienen que existir muchas más cosas y, después de todas esas cosas, llega el sexo —comento algo incómoda, mientras aparto ligeramente la silla porque el tipo no deja de invadir mi espacio personal.
—Pues yo creo que sin sexo nada funciona; además, no puedes conocer a una persona sin saber qué tal conectáis en la cama.
Lo que me faltaba por oír.
Cinco minutos de cita y ya parece que estamos haciendo una entrevista para las olimpiadas sexuales.
Y en ese instante, no sé por qué, pienso en Graham. En lo muchísimo que le habría divertido esta situación y en la cara de asco que pondría escuchando a este idiota hablar de rendimiento físico como si fuera el entrenador personal del orgasmo.
—Mira, no quiero faltarte al respeto, pero la cita ha terminado. No soy lo que buscas.
Ni corta ni perezosa, me levanto de la mesa y me voy, dejando a Mateo más planchado que mis camisas; pero es que un chico que, sin conocerte de nada, te suelta eso… malo.
Sam sale tras de mí, riéndose, la muy bruja, mientras yo camino hacia el coche, indignada.
—¡No te rías!
—¡Perdona, pero es que parecía un anuncio de proteína sexual! —dice, doblándose de la risa.
—Te juro que, como el siguiente me hable de posturas antes del postre, me tiro por un puente.
Ahora tengo clara una cosa: esto va a convertirse en el mejor pasatiempo de Sam.
CITA 2
La cita de hoy es con Morgan, un chico moreno y guapo, pero que nada más verlo no me causa muy buena impresión.
No es porque tenga pinta de criminal ni nada de eso; es que va vestido como si fuera a una entrevista de trabajo, pero con toda la ropa por fuera, como si lo hubiera hecho con prisas y sin mirar el resultado final en el espejo.
Con él nos limitamos a hablar de animales, y el tío me suelta un monólogo intenso que no tiene desperdicio.
—A mí los animales siempre me han gustado, he tenido de todo. Cuando tenía cinco años mi madre me compró un pato en una feria y le puse de nombre Lucas, por los Looney Tunes. Era un guasón, me seguía a todos lados, pero cuando creció un poco mi madre se lo dio a una vecina que tenía una granja.
Yo asiento mientras bebo vino, como si eso pudiera anestesiarme.
—Luego me regaló una tortuga, y no veas aquello cómo olía; cuando ella se cansó, me hizo soltarla en un lago. Después tuve un conejo, que por supuesto se llamaba Bugs, pero el cabrón se volvió agresivo y no tuvo buen final.
Parpadeo lentamente sin dar crédito a lo que escucho, sintiendo mucha pena tanto por esa tortuga como por el conejo. Tengo algo de curiosidad por lo que le pasó, pero me da miedo preguntar; no por la respuesta, sino por el monólogo que seguramente la acompañaría.
—Luego tuve un caimán llamado Lilo.
Perdón, ¿un qué?
—Mordió a mi padrastro una vez, pero porque olía a jamón de York, no porque fuera agresivo.
Ahí ya me pierdo completamente. Estoy flipando con sus historias, y no para bien… Solo puedo pensar en que la tierra me trague y me escupa en cualquier otro lugar, pero lejos de este tío.
El resto de la cita me habla de su perro Rocky, de su gato Simba, de un hurón depresivo, de una serpiente albina que detectaba malas energías y de no sé cuántos animales más, mientras yo me planteo si fingir una llamada urgente o, directamente, incendiar el restaurante para escapar.
Y otra vez, sin querer, pienso en Graham.
Porque, por insoportable que sea, al menos nunca me ha hablado durante cuarenta minutos seguidos sobre animales.
Total, que este también queda descartado.
Cuando salgo, Sam está esperándome en la barra, mordiéndose el labio para no reírse.
—No quiero ni preguntar.
—Tenía un caimán, Samantha.
Y entonces ya pierde completamente la compostura.
CITA 3
Axel es todo lo que te puedas imaginar en un hombre de éxito, pero al revés.
Ha venido directo del gimnasio, pero por lo visto tenía tanta prisa que no ha pasado ni por la ducha. Imagínate mi cara cuando veo a un tío de cuatro por cuatro, tipo culturista, todo sudado, que de lo único que sabe hablar es de deporte, de musculatura, y que, además, habla con la boca llena.
No se calla ni debajo del agua y su tono de voz está dos decibelios por encima de la media…
—¿Tú entrenas? —pregunta mientras devora un plato de pasta como si estuviera compitiendo.
—No especialmente.
Su cara cambia, como si acabara de confesarle que atropello cachorros por diversión.
—Uf… eso hay que cambiarlo. El cuerpo es un templo.
—El mío ahora mismo entrena solo subiendo y bajando escaleras en el trabajo.
No capta la ironía.
Por supuesto.
—Yo hago doble sesión diaria: cardio en ayunas y después musculación. Hay que mantenerse en el prime físico.
Dios mío.
—¿Y tienes hobbies?
—Sí, entrenar otros grupos musculares.
Perfecto.
Maravilloso.
Encima el tío pide pollo hervido de segundo plato en un restaurante italiano y le pregunta al camarero cuántas calorías tiene la salsa.
Definitivamente, cada día me cago más en Sam y en su mala gestión, así que, cuando salgo de la cita, lo tengo claro.
Esta hoy no se escapa de que le diga cuatro cosas.
—¿Lo haces adrede, o es que has pensado que tu vida es demasiado aburrida y que vas a divertirte a mi costa? Porque, chica, te juro que estoy al borde del suicidio. De verdad, esto no está funcionando; en esa aplicación solo hay frikis, desesperados, guarros y gente rara de verdad.
Ahora, por si fuera poco, le ha dado un ataque de risa a la muy zorra.
—Perdona, Jud. De verdad que en los perfiles parecen personas normales —dice, y sigue riéndose.
—A ver… te lo digo en serio: no estoy para tonterías. Accedí porque no tengo muchas alternativas, pero, sinceramente, esta loca idea tuya no funciona nada.
—Déjame concertar una cita con alguien más, juro que haré un filtro que ni en First Dates, pero no tires la toalla todavía; alguien decente tiene que haber.
—Una sola más. Y como sea un puto friki, te juro que me voy y os dejo ahí plantados a los dos, por si te apetece a ti conocerlo.
Pocos días después llega la cita número cuatro y, al llegar al restaurante y ver a ese chico, no me lo puedo creer.
Te lo digo en serio.
Las estrellas se han alineado para que todo me salga fatal.