Este casino es mío 7 Confidencias
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7 Confidencias

Miro de nuevo las cámaras en cuanto Samantha se ha ido de mi despacho y la rabia me consume por dentro.

«Genial. Además de un surfista inútil, ahora resulta que también es un imán para clientas con dinero».

Mi mente habla por sí sola. No necesita mi permiso para criticar a Graham; ella misma decide qué decir y qué no, del mismo modo que, en ocasiones, me martiriza sin cesar.

Decido bajar a la sala a saludar a Virginia. Era muy buena amiga de mi abuelo y sé que su pérdida le ha dolido mucho.

Mientras voy por los pasillos me encuentro con María, la prima de Jason. Aunque podría ser adoptada porque no tiene nada que ver con él; es una chica maja, sincera y cariñosa, no como él, que roza lo acosador.

—Judith, qué alegría encontrarte. Quería hablar contigo… en privado.

La miro un segundo más de lo necesario porque, claro, por muy maja que sea, es familia de mi mayor enemigo.

—¿En privado? —repito, arqueando una ceja—. Suena intrigante y ligeramente peligroso viniendo de ti.

María traga saliva, incómoda.

—Entiendo que desconfíes, yo también lo haría, pero te aseguro que lo que te tengo que contar te interesa.

Eso me pone en estado de alerta rápidamente. Sé que tiene que ver con Jason y sus artimañas para quedarse con este lugar.

—Vale —suspiro finalmente—, vamos.

Así que, sin hablar mucho más, ponemos rumbo de nuevo a mi despacho.

Entro nerviosa y ella detrás de mí. No sé quién de las dos lo está más, pero se la ve apurada a la pobre.

—Mi primo cree que lo tiene todo ganado —dice, bajando la voz—. Lleva días reuniéndose con gente fuera del casino. Creo que son inversores.

Frunzo el ceño.

—¿Inversores para qué?

María duda un segundo.

—No lo sé… pero no suena a alguien que esté pensando en mantener esto como está.

—Se toca las manos de manera nerviosa, como si le doliera traicionarlo, pero, por otra parte, tampoco tendría que hacerlo si entre ellos fuera todo bien, lo que me da a entender que no es así—.

No debería estar haciendo esto… —murmura, mirando hacia la puerta como si temiera que alguien nos escuchara—.

Es mi familia, Judith, pero es que… —niega con la cabeza—.

Es que no es justo. Tú y tu abuelo habéis luchado mucho para que el casino sea un hogar para nosotros.

No quiero que eso acabe. No puedes dejarlo ganar.

La observo en silencio, tan sorprendida que no sé ni qué decirle, porque en cierto modo esta información puede ser muy buena y me hará vigilarlo más de cerca todavía.

No esperaba tener a María de mi lado, pero creo que tengo una nueva aliada en esta guerra y pienso aprovecharla.

—No quiero verlo destruir esto —añade, más bajo—. Porque lo hará. Si averiguo algo más… te lo diré —susurra.

—Hazlo —respondo sin dudar—. Y, María…

Ella levanta la vista.

—Si por algún motivo se entera de que hemos hablado…

Ella entiende perfectamente lo que quiero decir.

Sonríe, pero no del todo.

—Lo sé. Pero si te cuento esto es porque quiero que tú te quedes con el casino; no quiero que lo que forjó tu abuelo se destruya. Trabajar aquí es genial y no quiero que nada cambie. Tú eres humana, te preocupas por las personas; para él solo somos números.

Tras la conversación secreta que hemos mantenido nos dirigimos a la sala, y yo voy directa a la ruleta, que es donde se encuentra Virginia en este mismo momento.

—Hola, Virginia, ¿qué tal estás? —Me siento a su lado y ambas nos abrazamos de forma cariñosa.

—Judith, estás guapísima. Aunque no tanto como Graham, claro. ¿No lo has visto? Estaba aquí hace un momento. —Y se echa a reír.

—Sí, lo he visto. Ha venido con Sam. Y lo de que él es más guapo… es discutible.

Pone una mueca que no tiene desperdicio.

—Mira, cariño, si no ves lo guapo que es ese chico, es que necesitas gafas, y de alta graduación, porque es increíble: con esos pectorales, esos brazos musculosos, esos tatuajes que gritan «pecado»…

Y sí, ya sé que no lo tragas, pero, chica, una cosa no quita la otra.

Puede caerte fatal y aun así ser un Adonis en toda regla, con esos ojazos que tiene.

Seguro que en la cama tampoco tiene desperdicio, pero se me resiste…

Tendré que ponerle más empeño a mi conquista.

No sé si me ofende o me sorprende su comentario.

—Vale, Virginia, ya me ha quedado claro… Por cierto, recibí las flores que mandaste para mi abuelo. Fueron un gran detalle.

—Qué menos, por la persona que siempre estuvo ahí para mí secando mis lágrimas.

El brillo de su mirada se apaga de repente por el pesar que siente por mi abuelo.

Virginia es una mujer de armas tomar; puede aparentar que lo tiene todo, porque desprende seguridad en sí misma e irradia riqueza, pero su vida ha estado marcada por un hombre que la engañó y le hizo tanto daño que acabó desconfiando de cualquiera.

Y a mí me marcó mucho; creo que por eso soy algo reticente en el amor.

Siempre dice que no existe el hombre perfecto, que todos lo aparentan al principio, pero que a los cinco años la magia desaparece, junto a los detalles y la pasión, y que el amor tiene fecha de caducidad.

Su marido estuvo con ella media vida. Nunca pudieron tener hijos y, aunque parecía que eso no era un problema entre ellos, llegó un momento en el que su relación se fue apagando, y fue cuando ella descubrió que él tenía una vida paralela con otra familia, donde sí tenía hijos.

Eso la rompió de tal manera que, a mí personalmente, me ha hecho desconfiar de todo hombre.

Podemos decir que Virginia es, en parte, la culpable de que yo no crea en ese sentimiento tan poderoso para algunos. Ella y, por supuesto, Graham.

Tras charlar un poco más con ella sobre su casa de California y su caballo Roy, me marcho a ver cómo va todo.

Encuentro a Jason por el pasillo muy acaramelado con Minerva, una de nuestras crupieres…

Bueno, mías, porque mi abuelo ya no está; es que no me adapto a esta situación todavía.

Ellos no me han visto, pero yo a ellos sí, y esto se acaba hoy, porque no pienso tolerar comportamientos tan poco profesionales en mi casino. Pero eso lo resolveré después.

El móvil empieza a sonar antes de que pueda siquiera respirar tranquila.

Ya sé que es Sam, porque tiene la mala costumbre de invadir cualquier espacio de mi vida como si fuera de su propiedad; eso, y que la melodía personalizada de Poker Face de Lady Gaga me saca de mis pensamientos.

Atiendo su llamada con ese tono resignado que reservo para ella, preparada para cualquier desastre nuevo que haya decidido organizar en mi nombre.

—Tía, esto es una locura, pero de las buenas —empieza sin preámbulos—. Ya tienes una lista de tíos tan grande que creo que nunca terminarás de conocerlos. Esto ha explotado; te juro que mi teléfono echa fuego. Voy a mirar a los más interesantes y te organizo alguna cita.

Me paso la mano por la frente y cierro los ojos un segundo.

Sé que he accedido a su loca idea de la app de citas, pero es que me siento incómoda ante esa situación y, es más, creo que es una maldita locura.

—Sam… no.

—Sí —me corta, rápida—. Y escucha, porque esto es importante: yo me encargo de todo, absolutamente de todo. Yo elijo, yo filtro, yo hablo con ellos, yo descarto a los raros —que hay muchos—, y tú solo tienes que hacer una cosa, Judith.

Lo dice tan rápido que no me deja reaccionar. Solo le falta venir a vestirme como si fuera un puto bebé.

—Ir a las citas.

Abro los ojos de golpe.

—¿Perdona?

—Que tú no decides nada más —continúa como si fuera lo más normal del mundo—. Nada de mirar perfiles, ni de obsesionarte, ni de sabotearlo antes de empezar. Tú te pones guapa, te sientas, cenas y ves qué pasa. Punto.

Me quedo en silencio unos segundos, procesando si esto es una broma o una intervención encubierta.

—Estás literalmente gestionando mi vida amorosa como si fuera una empresa en crisis.

—Y lo es —responde sin dudar—. Solo que la CEO eres tú y eres un desastre organizativo.

Suelto una risa incrédula, porque no sé si matarla o admitir que, por desgracia, tiene una lógica retorcida.

—Sam, esto no es una solución, es un experimento social peligroso.

—Es supervivencia, Jud —insiste—. Y te recuerdo que el reloj sigue corriendo.

Ahí me callo, porque eso lo sé perfectamente. Odio que siempre tenga razón y que me lo esté recordando todo el tiempo.

—Vale —respondo al fin, indignada—. Pero solo citas. Nada de decisiones por mí.

—Trato hecho —dice, demasiado rápido como para confiarme—. Aunque yo seguiré filtrando.

—Pues, como parece que lo tienes todo organizado, te vienes conmigo.

No le doy opción: se viene y punto.

—A ver, Judith, ¿cómo voy a ir contigo? Que es una cita… ¿Nos sentamos los tres en la mesa y le digo al muchacho: «No, tranquilo… Yo soy un fantasma, en realidad no estoy aquí»? O mejor aún, le digo: «No, es que mi amiga es tonta del culo y no sabe ir a una cita sola»…

La corto porque sus tonterías me cansan.

—Déjalo ya, Sam. Tú me has metido en este lío y asumirás las consecuencias. Me acompañas, cenas en otra mesa y listo. Si la cosa sale mal, nos piramos, y si resulta que el chico es majo… haces lo que quieras.

—Vale, como veo que, si no es así, no irás, acepto.

Pero, escucha: en la primera cita no le hables de ningún acuerdo, sal, diviértete y, si alguno te encaja, le cuentas tus planes.

Y si no, quítate las telarañas, porque ya que no te encierras en el despacho con mi hermano, al menos disfruta con otro.

Y dale con Graham…

—No voy a contestar a ese comentario.

—Jud, es que tienen telarañas hasta tus consoladores… y eso ya sí que es un problema.

Será…

—Sam, hay personas que pueden vivir sin sexo perfectamente —digo, convencida.

—Eso no te lo crees ni tú. Y si existen, serán algunas que tengan una religión extraña que les impida tener relaciones o algo así. ¿Cuánto hace que no te das un buen revolcón?

¿De verdad tengo que contestar a eso?

—No hace tanto —intento desviar su atención.

—Mentirosa. Por lo menos hace cuatro meses. Bueno, da igual, te recojo en tu casa a las ocho. Porque esto comienza hoy.

Y la llamada se corta sin que yo pueda rebatir nada. Tendré que irme a casa a arreglarme porque es tarde, pero primero, mi conversación con Jason.

Lo hago llamar a mi despacho y, cuando llega, abre de nuevo sin llamar, algo que ya me molesta por sí solo.

—¿Otra vez? ¿Cuántas veces tengo que decirte que llames antes de entrar en mi despacho?

Me mira con aire de suficiencia.

—Me has llamado y he venido. No he creído conveniente llamar, simplemente.

—Pues, si vuelves a hacerlo, estarás una semana trabajando de recepcionista en el hotel. A ver si así aprendes, porque veo que en la universidad donde estudiaras no te enseñaron que, cuando vas al despacho de tu jefe, se llama antes de entrar.

—Tú lo has dicho: el despacho de mi jefe… Pero, aunque hayas tomado el cargo, tú y yo sabemos que hasta dentro de un año no serás mi jefa. Y si lo llegas a ser, que todavía está por ver.

La rabia se apodera de mi cuerpo y exploto.

—Ya soy tu jefa. ¿O es que no te lavaste los oídos en la lectura del testamento?

Pues, por si los llevabas sucios, te voy a recordar lo que dijo Dennis: los activos del casino y su propiedad pasan a ser de Judith Alister.

Sí, es cierto que hay una cláusula que se cumplirá en un año, pero hasta el momento, como bien has escuchado, todo me ha sido transferido.

Y, querido —escupo la palabra como si me ardieran los labios—, en un año pueden pasar muchas cosas.

La primera y mejor opción para todos es que me case como quería mi abuelo, pero también podría quebrar el casino, ¿quién sabe? Y entonces ni tú ni yo tendremos nada.

¡Dios! Qué cara ha puesto. Se ha quedado blanco como el papel. Eso no se lo esperaba, ¿eh? Chúpate esa, Jason Queen.

Por un segundo deja de sonreír. Apenas un segundo, pero lo suficiente para que vea que le he tocado donde duele… Y eso me confirma que, por mucho que juegue a tenerlo todo bajo control, no es tan intocable como le gusta aparentar.

—Ah, y sí, te he hecho llamar porque te he pillado por los pasillos como un quinceañero con Minerva, y solo te diré una cosa: las relaciones entre empleados están prohibidas, así que, si os vuelvo a ver en alguna actitud comprometida, ambos estaréis suspendidos de empleo y sueldo.

Ahora su cara ha cambiado a roja.

—Venga ya, Judith, ¿me vas a putear así? Ni que tú nunca te hubieras liado con nadie de aquí…

No, lo cierto es que no… Pero eso no viene al caso.

—Además, no tenemos una relación, es solo sexo ocasional.

—No me importa lo que tengáis, solo te digo que en mi casino no, ¿me has entendido? —le digo apoyando mis manos sobre la mesa, algo molesta, y levantando mi cuerpo.

—Entendido. ¿Algo más?

—No, puedes retirarte.

Lo veo salir contrariado. Creo que no entraba en sus planes que le cortara el rollo tan rápido respecto a todo lo que hace en el casino y no debería hacer. Puede que mi abuelo fuera más permisivo, pero yo no lo soy.

Antes de que cruce la puerta, recuerdo que tengo una cita, por lo que lo pongo al tanto de mi ausencia.

—Jason, otra cosa. Yo me marcho ya y lo dejo todo bajo tu mando, pero no la líes ni me la juegues, porque, si no, ya sabes dónde te tocará estar la siguiente semana.

Acepta con la cabeza, todavía pensando en lo que le he dicho, aunque no añade nada. Creo que le he dado mucho en lo que pensar. Que se joda, que siempre va de listo.

Cojo el coche con la sensación de que todo esto es una idea pésima disfrazada de solución desesperada, pero aun así me dejo llevar, porque hoy ya he discutido demasiado, he perdido demasiado la paciencia y, si soy sincera conmigo misma, también he perdido un poco el control de todo lo que juré tener bajo dominio.

Así que, mientras conduzco hacia casa, intento convencerme de que esto no es más que una noche absurda con una cita que seguramente será un desastre.

Me repito que no espero nada, que no busco nada, que simplemente voy a cumplir con el ridículo plan de Sam y ya está…

Hasta que el móvil vibra en el asiento del copiloto.

Un mensaje.

Desconocido.

Solo dos palabras:

«Estás loca».

Probablemente tenga razón: loca y desesperada. Ignoro el mensaje y subo el volumen de la radio, buscando una canción que me anime. Y no es otra que Soltera de Shakira.