6 Una mentira envenenada
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GRAHAM
Cuando Sam me ha llamado para invitarme a comer he dicho que sí sin pensar. Es mi hermana y, aunque tenemos nuestros más y nuestros menos, nada apuntaba a una vil traición.
Pero en el momento en el que ha tomado ese desvío que no llevaba a ningún restaurante decente, he sabido que me la estaba jugando.
Ella no cambia: sigue siendo de las que sonríen mientras te meten en un lío del que luego tienes que salir tú solo.
Es de las que piensan que es mejor pedir perdón que permiso, al igual que yo, pero esta vez se ha pasado.
Mira que intentar que me case con Judith con el pretexto de salvar el casino... La habría matado en ese momento, pero ver a Judith tan furiosa me ha sorprendido, algo que me ha hecho entender que ella no ha tenido nada que ver en las locas ideas de mi hermanita del alma.
Nuestra relación, desde hace mucho, es casi inexistente.
Solo se limita a algún levantamiento de cabeza para saludarnos y a alguna peineta por su parte cuando quiero acercarme más de lo que debería o cuando me pilla mirándola sin permiso.
Aunque nuestra relación no siempre ha sido así.
Hace años que me odia y eso duele, porque hemos tenido una infancia llena de amistad y me jode que sea tan rencorosa.
Y todo por un puto beso con el que muchas chicas habrían soñado.
Mi vida es bastante sencilla. Trabajo de instructor de wakesurf en un complejo hotelero y también como socorrista, aunque no siempre ha sido así.
Hace años vivía en California, donde practicaba surf a diario.
Participaba en competiciones, era un surfista importante y conseguí ser campeón estatal, pero tuve un accidente y dejé de competir.
Así que volví a Las Vegas, a mi hogar, y desde ese momento me limito a trabajar, salir con mis amigos, liarme con tías a las que nunca vuelvo a llamar y, en ocasiones, cuando el tiempo me lo permite, viajar en mi moto adonde me lleve.
Mi vida es sencilla, sin lujos, y no quiero complicármela por nada ni por nadie. No quiero perder mi libertad, ya me entiendes.
Estoy en la mesa de dados, intentando borrar de mi mente todo lo que ha pasado, pero de repente nada consigue distraerme: ni las chicas que se acercan con esa sonrisa fácil, ni el sonido seco de los dados golpeando la mesa, ni siquiera la sensación de estar siendo observado por cada una de las cámaras del casino.
Lo único que vuelve una y otra vez a mi cabeza son sus palabras, la forma en la que me ha mirado, como si de verdad le hubiera hecho algo imperdonable.
Fue solo un beso... o eso pensé yo en aquel momento: lo justo para quitarme de encima a Sandra Logan y seguir con mi vida como si nada, sin darle más vueltas, sin medir consecuencias, sin pararme a pensar que quizá para ella no había sido ningún juego.
Y ahora, dieciocho años después, sigue mirándome como si aquello hubiera sido el principio de algo que yo nunca llegué a entender del todo, como si en ese verano hubiera pasado algo más que se me escapó entre las manos sin darme cuenta.
Y lo peor de todo no es no recordarlo...
es empezar a sospechar que quizá nunca quise verlo.
Porque ella y yo siempre hemos sido inseparables. Lo hemos hecho todo juntos, y aquel verano hubo risas, miradas, juegos... Pero nunca pensé que aquello desencadenaría un distanciamiento que la llevaría a odiarme.
No te voy a negar que verla hoy, aunque haya sido de esta manera, me ha hecho recordar nuestra infancia y también me ha hecho sentir en casa. Y es que este casino tiene algo que no puedo explicar, pero que me hace sentir seguro.
De pequeños habíamos venido aquí muchas veces a escondernos de mi padre.
Él bebía sin medida y, cuando eso ocurría, tenía la mano muy suelta.
Demasiado. Sam y yo huíamos de él, y el abuelo de Judith siempre nos escondía aquí, en su casino.
Él nos salvó de muchas palizas, la verdad, aunque mi madre no tenía tanta suerte.
Pero aquella época pasó; una noche, mientras volvía a casa borracho como una cuba, tuvo un accidente y falleció.
No te diré que nos alegrara, pero creo que el destino fue sabio.
Apoyo las manos sobre la mesa y dejo que los dados rueden entre mis dedos un segundo antes de lanzarlos.
Lo hago más por inercia que por interés, porque, aunque todo a mi alrededor sigue en marcha —risas, luces, fichas golpeando el tapete y miradas que buscan suerte donde no la hay—, yo tengo la cabeza en otra parte.
No quiero ni pensar en la presión que debe de estar sintiendo Judith ahora mismo.
Porque si su única salida pasa por casarse...
joder, eso no es una solución, es una condena con fecha límite.
Y, aun así, por más que le dé vueltas, sé que yo no puedo ser esa salida, ni aunque me lo pidiera de rodillas.
Recojo las fichas que acabo de ganar sin mirar siquiera cuánto es y las dejo caer con desgana, mientras uno de los jugadores a mi lado celebra algo como si le fuera la vida en ello; y yo solo puedo pensar en lo poco que encajo yo en todo eso que implica compromiso, estabilidad y promesas.
Nunca he sido de quedarme: ni en sitios, ni con personas.
La sola idea de pensar en una familia me duele y por ello la repelo.
Quizá sea porque tengo algún tipo de trauma infantil o algo de eso, después de vivir un infierno en mi infancia, pero es que no creo en el amor, y pensar en lo que este puede hacer cuando se termina me quita las ganas de experimentarlo.
Estoy muy bien como estoy, picoteando cuando me apetece. Candidatas no me faltan, aunque nunca ninguna ha llamado mi atención en exceso, así que no es algo que me preocupe ni me quite el sueño.
Paso la mano por mi nuca, notando la tensión acumulada, y dejo escapar una sonrisa irónica al recordar todas las veces que me han soltado eso de «algún día sentarás la cabeza», como si en algún momento me fuera a despertar con ganas de compartir mi vida con alguien para siempre.
Lo siento, no funciona así.
He visto demasiado como para creer en finales perfectos, en promesas eternas o en ese tipo de historias que empiezan muy bien y acaban peor, porque, cuando algo se rompe, no queda nada bonito: solo silencio y cosas que no se dicen.
Lanzo los dados de nuevo, esta vez sin pensarlo, y observo cómo rebotan sobre el tapete antes de detenerse, mientras el crupier canta el resultado y alguien a mi lado suelta una maldición.
Yo apenas reacciono. Sigo dándole vueltas a mi cabeza.
Aprieto ligeramente la mandíbula sin apartar la vista de la mesa. Aun así, hay algo en la forma en la que Judith me ha mirado hoy que no encaja con todo eso.
Como si para ella nunca hubiera sido tan simple.
Lanzo los dados otra vez y observo cómo ruedan, pero, justo antes de que se detengan, noto algo extraño, una sensación incómoda, como un cosquilleo en la nuca que no tiene nada que ver con el ruido ni con la gente que se amontona alrededor de la mesa.
Frunzo el ceño ligeramente y levanto la vista, recorriendo la sala sin saber muy bien qué estoy buscando, como si alguien me hubiera llamado sin hacerlo realmente. Comienzo a pensar que don Álvaro Alister no se ha marchado.
Este casino está lleno de su esencia, de su espíritu, de todo él. Y aunque de verdad me gustaría ser la solución a los problemas de Judith, no puedo hacerle más daño.
Miro de nuevo a mi alrededor, pero no veo nada: solo luces, risas, fichas y desconocidos. Pero la sensación no desaparece; al contrario, se intensifica.
Aprieto la mandíbula y, casi sin darme cuenta, alzo la mirada un poco más, hacia una de las cámaras que cuelgan del techo. Pequeña, discreta... pero perfectamente colocada.
Y durante un segundo tengo la sensación de que al otro lado hay alguien mirándome.
Sostengo la mirada más de lo normal, como si esperara encontrar algo o a alguien, pero no hay nada, claro. Solo una cámara, un reflejo, una idea estúpida.
Resoplo por lo bajo y niego con la cabeza. No sé por qué, pero lo primero que me viene a la cabeza es mi infancia.
Llegan a mi mente recuerdos de cuando éramos pequeños y correteábamos por estas salas, de adolescentes cuando aprendíamos los entresijos de estos juegos y de cuando el señor Alister me decía que un día todo aquello podría ser nuestro.
Creo que él siempre pensó que su nieta y yo estábamos predestinados...
Como si el destino existiera, como si hubiera entre nosotros un maldito hilo invisible...
Me vuelvo a centrar en la mesa y observo los dados pasar de mano en mano. Siento cómo algo dentro de mí se alinea con ese movimiento repetido, casi hipnótico, que convierte cada lanzamiento en una promesa breve pero intensa.
A mi alrededor la gente empieza a arremolinarse de nuevo, la partida se anima y el ambiente cambia.
Se vuelve más denso, más eléctrico, como si todos estuviéramos esperando algo que ni siquiera sabemos si va a pasar; y es justo en ese momento, cuando estoy a punto de lanzar los dados otra vez, noto una mano sobre mi hombro y un aliento cálido rozándome el oído.
—Vaya, vaya… Mira a quién tenemos por aquí… Si es el surfista más guapo de toda la costa oeste —dice una voz con un tono juguetón que reconozco al instante—. ¿Qué haces por aquí, bombón? Estás algo lejos de casa.
Me giro y ahí está Virginia, impecable como siempre, con esa elegancia natural que no requiere esfuerzo y esa mirada que analiza más de lo que parece.
Era muy amiga de los Alister; bueno, en realidad lo debe de seguir siendo, pero, por desgracia de don Álvaro, ya no. Me conoce desde que era pequeño y ha seguido toda mi trayectoria en California.
—Buenas tardes, Virginia —respondo con media sonrisa—. Pues ya ve… de vuelta a casa. Hace medio año que me mudé con mi hermana de nuevo, tras tener un accidente haciendo surf. Ahora trabajo como instructor de wakesurf en el hotel Hilton Lake.
—Vaya, no lo sabía. Pero bueno, así estás más cerca… Y ¿qué te ha traído al casino? ¿Has venido a ver a Judith? —pregunta de forma muy coqueta.
—No… En realidad he venido con mi hermana… Me ha traído engañado.
Ella arquea una ceja, claramente divertida, pero en lugar de responder de inmediato se toma su tiempo para observarme de arriba abajo sin ningún tipo de disimulo, como si estuviera escaneándome para una prueba médica.
—Pues me ha sorprendido gratamente verte. Lo cierto es que no te imaginaba por aquí, aunque deberías venir más a menudo —murmura.
Da un paso más cerca, demasiado cerca para ser casual, y apoya una mano en mi brazo con total naturalidad.
—Podríamos tomar un café, así me pones al tanto de tu vida.
Suelto una risa por compromiso mientras intento mantener cierta distancia sin que parezca una retirada estratégica. Virginia no facilita mucho las cosas, pero nota mi incomodidad y decide cambiar de tema.
—¿Y Samantha? —pregunta finalmente, echando un vistazo a mi alrededor.
—Está en el despacho con Judith… resolviendo unos problemas.
—Espero que no sea nada grave —responde, aunque su tono deja claro que lo que realmente le interesa no es esa conversación.
Hace una pausa y entonces sonríe de una forma peligrosa.
—Por cierto… te seguí en tu última competición. Fue espléndida. Es una pena que ya no compitas; estabas tan guapo con ese traje de neopreno… —dice con total tranquilidad, y es que, aunque viene aquí a menudo, Virginia tiene también una casita en la playa en California y le encanta hacer surf.
No puedo evitar soltar una carcajada.
—Ya… la lesión del hombro me ha jodido muchas cosas, y tengo que cuidarme. Por eso tomé la decisión de dejar el surf de competición.
—Claro… —asiente, divertida—, aunque, si en algún momento quieres volver, avísame. Soy tu fan número uno. —Mira a nuestro alrededor y sonríe—. Voy a ver si gano alguna partida al póquer, aunque no es fácil concentrarse teniéndote enfrente.
Se inclina un poco más, bajando la voz como si fuera a contarme un secreto.
—Ten cuidado, cariño… que aquí hay mucha lagarta suelta. —En ese momento ve a varias chicas mirándonos.
Y, antes de que pueda responder, se aparta con esa elegancia suya, dejándome con la sensación de haberme perdido algo importante.
—Definitivamente, necesito una copa —murmuro para mí mismo mientras recojo las fichas.
Miro el reloj y es tardísimo. Tengo que ir a trabajar cagando leches, porque si llego tarde mi jefe me despide. Busco de nuevo a Virginia y le doy mis fichas.
—Tengo que irme a trabajar y no puedo perder más tiempo, aprovéchalas bien.
Ella asiente con una sonrisa en los labios.
—Siempre es un placer verte, Graham —responde.
—Lo mismo digo, Virginia, y ya sabes… la playa sigue en el mismo sitio —contesto, guiñándole un ojo.
Me levanto, echando un último vistazo a la sala mientras busco a Samantha entre la gente, y es entonces cuando la veo acercarse, caminando hacia mí con el móvil en la mano y una sonrisa que no me gusta absolutamente nada.
No sé qué ha hecho, pero, conociéndola, puede ser algo muy malo.
—¿Ya la estás liando? —le pregunto en cuanto está a mi altura.
Ella alza la vista, sonríe aún más y guarda el móvil como si nada.
—Qué va… De momento.
La miro unos segundos, en silencio.
Y no sé por qué… pero tengo la sensación de que, sea lo que sea lo que está tramando, no me va a gustar y, por alguna razón que no pienso analizar, tengo el presentimiento de que Judith tampoco va a salir indemne de esto.