Este casino es mío 5 Una idea disparatada
17%

5 Una idea disparatada

Al final, tanto Sam como Graham han decidido quedarse un rato por aquí y no puedo evitar centrar mi mirada en él; desde el ordenador del despacho puedo controlar las cámaras y me siento como una espectadora de Gran Hermano: no le quito el ojo de encima.

Puede parecer enfermizo, pero es que algo en él —o todo él, más bien— me hechiza, aunque lo negaré hasta la saciedad porque mi odio es más fuerte.

En ese momento, como si notara el peso de mi mirada, Graham levanta la vista hacia una de las cámaras, frunce ligeramente el ceño y sonríe de lado, como si supiera perfectamente que lo estoy observando, y yo aparto la mirada del monitor como si me hubiera pillado haciendo algo ilegal.

De nuevo ese olor tan peculiar me inunda las fosas nasales; es como si mi abuelo estuviera sentado a mi lado, diciéndome: «Ves, niña, ese chico es para ti».

Pues no, abuelo, estás equivocado, y si esa treta que has ideado tenía como propósito vernos casados, te ha salido el tiro por la culata.

De nuevo los recuerdos vienen a mi mente y me llevan a un parque.

Tendríamos unos seis años y Graham me defendió de unos niños más mayores; habían venido a los columpios y me empujaron para montar ellos.

Yo lloraba desconsolada y él no se amedrentó.

A pesar de ser más pequeño que los demás, se enfrentó a ellos, aunque también acabó en el suelo de otro empujón.

Pero ahí ya supe que siempre sería mi salvador.

Aunque, si te soy sincera, no sabía lo equivocada que estaba.

Estoy bien concentrada mirando la mesa en la que está sentado y veo a varias mujeres acercarse a él. Les sonríe, juguetón, y una le sopla los dados de la mano de forma muy insinuante, pero ¿cómo se puede ser tan…?

—He visto a tus amigos por aquí; me ha dicho Rose que les ha dado unas fichas de cortesía. Si haces siempre eso, no ganaremos dinero —suelta Jason, desviando mi atención de la pantalla.

—¿He escuchado bien? Será que no ganaré dinero yo… Tú aquí ni pinchas ni cortas, es mi casino y yo invito a quien me dé la real gana. Ah, y se llama a la puerta del despacho de tu jefa, no se entra como si esto fuera tu casa —comento, algo molesta.

Porque no sé con qué derecho se cree para decirme lo que puedo o no hacer en mi propio casino, cuando él invita a todas las chicas guapas siempre que quiere.

—Y, ya que sacas el tema, lo mismo te digo: sé lo que haces todos los días y eso se ha terminado. No puedes coger más fichas de cortesía sin mi consentimiento; si las quieres, deberás pagarlas como hace todo el mundo —Me mira sorprendido—. Tus ligues no los voy a estar pagando yo.

Creo que por su expresión intenta buscar una respuesta aceptable, pero no la tiene; es normal.

—¿Venías por algo en concreto o solo para echarme en cara que les he regalado diez fichas a cada uno? —suelto, indignada.

—Solo quería saber cómo estabas, nada más. Oye, Judith, sé que la situación nos hace rivales, pero no quiero que lo veas así. Juntos podemos llevar este casino a otra dimensión, tengo muchas ideas y, si quisieras escucharlas…

Lo que me faltaba por oír. Qué falso es.

Jason lleva demasiado tiempo rondando a mi abuelo como para que ahora venga con ese tono conciliador que no se cree ni él.

Lo he visto demasiadas veces apoyado en el respaldo de su silla, inclinándose lo justo para susurrarle cosas al oído mientras yo estaba delante, como si yo no existiera, como si mi opinión fuera un simple trámite que había que saltarse; y también lo he visto cambiar el gesto en cuestión de segundos, sonreírle a él y clavarme después esa mirada fría que utiliza cuando quiere dejar claro quién manda en una sala que ni siquiera es suya.

Ha sabido moverse, eso no se lo puedo negar.

Ha ido ganándose a cada empleado poco a poco: una palmadita por aquí, un favor por allá, invitaciones estratégicas a los clientes adecuados...

Y mientras tanto, yo veía cómo mi abuelo empezaba a escucharlo más de la cuenta, a aceptar cada consejo, a darle un espacio que antes era mío, como si de repente yo hubiera dejado de ser suficiente sin que nadie me avisara.

Y ahora está aquí, plantado en mi despacho, hablándome de equipo, de futuro y de ideas como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera estado meses enteros desmontando cada decisión mía con una sonrisa impecable y palabras perfectamente medidas, y pretende que me crea que quiere ayudarme, que quiere lo mejor para el casino…

cuando lo único que ha querido siempre es esta silla.

—No quiero escucharlas. Estoy bien y el casino lo voy a llevar como lo hacía mi abuelo.

Él me enseñó los entresijos del negocio mucho antes de que tú pusieras un pie en él, y no me vengas ahora de amigo fiel, porque serías como ese que a la que te giras te da una puñalada trapera.

Solo te voy a pedir que no interfieras en mi manera de trabajar y yo no lo haré en la tuya.

Su cara refleja una sonrisa de autosuficiencia que no aguanto.

Jason se apoya en el marco de la puerta con esa calma que utiliza cuando cree que tiene la partida ganada, y sonríe de lado, sin prisa, como si disfrutara saboreando algo que yo todavía no alcanzo a ver del todo.

—Es curioso… —dice, paseando la mirada por el despacho, por la silla, por todo lo que ahora mismo es mío— lo rápido que pueden cambiar las cosas cuando el tiempo empieza a correr en tu contra.

No respondo, pero noto cómo algo se me remueve por dentro.

—Un año parece mucho —añade encogiéndose de hombros—, pero en este negocio he visto imperios caer en menos tiempo… y personas tomar decisiones… precipitadas.

Ahí está, no lo dice, pero lo está insinuando. Sabe que tengo miedo y no puedo permitirlo.

—Así que tranquila —continúa, mirándome por fin a los ojos—, no tengo ninguna prisa… de momento.

Y de nuevo pone esa sonrisa que para mí es mucho peor que cualquier amenaza.

Jason sale del despacho con esa maldita curva todavía dibujada en la cara, y la puerta se cierra tras él con un golpe seco que resuena más de lo que debería en una estancia que, de repente, se me hace demasiado grande.

Me quedo quieta unos segundos, de pie junto a la mesa, con la mirada clavada en la puerta como si esperara que volviera a abrirla solo para tener la excusa perfecta para lanzarle algo a la cabeza.

Pero no, no vuelve, y lo único que queda es ese silencio incómodo que siempre llega después de una tormenta.

Suelto el aire poco a poco, sin darme cuenta de que lo estaba reteniendo, y apoyo las manos sobre la mesa intentando recomponerme.

Pero sus palabras siguen dando vueltas en mi cabeza como una bola de ruleta que no termina de caer en ningún número, rebotando de un lado a otro, recordándome que el tiempo corre, que él lo sabe y que está dispuesto a esperar… porque cree que va a ganar.

Pues no, no pienso ponérselo fácil.

Me dejo caer en la silla de mi abuelo, esa que todavía huele a él, y cierro los ojos un segundo buscando algo de claridad, pero lo único que encuentro es presión, dudas y esa sensación constante de que voy tarde en una carrera que ni siquiera sabía que estaba corriendo.

Y es entonces cuando lo tengo claro: necesito un plan y lo necesito ya.

Así que cojo el móvil casi sin pensarlo y marco el número de Sam, porque si hay alguien capaz de meterse en este desastre conmigo y salir riéndose, esa es ella.

—¿Todavía estás por aquí? Necesito que vengas a mi despacho sola. Tenemos que idear un plan y por una vez en la vida voy a escuchar tus sugerencias.

No pasan ni cinco minutos cuando la tengo plantada frente a mí, con ese vestido azul turquesa que parece más propio de una tarde de cócteles en la playa que de una reunión seria, dando vueltas por el despacho con el móvil en la mano como si estuviera a punto de resolver el mayor problema de la humanidad.

—¡Lo tengo! —exclama de repente, como si acabara de descubrir la cura contra todos mis males.

La miro con desconfianza, apoyándome en el respaldo de la silla y cruzándome de brazos, porque cada vez que dice eso suele venir acompañado de una idea que roza lo ilegal, lo absurdo o ambas cosas a la vez.

—Me da miedo preguntar, pero adelante, ilumíname.

—Mira —dice, acercándose como si fuera a contarme un secreto de Estado—, esta aplicación se llama Match Love. Es para encontrar pareja, citas, conexiones… ya sabes, lo típico. Pero aquí hay de todo, y alguno tiene que servirte.

Tardo exactamente dos segundos en procesarlo.

—No.

Así, sin más.

—¿Cómo que no? —Frunce el ceño, ofendida.

—Como que no pienso meterme en una aplicación de citas como si estuviera desesperada, porque no lo estoy, Sam —respondo, alzando una ceja—.

Es más, me niego a creer que la solución a todo esto pase por quedar con desconocidos que probablemente viven en casa de su madre y tienen una foto de perfil de hace diez años.

—Eres una exagerada —resopla—. Además, tú no vas a buscar el amor, vas a buscar un candidato a marido; es totalmente diferente.

—Ah, claro, qué diferencia tan abismal —ironizo—. No busco pareja, busco marido exprés. Suena muchísimo mejor, dónde va a parar.

Sam pone los ojos en blanco y empieza a trastear con el móvil sin pedirme permiso, lo cual ya me pone en alerta.

—Escúchame antes de seguir quejándote —dice sin mirarme—. Tienes un año, Judith, un año que ya no es un año porque cada día que pasa cuenta, y no puedes pretender que el hombre perfecto aparezca mágicamente en la puerta del casino con un anillo en la mano y ganas de firmar un contrato contigo.

—Pues casi prefiero eso a esto —murmuro, señalando su móvil como si fuera un artefacto peligroso—, porque lo que tú propones es directamente una ruleta rusa emocional.

—Lo que yo propongo es que hagas algo —replica—, porque quedarte aquí sentada mirando cámaras y odiando a Jason o a mi hermano no te va a conseguir un marido.

Aprieto los labios, desviando la mirada un segundo hacia la pantalla donde Graham sigue rodeado de mujeres como si nada, sonriendo, jugando, viviendo su vida como si el mundo fuera sencillo, y algo dentro de mí se revuelve con una mezcla bastante fea de rabia y orgullo porque sé que Sam tiene razón.

—Ni se te ocurra hacerme una foto —advierto de repente, volviendo a mirarla cuando veo cómo levanta el móvil.

—Demasiado tarde.

—Sam.

—Relájate, sales guapísima cuando estás enfadada. Tienes ese punto de «no te acerques o te arranco la cabeza» que seguro que encanta.

—Te juro que como subas esa foto…

—Ya está subida.

Me quedo mirándola en silencio, procesando lo que acaba de hacer, debatiéndome entre estrangularla allí mismo o asumir que, probablemente, ya he cruzado una línea de la que no hay vuelta atrás.

—Eres consciente de que, si esto sale mal, voy a culparte de absolutamente todo, ¿verdad? —le digo finalmente, entrecerrando los ojos.

—Lo asumo —responde con una sonrisa de satisfacción—, pero cuando encuentres a alguien mínimamente decente me lo agradecerás.

—No contaría con ello —murmuro, volviendo a mirar la pantalla, aunque esta vez ya no sé muy bien si estoy observando a Graham… o intentando distraerme de lo que acaba de empezar.

El móvil de Sam vibra entre sus manos y sonríe de repente.

—Tenemos el primer candidato.

Y no sé por qué… pero eso no me tranquiliza en absoluto.