Este casino es mío 4 El primer cara a cara #2
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4 El primer cara a cara #2

—No, claro —asiento lentamente, sosteniéndole la mirada—. Para ti no.

El silencio vuelve a caer entre nosotros, todavía más pesado, más incómodo, como si el aire se hubiera espesado de golpe.

Sam abre la boca, pero no llega a decir nada; y casi mejor, porque esto ya no va con ella.

—Mira, Jud... —empieza él, intentando recomponerse.

—No —lo corto, mirándolo por primera vez de verdad, sin filtros, sin esquivar nada—, no empieces ahora.

Mis dedos se tensan sobre la mesa mientras noto cómo todo lo que llevo años guardando empieza a empujar para salir.

—Porque lo hiciste por hacer, ¿no? —añado, clavando la mirada en él—, como todo lo demás en tu vida: sin pensar, sin preocuparte lo más mínimo por las consecuencias.

Se queda callado.

Y eso... eso sí que no me lo esperaba.

Sam carraspea a un lado, claramente incómoda con la situación que ella misma ha provocado.

—Vale, igual esto no está yendo como yo había planeado...

—¿Planeado? —repito, girándome hacia ella con incredulidad—. ¿Tú planeas este tipo de desastres ahora?

—Intento arreglar las cosas —se defiende, aunque ya sin mucha convicción.

—Pues igual hay cosas que no tienen arreglo —respondo, más suave, pero mucho más firme, dejando claro que esta no es una de esas historias que se solucionan con buenas intenciones.

Y vuelvo a mirar a Graham, sosteniendo esa distancia que, en realidad, nunca ha dejado de existir.

—Sobre todo cuando una de las dos partes ni siquiera se dio cuenta de que fue quien provocó todo esto.

Se ha quedado blanco como el papel y no sabe ni qué decir, pero de repente recuerda el porqué ha venido y continúa con su retahíla de excusas, que es lo único que sabe poner.

—Mira, pelirroja. Siento que tu abuelo te haya puesto esa condición, pero no puedo casarme contigo. Me gusta vivir sin ataduras, viajar, surfear... Y en mis planes no entran bodas. Ni verdaderas ni falsas.

—¿Qué te crees, que yo quiero casarme contigo?

No ha sido idea mía —lo miro con rencor; no por su negativa, sino por estos dieciocho años sin explicaciones y sin disculpas—.

La idea ha sido de tu hermana, que se cree la Celestina.

Pero ya lo he dicho antes: mis problemas los resolveré yo sola.

Y ahora, si me disculpáis, tengo muchas cosas que hacer —comento mientras me levanto de la silla y golpeo con la cadera, sin querer, la mesa de mi abuelo, tirando un marco de fotos al suelo.

Es en ese momento cuando ambos nos agachamos a recogerlo. Sin querer, nuestras manos se rozan y puedo notar una corriente eléctrica recorrer mi cuerpo.

«Genial, ahora también me electrocuta... Perfecto, justo lo que necesitaba hoy».

No quiero mirarlo, pero inconscientemente lo hago; esos ojos me hipnotizan.

Sin embargo, antes de que se dé cuenta, retiro la mirada y él ya ha agarrado el marco.

Al darle la vuelta encuentra nuestra foto, esa en la que éramos unos renacuajos de seis años, unos bichitos adorables (como ha dicho Sam: el trío maravilla) y, con la mirada perdida en el pasado y serio como no lo había visto en mucho tiempo, me devuelve la foto sin saber qué decir.

—Mi abuelo te quería, nunca dejó de preguntarme por ti.

Es una pena que no hayáis tenido la oportunidad de despediros —dejo la foto en su lugar y me dirijo a la puerta—.

Podéis iros cuando queráis. Yo tengo que bajar a la sala.

Si os queréis quedar un rato, decidle a Rose que os dé unas fichas de cortesía de mi parte.

Por cierto, Graham, gracias por venir...

aunque habría preferido que no te hubieran tenido que engañar para hacerlo.

Qué ingenua he sido al pensar que nuestra amistad ha significado algo para ti en algún momento.

En ese instante, y sin dejarle rebatir nada, abandono el despacho, porque ahora mismo mis sentimientos pesan demasiado. Los recuerdos, el dolor, las risas, ese perfume que me acompaña vaya adonde vaya... Porque mi abuelo ha dejado este mundo, pero su alma sigue conmigo.

Cojo distancia; tengo que pensar en un castigo adecuado para Sam. Nos ha hecho una trampa bien gorda y esta no se la perdono.

Escucho unos pasos tras de mí y de repente una mano se posa en mi hombro. Es ella.

—Jud, no te enfades... —empieza Sam, siguiéndome de cerca, con ese tono entre suplicante y culpable que ya me conozco demasiado bien—. Tenía que intentarlo. Sé perfectamente lo que significa este lugar para ti... y también para él. Solo quería que lo recordara y quizá así...

—No, Sam... —la corto, girándome despacio hacia ella, mirándola fijamente mientras siento cómo todo lo que llevo dentro y me he callado tanto tiempo quiere salir de golpe—. Nos la has jugado, y lo sabes.

Mi voz no es alta, ni siquiera tiembla, pero lleva todo el peso de lo que no he dicho en años.

—Te quiero, lo sabes de sobra —añado, bajando un poco el tono, pero sin apartar la mirada—, pero te has pasado.

Ella baja la vista, incómoda, removiéndose ligeramente en su sitio.

—Yo solo quería ayudar, Jud...

—Ya —respondo, negando con la cabeza mientras suelto el aire poco a poco—, pero no me vengas con cuentos, porque sabes perfectamente que esto no funciona así.

Me paso una mano por la cara, intentando recomponerme, aunque sé que voy tarde para eso.

—Deja de vivir en tu mundo de arcoíris y finales felices, ¿vale? Porque la vida real no es tan bonita, y mucho menos ahora mismo.

Trago saliva, notando cómo se me hace un nudo en la garganta que no pienso dejar salir.

—Estoy rota, Sam... —le digo al fin, mirándola de frente, sin esconderme—, rota de verdad, y aun así tengo que venir aquí cada día, sonreír, aparentar que todo está bajo control, porque él lo quería así...

Porque siempre me enseñó a no venirme abajo.

Pero tú sabes tan bien como yo que cada día es una cuenta atrás diferente, que yo quería el casino sin condiciones y que solo la idea de ver su despacho vacío me duele.

El silencio que queda entre nosotras es denso, incómodo, de esos que lo dicen todo sin necesidad de palabras.

—Así que no me lo pongas más difícil tú también... por favor.

Sam da un paso hacia mí, dudando, como si no supiera muy bien hasta dónde puede acercarse.

—Jud...

Pero, antes de que siga hablando, la agarro por los hombros, obligándola a mirarme.

—Sabes lo que me costó, Sam, lo sabes mejor que nadie —le digo, apretando un poco los dedos sin darme cuenta—, porque no fue solo un beso, no fue una tontería de verano... Para mí lo fue todo, absolutamente todo.

Aprieto la mandíbula, intentando mantener la compostura.

—Empecé a sentir cosas de verdad, y no hablo de una tontería pasajera, hablo de algo que me cambió por dentro... —Una risa seca se me escapa, amarga—, y él ni siquiera se enteró.

Sam cierra los ojos un segundo, como si también le doliera.

—Me dolió mucho —continúo, más bajo, pero más sincera que nunca—, muchísimo, y me costó años salir de ahí, de ese bucle infernal en el que me sumí por él.

Suelto el aire lentamente y aflojo el agarre sobre sus hombros.

—Así que no, no puedo hacer como si nada hubiera pasado, no puedo ponerme a su lado como si todo esto fuera un simple acuerdo... Ni siquiera aunque fuera mentira.

La miro una última vez, dejando que entienda lo que no quiero repetir.

—Porque para mí no lo sería.

Sam se queda en silencio, mirándome, sin intentar interrumpirme esta vez, sin intentar arreglar nada con palabras.

Y entonces, sin decir nada más, me abraza con fuerza, de esa forma suya que siempre consigue sostenerme aunque todo se tambalee.

—Vale... —murmura contra mi hombro—, vale...

Se separa un poco, pero no del todo, como si no quisiera soltarme aún.

—Pero el tiempo sigue corriendo, Jud...

Asiento despacio, dejando escapar el aire que llevaba reteniendo.

—Lo sé.

—Trescientos cincuenta y un días...

Tengo claras muchas cosas, y sí, sé muy bien que el tiempo corre en mi contra, pero también sé que Graham no es una opción; y que, aunque he estado muy enamorada de él, el odio puede más que ese amor.