Este casino es mío 4 El primer cara a cara
11%

4 El primer cara a cara

Ya han pasado dos semanas desde que tomé posesión de la dirección del casino y las cosas funcionan bien.

Todo sigue como siempre y eso, en parte, es un gran alivio.

En ocasiones me da la impresión de sentirme un poco vigilada, y eso tiene que ver con Jason; él y su chupipandi particular están esperando a que tropiece, algo que no estoy dispuesta a permitir.

Estos días han sido de locos. He estado revisando informes de pérdidas y ganancias, incidencias del casino, fichas de clientes VIP...

Vamos, que he tenido unas noches algo moviditas.

Tengo que hacerme con todo rápidamente y no es fácil teniendo a un ave de rapiña vigilando cada paso que doy.

Pero, cuando me encierro en el despacho, tranquila, me permito el lujo de soñar que esto no está pasando y que no pesa una maldita condición para que esto sea mío de verdad.

Cuando vuelvo a la realidad viene el problema más grande: el tiempo corre en mi contra y, por más que lo pienso, no encuentro una solución a corto plazo.

El matrimonio, para mí, es como la urticaria.

No tenía pensado casarme jamás, y mi abuelo lo sabía.

Me la ha jugado pero bien. Esto es como una mala partida de póquer en la que vas con el todo o nada, y yo siento que tengo las de perder.

De repente, la puerta de mi despacho se abre sin previo aviso y Sam entra como un torbellino, como si el mundo no se estuviera desmoronando a mi alrededor.

Está acompañada por alguien a quien no quería ver ni en pintura, alguien que consigue que el aire se vuelva más denso en cuestión de segundos.

No me preguntes por qué, pero mis ojos se clavan en los suyos sin que pueda evitarlo, en ese azul intenso que recuerdo demasiado bien, en esos tatuajes que le recorren los brazos como si quisieran recordarme todo lo que intento olvidar...

¿Por qué tiene que estar tan bueno? En serio, universo, ¿era necesario?

«Borra esa imagen de tu mente ahora mismo, Judith, porque, cuando lo tienes cerca, pierdes el norte y eso es justo lo que no puedes permitirte».

—¿Qué haces aquí, Sam? Tengo trabajo —digo, intentando sonar molesta, aunque lo que realmente estoy es incómoda. Muy incómoda, porque sé perfectamente a qué ha venido y no pienso entrar en su juego.

—A mí no me mires, pelirroja, que yo he venido engañado —dice él, y solo por eso ya me entran ganas de echarlos a los dos del despacho.

—Ya, claro. Seguro que tenías cosas muchísimo más importantes que hacer, como estar rodeado de alguna de esas niñatas que babean por ti mientras fingen que les interesa aprender wakesurf —respondo con una mueca exagerada, imitando a esas chicas con voz absurda—: «Oh, Graham, no sé mantener el equilibrio, ¿puedes ayudarme? ».

—¿Celosa? —pregunta, con esa sonrisa que antes me hacía gracia y ahora me pone de los nervios.

—¿Yo? ¿Por ti? Más quisieras, chato —respondo, cruzándome de brazos, aunque la rabia ya empieza a hervirme por dentro.

Sam, que hasta ahora había permanecido en un segundo plano —como si no estuviera disfrutando del desastre emocional que acaba de provocar—, da un paso al frente, se cruza de brazos y nos mira a los dos con una media sonrisa que ya conozco demasiado bien.

Esa que significa que está a punto de soltar algo que no debería.

—Vale, voy a decirlo porque alguien tiene que hacerlo —empieza, girando la cabeza de uno a otro como si estuviera arbitrando un combate—.

Pero es que es imposible tomarse esto en serio cuando estáis los dos aquí plantados mirándoos como si os odiarais, cuando, en realidad, lo único que necesitáis es encerraros en una habitación, quitaros la ropa y resolver dieciocho años de tensión sexual acumulada de una vez.

—¿Perdona? —digo, mirándola con los ojos como platos mientras noto cómo la sangre me sube a las mejillas a una velocidad preocupante.

Graham suelta una carcajada por lo bajo, de esas que intenta disimular pero que lo traicionan igual, y se pasa la mano por la cabeza como si, de repente, todo esto le resultara más divertido de lo que debería.

—Tu hermana está fatal —murmuro, evitando mirarlo más de la cuenta porque ya bastante tengo con lo que acaba de decir—. Fatal de la cabeza.

—No, no, perdona —continúa Sam, señalándome con el dedo como si acabara de descubrir América—, porque tú estás muy indignada, pero llevas mirándolo como si fuera un pecado capital con piernas desde que ha entrado.

—¡Eso no es verdad! —respondo demasiado rápido, lo cual, evidentemente, no ayuda en absoluto a mi defensa.

—Ah, no —dice ella, arqueando una ceja—. Entonces debe de ser que el aire del despacho te está afectando, porque, hija mía, esa cara no es de odio precisamente.

—Es de incredulidad —replico, cruzándome de brazos—, porque sigo sin entender cómo alguien puede ganarse la vida enseñando a jovencitas a practicar un deporte que ni siquiera es surf de verdad... Wakesurf, eso es para los «quiero y no puedo».

—Oye —interviene Graham, ahora sí mirándome directamente, con esa sonrisa suya que debería estar prohibida—, que es un deporte muy divertido. Cuando quieras te lo demuestro. No todos podemos ir a California a hacer surf cuando queramos.

—Claro, como si yo me fuera cada fin de semana —asiento con sarcasmo—. Además, eres tonto si crees que las chicas que van a tus clases lo hacen por aprender; solo lo hacen para seguirte con la mirada cuando sales del agua. Eso lo dominan perfectamente.

Sam se lleva la mano a la boca para no reírse, aunque le dura exactamente dos segundos.

—De verdad, sois insufribles —dice entre risas—, pero, si esto no es tensión sexual sin resolver, yo ya no sé lo que es.

—Esto —respondo, señalándolo a él sin mirarlo— es un error de la naturaleza que se niega a desaparecer de mi vida.

—Y tú —contesta él, sin perder la sonrisa— sigues siendo igual de dramática que siempre, pelirroja.

—Y tú igual de insoportable.

Cómo odio que me llamen así.

—Y tú igual de guapa cuando te enfadas.

Dios, juro que este hombre es insufrible.

—Vale —dice Sam, dando una palmada—. Retiro lo dicho, no necesitáis una habitación... Necesitáis directamente perderos en una isla desierta y que no os vayan a buscar en un año, porque aquí hay material para todo ese tiempo o más.

—Sam, deja las drogas, que te están atrofiando el cerebro —digo indignada.

—Si tú lo dices... De verdad, lleváis así dieciocho años ya... ¿No podéis hacer las paces? Además, ya te lo he dicho, Jud: él es la respuesta a todos tus problemas.

Ahora Graham nos mira a las dos arqueando una ceja. Creo que Sam no le ha explicado sus planes, y no me sorprende; es una gran artífice, pero hacerle eso a su propio hermano...

—Sam, en serio, no nos metas en tus locas ideas. Mis problemas son solo míos y los resolveré yo sola.

—¿Qué coño pasa, Sam? —dice Graham, algo molesto—. Mira, he aceptado que me trajeras aquí, aun sabiendo, desde que hemos entrado, que no íbamos a comer como me habías dicho, o al menos no solos, pero aquí hay algo que me estoy perdiendo y ya me lo estáis diciendo.

Ahora nos mira a las dos, como si yo tuviera algo que ver en todo esto.

—Vale, voy a decirlo... Pero no me odies, hermanito. Bueno, sí, probablemente me odiarás, pero la realidad es que no me importa en absoluto.

Sam arranca con la historia de mi herencia y yo la apunto con un boli mientras pienso en las ganas de asesinarla que tengo ahora mismo. Vale que un boli no es muy efectivo, pero oye... en mi mesa tengo un abrecartas.

—Ni se te ocurra, Sam.

Pero nada, ya lo ha soltado.

—Graham, no te enfades. No me digas que no es la solución perfecta. Os conocéis de toda la vida, tú te has criado en este casino y su abuelo seguro que lo habría aceptado. Además, solo tenéis que aparentar, nada más. Y, de paso, así podrías tener un trabajo de verdad.

Él la mira como si le hubiera salido un tercer ojo, y no me extraña.

—¿Tú te has vuelto loca? No pienso casarme con Judith, y ya tengo un trabajo de verdad.

Sam lo mira apenada.

—Joder, Graham, se lo debes... —empieza Sam, pero se detiene un segundo, mirándonos a los dos como si midiera muy bien hasta dónde puede llegar—, porque las cosas no acabaron bien entre vosotros, y eso lo sabes perfectamente, aunque prefieras mirar hacia otro lado.

Y, en cuanto al trabajo, sabes que no puedes estar toda la vida con ese tema.

Tienes una lesión, por eso ya no compites; deberías replantearte tu vida.

El silencio que se instala en el despacho es incómodo, denso, de esos que no necesitan palabras para hacerse notar, y yo aprieto el bolígrafo entre los dedos sin dignarme a mirarlo, porque no pienso darle ese gusto después de todo este tiempo.

Él parece dolido ante el recuerdo de que todo por lo que había luchado se desvaneció por un accidente, aunque eso no viene al caso ahora.

—¿Ah, sí? —responde él, más serio de lo que esperaba—. Pues es curioso, porque yo no recuerdo que nadie me explicara absolutamente nada.

Ahí está. Claro que sí. Dieciocho años después y sigue exactamente igual, sin enterarse de nada, sin haberse molestado siquiera en entender lo que pasó.

Suelto una risa baja, sin humor, de esas que salen solas cuando algo te supera.

—Claro que no —murmuro—. Para eso hay que prestar atención, Graham, y nunca ha sido precisamente tu fuerte.

Sam nos mira claramente incómoda, pero incapaz de intervenir todavía.

—Vale... —dice al final, levantando las manos en un intento de calmar las aguas—. Solo digo que igual ya va siendo hora de dejar de hacer como si aquí no hubiera pasado nada.

—Aquí no ha pasado nada —responde él con frialdad, como si de verdad se lo creyera.

Levanto la vista de golpe, incapaz de contenerme.

—Exacto —sonrío, pero sin rastro de alegría—, absolutamente nada. Solo un verano, un beso... y una estupidez de adolescente, ¿verdad?

Graham frunce el ceño, incómodo, y por primera vez parece dudar.

—No fue para tanto.

Y, en ese preciso instante, algo dentro de mí hace clic. Algo que creía enterrado pero que, claramente, sigue ahí, intacto.