Este casino es mío 3 Enfrentándome a su fantasma
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3 Enfrentándome a su fantasma

Ayer todo era negro y hoy sigue igual, pero tengo que levantar la cabeza y parecer feliz; no puedo dejar que Jason crea que tiene la sartén por el mango.

He decidido hacer una reunión con el personal, pero primero hablaré con él mientras me instalo en mi nuevo despacho, el que era de mi abuelo.

Sí, lo hago para marcar territorio y que entienda de una vez que, por ahora, en este casino mando yo.

Voy a hacer caso a Sam y voy a dejarle claro cuál es su lugar, al menos por el momento. Y, aunque no te negaré que me asusta pensar qué va a ser de mi vida este año, estoy dispuesta a lo que sea para no perder el casino.

Así que me levanto de la cama con la mente despejada, me doy una ducha relajante sin pensar en todo lo que se me viene encima, me pongo mi traje chaqueta rosa —porque yo lo valgo—, mis tacones de diez centímetros y me subo a mi coche para dirigirme al que, a partir de hoy, es mi legado.

Al entrar por la puerta todos me miran sorprendidos; muchos me saludan con duda en la mirada.

Sé que tienen ganas de saber qué les aguarda y muchos tienen miedo de perder su empleo, pero no pienso prescindir de nadie.

Al único que mandaría a paseo no lo puedo despedir.

Sí, eso también venía incluido en las cláusulas malditas.

Convoco una reunión urgente en el gran salón y subo a la oficina para ir recogiendo mis cosas y trasladarme al despacho de mi abuelo.

Jason no tarda en asomar la cabeza por la puerta. Llama con cautela, aunque no puede evitar tener ese aire de superioridad que yo tanto odio. Lo miro y algo en él me llama la atención: su cara. Por una vez en la vida, me mira sin saber qué decir, y eso me hace sonreír por dentro.

Si no fuera porque es lo peor, podría decirte que no está mal del todo. Es alto, fuerte y, aunque es calvo, tiene un algo... que no sabría definir, pero que causa furor en las mujeres. No en mí, claro está. Aunque, si no fuera mi rival acérrimo, quizá podría haber tenido una noche de pasión con él.

Y ya sé que lo he insultado hasta la saciedad; no creas que algo ha cambiado, pero tenía que decírtelo para ponerte en situación.

—¿Recoges tus cosas? —pregunta como si fuera algo extraño, cuando es bastante obvio.

—Claro, voy a ocupar el despacho de mi abuelo; es lo normal. Soy la nueva directora del casino, además de la propietaria.

Ahora es cuando le cambia la cara. Me mira con un poco de desprecio, pero me da exactamente igual.

—Jason, he estado valorando muchas cosas.

Sé que ayer todo me cogió por sorpresa; mi abuelo me lo va a poner difícil, pero quiero que sepas una cosa: lo que dije iba en serio.

No pienso cederte así como así este casino, y mientras sea la propietaria me tratarás como tal, me tendrás el respeto que merezco y, si no puedes dejar nuestras diferencias a un lado, te invito a cruzar la puerta de salida —comento, como si nada, mientras guardo mis cosas, entre ellas una foto con mi abuelo y mis amigos.

—Judith, te conozco muy bien, y no importa a qué juego quieras jugar; me los conozco todos. Y sabes que siempre calo a los tramposos... No me importa que ocupes el despacho de tu abuelo, pero las manecillas del reloj avanzan, y un año vuela.

La rabia se apodera de mí. Aprieto los puños hasta clavarme las uñas.

—Agradecería que los empleados no supieran nada de todo esto.

Por ahora el casino es mío y deberás respetarlo.

Dejaré que mantengas tu cargo de ayudante de dirección, pero no me toques las narices, Jason, porque no hay ninguna cláusula en la herencia de mi abuelo que me impida ponerte de portero o de relaciones públicas, así que no juegues conmigo.

Su mandíbula se tensa por momentos. Eso no se lo esperaba, ¿eh?

—Tú lo has dicho, el tiempo corre, pero a veces el amor es ciego y yo me he propuesto que este casino siga siendo de los Alister. Y que yo sepa, tú no llevas ese apellido —suelto, firme y segura de mí misma.

—Está bien. Tiempo al tiempo, Judith. Tiempo al tiempo.

En ese momento, con una sonrisa socarrona más falsa que un billete del Monopoly, se da la vuelta para salir del despacho.

—Señorita Alister, no Judith. Y espero no tener que repetírtelo —le advierto, muy seria.

—En un año.

Y es en ese instante cuando se va y me deja rabiosa, enfadada y echando humo por las orejas.

Cuando bajo al gran salón, ya están todos los empleados esperando. Jason hace su papel y se posiciona a mi lado, como todo un actor de cine, como si mi pena le doliera... Qué falso, por favor. Cojo el micrófono que utilizamos para los espectáculos y me dirijo a la plantilla.

—Buenos días. Os he reunido aquí para comunicaros que tanto la propiedad del casino como su dirección me han sido transferidas. Eso quiere decir que a partir de hoy yo seré la persona al mando y que cualquier petición me la tendréis que hacer a mí.

Observo cómo muchos empleados, los que llevan con mi abuelo más años, sonríen. Me quieren como a una hija y se alegran. En concreto Sharon y Whinett, la jefa de barra y una de las crupieres más antiguas. Otros, sin embargo, se sorprenden y miran a Jason sin saber qué decir.

—Quiero que todo continúe igual que siempre.

Cada uno de vosotros sois importantes para el Casino Alister, y también lo sois para mí.

Solo quiero deciros que cualquier cosa que necesitéis podéis venir al despacho a contármela, como habéis hecho siempre con mi abuelo.

Aprendí del mejor los entresijos de este lugar y espero que, aunque ahora haya a quien le resulte complicado verme en su puesto, os adaptéis y entendáis que esto no es solo un casino, es una familia, y juntos lograremos todo lo que nos propongamos.

Con esas palabras me despido. Al bajar del escenario, muchos me felicitan entre abrazos, y yo me permito por un momento confiar en que voy a lograr que este casino sea mío para siempre.

Los dejo volver a sus quehaceres cuando subo a mi nuevo despacho.

Al entrar, la ausencia de mi abuelo me transporta a una vida pasada: a las veces que jugaba en este despacho, cuando estaba aquí con Sam y con su hermano; a las ocasiones en las que me sentaba en sus rodillas a ver las cámaras de seguridad; cuando me explicaba cómo llevar la contabilidad; las veces que me enseñó a controlar las cajas fuertes y las retiradas de efectivo; y miles de cosas más que se gestionan desde el sillón del director.

Gestionar un casino puede parecer sencillo, pero no lo es tanto.

A simple vista es un lugar para jugar, despejarte y poder ganar algo de dinero en el mejor de los casos; pero piensa que nuestro complejo es enorme y hay que gestionar el casino, el hotel, la restauración, los espectáculos, la seguridad, la atención VIP, las finanzas, el marketing, los eventos, a todo el personal y, lo más importante, el cumplimiento legal.

La suerte es que tenemos bastantes empleados y cada uno tiene su función. Es por ello por lo que, en breve, tendré que hacer una reunión adicional con todos los jefes de departamento para coordinarnos bien y que nada se me escape.

Aspiro profundamente y todo huele a él, a esa colonia que tanto odio pero que en estos momentos añoro demasiado. Me siento en el sillón tras la mesa y observo sus cosas.

Una pluma estilográfica que le regalé hace unos años, con un grabado muy especial: «Tú y yo juntos hasta el fin del mundo».

Con ella siempre firmaba los contratos y los cheques.

Una foto de mi abuela, de mi madre y mía.

Mi abuela partió hace mucho al otro mundo; murió en un accidente hace unos diez años.

Mi abuelo lo pasó muy mal, porque la quería con locura, pero se apoyó en nosotras y nunca decayó a pesar de su enfermedad.

En el fondo siempre fue un romántico empedernido. Por eso no me sorprende que me la haya jugado, pero ponerle plazo al amor es una jugarreta muy sucia.

A mis treinta y cinco años nunca me he enamorado de verdad. Siempre he estado centrada en mis estudios, en la familia, en el casino... y en sobrevivir a los idiotas que se cruzaban en mi camino. Pero sí hubo alguien demasiado importante para mí: Graham Denison.

Mi mejor amigo desde siempre, el hermano mellizo de Sam, con esa sonrisa que te hacía olvidar la lógica.

Nos volvimos inseparables... hasta que decidió besarme en el momento más inoportuno de mi vida, mientras jugábamos a la botella en el campamento de verano, y después siguió como si nada hubiera pasado.

Quizá para él fue un beso más, un tonto juego, pero para mí fue diferente. Ese beso despertó en mí algo que nunca había sentido y por eso no he sido capaz de perdonarlo.

Él nunca entendió mi enfado. Yo me distancié, me hice la dura y con los años ambos cambiamos. Él sigue trabajando como socorrista en uno de los hoteles más prestigiosos de Las Vegas y enseñando wakesurf a adolescentes que solo van a mirarle el culo. Y yo... bueno, yo aprendí a odiarlo sin más.

Aunque no tanto como a Jason, eso sería imposible; pero lo odio con todo el rencor de un verano arruinado y unas ilusiones rotas.

A veces pienso en lo injusta que es la vida: los imbéciles siguen felices, y yo aquí, luchando por un casino que representa todo lo que amo.

Pero ¿sabes qué? Que se quede con sus ojazos, sus chicas y sus fiestas.

Yo tengo un legado que proteger y un enemigo calvo al que odiar...

y eso, querida mía, es mucho más divertido.