Este casino es mío 2 Una herencia maldita
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2 Una herencia maldita

Han transcurrido varios días desde la muerte de mi abuelo y nos llaman para la lectura del testamento. Cuando llego a la sala del notario, Jason ya está esperando como un ave de rapiña; si es que más asco no le puedo tener.

Estos días son insoportables. Tras dos días de cierre del casino, volvemos a abrir las puertas y todos los empleados ya lo tratan como al jefe, a lo que yo me niego en rotundo.

Quiere darme órdenes y también instalarse en el despacho de mi abuelo, algo que, por supuesto, no le permito; no hasta que hoy el notario aclare para quién es ese puesto.

Pero me temo que sabe algo que yo no sé.

Se lo tiene muy creído y yo... he perdido toda esperanza de que el casino siga siendo mío.

Cuando entramos en la sala, Mark, el abogado de la familia, está junto al notario, un joven muy bien vestido que me observa con expresión incrédula.

—Tú debes de ser Judith Alister. Encantado, soy Dennis Brown y hoy realizaré la lectura de las últimas voluntades de tu abuelo. Toma asiento, por favor, y procedamos; el tiempo es oro.

Me aprieta el hombro con una mano, como dándome ánimos, y ya me lo ha dicho todo. Tendré que pensar qué voy a hacer con mi futuro, porque no voy a ser la jefa de sala de un casino en manos de un depravado como Jason, que solo sabe mirar el culo a todas las chicas.

Todos se sientan y mi madre, que está a mi lado, me sostiene la mano tan asustada como yo.

Por un momento pienso que no sé cómo mi abuelo ha sido capaz de algo así, pero seguro que lo ha hecho, y la rabia se me refleja en la cara.

—No te adelantes a los acontecimientos, hija, y vamos a escuchar a este chico. Tu abuelo siempre ha sido muy puntilloso, pero dudo que juegue con tu futuro.

La observo apenada. Eso es cierto, pero seguro que habrá añadido una cláusula para que no me pueda echar o, peor aún, para que lo llevemos juntos. Porque es cierto que el casino no lo puedo llevar sola, y eso me asusta todavía más.

—Buenos días de nuevo. Vamos a empezar.

El notario se aclara la garganta, abre una carpeta de cuero oscuro y pasa un par de hojas con parsimonia estudiada. Ese silencio previo es casi peor que cualquier sentencia.

—Don Álvaro Alister, en pleno uso de sus facultades, deja constancia de su última voluntad —comienza—. En primer lugar, desea expresar su agradecimiento a todos los empleados del casino Alister, a quienes considera parte fundamental de su legado.

Jason se remueve en la silla, impaciente. Yo aprieto la mano de mi madre con más fuerza.

—En cuanto a sus bienes —prosigue—, establece lo siguiente: el cincuenta por ciento de su fortuna personal pasará a su hija, Margaret Alister.

Mi madre suelta el aire que llevaba reteniendo, como si ese dato la hubiera devuelto por un instante a la vida. Yo apenas lo proceso. Mi cabeza está en otra parte.

—El otro cincuenta por ciento de la fortuna, así como todas las propiedades privadas a nombre del difunto, pasarán a su nieta, Judith Alister.

Parpadeo. Dos veces. El corazón me da un vuelco tan fuerte que me mareo. Mark me dedica una leve sonrisa, cómplice. Jason, en cambio, frunce el ceño.

—Asimismo —continúa Dennis—, el Casino Alister, con todos sus activos, licencias y participaciones, será legado a Judith Alister... bajo una condición expresa.

Ahí está. Lo sabía. Siento cómo la esperanza se me escurre entre los dedos.

—La heredera deberá contraer matrimonio en un plazo no superior a un año a partir de la lectura de este testamento y dirigir el casino junto a su esposo.

Un murmullo ahogado recorre la sala. Mi madre me mira horrorizada. Yo me quedo completamente inmóvil.

—En caso de que dicha condición no se cumpla —añade el notario sin levantar la vista—, la dirección del casino pasará íntegramente a Jason Queen.

Jason sonríe. No una sonrisa cualquiera. Es una sonrisa de victoria anticipada, de quien cree tener el tiempo de su parte.

—Esto es una broma... —susurro, pero nadie me escucha.

—Don Álvaro deja claro —prosigue Dennis— que esta cláusula no es negociable y que su intención es asegurar la continuidad del casino como empresa familiar sólida, dirigida por dos personas comprometidas tanto entre sí como con el negocio.

—¿Comprometidas? —salta Jason, con tono burlón—. Parece que el viejo sabía lo que hacía.

Me levanto de golpe.

—¡Mi abuelo no me obligaría a casarme así como así! —espeto, temblando de rabia—. ¡Esto es indignante!

El notario alza la mirada por primera vez.

—Entiendo que la condición pueda resultarle... controvertida, señorita Alister, pero es perfectamente legal y está redactada con absoluta claridad.

Mark interviene entonces, con voz calmada:

—Judith, tu abuelo confiaba en ti. Creía que encontrarías la forma de proteger lo que amaba.

Protegerlo. ¿Casándome por obligación?

Miro a Jason, que me observa como si ya fuera suyo todo: el casino, el despacho de mi abuelo... y mi derrota.

Pero entonces algo se enciende dentro de mí. Una chispa. Porque mi abuelo también me conocía. Sabía que no me rendiría.

—Un año —murmuro, sentándome de nuevo—. Muy bien.

Jason arquea una ceja, sorprendido.

—Un año es mucho tiempo —añado, mirándolo fijamente—. Y este casino sigue siendo mío... por ahora.

Mi madre me aprieta la mano, esta vez con fuerza y orgullo.

Puede que mi abuelo me haya puesto la prueba más difícil de mi vida. Pero todavía no ha escrito mi final.

Tras la lectura del testamento, estoy gravemente afectada.

No me lo puedo creer: mi abuelo me ha dejado una herencia envenenada.

Sí, todos sus bienes son míos, pero eso no me importa; lo que realmente quiero es el casino, y no por ser la directora o ganar dinero, sino porque ese lugar es demasiado especial para mí y guarda muy buenos momentos con mi abuelo.

Todavía me veo como una niña pequeña corriendo por las salas, alucinando con los colores, viendo cómo los crupieres barajan las cartas y las reparten de forma magistral, o cómo giran la ruleta y la bolita va danzando por ella hasta posarse en el número ganador.

Las risas de la gente, las bailarinas y sus trajes, con los que yo solo podía soñar, la música y el bling bling de las máquinas al dar un premio.

Esos recuerdos nunca me dejarán. En aquella época disfrutaba de mi abuelo al máximo.

Siempre estaba por aquí porque mi madre trabajaba en el casino como camarera; nunca le ha interesado la dirección ni tener responsabilidades, ella siempre prefirió ser una más.

Y, por una parte, la entiendo: las responsabilidades agobian demasiado.

Pero yo estoy hecha de otra pasta. Mi abuelo me lo inculcó así, siempre me dijo que algún día el casino sería mío, y pienso hacer lo que sea por conseguirlo.

Todo cambió cuando Jason puso un pie en él.

Con su talento innato para el juego, su ojo para cazar a los tramposos, su palabrerío y su peloteo hacia mi abuelo, se lo supo ganar muy bien y acabó convenciéndolo de que un negocio así no lo puedo llevar yo sola.

Pero está muy equivocado. Yo sola me basto y me sobro, porque te aseguro que nadie sabe más de este negocio que yo, nadie conoce mejor a los empleados y nadie ama este casino como yo.

Y no es solo por los beneficios que da, es por el vínculo que me une a él y porque siempre me recordará a mi abuelo.

Tras salir del despacho del notario, mi madre quiere hablar conmigo, pero estoy tan sumamente enfadada que desaparezco.

No espero a nadie; solo necesito un margarita y a mi mejor amiga, esa que me ayudaría a deshacerme del cadáver de Jason sin dudarlo.

Pero la sangre no llegará al río, aunque ahora mismo solo deseo sacarle las tripas por la boca y que desaparezca del mapa.

Soy toda una profesional y ganaré el casino sin tocarle un pelo de la cabeza, si lo tuviera, claro.

Porque no te lo he dicho, pero es calvo como una bola de billar.

Mi teléfono suena y en la pantalla aparece su nombre. Parece que me ha leído el pensamiento. Lo ignoro; nada me interesa ahora de ese ser despreciable. ¿Qué quiere? ¿Mofarse de mí? No pienso permitírselo.

Marco rápidamente el número de Samantha mientras sorteo el tráfico con lágrimas de rabia en los ojos, y no tarda en contestar.

—Dime que eres la gran jefaza y que Jason se irá de patitas a la calle.

Respiro profundamente antes de contestar.

—Necesito una copa, Sam, o dos... En cuanto al casino, es mío, por el momento. Te lo cuento en diez minutos; estoy de camino a tu casa. Así que ve bajando, que no tardo nada.

No te lo he contado, pero Sam es bailarina. Solo trabaja tres días por semana en una academia de baile y los fines de semana en un local de copas, por lo que tiene bastante tiempo libre.

Cuando llego a su casa, ya me está esperando sentada en el porche. Sube a mi coche y me mira sin entender nada.

—Chica, vaya cara que traes. Parece que, en lugar de heredar un casino, te hayan condenado a cadena perpetua —dice despreocupada.

Espera a que le cuente todo; va a flipar.

—Algo de eso hay, no creas.

Y ahí, en ese preciso instante, indignada como estoy, exploto y se lo cuento todo: la cara de mi madre, la sonrisilla del notario, las miradas del abogado, la amplia sonrisa de Jason y mi estado de desagrado, humillación y enfado.

—Joder con tu abuelo, cómo se las gasta.

Pero, Jud, no lo veas como algo horrible; míralo como una oportunidad de destruir a ese imbécil poco a poco.

—La miro sin entender. Incluso ella sonríe, mientras yo no soy capaz de hacerlo—.

No me mires así, piénsalo bien: tienes un año, trescientos sesenta y cinco días para decir «sí, quiero», y en ese tiempo puedes conocer a alguien adecuado y ofrecerle el mejor acuerdo de su vida.

La miro de nuevo con los ojos tan abiertos que se me van a caer.

—¿Estás insinuando que fuerce un matrimonio?

Lo pienso por un momento y no es tan mala idea. Si hacemos algún acuerdo primero y todo queda pactado, con la persona adecuada puede funcionar. Pero ¿quién va a aceptar algo así?

—Sí, ya sé que suena de locos, pero escúchame: hay muchos tipos que aceptarían sin pensarlo. Eres una belleza, divertida cuando te lo permites, rica, y les ofreces un trabajo a cambio de un anillo... No es un mal plan.

No, pero definitivamente se le ha ido mucho la pinza.

—¿Y de dónde saco yo a un tío que quiera eso? —pregunto mientras llegamos al bar y estaciono el coche.

—Yo puedo tener un candidato. Es guapo, listo, ese trabajo le iría de perlas y hay confianza como para pedirle ese favor... —Me mira alzando las cejas y ya sé de quién me habla. Y la respuesta es no.

—Ni de coña.

—Pero si no te he dicho quién es... Además, el tiempo corre en tu contra y sabes que podéis fingir perfectamente. Te conoce mejor que nadie.

Tiene razón, pero somos como el agua y el aceite; no podemos estar juntos. Lo odio casi tanto como a Jason desde que tuvimos nuestros más y nuestros menos en un campamento de verano, y no es un buen candidato para mí.

—Sam, sabes que Graham y yo no nos aguantamos desde hace años. Aquel verano marcó un antes y un después en nuestra relación y no voy a pedirle este favor. Además, sabes de sobra que odia los compromisos y este trato implica uno enorme.

—Pues no se lo pidas tú, lo hago yo. Soy su hermana, no puede negarse... ¿no?

Niego con la cabeza. No tiene remedio.

—Puede y lo hará, así que mejor vamos a pensar en otra alternativa. Trescientos sesenta y cinco días...

Y, tras iniciar esa cuenta atrás, pido una copa, otra y otra, hasta que terminamos bailando una canción ridícula, muy movida, de España, que se hizo viral hace muchos años, pero que todavía es muy bailonga: el «Aserejé».