Este casino es mío
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1 Una mala noticia
El sonido atronador del teléfono me despierta en plena noche. Miro el reloj con los ojos casi pegados y no me lo puedo creer: son las tres de la madrugada... «Ya puedes ser importante —pienso—, porque estoy que me subo por las paredes y me caigo de sueño».
Descuelgo el teléfono, desganada, y al otro lado de la línea escucho a mi madre, histérica.
—Judith, tienes que venir corriendo a la casa del abuelo; algo ha pasado...
Mis ojos se despegan de golpe, abiertos como dos platos. Tiene que ser grave, porque, si no, mi madre no me llamaría.
Mi abuelo hace tiempo que está enfermo, pero su resiliencia lo ha hecho durar mucho más de lo previsto.
Hace un año los médicos le dieron dos meses de vida y ahí sigue.
Para mí ha sido el mejor abuelo del universo, aunque he de decir que siempre me ha enseñado a ganarme la vida por mi cuenta y a no esperar nada de nadie.
Es un pilar enorme de la familia y alguien demasiado importante en mi vida.
Dueño de uno de los casinos más famosos de Las Vegas, ha amasado una fortuna y, por suerte o por desgracia, soy su única nieta.
Ha querido enseñarme los entresijos de su trabajo un millón de veces, pero siempre he creído que aún nos quedaba mucho tiempo.
Sin embargo, esa llamada... me da que pensar que nuestro tiempo se ha agotado.
Me levanto de forma apresurada, me visto con unos vaqueros y la primera sudadera que cojo del armario, me calzo mis Converse y voy directa a la casa de mi abuelo, donde se instaló mi madre hace unos meses.
Vivo en un apartamento enorme; lo cierto es que no me puedo quejar.
Trabajo en el casino gestionando la sala de juegos.
Podríamos decir que soy la directora, aunque nadie me considera como tal; para ellos solo soy la enchufada que está ahí por ser la nieta del dueño.
Conmigo trabaja Jason Queen, un ser detestable al que, sin embargo, parecen respetar más que a mí.
No hace falta decir que lo odio, pero tengo que soportarlo porque sabe mucho del negocio, y ahora me temo que tendré que aguantarlo mucho más de lo que querría.
Desde que sabe que mi abuelo se muere, se ha pegado a él como una lapa.
Siempre está desprestigiándome; quiere quedarse con el casino y no estoy dispuesta a que lo consiga.
Tras vestirme, ni siquiera me miro al espejo. Si alguien me ve ahora mismo, pensará que huyo de una mala decisión, pero, sinceramente, no me importa en absoluto. Bajo corriendo al garaje a buscar mi Porsche —un regalito de mi abuelo por mi cumpleaños— y pongo rumbo a su casa.
Cuando llego, me espera un séquito de médicos que, para mi desgracia, no han podido hacer nada por él. Cuando mi madre ha ido a ver cómo estaba, ya había caído en brazos de la Parca maldita, esa que nos había hecho creer que aún no se lo llevaría.
Abrazo a mi madre, que llora desconsoladamente, mientras yo mantengo el tipo. No puedo desfallecer; él no me lo perdonaría.
«Las lágrimas son para los débiles, recuerda esto siempre. Cuando se apague mi luz, ni una sola».
Y eso es lo que intento, aunque duele. Me duele el alma, el corazón y todo mi ser.
En ese momento aparece Jason por la puerta, con un aire de prepotencia insoportable. Abraza a mi madre de forma cortés, pero, cuando va a hacer lo mismo conmigo, me aparto de malas formas. No quiero que me toque con sus sucias manos de baboso.
—Siento tu pérdida, Judith, pero tenemos que aclarar qué pasará con el casino. Alguien tiene que ocupar el puesto de tu abuelo y creo que yo...
No le dejo ni terminar.
—¡¿En serio?! —grito con todas mis fuerzas, mirándolo con un odio que, si las miradas mataran, lo habría hecho caer fulminado a mis pies—.
Jason, de verdad, no creía que pudieras ser una maldita serpiente.
No es momento de hablar de esto, el cuerpo de mi abuelo aún está caliente, por favor...
Y para ti soy la señorita Alister. Así que olvídate de llamarme Judith y guárdate tu pena fingida para otro que se la crea.
—Quieras o no, tu abuelo ha muerto y la vida sigue, al igual que el casino, y esa decisión se tiene que tomar ya —dice con una sonrisa forzada y odiosa—. Los imperios no esperan al luto, Judith.
Mi madre se acerca tras escuchar nuestra discusión; por suerte para él, porque juro que, tras ese comentario, le habría dado un puñetazo en toda la cara. Pone la mano en mi hombro, se repone como puede y mira a Jason.
—Habrá tiempo para todo. Mi padre lo dejó todo arreglado, y nuestros abogados tratarán estos temas junto con el notario. Pero lo justo es guardar unos días de luto, por lo que el casino permanecerá cerrado por el momento.
—Pero se perderá mucho dinero.
Lo dice como si a nosotras eso nos importara en estos momentos.
—Lo sé, pero es lo justo. Mi padre ha entregado su alma en este casino y los trabajadores lo entenderán. Ahora todo debe aclararse primero; después volveremos a abrir las puertas.
Miro a Jason con odio; no entiendo qué vio mi abuelo en él. Yo solo veo a un lameculos pelotero. Trata a los empleados como ganado, pero aun así ha sabido ganárselos para que ellos mismos crean que soy una secretaria más, y no la persona que podría estar al mando algún día.
Mi relación con mi abuelo siempre ha sido especial.
Quiso tenerme con él, que me empapara de todo para que el día de mañana su imperio continuara siendo de los Alister.
Sin embargo, cuando Jason apareció en su vida, le hizo cuestionarse muchas cosas, y nuestros últimos meses juntos han sido horribles, llenos de disputas, tensiones y malas caras.
Miedo me da lo que pueda haber en ese testamento.
El tiempo transcurre lento, demasiado para mi gusto, y mi mente no deja de viajar al pasado, a esos momentos que compartimos.
Tardes en el parque, helados, secretos susurrados, risas incontrolables y mil cosas más que mi abuelo siempre me regaló.
Aunque su tiempo siempre fue valioso, no lo dejaba pasar en balde y nunca me negó ni un solo minuto de los que yo le robaba.
Cuando crecí, entendí que lo que quería era que atesorara recuerdos estupendos para el día en que ya no lo tuviera conmigo. Y ese día ha llegado.
Observo desde un rincón cómo la gente ha acudido a despedirse de él, cómo Jason estrecha la mano de unos y otros, mostrándose arrogante y ganándose a todos, mientras yo no puedo ni levantarme del escalón en el que estoy sentada.
La pena me consume y mi odio por él crece.
Para él esta pérdida no significa nada, solo quiere el casino, pero no pienso permitirlo.
Es mi legado y haré lo que sea por conservarlo.
Sam se acerca y se arrodilla frente a mí.
Es mi mejor amiga y sabe lo que siento. Llevamos juntas toda la vida; nos conocimos en el jardín de infancia y desde entonces somos inseparables.
Creo que ha pasado tantos momentos con mi abuelo que ya lo sentía como suyo, y él la ha querido siempre tanto como a mí.
Ahora mismo podría contarte mil y una locuras que hemos cometido juntas, pero no es el momento; mi dolor no me lo permite.
Va a abrazarme, y es en ese preciso instante cuando repara en Jason y me habla al oído para que solo yo escuche su mensaje.
—No ha ganado, ¿me oyes? Tu abuelo seguro que te ha dejado a ti el casino; eres su nieta, la única que tenía. No pienses más en esa cucaracha.
Sí, ese apelativo le va como anillo al dedo, porque es oscuro y despreciable, a la vez que asqueroso. Ya sé que son adjetivos algo duros, pero es que lo odio tanto que no puedo calificarlo mejor.
—No lo tengo yo tan claro, Sam. En la última época parecía que le había lavado el cerebro. Sabes que discutimos mucho, y en una de esas discusiones me dijo que no podría dirigirlo sola. Algo me dice que se lo ha dejado a él.
—Bueno, si eso es así, cosa que dudo, tendrás la oportunidad de hacer algo que te guste y, si no, te deshaces de él para siempre.
Créeme, no habría nada que me causara más placer que echarlo a la puta calle, y además delante de todos, para que supieran quién manda —pues me tienen por el pito del sereno—; sin embargo, me ganaría más enemigos y no me lo puedo permitir.
Aunque, desde luego, sí lo degradaría a relaciones públicas.
—Sam... ¿Qué voy a hacer ahora? Cada vez que entre en su despacho notaré su ausencia.
Se acaba de marchar y ya lo añoro muchísimo.
¿Sabes qué he hecho esta mañana? —Sam niega con la cabeza—.
He ido a su dormitorio y me he puesto su perfume.
Ese que tanto odio, Royale Ambree... Aunque huela a viejo, ahora mismo olerlo me hace sentirlo conmigo.
Me abraza y deja que mis lágrimas la mojen; no le importa. Ella es mi refugio, mi consuelo, mi todo en este momento.
—Venga, Jud, para ya, que si él te viera llorar...
—Lo sé, lo sé, pero duele.
He aguantado toda la noche sin llorar, pues no quería darle ese placer al imbécil de Jason. Pero una no es de piedra y, cuando has querido tanto a alguien, su marcha pesa muchísimo.
—Habla con la gente, quítale el protagonismo a ese egocéntrico y enséñales a todos quién es Judith Alister y cuál es tu lugar —me anima.
Y, aunque parezca mentira, eso es lo que me hace levantarme del escalón en el que estaba sumida en mi tristeza para hacerle caso a mi amiga. Porque esta es mi despedida; esta es mi familia, mis empleados y mi futuro.