Epílogo
Dos años después…
Cordelia acarició con los dedos el pelo castaño claro de Jonathan mientras Nathaniel le contaba un cuento. Los ojos de su hijo se cerraron poco a poco mientras el sueño se apoderaba de él. Ella sonrió y le dio un beso en la frente.
Parecía un angelito mientras dormía. Tenía los labios ligeramente entreabiertos y su pecho subía y bajaba a un ritmo constante. Esa era su parte favorita de ser madre: simplemente disfrutar de su hijo. Y Nathaniel y ella lo habían convertido en una costumbre.
Cada noche, arropaban juntos a Jonathan.
Algunas noches, ella le cantaba a su hijo mientras Nathaniel se sentaba a su lado.
Otras noches, Nathaniel le contaba cuentos mientras permanecían de pie junto a la cuna.
Con diecisiete meses, no tenían muy claro que Jonathan entendiera los cuentos, pero estaba claro que los disfrutaba.
Y ella también. Ver a su marido y a su hijo le llenaba el corazón de alegría hasta casi reventar. Pero no solo cuando dormía. Jonathan era el centro de sus vidas, estuviera dormido o no.
Cuando se despertaba, sus ojos azules brillaban con alegría y picardía. Su risa resonaba por la habitación y sus diminutos pasos se escuchaban por los pasillos, llenando de vida la casa y proporcionándoles a ella y a Nathaniel una alegría sin fin.
Miró a su marido y sonrió. Todavía le sorprendía que ella y Nathaniel hubieran creado a otro ser humano. Un niño perfecto que era todo suyo.
—Cada día se parece más a ti —dijo Cordelia.
Nathaniel la rodeó con los brazos, atrayéndola hacia su pecho. Acurrucó la cara en el hueco del cuello de Cordelia.
—Tengamos otro. —Le besó la curva del hombro—. Una hija con tu pelo oscuro y tus ojos llamativos.
Cordelia se giró entre sus brazos y le miró a los ojos.
—Eso no funciona así. Tú no decides qué vamos a tener ni qué aspecto tendrá el niño.
—Muy bien, pues seguiremos intentándolo hasta que tengamos una niña de pelo oscuro y ojos azules.
—¿Y si solo tenemos hijos varones? ¿O hijas que no se parezcan nada a mí?
Cordelia no pudo evitar burlarse de él.
Él esbozó una sonrisa.
—Entonces podremos decir que nos lo pasamos bien intentándolo.
—Eres incorregible.
Le dio un golpecito en el brazo en tono juguetón. Su respuesta no le sorprendió en absoluto. Nathaniel había cumplido sus promesas. Había sido fiel y ya no se dejaba llevar en exceso por los vicios, pero seguía siendo un granuja con ella.
Y, la verdad, a ella le gustaba bastante así.
Nathaniel le mordisqueó el lóbulo de la oreja y luego le susurró:
—Vamos a la cama, amor.
—Solo si prometes hacerme el amor.
Ella esbozó una sonrisa traviesa. Él la envolvió en sus brazos, acunándola.
—Espero que no tengas pensado dormir esta noche —dijo él mientras la sacaba de la habitación del bebé con zancadas largas y rápidas—. Porque voy a hacerte el amor hasta el amanecer.
A Cordelia le encantó su declaración, su cuerpo se calentó por completo con solo pensarlo. Se esforzó por aflojarle la corbata y abrirle la camisa mientras él la llevaba en brazos. Al ver que le resultaba difícil quitarle la ropa, empezó a desvestirse ella misma.
Para cuando llegaron al dormitorio, ya estaban los dos desarreglados. Nathaniel la dejó en el suelo y, acto seguido, capturó su boca en un beso apasionado. Cuando deslizó las manos para acariciarle las nalgas, ella le rodeó las caderas con las piernas.
—Tómame —susurró ella mientras le tiraba de la ropa que aún le quedaba puesta.
Nathaniel la tumbó sobre el lecho de plumas y la cubrió con su cuerpo.
—Paciencia, amor.
Le fue dando besos por el cuello mientras sus manos intentaban liberar sus pechos. Cordelia se arqueó y gimió de placer cuando él le chupó el pezón, mientras sus dedos exploraban su vulva.
—Prometí que te haría el amor ¿te acuerdas?
Ella asintió con la cabeza y empujó las caderas hacia arriba, tomando con avidez todo lo que podía. Desesperada por aliviar el dolor entre sus piernas.
Él acarició los húmedos pétalos entre sus muslos, luego rodeó el clítoris con movimientos lánguidos antes de deslizarse más abajo para hundir el rostro entre sus piernas. Ella se retorció contra su boca mientras él lamía y chupaba su carne tierna.
—Por favor, Nathaniel. Necesito sentirte —suplicó, incluso mientras mantenía la boca de su marido firmemente presionada contra su sexo. Él lamió con más fuerza, más rápido, y cuando ella pensó que ya no podría aguantar más, pasó la lengua por su clítoris y deslizó un dedo en su vagina.
El cuerpo de Cordelia se rindió, su clímax estalló mientras gritaba su nombre y lo abrazaba con fuerza. Todo su cuerpo temblaba con la intensidad del momento.
Él levantó la cabeza para encontrarse con su mirada.
—Aún no he terminado contigo.
—Bien —suspiró mientras abría más las piernas, permitiendo que las caderas de él se acomodaran entre sus muslos. Ella tampoco había terminado con él. Él le había prometido toda la noche, y ella estaba deseándolo con ansias.
Colocó el pene en su entrada y luego empujó hacia dentro a un ritmo exasperantemente lento.
—Nunca terminaré contigo, Cordelia.
Ella empujó las caderas hacia arriba, recibiéndolo todo.
—Y yo nunca terminaré contigo. —Le puso las manos en los hombros y balanceó la pelvis, saciando sus deseos—. Te quiero.
—Yo te quiero más —dijo él, mientras su aliento le acariciaba la piel ardiente.
Nathaniel besó y chupó la piel sensible de su cuello y sus pechos mientras se movía dentro y fuera de ella. Un ritmo lento y constante que les acercaba a ambos al límite.
Ella enredó los dedos en su espesa melena y gritó de placer.
—Ah… Oh, sí. Dios, sí.
Cordelia balanceó las caderas con más fuerza, instándole a acelerar el ritmo. Sus talones le atraían hacia ella mientras le clavaba las uñas en los hombros.
—Sí, sí. Nathaniel. Ah, Dios, sí.
Su vagina palpitaba alrededor de su polla mientras él embestía más rápido, con más fuerza, hasta que ambos jadeaban y se volvían locos de deseo. Los sonidos de piel contra piel, la respiración entrecortada y el placer resonaban por la habitación, y ella sabía que estaba a punto de llegar al clímax.
Miró a Nathaniel a los ojos mientras su nombre se le escapaba de los labios. Su sexo palpitaba, sus entrañas temblaban mientras el orgasmo la invadió por completo. Se aferró con fuerza mientras Nathaniel la penetraba una y otra vez hasta que su semilla se derramó dentro de ella.
Cuando se separaron, ella se quedó recostada en el hueco de su brazo, con la cabeza apoyada en su pecho. Cordelia pasó los dedos por el vello áspero de su pecho y escuchó los latidos de su corazón.
—¿Sabes lo feliz que me haces?
Nathaniel le acarició la espalda, deslizando sus manos fuertes arriba y abajo por toda la columna vertebral con caricias relajantes.
—Apuesto a que no tan feliz como tú me haces a mí.
Sus ojos color avellana brillaban con un aire posesivo mientras la abrazaba con fuerza.
Cordelia sonrió porque sabía la verdad. Se hacían igual de felices el uno al otro. Eran almas gemelas, destinadas a vivir enamoradas y felices: dos corazones que latían al unísono.