Este canalla mío (El beso de un pícaro 3) Capítulo 1
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Capítulo 1

Yorkshire, Inglaterra

¡Maldición, maldición, maldición! Lady Celia Kendal no parecía en absoluto una dama mientras se sujetaba las faldas y daba patadas a la rueda del carruaje. Su hermano Charles, el duque de Selkirk, se pondría furioso cuando se enterara de esto.

—Lady Celia, por favor, vuelva al interior. Esto no es propio de una joven de buena familia —le gritó su acompañante, Rosie, desde el interior del carruaje.

—Vamos, milady —instó el cochero, ofreciéndole la mano para que subiera al carruaje.

Celia les puso mala cara a ambos.

—No me voy a acobardar dentro del carruaje rezando para que todo acabe bien. —Volvió la mirada hacia la rueda. El barro que la cubría llegaba hasta la mitad de los radios. Aun así, se negaba a admitir la derrota—. Quizá podamos empujarla para liberarla.

Se dirigió a la parte trasera del carruaje y apoyó las manos contra el maletero, dejando que sus faldas descansaran sobre el suelo empapado por la lluvia.

—¡Milady! —exclamó el cochero.

—¡Lady Celia! —exclamó Rosie casi al mismo tiempo que bajaba del carruaje.

Dos escoltas a caballo que acompañaban al carruaje se aproximaron, con el ceño fruncido por la preocupación.

—Déjenos a nosotros.

—Vuelva al carruaje y nosotros nos encargaremos de liberar la rueda.

El cochero la miró fijamente, con una mirada suplicante.

Celia soltó un suspiro y retrocedió unos pasos.

—Oh, muy bien, pero nosotras observaremos desde aquí. Vuestro trabajo será más fácil sin nuestro peso.

Satisfechos, al menos por el momento, los hombres se pusieron manos a la obra.

Rosie se situó junto a Celia, con los dedos enroscados en su capa, sujetándola con fuerza contra su cuerpo.

—Le dije que esto era una mala idea. De hecho, se ha convertido en un desastre. El duque se pondrá furioso. —Rosie negó con la cabeza—. Apuesto a que me despedirá de inmediato.

—Tonterías —dijo Celia apretando los labios y respirando hondo—. Mi hermano no te hará responsable de mis actos.

—Seguro que sí lo hará. —Rosie sacudió la cabeza—. Mire.

Celia esbozó una sonrisa cuando el carruaje se balanceó hacia delante, pero su expresión se desvaneció al volver a hundirse en el barro.

—Maldita sea, creía que lo habían conseguido. —Se dirigió hacia el carruaje—. Ven a ayudarme, Rosie. Con un poco más de fuerza, podremos liberar la rueda y seguir nuestro camino. El duque no tiene por qué saber lo que ha pasado aquí.

—Se enterará. Recuerde mis palabras, se enterará. —Rosie se ajustó la capa con más fuerza—. Le dijeron que se quedara en Londres. En cuanto no aparezca en el baile de lord y lady Froth, sabrá lo que ha hecho.

Celia ignoró a su compañera y se acercó a los hombres en la parte trasera del carruaje.

Por supuesto, Charles se enteraría de que se había marchado de Londres.

A Celia eso no le preocupaba. Lo que pretendía ocultarle a su hermano era el desastre en el que se encontraba metida.

No podría reprenderla con tanta dureza si llegaba a su destino sin incidentes.

El cochero le dirigió una mirada de desaprobación.

—Milady, no debe…

—No voy a tolerar nada de eso —dijo Celia, con un tono que no admitía réplica. Apoyó las manos con fuerza contra el carruaje y ordenó—: ¡Empujad!

Su corazón se disparó cuando el carruaje se balanceó hacia delante, pero fue una alegría efímera, ya que enseguida volvió a hundirse en el barro. Sin dejarse disuadir, dijo:

—Otra vez, con todas vuestras fuerzas.

Tras varios intentos, soltó un suspiro de frustración.

Necesitaban la ayuda de Rosie. Apartó las manos del carruaje y se giró hacia su acompañante.

Su pie izquierdo se hundió en el barro y perdió el equilibrio.

Un escolta que se encontraba cerca frenó su caída, pero sus rodillas ya habían tocado el suelo empapado.

—¡Milady!

—Estoy bien. No te preocupes —dijo Celia, dejándose ayudar a levantarse. Con voz irritada, Celia miró a Rosie—. Ven a ayudarme, ahora mismo.

Para su sorpresa, Rosie no protestó, y pronto todo el grupo se puso a empujar el carruaje para sacarlo del barro.

Los músculos de Celia temblaban por el esfuerzo mientras clavaba los pies en la tierra resbaladiza y concentraba todas sus fuerzas en empujar el carruaje.

—No paréis —ordenó—. Empujad.

—¿Qué tenemos aquí?

Una voz masculina interrumpió su concentración, y Celia miró hacia el origen del sonido.

Su mirada se posó en unas piernas cubiertas de un pelaje negro y brillante.

¡Charles! Estaba perdida, sin duda alguna.

Enderezó los hombros y se preparó para defenderse mientras deslizaba la mirada por el pecho y el cuello del caballo hasta el jinete.

Abrió mucho los ojos y luego observó al hombre con atención.

No se parecía en nada a Charles, ni por asomo. Este hombre tenía los hombros anchos, ojos verde oscuro y el pelo del mismo tono oscuro que su caballo. Tragó saliva.

Rosie le dio un codazo, sacando a Celia de su asombro. Esbozó una sonrisa radiante.

—Buenos días. Me temo que mi carruaje se ha atascado en el barro.

—Eso parece. —El desconocido arqueó una ceja oscura. En su mirada se vislumbraba cierta diversión—. ¿Y está intentando sacarlo empujándolo? —continuó.

—Ya casi lo hemos conseguido —dijo Celia, echando un vistazo a los rostros abatidos de sus sirvientes—. Quizá si nos pudiera echar una mano, señor…

Amplió su sonrisa en un intento de convencer al desconocido.

Él observó la rueda atascada en el barro durante un largo momento antes de estallar en carcajadas.

Furiosa, Celia se volvió hacia el carruaje y volvió a empujar. Si aquel sinvergüenza no quería ayudar, ¡pues que así fuera! No le necesitaba.

—¡Rosie, Herman, Conrad, todos vosotros, empujad! —ordenó, pero ninguno ayudó.

En su lugar, una mano firme se posó en su hombro.

—Lo está empeorando. Sus caballos y, me atrevo a decir, sus sirvientes, están agotados.

Se volvió hacia el desconocido.

—Es usted de lo más molesto, señor. Dijo que no ayudaría y, sin embargo, sigue aquí. Siga su camino, si es tan amable.

—Dije que no ayudaría a empujar el carruaje, ya que solo hace que la rueda se hunda más en el barro. —Señaló con un gesto la rueda, que ahora se hundía casi hasta la mitad en el barro—. Apuesto a que cuando comenzó este esfuerzo infructuoso, la situación no era tan grave, ¿verdad?

Arqueó una ceja en señal de interrogación.

—Escuche, señor…

—Lord Jasper Crawford —dijo con tono tranquilo—. Marqués de Crawford, para ser exactos. —Hizo una reverencia—. ¿Y usted es? Una dama, a juzgar por el diseño y el estilo de su vestimenta. O una sirvienta, a juzgar por el dobladillo embarrado y el pelo revuelto. Debo confesar que me intriga.

—Es usted intolerable —replicó ella furiosa, aunque no pudo evitar fijarse en lo increíblemente guapo que era—. No voy a permitir que me insulte y me haga perder el tiempo. O nos echa una mano o lárguese.

—Ah, así que es una dama —dijo con una sonrisa, y sus ojos parecieron aclararse varios tonos mientras la observaba—. Me gustaría saber exactamente a quién le estoy echando una mano.

Recelosa de toda la situación, Celia suspiró.

—Muy bien. Soy lady Celia Kendal, hermana del duque de Selkirk. Ahora venga a ayudarnos a empujar.

Se giró hacia el carruaje.

—Ni hablar —dijo lord Crawford.

Consternada, Celia se volvió de golpe.

—¡Sinvergüenza! Nunca tuvo intención de ayudar. Es un…

—Tengo una idea mejor —dijo él, interrumpiendo su diatriba—. Una solución que realmente resolverá vuestro problema.

—Pues dígala ya.

—Mi finca está justo al final de este camino. Os llevaré allí para que os refresquéis y descanséis, y luego volveré con más hombres, palas y caballos descansados. Antes de que os deis cuenta, vuestro carruaje estará libre y estaréis de camino a… —Él entornó los ojos—. ¿Adónde se dirige?

—A Selkirk Park, la finca de mi hermano, y no me iré con usted —dijo ella cruzándose de brazos—, sin mi acompañante y mis escoltas.

—Ni se me ocurriría escoltarla sin los acompañantes adecuados.

Le guiñó un ojo, lo que le provocó que un agradable escalofrío le recorriera la espalda. Lord Crawford se volvió hacia sus sirvientes y les dio una serie de órdenes.

Para sorpresa de Celia, estos obedecieron sus órdenes, y rápidamente.

Antes de que se diera cuenta de lo que había pasado, los caballos estaban desatados y Rosie ya estaba montada en un caballo delante de uno de los escoltas.

Los demás tenían baúles y maletas apoyados sobre los muslos.

Miró a lord Crawford y se le secó la boca.

Seguramente aquel hombre no esperaría que ella cabalgara con él.

—Vamos —dijo él, tomándola por la cintura y ayudándola a subirse a su montura.

Santo cielo, sí que pretendía compartir su montura.

Celia apretó los labios para evitar protestar.

Por muy irritante que fuera aquel hombre, no podía esperar que se fuera caminando.

Tampoco podía pedirle que hiciera de criado y cargara con el equipaje.

No había sillas de montar para los caballos del carruaje y, aunque las hubiera, las bestias estaban agotadas.

Podía soportar un breve trayecto en compañía de lord Crawford, claro que sí.

De hecho, quizá incluso lo disfrutara. No su compañía, sino la sensación de tener su cuerpo tan cerca del suyo.

Al fin y al cabo, era un ejemplar magnífico: corpulento, fuerte y apuesto.

Sí, más bien pensaba que podría disfrutar de la experiencia, por lo que no puso ninguna pega cuando él se subió detrás de ella y le rodeó la cintura con un brazo musculoso.

Celia miró hacia atrás, hacia el carruaje, mientras se alejaban.

Si Dios quería, volvería a él en poco tiempo.

Si conseguía llegar a Yorkshire antes de que Charles regresara a Londres y descubriera que había desaparecido, habría ganado.

De lo contrario, él la alcanzaría por el camino y la obligaría a volver.

Pero una vez que llegara a Yorkshire… estaría en casa, y nada podría obligarla a regresar a Londres.

—Descanse —susurró lord Crawford cerca de su oído.

Un fuego líquido se extendió por el cuerpo de Celia mientras se recostaba contra él y cerraba los ojos. Sí, esta sería su aventura secreta. Inocente y, de alguna manera, traviesa al mismo tiempo.