Capítulo 9
—Winfield me dijo que te encontraría aquí.
Cordelia levantó la vista del libro que estaba leyendo. Nathaniel había entrado en la biblioteca y se dirigía hacia ella con paso firme.
—Y aquí estoy —dijo ella, y se estremeció al notar el tono cortante de su voz. La hostilidad no le convenía. Respiró hondo mientras cerraba el libro—. Lo siento. No era mi intención parecer enfadada.
Una débil sonrisa se dibujó en los labios de Nathaniel.
—No te preocupes. —Nathaniel se sentó a su lado en el sofá—. He llegado a la conclusión de que lo he hecho todo mal. Por desgracia, no puedo dar marcha atrás en el tiempo, pero lamento la forma en que he intentado controlarte y cómo te obligué a aceptarme.
Cordelia dejó caer las piernas del sofá y giró el cuerpo hacia él.
—Yo también he estado pensando. No eres el único responsable de esta situación. Yo también he tenido mi parte de culpa en este desastre. Me he precipitado y he sido cruel. Me he apresurado a tacharte de villano y me he mostrado inflexible en mis convicciones.
Nathaniel le cogió la mano entre las suyas.
—¿Podemos seguir adelante… juntos?
La pura emoción en su mirada le partió el corazón a Cordelia, y apartó la vista.
—No estoy segura.
—Cordelia. —Él alzó la mano, rozándole la barbilla con los dedos y dirigiendo su mirada hacia la de él—. ¿Por qué no estás segura? Dime qué necesitas. Lo que sea, y lo tendrás.
La sinceridad de sus ojos color avellana la dejó desconcertada. Si realmente hablaba en serio, tal vez aún hubiera esperanza para ellos. Aun así…
—Necesito entender tu pasado. ¿Por qué has elegido ser un vividor? —Se mordió el labio inferior—. Y tú también tienes que entender el mío.
Nathaniel asintió y luego se recostó en el sofá.
—¿Quién empieza?
—Tú. Cuéntame sobre tu infancia. Sobre todas las cosas que te llevaron a una vida de escándalo y excesos —dijo Cordelia, desesperada por comprenderlo y esperando con todo su corazón que entenderle marcara la diferencia.
—No te aburriré con tonterías, ya que la mayor parte ya la conoces. Mi madre murió poco después de que yo naciera. Me crie en la finca vecina hasta que me enviaron a un internado… —su voz se apagó e hizo un gesto de indiferencia con la mano—. También sabes lo frío y severo que es mi padre.
Cordelia asintió con la cabeza.
—No debió de ser fácil crecer con un padre así.
—Sinceramente, de niño no me daba cuenta de lo duro que era mi padre.
Lo admiraba y quería ser igual que él. Hice todo lo que pude para imitarlo y complacerlo.
No fue hasta que me di cuenta de que nunca lograría complacerle cuando le vi tal y como es…
un bruto exigente. Estaba deseando irme al internado.
Alejarme de él. Pero seguía queriendo su aprobación. Seguía esforzándome por complacerle.
Cordelía sufría por él. Le cogió la mano y se la apretó, diciendo:
—Claro que sí. Todos los niños quieren que sus padres se sientan orgullosos de ellos.
—Cierto. —Nathaniel soltó un suspiro y luego continuó—.
En mi primer trimestre en el colegio, saqué buenas notas y me apunté a actividades que pensé que complacerían a mi padre.
Cuando llegaron las vacaciones de Navidad, estaba emocionado por volver a casa para las fiestas.
Pensaba que mi padre seguramente estaría satisfecho con mis logros.
Me pasé horas sentado en mi habitación con las maletas hechas, esperando el carruaje familiar.
Uno tras otro, sus familias fueron a recoger a todos los demás chicos, y yo seguía esperando.
Aquel año, pasé la Navidad con el director del colegio.
En los años siguientes, volví a casa con el duque de Selkirk.
Tenía una forma peculiar de acoger a los chicos que nadie quería.
Nathaniel sonrió, pero Cordelia pudo ver el dolor en su mirada.
—Una vez que terminé mis estudios, volví a casa.
Debí de estar loco, porque creía de verdad que mi padre se alegraría de que volviera.
Que estaría orgulloso de mí y dispuesto a acogerme bajo su protección.
Me encomendó tareas relacionadas con la finca, pero pasaba poco tiempo conmigo.
Por muy bien que cumpliera con las obligaciones que me asignaba, a mi padre siempre le parecía que me faltaba algo.
Me reprendía y se burlaba de mí cuando me enfadaba.
Un escalofrío recorrió la espalda de Cordelia al ver cómo Nathaniel parecía mirar a través de ella. Estaba sentado a su lado, pero bien podría haber estado en cualquier otro lugar. Sintió un momento de remordimiento por hacerle revivir el pasado.
—No hace falta que sigas —dijo ella con voz suave.
Sus palabras lo trajeron de vuelta a su lado. Él la miró fijamente a los ojos y dijo:
—Tengo que hacerlo. Quiero que lo oigas todo.
Cordelia asintió con la cabeza, comprendiendo.
Nathaniel carraspeó.
—Al cabo de un tiempo, dejé de intentar complacerlo.
Perdí todo el respeto por él y, por primera vez en mi vida, lo vi tal y como era: un desgraciado sin corazón.
Dejé de preocuparme por lo que pensara. Dejé de intentar estar a la altura de sus expectativas.
En cambio, me esforcé por decepcionarlo.
Empecé a beber en exceso y a apostar sin medida, aunque nunca malgasté dinero que no tuviera.
Las mujeres venían con ese estilo de vida y parecían ser lo que más enfurecía a mi padre.
Cuantas más aventuras tenía, más se enfadaba.
Y cuanto más le enfadaba, mejor. Era mi forma de venganza.
—Hizo una pausa y cogió la mano de Cordelia—.
Por favor, entiende que ninguna de las mujeres de mi pasado significó nada para mí.
Eran viudas o mujeres ligeras de faldas.
Los acuerdos eran beneficiosos para ambos y no se rompió ningún corazón.
Nunca he arruinado la vida a una dama ni me he acostado con una mujer casada.
Siempre he tenido principios, Cordelia. Mi reputación está mancillada, pero no es irreparable.
Ahora, más que nada, quiero repararla. Quiero ser el hombre que tú y nuestro hijo os merecéis.
Ella quería abrazarle y consolarle. Le dolía el corazón por el niño que había sido y por el hombre en el que se había convertido. Más que nada, Cordelia quería confiar en él. Pero la confianza no le resultaba fácil. Le miró a los ojos y le preguntó:
—¿Me serás fiel?
El ligero temblor de su voz la inquietó.
—No habría pronunciado mis votos si no los sintiera de verdad.
Cordelia suspiró.
—¿No habrá amantes? ¿Ni citas secretas? ¿Ni infidelidades de ningún tipo?
—Eres mi esposa, Cordelia. Para lo bueno y para lo malo, me he comprometido contigo. Nunca habrá otra mujer.
—Quiero creerte. Una parte de mí lo hace porque veo la sinceridad en tu mirada y entiendo por qué viviste como lo hiciste, pero me cuesta confiar.
Mi infancia no fue precisamente un camino de rosas.
Las aventuras amorosas de mi padre nos causaron a mi madre y a mí una vergüenza y un dolor infinitos.
Y aunque mi madre no era tan dura como tu padre, a menudo me hacía daño.
No quiero esa vida para este bebé. —Cordelia posó las manos sobre la suave curva de su vientre—. Este niño será amado.
Nathaniel puso su mano sobre las de ella.
—Nuestro hijo ya es amado.
Cordelia le sonrió, sintiendo cómo su corazón se llenaba más y más con cada segundo que pasaba.
—Si puedes prometerme que te tomarás tu tiempo conmigo y que me serás fiel, yo prometo poner de mi parte también. No deseo compartir la cama… todavía. Pero quizá si nos tomamos el tiempo necesario para conocernos mejor…
—Tenemos toda la vida. No importa cuánto tiempo necesites, lo tendrás. Cuando estés lista para algo más que la convivencia y la compañía, yo estaré aquí. —Le levantó la barbilla y la miró fijamente a los ojos—. Siempre estaré aquí, Cordelia, para ti y para nuestro hijo.