Capítulo 7
Cordelia entró en el comedor ataviada con su mejor vestido y sus oscuros rizos recogidos en la nuca. Había puesto mucho esfuerzo en arreglarse esa mañana. No porque quisiera impresionar a Nathaniel, sino porque necesitaba esa armadura para reforzar su confianza.
Dirigió la mirada hacia Nathaniel y le dedicó una sonrisa amable. Eso no significaba que de repente sintiera afecto por él, sino porque la noche anterior le había enseñado dos cosas: que no quería estar en guerra con su marido; y que debía proteger su corazón. Por ese motivo, dijo:
—Buenos días.
Y, a continuación, se sentó con educación a la mesa.
Nathaniel sonrió al devolverle el saludo y añadió:
—Me alegra verte de tan buen humor.
Cordelia luchó contra el impulso de soltar alguna réplica sarcástica. Respiró hondo mientras le devolvía la sonrisa.
—He llegado a la conclusión de que no sirve de nada discutir contigo. Además, seguir enfadada no hace más que aumentar mi desdicha.
Nathaniel asintió mientras cogía su vaso.
Cordelia apartó la mirada por un momento y reunió valor. Había bajado a desayunar con un objetivo en mente y aquel era un momento tan bueno como cualquier otro para ponerlo en marcha.
Mirándole a los ojos, dijo:
—Me gustaría que estableciéramos algunas reglas… directrices, si lo prefieres, para nuestro matrimonio.
Ordenó sus pensamientos. Todas las ideas que había barajado la noche anterior le pasaban por la mente mientras untaba mermelada en su galleta. Quería ser diplomática en sus exigencias, pero no deseaba provocar otra confrontación.
Nathaniel dejó a un lado su vaso y cogió el tenedor.
—Por favor, continúa.
Cordelia le dio un mordisco a la galleta y luego tragó.
—Creo que lo mejor para nosotros, así como para nuestro hijo, sería que nos hiciéramos amigos.
—Tienes toda la razón —asintió Nathaniel.
Cordelia esbozó una leve sonrisa de satisfacción.
—Como amigos, tendríamos que honrarnos y respetarnos mutuamente. No puedes tratarme como si fuera de tu propiedad, ni te permitiré tener aventuras amorosas. Si queremos llevarnos bien, tengo que mantener mi individualidad y debo poder confiar en ti.
Él le cogió la mano, cerrando sus dedos sobre los de ella.
—No pretendo controlarte, Cordelia. Quiero que este matrimonio sea agradable para los dos.
—En cuanto a eso… —Ella retiró la mano de la de él y se recostó en la silla—. No quiero tener relaciones íntimas.
Nathaniel la miró fijamente, con sus ojos color avellana reflejando comprensión y amabilidad.
—Estaré encantado de esperar hasta que estés preparada.
Cordelia negó con la cabeza.
—Me has malinterpretado. No quiero tener relaciones íntimas nunca.
Los ojos de Nathaniel se endurecieron y su rostro se puso rojo.
—¡Maldita sea, Cordelia! Ya lo hemos hecho.
Ella se estremeció al escuchar la ira en su tono, pero se mantuvo firme en su decisión.
—Fue un error, y no quiero repetirlo.
Nathaniel se levantó con tal rapidez que su silla se volcó y se estrelló contra el suelo. Se inclinó hacia ella, apoyándose en el borde de la mesa.
—A ver si lo entiendo bien. ¿No vas a acostarte nunca conmigo, pero tampoco me vas a permitir tener una amante?
El rostro de Cordelia se sonrojó por la vergüenza y la ira.
—No voy a permitir que hagas daño a nuestro hijo. Tampoco voy a ponerme en peligro. No puedo confiar en ti —dijo.
—¿No puedes confiar en mí? —Arqueó una ceja oscura mientras la miraba con incredulidad—. No he hecho nada malo.
—Tu reputación me dice todo lo que necesito saber.
—¿Mi reputación? —Estaba furioso. Nathaniel se apartó de la mesa y se volvió a acercar a ella a zancadas—. No fui yo quien se ofreció. No fui yo quien ocultó el embarazo. ¡Y desde luego que no fui yo quien pretendía huir con nuestro bebé!
Cordelia se puso de pie, con las manos temblorosas por las ganas de abofetearle. Apretó los puños a los lados y le miró fijamente.
—Intentaba proteger a mi hijo.
—¿De su padre? ¡Qué valiente por tu parte!
—Del hombre que sin duda le causará vergüenza y bochorno. No lo voy a tolerar —dijo Cordelia con tono firme.
—Tú eres la que necesita urgentemente un poco de disciplina. Debería arrastrarte arriba y darte unos azotes para quitarte esa insolencia de una vez por todas.
La agarró del brazo y acercó su rostro al de ella.
—No te atreverías.
Cordelia se retorció en señal de protesta, pero él no la soltó.
Nathaniel la miró con ira.
—Lamento informarte de que no lo haré. Por mucho que lo necesites, nunca he golpeado a una mujer y no voy a empezar ahora. Pero recuerda mis palabras: no toleraré tus abusos. Puede que no te pegue, pero ten por seguro que habrá consecuencias desagradables si sigues por el camino que has elegido.
—Vete al infierno.
Las palabras le salieron entrecortadas mientras luchaba contra las lágrimas que le subían a los ojos.
—Estoy seguro de que lo haré, pero hoy no.
Nathaniel la soltó y se dirigió a zancadas hacia la puerta.
—¡Te detesto! —le gritó ella a su espalda mientras se alejaba.
—El sentimiento se está volviendo rápidamente mutuo —respondió él, sin detener sus pasos ni un instante.
Una vez que sus pasos se desvanecieron, Cordelia se hundió en la silla. Se llevó la galleta a la boca y le dio un mordisco, luego se obligó a tragar. Su estómago protestaba mientras le dolía el corazón.
Una lágrima le resbaló por la mejilla y se la secó con la mano. Aquello no era forma de vivir. Desde luego, no era forma de criar a un niño. Tenía que encontrar la manera de arreglar el lío en el que se había metido.
¿Pero cómo?
No podía someterse a su voluntad. Podía intentar conocerlo mejor. Quizá, con el tiempo, llegara a confiar en él y pudieran compartir un matrimonio auténtico. Pero ¿y si él le rompía el corazón en el proceso? ¿Y si no se podía confiar en él?
Abrirse a él podría ser el mayor error de su vida, peor incluso que acostarse con él. Pero si él cambiara de actitud… Si fuera fiel y reformara su reputación…
Podría amarlo.
Cordelia soltó un suspiro de frustración.
Escenas desagradables de su infancia se agolpaban en su memoria.
Todas aquellas veces que su madre había llorado mientras su padre alardeaba de su última conquista.
La forma en que los demás miraban a su madre con falsa compasión mientras le sonsacaban historias escabrosas fingiendo ser sus amigos.
Las peleas desagradables que tenían sus padres.
¿Cómo podría Cordelia arriesgarse a vivir una situación así, tanto ella como su hijo?
Se mordió el labio inferior, pensativa. Podría hacer las maletas y desaparecer. Coger el próximo carruaje que se dirigiera a cualquier lugar lejos de Londres. Pero entonces, ¿qué pasaría?
Casarse con Nathaniel le había robado su seguridad económica. Ya no recibiría sus fondos el día de su cumpleaños. ¿Y si Nathaniel la perseguía?
Frustrada y angustiada, se levantó de la mesa. No le serviría de nada quedarse allí sentada mirando la comida que no iba a comer. Tampoco le beneficiaría en absoluto volverse loca con tantas incógnitas.
Cordelia tenía que pasar a la acción.