Este canalla mío (El beso de un pícaro 3) Capítulo 6
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Capítulo 6

El trayecto en carruaje hasta su residencia en St. James’s Square había transcurrido en silencio, con el aire cargado de palabras tácitas y emociones intensas.

Cuando Nathaniel ayudó a Cordelia a bajar del vehículo, ella apenas le prestó atención, retirando la mano en cuanto sus pies tocaron los adoquines.

Nathaniel sintió un momento de remordimiento mientras caminaba a su lado hacia la casa.

La odiaba por intentar alejar a su hijo de él, pero también anhelaba una unión verdadera: una familia feliz.

Tendría que dejar a un lado su hostilidad.

De alguna manera, tenía que perdonarla y ganarse su corazón.

—Bienvenida a casa, lady Wolverton —dijo, haciendo todo lo posible por parecer complacido con el giro de los acontecimientos.

Cordelia le lanzó una mirada gélida, pero no dijo nada.

Nathaniel se tragó el enfado que tenía y lo volvió a intentar.

—El personal nos espera en el vestíbulo. Quizá, una vez que hayamos hecho las presentaciones, puedo enseñarte la casa.

—Estoy segura de que el ama de llaves sería más adecuada para esa tarea —dijo Cordelia.

Nathaniel la agarró por el codo, obligándola a detenerse. Se colocó de frente a ella y la miró a los ojos.

—No quiero que seamos enemigos. Ahora eres mi esposa. Partamos de ahí.

—Me has obligado a casarme contigo. Eso no me produce ningún placer.

Se soltó de un tirón.

—Estás embarazada de mi hijo. Hice lo que había que hacer. Quizá algún día seas capaz de aceptar nuestra unión.

—No soy una propiedad que se pueda vender ni poseer —dijo Cordelia, con ira en sus palabras.

Nathaniel negó con la cabeza.

—Nunca he dicho que lo fueras.

—Y, sin embargo, me has tratado como a una posesión, como a un objeto inanimado sin pensamientos ni sentimientos.

Nathaniel suspiró. Estaba claro que por el momento no conseguiría avanzar nada con ella. En lugar de seguir discutiendo, se limitó a decir:

—Siento que pienses así.

Subió los escalones de la entrada de su casa de estilo georgiano, contento con el mero hecho de haberla metido dentro, al menos por el momento. Quizá, una vez que Cordelia se hubiera acomodado, viera las cosas con más claridad.

Nathaniel observó cómo Cordelia saludaba amablemente a cada uno de sus sirvientes.

Le sorprendió la forma en que su mirada gélida y su actitud enfadada desaparecieron en el momento en que el mayordomo abrió la puerta.

Era todo elegancia y amabilidad en lo que al personal se refería.

Pero en cuanto volvió a centrar su atención en él, la actitud fría regresó.

Nathaniel se acercó a Cordelia, que había terminado con las presentaciones.

Ella le miró fijamente, con los labios apretados en una línea.

Él luchó contra el impulso de darle unos azotes y esbozó lo que esperaba que fuera una sonrisa cálida.

—Ahora que ya te han presentado, te dejaré en las manos competentes de la señora Walters. Ella te enseñará la casa y los terrenos. Eres libre de cambiar cualquier cosa que consideres necesaria. —Esbozó una sonrisa forzada y añadió—: Estoy deseando discutir tus ideas durante la cena.

Ella hizo una reverencia y dijo:

—Milord.

Esa cortesía fingida le irritaba, pero se negó a dejar que ella viera cómo le afectaba.

—Milady.

Nathaniel asintió con firmeza y luego se dio la vuelta.

Varias horas más tarde, Nathaniel estaba presidiendo la mesa de comedor y bebía a sorbos una copa de vino tinto. Ya había devuelto el primer plato a la cocina y había ordenado a su personal que esperara la llegada de la vizcondesa. De eso hacía ya veinte minutos.

Golpeó con los dedos el borde de su copa de vino mientras echaba un vistazo al reloj. ¿Por qué se estaba retrasando? Molesto por la situación, Nathaniel hizo señas a un lacayo para que se acercara.

—¿Señor?

—Envía a alguien a ver qué está retrasando a mi esposa —ordenó Nathaniel.

—Sí, señor.

El lacayo hizo una reverencia y se alejó.

Nathaniel se bebió de un trago el vino que le quedaba en la copa y se la volvió a llenar mientras esperaba. Para cuando el lacayo regresó con noticias, Nathaniel ya se había tomado dos copas. No esperó a que el lacayo se acercara para preguntarle:

—¿Y bien?

—Lady Wolverton ha pedido que le lleven la cena a su habitación.

A Nathaniel le hervía la sangre. Apartó la silla y se puso de pie.

—¿Qué motivo ha dado?

Más le valía que fuera bueno, o la arrastraría hasta el comedor.

El criado parecía avergonzado al responder:

—Quería cenar sola, señor.

Furioso por su rechazo, Nathaniel se dirigió con paso firme hacia el pasillo.

—Envía mi cena a la habitación de la vizcondesa —dijo mientras continuaba hacia las escaleras. Le importaba un comino lo que quisiera Cordelia. Era su esposa y debía respetarle.

Nathaniel respiró hondo al llegar a lo alto de las escaleras. Por muy enfadado que estuviera, no quería discutir con ella. Hacerlo no serviría de nada, al menos, de nada que valiera la pena. Tenía que mantener la calma para poder hacerla entrar en razón.

Tendría que ceder y ser paciente. Quizá si se dirigía a ella de igual a igual. Quizá si intentaba comprender sus acciones y calmar sus miedos, podrían superar esto.

Nathaniel se acercó a la puerta de ella e intentó abrirla. Al ver que estaba cerrada con llave, dio unos golpecitos en el panel de la puerta.

—¿Quién es? —preguntó Cordelia desde el interior del dormitorio.

—He venido a cenar contigo. Tenemos que hablar.

—Vete. No tengo nada que decirte.

Su pulso se aceleró y la ira le quemaba por dentro.

¡Al diablo con los modales! Ella le estaba volviendo loco, y no iba a tolerar más sus payasadas.

Nathaniel retrocedió y luego se abalanzó contra la puerta, embistiéndola con el hombro.

Cordelia chilló cuando la madera se astilló y la puerta se abrió de par en par.

Nathaniel la miró fijamente a los ojos, muy abiertos, sin mostrar el más mínimo remordimiento por sus actos.

—No permitiré que me impidan entrar en la habitación de mi esposa.

—¡No me obligarás a acostarme contigo! —gritó Cordelia a su vez.

Nathaniel soltó una risa profunda y sin humor.

—¿Crees que quiero acostarme contigo?

Cordelia se movió al otro extremo de la habitación.

—No me puedes obligar.

—Te lo tienes muy creído —dijo Nathaniel. Se sentó en la mesita frente a la chimenea—. Ya he probado tus encantos.

Cordelia se sonrojó profundamente; sus mejillas se tiñeron primero de rosa y luego de carmesí. Alargó la mano hacia una palmatoria.

—¿Cómo te atreves? —explotó ella y le lanzó la base de plata—. ¡Fuera!

Nathaniel se agachó, esquivando su arma. Luego, cuando esta se estrelló contra la pared, se puso en pie. En cuatro largas zancadas, llegó hasta ella. La agarró por los hombros, la miró fijamente a los ojos azules y dijo:

—Eres mi esposa y te comportarás como tal.

Desesperado por hacerla callar y poner fin a su enfrentamiento, la besó apasionadamente. Ella apretó las manos contra su pecho, pero entreabrió los labios y su lengua se deslizó para encontrarse con la de él.

La muy hipócrita.

Decidido a besarla hasta dejarla sin sentido, la atrajo con fuerza hacia sí y ajustó el ángulo de sus labios.

Nathaniel sintió el momento en que Cordelia se rindió, y una sensación de victoria le invadió. Ella se relajó contra él, y sus labios hambrientos aceptaron con avidez todo lo que él le ofrecía. Cuando un pequeño gemido resonó en su interior, él interrumpió el beso.

No había venido aquí para seducirla. Aunque le apetecía mucho llevársela a la cama, no tenía ningún deseo de hacerlo mientras estuvieran enfadados. Se quedó mirando a la ahora dócil Cordelia y esbozó una leve sonrisa.

—¿Quizá mañana podamos hablar?

Ella entreabrió los labios como si quisiera decir algo, pero luego los cerró

—Te veré en el desayuno.

Nathaniel hizo una reverencia y salió de la habitación.