Capítulo 5
Cordelia temblaba desde la coronilla hasta los dedos de los pies. ¿Cómo se atrevía Nathaniel a amenazarla? Le fulminó con la mirada.
—Muy bien, ahora quítate de en medio —dijo con tono cortante, sin hacer ningún esfuerzo por ocultar su enfado.
—Volveré en cuanto consiga un permiso especial. Comparte la buena noticia con tus padres —dijo Nathaniel, en un tono que no admitía réplica.
En cuanto él se apartó de su camino, Cordelia se apresuró a su dormitorio. Para cuando él se diera cuenta de lo que había pasado, ella ya se habría ido. Y lo mejor de todo: para cuando él la alcanzara, ella ya sería libre.
Con el permiso de su madre, Cordelia había escrito a su prima, Marybeth, en Yorkshire. Ahora se estaba preparando para ir a visitarla. Su carruaje partiría por la mañana.
Aunque Nathaniel llegara mañana con el permiso en la mano, ya sería demasiado tarde. Como mínimo, ella estaría a varias horas de distancia.
Cordelia abrió la puerta de su dormitorio con una sonrisa de satisfacción. Se asomó por la ventana para mirar con ira la figura de Nathaniel que se alejaba. ¡Ese canalla arrogante! Ya le demostraría ella.
No se dejaría intimidar, ni permitiría que la obligara a nada. No podía hacerlo, pues tenía que proteger al bebé. Se llevó una mano protectora al vientre. A su hijo le iría mejor como hijo de una viuda que como hijo de un vividor.
Un momento de pesar la invadió. No era remordimiento por lo que había hecho, ni por las consecuencias de ello, sino que lamentaba con quién lo había hecho. Si Nathaniel fuera cualquier otro hombre, un hombre decente, todo sería diferente.
Se casaría con él sin remordimientos. Puede que incluso encontrara alegría en ese acuerdo. Su hijo sería legítimo y ella podría quedarse en Inglaterra. Pero no con Nathaniel.
Casarse con él la destrozaría, y el daño afectaría a su bebé.
Serían objeto de cotilleos, y la élite de la sociedad no les acogería con los brazos abiertos.
Cada vez que Nathaniel se alejara de su lecho, sus acciones le apuñalarían el corazón, ya que seguramente acabaría por amarlo. El dolor y la vergüenza la consumirían.
Su hijo sería marginado y se vería obligado a crecer en un hogar infeliz.
Si daba a luz a un niño, quizá él superara todo aquello y llegara a tener una buena vida como noble.
¿Pero una niña? Le resultaría muy difícil encontrar un lugar entre los aristócratas.
Lo más probable es que careciera de candidatos adecuados para el matrimonio.
Cordelia no podía someter a su hijo a esas consecuencias devastadoras. No podía arriesgar el futuro de su hijo. Tampoco se condenaría a sí misma a esa vergüenza y dolor.
Enderezó la postura y se dirigió a su tocador con nueva determinación. Mientras esperaba a su doncella, se quitó las horquillas y comenzó a cepillarse el pelo.
Al poco rato se oyó un golpecito en la puerta de su dormitorio.
—Adelante —exclamó Cordelia.
Macy, su doncella, entró.
—Buenas noches, milady —dijo Macy, haciendo una reverencia.
Cordelia sonrió y dijo:
—Asegúrate de que mis cosas están listas al amanecer. No quiero retrasar mi partida.
Macy se acercó mientras Cordelia se ponía de pie para que pudiera ayudarla a quitarse el vestido.
—Tengo sus baúles y su maleta listos para partir.
—Muy bien —dijo Cordelia, dándole la espalda para que Macy pudiera desabrocharle el vestido—. Quiero despertarme al amanecer. Vístete y prepárate antes de que salga el sol. En cuanto estés lista, ven a despertarme.
—Como desee, señora —dijo Macy con voz alegre—. A decir verdad, estoy emocionada por el viaje. Hace bastante tiempo que no visitamos Yorkshire.
—Cierto.
Cordelia sonrió mientras el vestido se deslizaba por sus hombros. Salió de entre el montón de tela organdí y se dirigió a la cama.
Macy recogió el montón de tela azul del suelo y lo apretó contra su pecho. Volviéndose hacia Cordelia, le preguntó:
—¿Necesita algo más? ¿Quizá un tónico para ayudarla a dormir? ¿O un vaso de leche caliente?
—No, gracias, Macy. Ve a descansar.
Cordelia se subió la colcha hasta la barbilla mientras Macy se retiraba.
No podía evitar preguntarse si su dama de compañía, que era bastante perspicaz, ya se había dado cuenta de su estado o si simplemente estaba guardando silencio al respecto.
La mujer se fijaba en todo, incluido el hecho de que Cordelia no había estado durmiendo bien, por lo que sospechaba que era lo segundo y estaba muy agradecida de que Macy no sacara a relucir el embarazo.
Era una sirvienta excelente, y Cordelia tenía la intención de mantenerla a su servicio una vez que recuperara su libertad.
¿Quizá Macy podría hacer las veces de acompañante y doncella?
Aunque Cordelia recuperaría el control de sus finanzas, no dispondría de tanto dinero como para contratar a todo un equipo de sirvientes.
Habría suficiente para una casita acogedora, Macy, una cocinera, un lacayo y una criada. Lo más probable era que Cordelia no pudiera permitirse una nodriza ni una niñera. No le importaba, ya que pensaba ser una madre muy implicada, pero le preocupaba no estar a la altura de la tarea.
¿Quizá estaba cometiendo un error?
¿Y si no producía suficiente leche para el bebé? ¿Y si su bebé no respondía bien a ella? ¿Y si el bebé lloraba y lloraba, y ella no sabía cómo calmarlo? Cordelia tenía muy poca experiencia con bebés.
Suspiró y se cubrió el vientre con la mano. Esos pensamientos la volverían loca, y en realidad no había motivo para ello. Todo saldría bien. Cordelia aprendería a ser una madre excelente. Criaría al niño con amor y paciencia. Además, Macy estaría con ella para ayudarla.
Quizá incluso pudiera encontrar una criada o una cocinera con experiencia con niños. Mejor aún, quizá Marybeth le permitiera quedarse un tiempo. Su prima tenía tres hijos, y ella había participado activamente en la crianza de todos ellos.
Resultó que Marybeth se enamoró de un granjero de la zona y no hubo quien la hiciera cambiar de opinión. Se escapó y se fugó con él. La familia había tardado años en perdonarla e, incluso ahora, a menudo la dejaban de lado. Aun así, Cordelia y ella seguían siendo muy cercanas a pesar del escándalo.
Marybeth la acogería y la ayudaría. Cordelia estaba segura de ello.
—Todo irá bien, pequeño. Mamá te lo promete —le susurró Cordelia a su bebé antes de quedarse dormida.
A la mañana siguiente, Cordelia se dirigió a grandes zancadas hacia el salón con una sonrisa en los labios y un paso alegre. Su madre y su padre la esperaban dentro para despedirse de ella, y ella estaba deseando decirles adiós. No veía la hora de marcharse de allí.
Entró en el salón y se quedó paralizada, palideciendo de golpe. Todo su cuerpo parecía dar vueltas mientras luchaba contra las ganas de desmayarse, de vomitar o de ambas cosas.
¿Qué demonios hacía Nathaniel allí?
Su mirada pasó rápidamente de la expresión de satisfacción de él a la de sus padres, que mostraban una mezcla de desaprobación e ira. El párroco estaba cerca, con la Biblia en la mano.
La ira le bullía por dentro. No era difícil adivinar lo que estaba pasando. Ese sinvergüenza sin escrúpulos había conseguido su permiso especial y se lo había contado todo a sus padres. Estaba allí para obligarla a casarse.
¡Quería estrangularlo!
Cordelia apretó los puños en los costados y miró con ira a Nathaniel.
—No me casaré contigo —dijo, con tono alto y firme.
—Te casarás con el vizconde.
La orden de su padre resonó en la habitación.
Cordelia negó con la cabeza y empezó a retroceder hacia la salida. La puerta del salón se cerró, haciendo que un golpe sordo le retumbara en el corazón. Mantuvo la mirada fija en Nathaniel mientras decía:
—No lo haré.
—Perdiste el derecho a elegir cuando te acostaste con él —dijo su padre, con un tono en su voz que denotaba asco.
La ira y la vergüenza invadieron a Cordelia mientras se obligaba a sostener la mirada de su padre.
—Por favor, padre. No puedo casarme con él.
Su madre se acercó con paso firme, entornando los ojos y con una mirada iracunda.
—Debes hacerlo. Estás embarazada de él. Quedarás arruinada. ¡Todos quedaremos arruinados!
—Nadie quedará arruinado —dijo su padre a su madre para tranquilizarla, rodeándole los hombros con el brazo—. Cordelia se va a casar con el vizconde, y lo hará en este mismo instante. —Dirigió su mirada autoritaria hacia Cordelia—. Ocupa tu lugar junto a lord Wolverton.
Cordelia negó con la cabeza, apretando los labios en una línea firme.
No encontraba las palabras, no se atrevía a hablar.
Nunca en toda su vida había desafiado a sus padres de forma tan descarada, pero nunca antes había habido tanto en juego.
No podía ceder a las exigencias de su padre.
No podía permitir que Nathaniel la obligara a casarse con él.
—Sé razonable —dijo su madre, y se dispuso a agarrar a Cordelia por el brazo—. Si no obedeces, nos veremos obligadas a repudiarte. Todo el mundo cotilleará sobre ti y te tacharán de ramera. —Su mirada se posó en el vientre de Cordelia—. El niño será un bastardo.
Cordelia se plantó, impidiendo que su madre la llevara junto a Nathaniel y al párroco que esperaba allí.
—No. —Negó con la cabeza—. Tengo un plan para protegernos a todos. Por favor, escúchame. Déjame ir a Yorkshire. Tendré a mi bebé y luego me iré de Inglaterra para vivir como viuda. —Volvió la cabeza para encontrarse con la mirada gélida de su padre—. Por favor, padre —suplicó.
Antes de que su padre pudiera responder, alguien carraspeó, lo que atrajo la atención de Cordelia hacia el rincón más alejado del salón. ¡Santo cielo! El conde de Holloway, el padre de Nathaniel, se levantó de una silla de respaldo alto.
—Permíteme unos minutos a solas con lady Cordelia. Creo que puedo hacerla cambiar de opinión —dijo.
Cordelia no supo decir por qué, pero su madre le soltó el brazo. En unos pocos segundos, el salón quedó vacío, salvo ella y el conde.
Cordelia cerró los ojos con fuerza e inhaló profundamente. Que el cielo la ayudara. No podía imaginar qué diría lord Holloway, pero sabía que no quería oírlo. Lo único que Cordelia deseaba era estar a salvo en el carruaje de camino a Yorkshire.
—Lady Cordelia —comenzó él, y ella abrió los ojos, centrando su atención en él. Él esbozó una leve sonrisa—. Puedo entender tus objeciones.
Una chispa de esperanza se encendió en lo más profundo de su pecho. ¿Quizás tenía un aliado?
—Entonces, ¿me ayudará a evitar esta unión?
—Ah, me temo que no es tan fácil escapar de tu situación. —El conde negó con la cabeza. En sus ojos parecía reflejarse el pesar—. La única forma que veo de que puedas evitar casarte con ese holgazán que tengo por hijo es casándote con otra persona… hoy mismo. ¿Hay alguien más?
Cordelia se encogió de hombros.
—No, milord.
—Entonces parece que no tienes otra opción.
Honra los deseos de tus padres y haz lo que es correcto para el niño.
Sin duda, tu futuro es sombrío. —Le puso una mano en el hombro—.
No te envidio. Una chica tan joven y atractiva obligada a casarse con un sinvergüenza de mala muerte.
Él no te merece. Nathaniel nunca ha valido ni el aire que respira.
Un escalofrío de aversión le recorrió la espalda.
¿Cómo podía un padre hablar así de su hijo?
Las palabras del conde transportaron a Cordelia de vuelta a la biblioteca.
La llevaron de vuelta al día en que ella y Nathaniel se habían unido.
No era de extrañar que Nathaniel se comportara así con un monstruo como padre.
—Pero puedes consolarte con el hecho de que algún día serás condesa.
Cordelia se apartó del contacto del conde.
—Me importa un comino su título. —Alzó la barbilla—. Me voy a casar con Nathaniel por la única razón de demostrarle que se equivoca.
—¿Ah, sí?—preguntó el conde, arqueando las cejas con aire divertido.
Cordelia se dirigió a zancadas hacia la puerta del salón, pero no sin antes decir:
—Su hijo no es un inútil.
La risa sombría del conde la persiguió, envolviéndola en un mal presentimiento mientras empujaba la puerta para abrirla. Cordelia hizo caso omiso de esa sensación inquietante y se encontró con la mirada de Nathaniel.
—Empecemos con la ceremonia.
Antes de que tuviera tiempo de reflexionar sobre sus actos o las razones que los motivaban, el párroco les declaró marido y mujer. No hubo fanfarria, ni vestidos elegantes, ni flores ni damas de honor; nada, salvo el permiso especial y quienes estaban presentes en el salón.
Cuando todo terminó, su madre y su padre se dieron la vuelta y salieron del salón sin decir ni una palabra. El conde les siguió, deteniéndose un momento para dirigirle a Cordelia un gesto de cabeza con aire de autosatisfacción.
—Apuesto a que te arrepentirás de este matrimonio antes de que se ponga el sol esta noche —dijo, sacudiendo la cabeza—. La marginada y el holgazán… eso debería proporcionar diversión sin fin.
Nathaniel se estremeció como si las palabras de su padre le hubieran asestado un golpe, y luego dio un paso hacia él.
Cordelia le puso la mano en el brazo.
—Deja que se marche.
Para su sorpresa, Nathaniel se quedó quieto. Los dos permanecieron de pie, uno al lado del otro, en silencio, mientras el conde se despedía. Una vez que lord Holloway desapareció de su vista, Nathaniel se volvió hacia Cordelia.
—Tienes razón. Vámonos a casa.
A casa. Ahora se tenía que ir con él. Al hogar de Nathaniel… No, al hogar de ambos. Estaría en su territorio como su esposa. A solas con él por primera vez desde la biblioteca. A su merced.
No le quedaba nada más que hacer. Cordelia tragó saliva con dificultad y luego asintió con la cabeza.
De alguna manera, mantendría su independencia y protegería su corazón.