Este canalla mío (El beso de un pícaro 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Siete semanas más tarde…

Iba a vomitar. Cordelia se llevó una mano al estómago revuelto y corrió hacia el orinal. Que el cielo la ayudara. Se arrodilló en el suelo de su dormitorio mientras vomitaba. Ya no podía negar que algo iba mal.

Se limpió la boca con un pañuelo bordado y luego se sentó sobre los talones. Su mente volvió a aquel día en la biblioteca de Nathaniel. El día en que se había entregado a él. Sus mejillas ardieron al recordar aquel delicioso encuentro antes de que su estómago se revolviera otra vez.

Dios mío, ¿podría estar embarazada de él?

Cordelia rebuscó en su memoria, tratando de recordar cuándo había tenido la última menstruación.

No había tenido ninguna. No desde antes de hacer el amor con Nathaniel. Su mente se aceleró, contando las semanas. Ocho, nueve. Llevaba casi nueve semanas sin sangrar. Se sintió débil al darse cuenta.

Dios mío, iba a volver a vomitar.

Cordelia se inclinó sobre el orinal, con la cabeza dando vueltas, el corazón a mil y el estómago revuelto. ¿Qué iba a hacer ahora?

Iba a ser madre.

Nathaniel iba a ser padre.

Se agarró con fuerza a los bordes del orinal. ¡Sus padres la iban a matar!

Cordelia ya podía oír los sollozos de su madre.

La ira de su padre. Le dirían: «Cuatro temporadas sociales, has tenido cuatro temporadas para encontrar un buen partido.

Tenías tanto potencial, pero lo has echado todo por la borda y te has arruinado la vida.

¿Así es como nos pagas todo lo que hemos hecho por ti? »

Estarían furiosos. Desde luego, no recibiría ningún apoyo de su parte. Cordelia suspiró y cerró los ojos. Ya tenía suficientes preocupaciones. No iba a añadir las reacciones de sus padres a la tormenta que se avecinaba.

Cordelia había aceptado hacía mucho tiempo que acabaría siendo una solterona. Esperaba con ilusión el día en que pudiera marcharse de casa de sus padres y emprender su propia vida. Aunque ahora no sabía cómo sería esa vida. Solo sabía que seguía deseándolo.

Desde luego, no podía quedarse con sus padres.

Su madre tenía buenas intenciones, pero era demasiado autoritaria y entrometida. A menudo era bastante cruel al «guiar» a Cordelia por la vida. A su padre, en general, no le importaba nada su hija. Cordelia no era más que una hija incómoda en el peor de los casos y un adorno elegante en el mejor.

Suspiró, luego se puso en pie y se acercó al espejo. Su madre solía achacar el fracaso de sus temporadas a la falta de belleza tradicional y de habilidades femeninas de Cordelia. Esas palabras le dolían, aunque Cordelia no se las creyera.

Cordelia llevaba mucho tiempo pensando que la forma de actuar de su madre ahuyentaba a los posibles pretendientes.

En su primera temporada, hubo un par de caballeros que se interesaron por ella.

Pero, cuando su madre empezó a presionar para que le hicieran propuestas de matrimonio, aquellos caballeros se echaron atrás.

Cuanto más presionaba su madre y más la empujaba hacia los hombres solteros, menos hombres le prestaban atención. Nadie le había pedido nunca la mano, salvo un lord que le triplicaba la edad.

Su padre se puso furioso cuando Cordelia rechazó la propuesta. No le importaba que el lord fuera lo suficientemente mayor como para ser su abuelo. Sobre todo cuando tenía un título y las arcas a rebosar.

Nada de eso importaba ahora. No habría más propuestas, y ella se alegraba de ello.

Su madre también dejaría de entrometerse.

Aunque Cordelia estaba segura de que primero tendría que aguantar algunas palabras crueles.

Se estremeció, sabiendo que su madre le daría una buena reprimenda cuando descubriera su estado.

Si es que realmente estaba embarazada de Nathaniel.

Su padre, sin duda, la insultaría y la acusaría de traer la deshonra a la familia.

Y eso que sus aventuras amorosas eran una fuente inagotable de cotilleos.

Su padre alardeaba de sus amantes sin tener en cuenta cómo su comportamiento avergonzaba y humillaba a su madre y a ella misma.

Cordelia pensaba que su comportamiento era otra razón más para que los caballeros respetables la evitaran.

Se quitó la camisola por la cabeza y la dejó caer al suelo. A continuación, se quedó mirando fijamente el espejo de cuerpo entero que había junto a su tocador. Extendiendo los dedos sobre su abdomen, se fijó en su reflejo.

La suave curva de su vientre no había cambiado, ni sus pechos estaban más llenos. Aun así, no le había bajado la regla y se encontraba mal cada mañana. Habían pasado siete semanas desde que Nathaniel se acostó con ella. ¿Quizás aún no estaba lo suficientemente avanzada como para notar cambios?

Estaba claro que algo no iba bien, y el embarazo era lo único que tenía sentido. Un pequeño destello de esperanza cobró vida en su corazón.

Cordelia siempre había soñado con ser madre. Había relegado ese sueño a un segundo plano y lo había enterrado bajo nuevas visiones de una vida independiente. No obstante, sus sueños anteriores permanecían en lo más recóndito de su mente.

Sonrió mientras se miraba el vientre e imaginaba a un bebé creciendo en su interior. Un pequeño querubín con sus ojos azules y el pelo rubio y rizado de Nathaniel. ¿Sería niño o niña?

No importaba. Fuera como fuera, protegería y querría a ese niño, si es que había un bebé. Tenía que averiguarlo con certeza. De una forma u otra, tenía que saberlo.

Cordelia necesitaba un médico. Sería la única forma de confirmar sus sospechas y decidir qué hacer con respecto al futuro. Pero no podía llamar al médico de la familia. Necesitaba ver a un médico que no la conociera, uno que no se lo contara a sus padres… ni a Nathaniel.

Una sensación de desesperanza le atravesó el corazón mientras se pasaba la camisola por la cabeza. Armándose de valor, llamó a su doncella.

No había nada que perder. De hecho, tenía todo por ganar. Un hijo al que amar y proteger. Cordelia podía ser madre. Una vez que supiera con certeza que había un niño, ya pensaría la manera de proceder.

Nathaniel no había pedido un bebé. Ni siquiera se había propuesto acostarse con ella.

Podría acudir a él. Podría contarle sus sospechas, pero sabía cómo acabaría aquello.

No quería atraparle en una unión condenada al fracaso.

Y lo que era más importante, Cordelia no condenaría a su hijo a crecer en un hogar sin amor.

Su bebé. Sonrió: un hijo solo para ella, al que amar y proteger. Esa idea le llenó el corazón de alegría, y supo que, de alguna manera, todo saldría bien.

Pero necesitaba ayuda.

Dos horas más tarde, Cordelia estaba sentada en el salón de Celia, tomando té a sorbos. Tal y como Celia había predicho, las dos se habían hecho muy buenas amigas. Celia sabía lo de la aventura de Cordelia con Nathaniel. Si alguien podía ayudarla, esa era Celia.

Cordelia rechazó con un gesto el dulce que Celia le ofrecía.

—No podría comerlo aunque quisiera —dijo.

—¿Por qué no?

Celia arqueó una ceja.

Cordelia sintió cómo se sonrojaba, mientras la vergüenza y la inquietud la sacudían hasta lo más profundo. Reunió todo el valor que pudo y mantuvo la mirada fija en la de su amiga.

—Sospecho que estoy embarazada.

Los ojos azules de Celia se abrieron como platos y su mirada se dirigió al vientre de Cordelia.

—Tienes que casarte con él.

—No.

Cordelia negó con la cabeza

—Pero… —dijo Celia, pero Cordelia la interrumpió.

—No lo sé con certeza, y aunque fuera así, no nos obligaré a todos a llevar una existencia miserable.

—Ay, ya estamos otra vez. —Celia dejó la taza de té sobre la mesa, frunciendo el ceño—. ¿Cómo puedes estar tan segura de que una vida con lord Wolverton sería miserable?

—Él no me quiere —dijo Cordelia negando con la cabeza—, ni lo hará nunca.

—Tonterías. —Celia hizo un gesto de desdén con la mano—. Lord Wolverton tiene muchas cualidades admirables, y ya te ha pedido matrimonio dos veces. Puede que no te quiera, pero desea casarse contigo. Es más de lo que muchas parejas tienen al principio.

—Tres veces —suspiró Cordelia—. Me lo ha pedido tres veces, pero no lo decía en serio.

—Te equivocas —dijo Celia, esbozando una pequeña sonrisa en las comisuras de sus labios—. Un hombre no sería tan persistente si no quisiera casarse con la mujer en cuestión.

Cordelia negó con la cabeza.

—Siente una responsabilidad hacia mí por lo que hicimos. No es nada más, y eso no es precisamente una buena razón para casarse.

—Pero un bebé sí lo es. —Celia se inclinó hacia Cordelia, con la mirada inquisitiva, escrutándola—. No creo que quieras que tu hijo crezca como un bastardo.

Las palabras de Celia le dolieron, y Cordelia contuvo el aliento ante la impresión que le causaron. No permitiría que nadie maltratara a su hijo, ni que le tildaran de bastardo. De alguna manera salvaguardaría su secreto y protegería al niño… si es que había uno.

Tragándose el nudo que tenía en la garganta, Cordelia dijo:

—Ni siquiera sé si hay un bebé. Necesito tu ayuda. Por eso he acudido a ti.

—¿Ah, sí? —preguntó Celia frunciendo el ceño con curiosidad—. ¿En qué puedo ayudarte?

Cordelia enderezó los hombros, con renovada determinación.

—Necesito ver a un médico. Uno que no me conozca, y esperaba que tú pudieras organizarlo.

—Ya veo —dijo Celia asintiendo—. Mandaré llamar a mi médico de inmediato.

Cordelia exhaló un suspiro de alivio y luego dijo:

—Gracias.

—No hay de qué —respondió Celia mientras se dirigía hacia la cuerda de la campana—. Y, por suerte, mi hermano y la duquesa se han llevado a mi madre al pueblo, así que no habrá nadie aquí que vea al médico entrar y salir.

—Gracias a Dios —suspiró Cordelia.

Ni siquiera había pensado en que la familia de Celia pudiera descubrir lo que le estaba pasando. Cordelia tendría que ser mucho más cautelosa.

Una hora más tarde, Cordelia yacía tumbada en una cama de una de las habitaciones de invitados de Celia mientras un médico la examinaba. El hombre de cabello canoso y gafas le sonrió.

—Sin duda, hay que felicitarla, milady. —Dio un paso atrás y Cordelia se incorporó hasta quedar sentada—. Según mis cálculos, está de dos meses… aproximadamente.

Cordelia asintió y luego recuperó la voz.

—Gracias, doctor Hartley.

El médico cogió su maletín de cuero marrón.

—No preveo ninguna complicación, ya que parece estar perfectamente sana. Sin embargo, si surgiera la necesidad, manden a buscarme.

—Lo haré.

Cordelia dejó caer las piernas por el borde del colchón y se sentó.

—Que tengan buen día, señoras.

El médico hizo un gesto con la cabeza y se marchó.

Celia se apresuró a cerrar la puerta del dormitorio y luego se sentó rápidamente en la silla frente a la cama.

—Debes decírselo a lord Wolverton.

—No me ha vuelto a pedir matrimonio desde la noche del baile. Estoy bastante segura de que no piensa en mí ni le importa lo que esté pasando.

—Apuesto a que te equivocas.

Celia ladeó la cabeza.

—No quiero arruinarle la vida —replicó Cordelia—, revelarle mi estado solo haría que me volviera a pedir matrimonio. —Cerró los ojos con fuerza y exhaló un largo suspiro—. Y él no quiere casarse conmigo.

Celia se frotó las sienes.

—Está claro que será inútil discutir el tema cuando ya has tomado una decisión.

Cordelia miró a Celia a los ojos.

—Exacto.

—Oh, muy bien. Entonces, ¿qué piensas hacer?

Celia se inclinó hacia delante, con una mirada comprensiva, aunque su frente se arrugaba de preocupación.

Cordelia se rodeó la cintura con los brazos y bajó la mirada hacia su vientre.

—No lo sé —dijo en voz baja.

—Díselo —instó Celia—. Deja que él cuide de ti.

Cordelia negó con la cabeza. Miró a Celia a los ojos y suspiró.

—Ya se me ocurrirá algo. Mi vigésimo sexto cumpleaños se acerca a pasos agigantados. Si consigo ocultar mi estado hasta entonces, obtendré mi libertad y los fondos que vienen con ella.

—¿Y luego qué? —insistió Celia mientras le cogía la mano a Cordelia—. ¿Y si alguien descubre tu estado antes de esa fecha?

—No lo harán —afirmó Cordelia—. En cuanto llegue mi cumpleaños, desapareceré. Empezaré una nueva vida en algún lugar lejos de aquí y viviré como viuda. Nadie se dará cuenta de nada.

Celia se mordió el labio inferior por un momento mientras observaba a Cordelia.

—Ojalá te lo replantearas. Lord Wolverton tiene derecho a saber que va a ser padre.

El niño tiene derecho a tener a sus dos padres, y tú tienes derecho a la felicidad.

Piénsalo, Cordelia. ¿Qué clase de vida llevarás escondida, sola en algún rincón tranquilo de Inglaterra o Francia, o donde sea?

Te sentirás sola. Tu hijo crecerá creyendo una mentira.

—No hay nada en qué pensar más que en cómo voy a ocultar mi embarazo durante los próximos dos meses y medio. —Cordelia se levantó y se dirigió hacia la puerta, pero luego se giró para mirar a Celia—. Sé que solo intentas ayudar, pero ya lo tengo decidido.

—¿Y si, dentro de unos años, alguien te reconoce? ¿Y si descubren que no eres viuda y difunden la información a cualquiera? No habrá forma de salvar tu reputación. Ni de salvar al niño de la ruina.

Cordelia se detuvo un momento, sopesando la posibilidad, y luego se llevó la mano a la cadera.

—Eso no va a pasar. Viviré lejos de todos los que me conocen y en un lugar solitario. Estaremos a salvo.

Celia le tomó la mano a Cordelia.

—Ojalá te lo replantearas. No está bien ocultarle esto a él.

Cordelia entornó los ojos mientras miraba fijamente a Celia.

—No se lo digas.

Celia apretó los labios y negó con la cabeza.

—Es un gran secreto que guardar.

—Pero lo guardarás, sin falta. —Cordelia cogió su gorro y sonrió—. Gracias por tu ayuda hoy. Y por tu silencio al respecto.

Rezó para que Celia, efectivamente, guardara silencio.