Este canalla mío (El beso de un pícaro 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Cordelia exhaló lentamente mientras la puerta de la biblioteca se cerraba tras Nathaniel. No había pensado en cómo podría reaccionar él después de lo que habían hecho, pero de haberlo sabido… Bueno, desde luego no habría esperado que se enfadara.

Ese hombre era un vividor, un soltero empedernido. Había dejado claro a toda la sociedad que no tenía ningún deseo de casarse. Por el amor de Dios, debería haberse puesto contento cuando ella le rechazó. Entonces, ¿por qué no lo estaba?

Cordelia se recogió el pelo en la nuca y se lo sujetó con una horquilla.

Hubiera apostado a que lo único que le dolía era su orgullo. Al fin y al cabo, ¿qué dama en su sano juicio rechazaría una propuesta de matrimonio del vizconde Wolverton, el futuro conde de Holloway? Pero ahí radicaba precisamente el problema. En realidad, él no le había pedido matrimonio.

Al menos, no porque la quisiera como esposa. No. Le había pedido matrimonio por solo por su honor. En su mente, la había deshonrado y, por lo tanto, tenía que casarse con ella. Ella no estaba dispuesta a aceptarlo.

Si Cordelia se casaba, sería por amor. Hubo un tiempo en el que no deseaba nada más que un marido e hijos, pero que el amor siempre fuera el nexo de unión. No quería un matrimonio sin amor.

Y desde luego no con un sinvergüenza que la dejaría destrozada. Y sabía que casarse con Nathaniel haría precisamente eso.

—¡¿Estás loca?! —exclamó una voz femenina.

Cordelia dio un respingo y se giró para mirar a la desconocida. Le ardían las mejillas al darse cuenta de que aquella mujer había estado en la biblioteca todo el tiempo. Dios mío, sabía lo que Cordelia había hecho. Se le revolvió el estómago y sintió que se le debilitaban las piernas.

La otra mujer se acercó a ella con una mirada amable.

—No te preocupes. Tu secreto está a salvo conmigo. —Le dedicó una cálida sonrisa—. Te aseguro que no soy una chismosa.

Cordelia respiró hondo para tranquilizarse. Esperaba con todas sus fuerzas poder confiar de verdad en aquella mujer. Y aunque sospechaba que podía hacerlo, eso no servía de mucho para aliviar su vergüenza.

—Soy lady Celia Kendal, hermana del duque de Selkirk. —Hizo una reverencia—. ¿Y tú?

Por un momento, Cordelia pensó en mentir. Al fin y al cabo, esa mujer no podría traicionarla si no conocía su verdadera identidad. Pero entonces se le ocurrió que probablemente sus caminos volverían a cruzarse. A la dama no le costaría mucho descubrir su verdadera identidad.

Resignada, dijo:

—Lady Cordelia Daventry.

Y a continuación hizo una reverencia.

La dama entrelazó su brazo con el de Cordelia y sonrió.

—Tengo la sensación de que seremos grandes amigas. —Inclinó ligeramente la cabeza, y un rizo rubio le rozó la mejilla—. Vaya, ya tenemos algo en común. Nuestros nombres empiezan por la letra C, y las dos hemos huido del baile.

Llevó a Cordelia hacia unos sillones que había cerca de la chimenea.

—Vamos a conocernos mejor. Me muero de curiosidad.

Lady Celia soltó el brazo de Cordelia y se dejó caer en un sillón mullido.

—¿Por qué has rechazado la propuesta del vizconde?

—Apretó los labios mientras Cordelia se sentaba y luego continuó—: No hace falta que me lo cuentes si no quieres.

Sé que estoy siendo bastante descarada. Mi madre se enfadaría muchísimo y me diría que mi comportamiento es inaceptable.

—Lady Celia negó con la cabeza—. Personalmente, creo que la curiosidad forma parte de la naturaleza humana. Y, además, ahora somos amigas, ¿no?

Cordelia no pudo evitar sonreír ante aquella dama tan vivaz.

—Claro, lo somos —asintió—. Y para responder a tu pregunta, el vizconde no me ama.

—¿Pero tú le amas? —preguntó lady Celia, arqueando una ceja dorada con aire especulativo.

Cordelia negó con la cabeza.

—Apenas lo conozco. Hemos sido vecinos toda la vida, pero nunca hemos tenido una conversación de verdad. Lo que ha pasado aquí…

Sus palabras se apagaron mientras sus mejillas se sonrojaban.

—¿Ha sido un error? —insistió lady Celia.

—No. —Cordelia negó con la cabeza No se arrepentiría de lo que había hecho.

Cada momento escandaloso estaba grabado a fuego en su mente, y atesoraría ese recuerdo—.

No lo llamaría un error. Fue… Nosotros… —Cerró los ojos un instante mientras ordenaba sus pensamientos—.

No sé cómo lo llamaría, pero no me arrepiento de nada.

—Aun así, ¿no quieres casarte con él?

Lady Celia la miró fijamente, con incredulidad en la mirada.

—No. —Cordelia jugueteó con un pliegue de su falda—.

Soy una solterona, ya ves. Mis esperanzas de encontrar marido se desvanecieron hace mucho tiempo.

Pero sigo siendo una mujer. Quería saber lo que se sentía al estar con un hombre.

Y la verdad es que lord Wolverton me parece bastante guapo.

—Echó la cabeza hacia atrás y frunció el ceño mientras miraba el techo—.

A saber qué piensas de mí. Seguro que te parezco una mujerzuela.

Lady Celia le cogió la mano a Cordelia y dijo:

—No pienso nada de eso.

Cordelia volvió a mirar a lady Celia a los ojos y se sintió reconfortada por la sinceridad que vio en ellos. No sabía decir por qué, pero aquellas palabras no pronunciadas significaban mucho para ella, y sabía que había encontrado una amiga que merecía la pena tener.

—Gracias.

—En cuanto al vizconde… Es amigo de mi hermano y, aunque reconozco que su reputación no le ensalza precisamente, he podido comprobar de primera mano sus extraordinarias cualidades.

Es bastante divertido y siempre está dispuesto a ayudar a los demás.

Lord Wolverton también tiene un carácter amable y gentil. Quizá quieras replanteártelo.

—Por supuesto que no —dijo Cordelia con convicción—. Nunca me encerraría en un matrimonio sin amor. Ni se lo pediría a él.

—Podríais llegar a amaros —dijo lady Celia, con la voz llena de optimismo—. Es evidente que vosotros dos compartís algo… Cariño, atracción… No lo sé, pero sea lo que sea, podría convertirse en amor.

Cordelia suspiró.

—Supongo que siempre hay una posibilidad, pero dudo que las probabilidades estén a mi favor. En cualquier caso, no soy de las que se arriesgan.

Lady Celia asintió con comprensión.

—En ese caso, tienes mi apoyo, así como mi discreción. Volvamos al baile.

Cordelia tragó saliva para hacer desaparecer el nudo que tenía en la garganta. No sabía cómo iba a volver al baile después de lo que Nathaniel y ella habían hecho, pero supuso que debía hacerlo.

Aun así, ¿cómo iba a reunirse de nuevo con los invitados y actuar como si nada pasara cuando todo había cambiado? ¿Se darían cuenta siquiera las demás chicas solitarias y solteronas si parecía un poco ausente? Su madre seguro que sí.

Como si lady Celia le hubiera leído el pensamiento, dijo:

—Ven con mi grupo. Estoy deseando presentarte a mi cuñada, la duquesa de Selkirk. Julia y tú os llevaréis de maravilla, estoy segura. Y mi hermano también está aquí, aunque probablemente esté en la sala de juego. ¿Vendrás con nosotros?

Cordelia sonrió mientras se levantaba de la silla.

—Estaré encantada.

Nathaniel dejó caer sus cartas. No estaba concentrado en la partida. Por mucho que lo intentara, sus pensamientos no dejaban de vagar hacia Cordelia. Le había hechizado. Le intrigaba. Su piel sedosa y sus suspiros entrecortados le habían marcado, y no tenía ningún deseo de dejarla marchar.

—¿Qué te pasa? —preguntó el duque de Selkirk con el ceño fruncido.

Nathaniel echó hacia atrás la silla y se puso de pie.

—Nada, es que no me apetece jugar a las cartas.

Sir Worthington dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

—Al menos podrías terminar la mano.

Frunció el ceño.

—Muy bien. —Nathaniel cogió sus cartas y las dio la vuelta—. He perdido. —Saludó con la cabeza—. Buenas noches, caballeros.

Para cuando Nathaniel llegó al vestíbulo, Selkirk ya estaba a su lado. Su amigo le puso una mano en el hombro y le dijo:

—Tómate las cosas con calma.

Nathaniel le lanzó una mirada, pero no aminoró el paso. Estaba decidido a buscar a Cordelia y decirle lo que pensaba. Aunque no sabía qué era lo que quería decirle. Lo único que sabía era que aquello no había terminado.

—¿Qué te tiene tan irascible? —preguntó Selkirk.

—Es que no me apetecía seguir perdiendo.

—Claro, yo también he perdido lo mío, y probablemente la duquesa me esté echando de menos.

—Apuesto a que es al revés —bromeó Nathaniel—. Quizá deberías ir a verla.

Selkirk se rio.

—¿Me acompañas?

—Claro.

Nathaniel se dirigió por el pasillo que llevaba al salón de baile. Una vez que hubiera saludado a la duquesa, se excusaría y buscaría a Cordelia.

No tuvo que buscar mucho. Nathaniel y Selkirk encontraron a la duquesa sin apenas esfuerzo, y Cordelia estaba a su lado. El pulso de Nathaniel se aceleró al verla. Sintió un nudo en el pecho, una sensación que no le resultaba familiar.

Cordelia frunció el ceño cuando Nathaniel se acercó, pero rápidamente esbozó una sonrisa forzada cuando él se inclinó sobre su mano. Estaba claro que ella no deseaba pasar más tiempo en su compañía. Sin embargo, él se negó a que le ignorara.

La miró fijamente a los ojos.

—Creo que este baile es nuestro.

—Te equivocas —dijo Cordelia, con una sonrisa falsamente dulce en sus labios en forma de arco.

Nathaniel echó un vistazo a la pista de baile y luego volvió a mirarla.

—En ese caso, ¿me concedes el honor de este baile?

Ella vaciló y él le agarró la mano. Nathaniel la separó del duque y la duquesa. Y, tras empujarla hacia la pista de baile, la envolvió entre sus brazos, apretándola contra su cuerpo.

—¿Qué demonios te pasa? —protestó Cordelia furiosa, mientras él mantenía su mano firme en la parte baja de la espalda de ella.

—Podría hacerte la misma pregunta —dijo él—. De hecho, te pega más a ti.

—¿Ah sí?

Cordelia arqueó una ceja de color azabache en señal de interrogación.

—Tú te muestras desafiante mientras yo intento ser honorable. —Nathaniel esbozó una sonrisa pícara y ella se deleitó con el rubor que se extendió por sus pómulos altos—. Te lo ofreceré una vez más, Cordelia. Piénsalo bien antes de rechazarme.

—No tengo nada que pensar. —Entornó los ojos mientras él la guiaba por la pista de baile—. Nadie, salvo nosotros, sabe lo que pasó. No hay motivo para casarnos.

—Si decides casarte en el futuro, tu marido lo sabrá. No creo que se lo tome muy bien cuando lo descubra.

Se le hizo un nudo en la garganta y un profundo rubor se extendió por su pecho y le subió por el cuello. La ira se encendió en sus ojos azules.

—No es asunto tuyo —dijo entre dientes.

—De hecho, sí es asunto mío. Soy el hombre que te mancilló. Es mi deber casarme contigo y, por eso, te lo volveré a pedir…

Sus palabras se desvanecieron mientras se inclinaba hacia ella.

A Cordelia se le cortó la respiración, y él juró haber visto un destello de algo tierno en su mirada. Una emoción a la que no podía poner nombre. Luego desapareció tan rápido como había aparecido. Le susurró al oído:

—Cordelia, cásate conmigo.

—No. —Ella le miró a los ojos un instante y luego apartó la mirada—. Y te ruego que dejes de preguntármelo, porque mi respuesta no va a cambiar. —Volvió a posar los ojos en los de él—. No tienes ninguna obligación conmigo. No me debes nada. Te libero de cualquier responsabilidad.

—Nunca pensé que fueras tonta. —Deslizó su mano por la espalda de ella y la atrajo hacia sí—. Pero me estás haciendo preguntarme si mi opinión sobre ti ha sido totalmente errónea. Piensa en el futuro, Cordelia.

Ella se puso rígida.

—Ya lo he hecho, y no quiero encadenarme a ti. Si me caso, será con un hombre honorable y porque estemos enamorados. Nunca me casaré con un sinvergüenza.

Sus palabras le apuñalaron el corazón. Ella lo consideraba un hombre deficiente, no lo suficientemente bueno como para casarse con él. La soltó.

—Entonces ya has tomado tu decisión.

—Así es —dijo ella con voz firme.

—Muy bien. No te lo volveré a pedir.

Nathaniel se dio la vuelta y se dirigió a zancadas hacia la salida.

Empujó el dolor de su rechazo a lo más profundo de su alma. Aceptaría su negativa como el regalo que era. Su conciencia permanecería tranquila y seguiría disfrutando de su libertad. Era lo mejor para él.

En el caso de Cordelia, eso era diferente, pero ella había tomado su decisión. Maldita sea, se lo había pedido tres veces. No había nada más que pudiera hacer.

Nada más que quisiera hacer. Al menos en lo que a Cordelia se refería.

No iba a darle más vueltas. Ella había conseguido lo que fuera que quería, quizá una aventura para una solterona, y él había conseguido mantener su soltería.

Ambos habían ganado.

Entonces, ¿por qué le pesaba tanto esa pérdida?