Capítulo 1 #2
Aquella mujer astuta se apretaba contra él, suplicándole que la devorara.
¿Había acudido a él con la intención de acostarse con él?
¿Estaba intentando conseguir un marido antes de que la dejaran de lado para siempre?
¿O simplemente andaba en busca de emociones?
¿Buscaba un recuerdo al que aferrarse en su vejez?
¿Acaso le importaba?
La mujer besaba como el diablo y tenía el aspecto de un ángel. Podría perderse en ella por un breve instante. Desquitarse de su frustración y su dolor en sus suaves curvas y su carne acogedora. Sus labios carnosos y su dulce y pequeño sexo podrían ser precisamente lo que necesitaba.
Además, ¿cuándo había rechazado Nathaniel a una mujer dispuesta? Si ella quería hacer de ramera para él, se lo concedería.
La maldad hundió sus afiladas garras en él, y decidió hacer algo más que complacerla. Para cuando hubiera terminado, ella estaría jadeando su nombre y temblando de satisfacción. Si lo que buscaba era un recuerdo… lo tendría.
Nathaniel no era un inepto. Sabía cómo manejarse con el cuerpo de una mujer. Sabía cómo darles placer y dejarlas a la vez satisfechas y con ganas de más.
Levantó a Cordelia, envolviendo las largas piernas de la mujer alrededor de sus caderas mientras la llevaba hasta una mesa cercana.
La fricción entre ellos la hizo gemir cuando la bajó hasta el borde de la mesa.
Su polla palpitaba y se tensaba contra los pantalones mientras la besaba por la base de su cuello.
Ella echó la cabeza hacia atrás, con los pechos sobresaliendo hacia delante mientras un pequeño suspiro de placer se escapaba de sus labios sonrosados. Sus rizos azabache se soltaron de las horquillas y le rozaban el cuello y las mejillas, y sus ojos azules estaban nublados por el deseo.
Nathaniel apenas podía controlar sus pasiones mientras se esforzaba por liberarle los pechos. Se llevó un pezón a la boca y ella se tensó.
Por un instante, esperó que ella le detuviera. Entonces, un gemido ronco salió de sus labios hinchados por los besos, y él se deleitó al ver que ella no le apartaba.
Le subió las faldas, deslizándolas por sus muslos hasta la cintura, y presionó su erección contra su entrepierna mientras succionaba sus pechos redondeados y turgentes. Cordelia se restregaba contra él, enredando los dedos en su pelo, sujetando la boca de Nathaniel contra la suya.
Ella le estaba volviendo loco de deseo. Quizá, después de todo, no fuera tan inocente. Desde luego, aquella mujer no se comportaba como cabría esperar de una dama casta.
—Oh, Dios. Oh, Nathaniel —gritó ella.
Desesperado por sentir cómo se liberaba, encontró la abertura de su ropa interior y deslizó el dedo en su interior. Los músculos internos de Cordelia le apretaban mientras él se movía dentro y fuera de ella.
En poco tiempo, echó la cabeza hacia atrás y gimió su nombre mientras se desmoronaba en sus brazos. El orgasmo la sacudió con fuerza.
Nathaniel se quedó quieto un momento y se limitó a mirarla mientras su vagina palpitaba alrededor de su dedo. Era realmente impresionante. No era una belleza tradicional, pero sin duda era impresionante a su manera. ¿Cómo era posible que tantos caballeros la hubieran pasado por alto?
Quizá no lo habían hecho. Tal vez ella tenía por costumbre acostarse con hombres sin casarse. Al fin y al cabo, no había necesidad de casarse con una mujer que se entregaba con tanta libertad. Esa idea debería haberle quitado las ganas, pero por alguna razón, no le importaba.
Nathaniel la deseaba con una necesidad tan grande que casi le asustaba. Estaba desesperado por hundir su polla en ella, por tocarla, besarla y saborearla más. El deseo era mayor que cualquier otro que hubiera sentido antes. La necesidad de poseerla escapaba a su control.
Le dio un beso en el lado del cuello, justo detrás del lóbulo de la oreja, y luego le susurró:
—¿Te ha gustado?
—Sí —respondió ella, con la voz suave y llena de satisfacción.
Deslizó un dedo por el interior de su coño; las paredes sedosas y lo apretado que era, le estaban llevando al límite.
—¿Quieres más? —preguntó él, con la voz ronca.
—Por favor —murmuró ella, acunándose contra él—. Lo quiero todo. Te quiero a ti.
Sus palabras avivaron su necesidad, y él sacó el dedo de su interior. Nathaniel chupó su esencia mientras ella observaba.
Los ojos de Cordelia ardían con pasión, y su polla se estremeció, ansiosa por sentirla.
—Necesito estar dentro de ti.
Se desabrochó los pantalones.
Cordelia se mordió el labio inferior, un ligero rubor se extendió por sus mejillas mientras abría las piernas en una invitación lasciva.
Con un movimiento rápido, la penetró hasta el fondo.
—¡Ah!
Ella le clavó las uñas en los hombros y gritó… ¡de dolor!
Nathaniel mantuvo la mirada fija en sus pechos. Sus músculos se tensaron ante la necesidad de moverse, de empujar dentro y fuera de su estrecho conducto.
Maldita sea, Cordelia era virgen. Debería decir algo. Tranquilizarla y consolarla. Como mínimo, debería mirarla a los ojos. Ella había sido casta, intacta, pura. Y él acababa de desflorarla como una bestia salvaje.
Su mente iba a mil por hora. ¿Qué había hecho? ¿Por qué le había permitido esas libertades? ¿Debería retirarse y dejarla? No se creía capaz de separarse de ella. Sobre todo cuando su cuerpo la deseaba con tanta intensidad.
—No pasa nada. Estoy bien —dijo ella, y luego movió las caderas con timidez—. No quiero parar.
La sensación de su pequeña y estrecha vagina apretándole y acariciándole ahuyentó todos sus pensamientos. No podía resistirse a ella, de la misma manera que uno no puede detener una tormenta que se avecina.
Apretó sus labios contra los de ella y luego se empezó a mover. La pasión le abrasaba mientras la penetraba una y otra vez, sujetándola con un brazo y acariciándole el pecho con la mano libre.
Ella arqueó las caderas y deslizó las manos por su espalda, sobre sus hombros. Pequeños y dulces gemidos llenaron la biblioteca y le atravesaron el alma.
Cordelia correspondió a su deseo embestida tras embestida, beso tras beso apasionado. Y cuando el abismo estaba al alcance, ella se precipitó al mismo tiempo. Sus piernas largas y torneadas temblaban mientras su coño se estremecía a su alrededor.
Los músculos de Nathaniel temblaban mientras se mantenía sobre ella, con una mano apoyada en la mesa y sujetándola con el otro brazo. Nunca se había sentido tan saciado, tan agotado y satisfecho. No sabía qué pensar de todo aquello.
Pero conocía su responsabilidad.
Se encontró con su mirada y tragó saliva con dificultad. Carraspeó y se separó lentamente de ella.
Ella gimió al sentir su ausencia, pero no lo detuvo. En cambio, esbozó una dulce sonrisa mientras se cubría los pechos con el vestido y se arreglaba la falda.
—Nos casaremos de inmediato —dijo él, abrochándose los pantalones.
—¡No! —exclamó ella.
Levantó la vista a tiempo para verla saltar de la mesa, sus ojos azules lanzando chispas.
Nathaniel arqueó una ceja con incredulidad.
—Por supuesto que lo haremos. Te he deshonrado.
Ella se acercó a él con paso tranquilo, con la postura rígida y mirada desafiante.
—Yo quería que me deshonraras. —Se cruzó de brazos—. No quiero casarme.
—No puedes hablar en serio —dijo él, con la mandíbula tensa mientras la observaba.
Ella se llevó las manos a las caderas y lo miró con audacia.
—Hablo muy en serio. No me casaré con un hombre que no me quiera de verdad.
No era mi objetivo atraparte, y no quiero escuchar ni una palabra más sobre esto.
Ambos hemos conseguido lo que queríamos.
Que esto termine aquí. —Bajó las manos de las caderas y su expresión se suavizó—.
No arruines este momento hablando de honor y matrimonio.
Nathaniel soltó un suspiro. No sabía qué pensar de ella, pero era obvio que no deseaba anunciar su compromiso. Debería alegrarse.
Aun así, su reacción le dolió de alguna manera. Al fin y al cabo, él era un futuro conde y ella, una solterona. La mujer debería estar más que ansiosa por casarse con él.
Y, sin embargo, se negaba.
Dio un paso hacia ella, dispuesto a seguir discutiendo, pero cuando abrió la boca para hablar, sus palabras le traicionaron.
—Muy bien, entonces —dijo, antes de hacer una reverencia—. Disfruta del resto de la velada, lady Daventry.