Capítulo 45
El camino hasta el bar se me hace extrañamente ligero, no porque haya dejado de pensar, sino porque por primera vez en mucho tiempo no estoy intentando ordenar cada emoción mientras avanzo, como si la cabeza hubiera decidido, por fin, concederse una tregua después de semanas funcionando sin descanso.
Empujo la puerta.
Y, durante unos segundos, todo parece exactamente igual que siempre, con Lucas detrás de la barra colocando tazas con esa calma suya que nunca parece alterarse, un par de clientes hablando en voz baja y el sonido de una cucharilla chocando contra el borde de una taza con una insistencia innecesaria que, en otro momento, me habría resultado molesta, pero que ahora solo forma parte del paisaje.
—¿Ya? —dice Lucas al verme, sin levantar demasiado la voz, como si no hiciera falta más.
—Ya —respondo.
Asiente, como si esa palabra fuera suficiente para entenderlo todo, y continúa con lo que estaba haciendo sin añadir nada más, lo cual, viniendo de él, es bastante coherente.
Me acerco, dejo el bolso en la silla de siempre y me siento, esperando, no sé muy bien qué, pero esperando.
—¿Y? —pregunto al cabo de unos segundos, mirándolo.
—¿Y qué? —responde, sin girarse.
—No sé… —digo—, pensaba que ibas a hacer algo.
Lucas se encoge de hombros con total naturalidad.
—He limpiado la cafetera —dice—, que falta le hacía.
Le miro.
—¿En serio?
—Es importante.
« Maravilloso. Has dejado tu trabajo para venir a esto: mantenimiento de maquinaria » .
Estoy a punto de responder cuando noto que algo cambia, no de forma evidente ni exagerada, sino lo justo para que deje de encajar del todo, porque las luces bajan ligeramente, apenas perceptible, pero suficiente como para que el ambiente se tense de una forma extraña.
—No —murmuro.
Lucas sonríe sin girarse.
—Yo no he sido.
Y entonces suena la música.
Demasiado alta para ese bar, demasiado repentina para ser casual, y antes de que pueda procesarlo del todo, alguien aparece con un micrófono que claramente no pertenece a ese lugar.
Álvaro.
Por supuesto.
—¿PENSABAS QUE TE IBAS A LIbrAR DE MÍ TAN RÁPIDAMENTE? —grita, con una intensidad que no necesita amplificación, pero que aun así utiliza.
Me llevo la mano a la cara.
—No puede ser…
—Oh, sí puede —responde, avanzando con una seguridad completamente injustificada—, porque si tú has decidido cerrar una etapa, yo he decidido que eso merece, como mínimo, un espectáculo ligeramente innecesario.
« Perfecto. Justo lo que faltaba: tu despedida convertida en show » .
Los clientes habituales, que evidentemente sabían algo que yo no, empiezan a aplaudir, algunos riéndose abiertamente, otros levantando el móvil como si esto fuera lo más normal del mundo, y en ese momento entiendo que Lucas no ha organizado nada… pero tampoco ha impedido nada.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto.
—Tu despedida —dice Álvaro—, pero sin ese tono reflexivo que tanto te gusta últimamente, porque ya hemos tenido suficiente de eso.
Lucas se apoya en la barra, cruzándose de brazos.
—Yo solo he dejado que trajera el altavoz —dice—, no me mires así.
—Traidor.
—Práctico.
Álvaro, completamente ajeno a cualquier intento de control, se sube a una pequeña tarima improvisada que probablemente nunca fue pensada para eso, pero que ahora cumple su función con una dignidad cuestionable.
—Atención, por favor —dice—, esta noche tenemos una única actuación, irrepetible, dramática y probablemente innecesaria, pero absolutamente obligatoria.
—Bájate de ahí.
—No.
—Álvaro…
—No.
Suspira, teatral.
—Vale —dice—, voy a empezar yo, porque sé que necesitas tiempo para asumir lo que va a pasar después.
—No va a pasar nada después.
—Eso lo decides ahora, no dentro de cinco minutos.
La música cambia y empieza a cantar, sin ningún tipo de vergüenza ni intención de hacerlo bien, pero con una entrega tan desproporcionada que resulta imposible no reírse, y el bar, poco a poco, entra en el juego, con aplausos fuera de ritmo, risas abiertas y esa sensación de caos controlado que, por alguna razón, encaja perfectamente.
Y yo me río. De verdad. Sin filtro. Sin pensar.
« Vaya… igual esto sí que lo necesitabas » .
Cuando termina, baja del escenario improvisado con una reverencia innecesaria y se planta frente a mí, extendiendo el micrófono como si estuviera entregando algo importante.
—Tu turno.
—Ni de broma.
—Tu turno —repite—, o empiezo a contar anécdotas que no te van a gustar.
—No te atreverías.
—Me atrevería muchísimo.
Lucas interviene sin levantar la voz, pero con esa autoridad tranquila que siempre tiene.
—Canta —dice—, aunque sea mal.
—Gracias por el apoyo.
—Siempre.
Respiro hondo, miro alrededor y, por primera vez en todo el día, no siento peso ni presión ni la necesidad de hacer las cosas bien, porque ya no se trata de hacerlo bien, sino de estar.
—Vale —digo.
Álvaro levanta los brazos como si acabara de conseguir algo importante.
—¡Eso es!
La música empieza y canto, sin técnica, sin pensarlo demasiado, dejándome llevar por el momento más que por la intención, y mientras lo hago, algo termina de colocarse dentro de mí con una claridad que no había encontrado antes: no es la despedida lo que importa, ni el artículo, ni la revista.
Es esto. Este momento imperfecto. Esta gente. Esta risa.
Lucas mirándome como si no hiciera falta nada más.
« Bueno… al final no era tan complicado » .
Cuando la canción termina, el aplauso es exagerado, desproporcionado y completamente innecesario.
Perfecto. Álvaro me abraza.
—Lo has hecho fatal —dice.
—Lo sé.
—Pero con estilo.
—Eso sí.
Lucas se acerca, me quita el micrófono con naturalidad y lo deja sobre la mesa como si con ese gesto estuviera cerrando algo sin necesidad de decirlo en voz alta.
—Ahora sí —dice.
Y esta vez, cuando lo dice, no hay nada más detrás.
No hay siguiente. No hay pendiente. Solo esto. Y sonrío.
Porque al final no necesitaba un cierre perfecto. Solo uno que fuera mío.
***
El bar se va vaciando poco a poco sin que nadie lo anuncie ni lo marque de forma evidente, como sucede siempre con los finales que no necesitan ceremonia, y en cuestión de minutos el ruido que antes llenaba cada rincón se transforma primero en un murmullo bajo, después en conversaciones aisladas y finalmente en ese silencio imperfecto que queda cuando un lugar ha estado lleno y todavía conserva algo de lo que ha pasado.
Álvaro se despide el último, como no podía ser de otra manera, deteniéndose en la puerta con un gesto exagerado, una reverencia completamente innecesaria y una última frase que intenta sonar ligera, pero que no lo es del todo.
—Esto no ha terminado —dice, señalando el suelo como si estuviera marcando un escenario invisible—, solo cambia de escenario, que es básicamente lo mismo pero con menos público.
—Vete a casa —respondo, negando con la cabeza.
—Eso intento —añade—, pero con dignidad dramática.
La puerta se cierra tras él y, por primera vez desde que entré, el bar se queda en calma, no en un silencio absoluto, sino en ese equilibrio tranquilo en el que cada sonido vuelve a tener su lugar sin imponerse sobre los demás.
Solo Lucas y yo.
Y algunas mesas por recoger.
—Bueno —dice él, mirando alrededor con esa naturalidad suya que siempre resta importancia a lo que, en realidad, la tiene—, ahora viene la mejor parte.
—¿Limpiar? —pregunto, arqueando una ceja.
—Siempre.
Me arremango sin pensarlo demasiado y empiezo a recoger las tazas más cercanas, no porque sea necesario que lo haga, sino porque necesito ese gesto sencillo, casi automático, que no implica tomar decisiones ni pensar en lo que viene después, sino simplemente hacer algo con las manos mientras todo lo demás se coloca por dentro.
—No tienes por qué —dice Lucas, acercándose.
—Ya lo sé —respondo—, pero me viene bien.
Asiente sin insistir, entendiendo que no se trata de ayudar, sino de quedarme un poco más en ese momento sin necesidad de darle forma con palabras.
Durante unos minutos no hablamos demasiado, y el sonido de los platos, de las sillas recolocándose, del agua corriendo en la cafetera y de los pasos sobre el suelo crean una especie de ritmo compartido que no resulta incómodo, sino casi necesario, como si después de todo lo que ha pasado lo único que tuviera sentido fuera esto: hacer algo sencillo, sin expectativas, sin intención de convertirlo en nada más.
« Vaya… al final has cambiado los debates por recoger tazas. Evolución o agotamiento, difícil saberlo » .
Sonrío levemente para mí misma mientras dejo una taza sobre la barra y, cuando termino con la mesa, me apoyo un segundo en el respaldo de una silla, observándolo moverse con esa calma suya que nunca parece alterarse, como si todo lo que ha ocurrido no necesitara ser interpretado ni analizado, sino simplemente aceptado.
Lucas levanta la vista.
—¿Cansada? —pregunta.
—Un poco —respondo.
—Normal.
Se seca las manos con un paño y se acerca, apoyándose frente a mí con una cercanía que no invade, pero que cambia el tono de la escena sin necesidad de hacer nada más.
—Y ahora qué —dice, sin adornos, como si fuera una pregunta sencilla, aunque los dos sabemos que no lo es del todo.
La dejo en el aire unos segundos, no porque no tenga respuesta, sino porque quiero decirla sin convertirla en algo más grande de lo que es, sin necesidad de construir una explicación que la justifique.
—Ahora… —empiezo despacio— creo que por primera vez en mucho tiempo no tengo un plan inmediato, y aunque eso debería inquietarme más de lo que lo hace, lo cierto es que no me incomoda.
Lucas asiente ligeramente, sin sorpresa.
—Suena bien.
—Suena raro —añado.
—También.
Respiro hondo, dejando que la frase se termine de colocar.
—Pero está bien —digo—, porque ya no siento que tenga que correr hacia algo para demostrar nada.
« Milagro confirmado: no tienes plan y no estás en crisis existencial » .
Lucas esboza una media sonrisa.
—Entonces vas bien.
Lo miro un segundo más de lo necesario.
—¿Y tú?
—Yo sigo aquí —responde, encogiéndose ligeramente de hombros—, que tampoco es un mal sitio donde quedarse.
La respuesta es sencilla, pero no es superficial, y en ese momento entiendo que no está diciendo solo dónde está, sino que no tiene intención de irse.
Se queda. Y eso pesa.
Hay un silencio después, distinto a los anteriores, más consciente, como si ambos supiéramos que lo que venga ahora no necesita dramatismo, pero sí cierta claridad.
—¿Y nosotros? —pregunto finalmente, sin rodeos, pero sin presión.
Lucas no responde de inmediato, no porque dude, sino porque, como siempre, elige bien cuándo hablar.
—Nosotros no éramos el problema —dice—, así que no veo por qué tendríamos que serlo ahora.
No es una promesa. No es una declaración. Pero es honesto y suficiente.
« Bueno… no está mal para alguien que responde sin discursos » .
Doy un pequeño paso hacia él, reduciendo una distancia que ya no tiene sentido mantener, y dejo que la situación se resuelva sin necesidad de añadir más palabras.
—Entonces… —digo, sin terminar la frase.
Lucas me mira, esperando.
—Entonces me quedo un rato —añado finalmente.
Sonríe.
—Eso sí es un buen plan.
No hace falta más. No hay prisa. No hay necesidad de definir lo que viene después.
Lucas levanta la mano y aparta un mechón de pelo de mi cara con un gesto suave, sin intención de convertirlo en algo especial, y en esa sencillez hay algo que pesa más que cualquier declaración elaborada.
Me inclino ligeramente hacia él y el beso llega sin urgencia, sin necesidad de marcar un momento concreto, como si fuera la continuación natural de todo lo que ha pasado y no un punto de inflexión.
Tranquilo. Cercano. Real.
« Vale… esto no lo habías escrito, pero tampoco está mal improvisar » .
Apoyo la frente un instante contra la suya y dejo que el silencio haga su trabajo sin necesidad de llenarlo.
—Creo que este final me gusta —murmuro.
Lucas sonríe, muy cerca.
—Entonces no es el final.
No respondo. Porque no hace falta.
Y por primera vez en mucho tiempo, no necesito saber qué viene después para quedarme.