Epílogo
Han pasado algunas semanas desde aquel último artículo, las suficientes como para que la intensidad de esos días haya dejado de sentirse como una urgencia constante y haya pasado a convertirse en algo más estable, más integrado, como cuando una etapa se cierra de verdad y deja de reclamar tu atención a cada momento porque ya no tiene nada más que decirte.
Sigo escribiendo.
Pero no de la misma manera, ni desde el mismo lugar, ni con la necesidad de cumplir con un ritmo que antes parecía inevitable, porque ya no hay una columna semanal que exija reacción inmediata ni historias ajenas que tenga que moldear para que encajen en un formato concreto, sino textos más libres, más pausados, más míos, que aparecen cuando tienen que aparecer y no cuando alguien espera que lo hagan.
Trabajo como freelance , colaboro con distintos medios y escribo cuando realmente tengo algo que decir, lo cual, durante los primeros días, resultó más incómodo de lo que me gustaría admitir, porque estaba demasiado acostumbrada a funcionar bajo presión, a producir desde la exigencia, a medir el impacto casi antes de escribir la primera frase, pero ahora, con el paso del tiempo, esa libertad ha dejado de parecer un vacío para convertirse en una forma de equilibrio que no sabía que necesitaba.
« Vaya… resulta que no hacía falta incendiar nada cada semana para seguir teniendo voz » .
Clara me escribió hace unos días, con ese estilo suyo que no pierde el tiempo en rodeos ni en adornar lo que quiere decir, y su mensaje fue exactamente lo que cabía esperar.
“Siguen llegando correos pidiendo que vuelvas. Si quieres retomarlo, hablamos.”
Lo leí sin prisa, sin esa necesidad automática de responder de inmediato que antes parecía parte del trabajo, y durante unos segundos me permití imaginar lo que habría supuesto decir que sí, volver a ese espacio que seguía funcionando incluso después de haberlo dejado, recuperar esa dinámica que conocía tan bien y que, en muchos sentidos, también me había dado mucho.
Pero no. No hubo duda real.
La decisión no se tomó en ese momento, ni siquiera en ese mensaje, sino mucho antes, en aquel punto exacto en el que entendí que no quería seguir escribiendo desde el mismo lugar, en el que la columna dejó de ser una extensión natural de mí para convertirse en algo que ya no necesitaba sostener.
“No vuelvo. Pero gracias”.
Fue suficiente.
Y, sobre todo, fue definitivo.
« Madre mía… Clara leyendo eso con una sonrisa tensa. Icónico » .
Sonrío al recordarlo, no por la reacción que pueda haber tenido, sino porque no hay conflicto pendiente, ni necesidad de justificar nada, ni esa sensación incómoda de dejar una puerta entreabierta por si acaso.
La puerta está cerrada. Y no pesa.
Lucas sigue aquí.
Y lo curioso es que esa frase, que al principio parecía tan simple, ha ido cambiando de significado con el tiempo, porque ya no se trata solo de que esté, sino de que se ha quedado, de que ha formado parte de algo que no ha necesitado ser forzado, ni explicado, ni definido constantemente para avanzar.
Nuestra relación no ha cambiado de forma brusca ni ha necesitado grandes declaraciones para consolidarse, pero sí ha crecido con una naturalidad que, si lo pienso bien, habría resultado impensable para mí hace unos meses, cuando todo se analizaba, se medía y se cuestionaba antes incluso de tener tiempo de asentarse.
Estamos pensando en mudarnos juntos.
Y todavía me resulta extraño decirlo sin sentir que, en algún momento, debería añadir un matiz o una duda que lo suavice, porque si alguien me hubiera dicho, el día que entré por primera vez en ese bar y me sirvió aquel café que rozaba lo ofensivo, que terminaría planteándome compartir casa con él, probablemente habría pedido otro café…
solo para tener algo más de lo que quejarme.
« Mentira. Habrías vuelto igual. Solo que con más argumentos » .
También.
Lucas aparece en la cocina con dos tazas en la mano y me mira como si ya supiera perfectamente por dónde van mis pensamientos, lo cual, teniendo en cuenta el tiempo que llevamos compartiendo cosas, empieza a ser inquietantemente habitual.
—No lo digas —dice, dejando una de las tazas delante de mí.
—¿El qué?
—Que el primer café estaba malo.
—Es que lo estaba.
—Era experimental.
—Era terrible.
Se apoya en la encimera con una sonrisa que no intenta defender su versión de los hechos, sino simplemente mantenerla por pura coherencia personal.
—Y aun así volviste.
—Porque pensé que nadie podía hacerlo peor dos veces seguidas.
—Gran criterio.
—Impecable.
« Y aquí estás, conviviendo con un delincuente del café » .
Doy un sorbo. Está bueno. Esta vez sí.
El silencio que se instala después no es incómodo ni está cargado de significado oculto, sino que es de esos silencios que no necesitan ser llenados porque ya están completos, porque no hay nada pendiente que obligue a romperlos.
—¿Te arrepientes? —pregunta de repente.
La pregunta no pesa. La respuesta tampoco.
—No —respondo, sin necesidad de pensarlo demasiado.
Y es verdad.
No me arrepiento de haber dejado la columna, ni de haberme expuesto, ni de haber sentido más de lo que, en muchos momentos, habría sido recomendable, porque incluso en lo incómodo hubo algo necesario.
Y, desde luego, no me arrepiento de haberme quedado.
Lucas asiente, como si esa respuesta cerrara cualquier duda que pudiera haber tenido.
—Bien.
« Vaya… parece que esta vez no hay giro dramático, ni sabotaje emocional, ni desastre inminente. Qué decepción » .
Me levanto, dejo la taza sobre la encimera y me acerco a él con una naturalidad que antes no tenía, como si hubiera dejado de analizar cada gesto para simplemente hacerlo.
—Creo que al final no iba de encontrar algo perfecto —digo, apoyándome ligeramente frente a él—, sino de encontrar algo que encaje sin necesidad de forzarlo, sin tener que estar constantemente preguntándote si debería ser de otra manera.
Lucas me mira, sin interrumpir.
—Eso suena a artículo.
—Lo sé.
—Menos mal que ya no tienes columna.
—Sí, Menos mal.
Sonríe. Y en esa sonrisa hay algo que no necesita ser explicado, ni definido, ni convertido en una frase brillante.
Mi conciencia, por última vez, aparece sin intención de molestar.
« Al final no era el amor de tu vida… hasta que lo fue » .
Lo miro. Lo entiendo.
Y, por primera vez, no siento la necesidad de cuestionarlo.
Porque hay cosas que, cuando encajan, no hacen ruido, no piden permiso y no necesitan ser justificadas. Simplemente se quedan.
Y al final, no se trataba de escribir la historia perfecta, sino de quedarse en la que, sin darte cuenta, ya era la tuya.
FIN