Capítulo 44
Sigo leyendo algunos comentarios más, no porque necesite hacerlo, sino porque hay algo en esa manera distinta de responder que me obliga a quedarme un poco más, como si cerrar la pantalla demasiado pronto fuera una forma de no terminar de asumir lo que realmente significa este momento.
El cursor ya no parpadea. El texto ya no es mío. Y, sin embargo, todo lo que hay ahí dentro lo es.
Apoyo una mano sobre la mesa y dejo que el silencio del entorno, ese murmullo constante de la redacción que tantas veces me sirvió de refugio, se filtre sin necesidad de interpretarlo, mientras siento cómo algo se mueve por dentro con una suavidad incómoda, como si el cuerpo entendiera antes que la cabeza que esto, ahora sí, ha terminado.
« Vaya, parece que al final sí que te importa » .
Parpadeo un par de veces, no por cansancio, sino por esa sensación inesperada que empieza a acumularse en los ojos y que intento frenar con una naturalidad casi absurda, como si el simple hecho de no darle importancia fuera suficiente para que desaparezca.
No lo hace.
Respiro hondo, despacio, manteniendo la mirada fija en la pantalla aunque ya no esté leyendo nada en concreto, simplemente dejando que el momento pase sin tener que reaccionar de inmediato, porque no hay prisa, porque ya no hay nada que publicar, nada que corregir, nada que sostener.
Han sido semanas. Muchas más de las que parecía al principio.
Historias que no eran mías y que, de alguna forma, terminaron siéndolo. Conversaciones que empezaron como material y acabaron dejando huella.
Personas que confiaron lo suficiente como para convertir sus experiencias en palabras. Y yo, en medio de todo eso, intentando dar forma a algo que no siempre era fácil de contar.
« Y mírate ahora, emocionada por un trabajo que llevabas diciendo días que querías dejar » .
No respondo a esa voz, porque esta vez no está equivocada.
Bajo la vista un segundo y noto cómo, a pesar de todos los intentos por mantener el control, una lágrima consigue escapar en silencio, deslizándose con una lentitud casi discreta que no busca dramatismo, solo salida.
No me la limpio de inmediato. La dejo estar. Porque tampoco es una derrota. Es un cierre.
Una mezcla extraña de satisfacción y pérdida, de saber que lo he hecho bien y, al mismo tiempo, que no voy a volver a hacerlo de la misma manera.
Cierro los ojos un instante y dejo escapar el aire, como si ese gesto bastara para colocar cada cosa en su sitio, para aceptar que no todo lo que se termina lo hace mal, que hay finales que simplemente llegan cuando tienen que llegar.
Mi conciencia, por una vez, no ataca.
Solo observa.
« Bueno… al menos no has salido corriendo » .
Sonrío levemente, más por dentro que por fuera, y paso el dedo por la mejilla con un gesto tranquilo, sin esconderlo, pero sin recrearme tampoco en ello.
Clara sigue en su despacho. La redacción sigue funcionando. El mundo no se ha detenido.
Y, sin embargo, para mí, algo sí ha cambiado de forma definitiva. No es tristeza. No es alivio. Es otra cosa. Algo más completo.
Recojo el portátil sin prisa y lo cierro con una suavidad casi simbólica, como si ese gesto marcara algo más que el final de una jornada, como si, de alguna manera, estuviera cerrando también todo lo que ha venido con ella.
La columna ha terminado. Las historias se quedan y yo… también.
« Venga, no te pongas filosófica ahora… aunque, bueno, por una vez te lo puedes permitir » .
Respiro una vez más, me incorporo despacio, miro la pantalla apagada durante un segundo más de lo necesario. No para asegurarme de nada. Sino para despedirme. Sin palabras. Sin necesidad de escribirlo. Porque esta vez, no hace falta.
Recojo mis cosas sin prisa, no porque no tenga nada pendiente, sino porque por primera vez en mucho tiempo no hay nada que me obligue a quedarme un poco más, a revisar una frase, a releer un párrafo o a comprobar si algo ha funcionado como esperaba, y esa ausencia de urgencia, que debería resultar extraña, se siente sorprendentemente ligera.
El portátil cerrado, la libreta medio llena, ese bolígrafo que siempre aparece donde no toca… pequeñas cosas que han formado parte de una rutina que, sin darme cuenta, se convirtió en algo más que trabajo.
Me levanto, miro la mesa un segundo más de lo necesario y, justo cuando estoy a punto de salir hacia el despacho de Clara, escucho un aplauso aislado detrás de mí.
Uno. Solo uno. Me giro es Álvaro.
De pie, apoyado en su mesa, aplaudiendo con una seriedad tan exagerada que tarda exactamente medio segundo en romperse.
—Por favor —dice—, un mínimo de respeto para alguien que ha decidido abandonar el barco en su mejor momento.
—No estoy abandonando nada —respondo, cruzándome de brazos.
—Claro que no —continúa—, estás “cerrando una etapa”, que es como se dice ahora cuando alguien toma una decisión cuestionable pero con estilo.
Algunos compañeros empiezan a reírse, y entonces me doy cuenta de que no es solo Álvaro; hay más miradas, más gestos, más gente pendiente de lo que está pasando.
—¿Qué estáis haciendo? —pregunto, aunque ya me lo imagino.
Álvaro alza una mano como si estuviera dirigiendo una escena.
—Un momento, por favor, que esto tiene guion —dice—. Hemos decidido, por unanimidad inexistente pero emocionalmente válida, que no te ibas a ir sin un mínimo de dramatismo digno.
« Perfecto. Justo lo que necesitabas: un homenaje con sarcasmo » .
Uno de los compañeros aparece con una caja pequeña, no especialmente decorada, pero lo suficiente como para dejar claro que no es improvisada del todo.
—No es gran cosa —dice—, pero nos hacía ilusión.
La abro. Dentro hay una libreta nueva y un bolígrafo. Sencillo pero no casual.
—Para que no tengas excusa —añade Álvaro—. Porque lo de dejar de escribir no te lo creemos ni un poco.
Sonrío.
—No voy a dejar de escribir.
—Menos mal —responde—, porque habría tenido que intervenir.
—¿Cómo?
—No lo sé, pero con mucho dramatismo.
Las risas relajan el ambiente y, por un momento, todo se siente menos definitivo, más ligero, como si la despedida no fuera un corte, sino una transición.
Álvaro se acerca y baja un poco la voz.
—Ahora en serio —dice—, has sido un dolor de cabeza maravilloso.
—Eso suena fatal.
—Lo es —responde—. Pero también has hecho que esta revista importe un poco más de lo que importaba antes.
La frase se queda en mi cabeza, sin ironía esta vez.
—Gracias —digo.
—No, gracias a ti por darnos trabajo extra gestionando comentarios incendiarios —añade, recuperando el tono—. Ha sido un placer.
Nos abrazamos y esta vez sí hay algo más que humor, aunque ninguno de los dos lo haga evidente.
« Vaya, al final sí que te quieren » .
Me separo con una sonrisa y camino hacia el despacho de Clara, dejando atrás ese pequeño caos organizado que, sin pretenderlo, ha convertido la despedida en algo menos frío, más humano, más mío.
Cuando entro, Clara levanta la vista y, al verme, entiende sin preguntar que algo ha pasado fuera.
—¿Ya te han hecho el numerito? —dice.
—Algo así.
—Era inevitable.
—Lo sé.
La conversación con Clara es más breve, más contenida, pero no menos importante, y cuando salgo de su despacho por última vez, ya no queda nada pendiente.
Álvaro me lanza una última frase desde su mesa:
—Si en dos semanas no has vuelto, te voy a buscar.
—No me des ideas.
—Es tarde para eso.
Salgo de la redacción con la caja en la mano y una sensación distinta a la que esperaba, porque no hay tristeza pesada ni alivio exagerado, sino algo más equilibrado, como si todo hubiera terminado exactamente como tenía que terminar.
« Bueno… tampoco ha estado mal » .
Respiro hondo. Y camino hacia lo siguiente.