Este amor no es viral Capítulo 33
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Capítulo 33

El cursor parpadea. Respiro.

—Escribe —murmuro.

Empiezo. No pienso demasiado. No analizo. No afilo. Escribo. Frases correctas. Ordenadas. Educadas. Mi conciencia se estira en la silla imaginaria.

« Qué formal todo » .

No le hago caso. Sigo escribiendo. No hay filo. No hay ironía. No hay ese pulso que suele tensar cada párrafo.

Solo estructura.

« Vaya. Has descubierto el género “perfil sin personalidad” » .

Aprieto los dientes.

—Estoy siendo objetiva.

« Estás siendo prudente. Que es peor » .

Sigo.

Borro menos de lo habitual. No porque esté mejor. Porque no tengo energía para discutir conmigo misma Escribo como quien cumple. Como quien quiere terminar algo para que el día acabe.

Mi conciencia vuelve.

« No suena a ti » .

—No todo tiene que sonar a mí.

« Claro. Sobre todo cuando te da miedo sonar demasiado a ti » .

Eso golpea. Sigo escribiendo, lo leo. Es correcto. Es limpio. Es… intercambiable. Eso es lo peor.

Guardo el documento. Lo miro unos segundos. Lo envío.

Asunto : Borrador.

Enviar.

El correo desaparece. Silencio. Mi corazón late más rápido de lo que debería para algo que hago cada semana. Mi conciencia sonríe.

« Sabes que no es bueno » .

—Es funcional.

Es cobarde.

Miro el reloj. Cinco minutos. Diez. Quince. El correo entra.

Clara.

Lo abro. Una sola línea. Esto no eres tú. Nada más. Ni saludo. Ni explicación. Ni adjetivos. Solo eso.

Me quedo mirando la pantalla. Mi conciencia, por primera vez, no dice nada. Y eso es peor. No me ha dicho que esté mal. No ha dicho que sea flojo. No ha dicho que no sirva. Ha dicho que no soy yo.

Y eso duele en un sitio distinto. Porque puedo corregir un texto malo. Pero no sé muy bien cómo se corrige dejar de ser una misma.

Respiro.

Vuelvo a leer la frase. Esto no eres tú. No es un ataque. Es un diagnóstico. Y por primera vez en mucho tiempo, me pregunto si estoy escribiendo con miedo.

***

No debería ir. Voy.

« Excelente. Siempre has gestionado bien la combinación orgullo + falta de sueño.

—Cállate.

El bar está casi vacío. Es tarde. Dos mesas al fondo. El resto, silencio.

Lucas levanta la vista cuando entro. No sonríe. Eso ya me irrita.

—Hola —dice.

—Hola.

Dejo el portátil sobre la barra.

—Necesito que leas algo.

« Traducción: dime que todavía soy buena en algo » .

Lucas fija la vista en la pantalla y lo lee detenidamente. Yo me quedo de pie, rígida. El zumbido de la nevera suena más fuerte que su respiración.

Mi conciencia susurra:

« Todavía puedes decir que es un borrador provisional » .

No lo hago. Lucas termina. Cierra el portátil con cuidado. Demasiado cuidado.

—¿Y? —pregunto.

—¿Quieres que sea honesto?—le miro como si fuera idiota.

—No he venido a que me acaricies el ego.

« Mentira. Has venido exactamente a eso » .

Lucas apoya las manos en la barra.

—No es malo.

« Respuesta incorrecta » .

—Pero no eres tú.

Otra vez. ¿En serio él también?

—¿Qué significa eso?—le respondo con tono hostil.

—Que parece que estás conteniendo algo.

—Estoy siendo profesional.

—No. Estás amortiguando.

La palabra prende.

—Es tu historia. No quiero invadirla.

—No la invades cuando escribes. La invades cuando te escondes.

Silencio.

—Clara ha dicho lo mismo —digo intentando no ser ofensiva aunque me está costando mucho contenerme.

—Entonces quizá deberías escucharnos.

Mi conciencia aplaude despacio.

« Dos personas. Mismo diagnóstico » .

La rabia empieza a subir.

—No necesito que me expliquéis cómo sueno.

—No te explico cómo suenas. Te digo que esto no tiene pulso.

—¿Y anoche sí?

Ahí.

Lucas me mira perplejo creo que ahora entiende más el texto.

—Anoche no estabas filtrando cada palabra.

—Anoche no me dejaste con un “quizá no debería haber pasado ahora”.

Silencio.

Eso no lo esperaba.

—No me fui por arrepentimiento —dice.

—Te fuiste demasiado tranquilo—respondo cortante.

—¿Cómo querías que me fuera? ¿Dramático?

—Un poco menos correcto.

—No iba a fingir algo que no era.

—¿Y qué era?—pregunto fuera de mí.

—Algo que cambia cosas.

—Lo cambiaste tú cuando decidiste irte así.

—No me fui así. Me fui pensando.

—Exacto.

La palabra se clava.

Mi conciencia interviene:

« Te molesta que estuviera más lúcido que tú » .

—Estoy enfadada —digo.

—Lo sé.

—No. No lo sabes.

—Sí lo sé. Pero esto no va de eso.

—Claro que va de eso.

El portátil está entre nosotros.

—Estoy intentando escribir tu historia —añado— mientras intento entender qué demonios fue lo de esta mañana.

—No mezcles las cosas, Vera.

Eso es gasolina.

—¿Qué no mezcle? Me acosté contigo. Estoy escribiendo sobre ti. Y tú me dices que no sueno a mí.

—Ahora estás escribiendo desde el enfado y no estás siendo tú.

Silencio.

Eso me golpea.

—¿Ah sí?

—Sí.

Mi conciencia sonríe con malicia.

« Touché » .

—Estoy enfadada contigo —digo—. No con el texto.

—Pues entonces no escribas desde eso.

—¿Y desde dónde escribo? ¿Desde la serenidad con la que te fuiste?—intervengo dañina.

La tensión sube.

—No me fui huyendo.

—Te fuiste poniendo distancia.

—Porque esto no es bueno para los dos.

—En eso te doy la razón.

Silencio.

El portátil me mira desde la barra.

Mi conciencia susurra:

« Romperlo sería más fácil que admitir que te importa » .

Lo agarro.

—Tenéis razón—se oye una voz desde el fondo.

Lucas frunce el ceño.

—Vera… no hagas eso.

—Clara dice que no soy yo. Tú dices que no soy yo. Perfecto. Quizás ya no deba escribir más.

Y Lo suelto porque es lo que siento.

Cae al suelo. El golpe es seco. Una tecla salta por los suelos. Algo dentro de mí también.

—¿Sabes lo que significa que me digas que no soy yo? —mi voz ya no es irónica—. Significa que lo único que siempre he sabido hacer ahora tampoco funciona.

—No he dicho eso.

—Lo has dicho sin decirlo.

—He dicho que estás escribiendo desde la rabia.

—¡¡Porque estoy enfadada!!

Silencio.

—¡¡Contigo!!

Eso queda ahí. Claro. Desnudo. Lucas baja la voz.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Porque tú puedes irte tranquilo. Yo me quedo aquí intentando que todo tenga sentido.

Mi conciencia, por primera vez, no comenta.

—Igual no debería escribir nada —suelto—. Igual necesito parar.

—No tomes esa decisión ahora—intenta tranquilizarme.

—¿Cuándo? ¿Cuándo deje de estar enfadada contigo?

Silencio.

—No quiero escribir algo que nazca de esto—le respondo con las lagrimas apunto de brotar de mis ojos al ver el desastre que he formado con lo del portátil.

—Entonces espera.

—No puedo. Tengo una fecha. Tengo una jefa. Tengo un nombre que mantener.

Señalo el portátil roto.

—Y parece que ni siquiera eso está a la altura.

Lucas da un paso.

—No estás perdiendo tu voz—me dice para intentar arreglarlo.

—Pues ahora mismo no la reconozco.

Recojo el bolso.

—Vera… —susurra intentando acercarse a mí, pero me aparto.

—¡¡No!!

Abro la puerta.

—Y si estoy escribiendo desde la rabia… quizá sea porque todavía no he terminado esta conversación, pero ya no puedo más…

Salgo.

El aire frío me golpea. Estoy enfadada. Con él. Conmigo.

Con el “ahora”.

Y lo peor no es que haya roto el portátil.

Es que, por primera vez, no sé si quiero escribir para entender lo que siento…o dejar de escribir para no tener que hacerlo.